lunes, 10 de agosto de 2015

Cuando muere la madre naturaleza, algo de nosotros también perece.

Sucesos que no acertamos a comprender, conmociones que sacuden los renglones de la rutina. 

Perece algo de nosotros y el aire arrastra el cieno, los mechones grises de la carne malherida, cuajando sin piedad sobre los edificios con su olor a maderas requemadas, a monte arrasado por la insensatez de una mano enemiga. 

Muere la madre, se consume mientras la tierra ennegrece sus facciones y los troncos se resignan sin remedio al vaivén de las llamas, al escalofrío de su abrazo. 

Me resisto a despertar y advertir tras el cristal de la ventana que el invierno ha llegado antes de tiempo, que la ceniza se cuela por las rendijas de la realidad y obstruye las fosas nasales, que el sol no trajo el día, que el silencio reina emboscado en un mar de arbóreos esqueletos, donde el pájaro no vuela.


¡Solidaridad con la Sierra de Gata y sus gentes! 

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