sábado, 30 de mayo de 2020

Recuerdo y Homenaje a Juan José Gómez Rico con motivo del centenario de su nacimiento

El pasado jueves, 27 de mayo de 2020, mi padre hubiera cumplido cien años. Como en 1920, vivimos en época de pandemia, y tal circunstancia ha impedido que pudiera celebrar esa efemérides como realmente pretendía, mediante una conferencia pública en la que hubiera tratado de situar al personaje en el entorno de la ciudad y del tiempo en que se desarrolló su trayectoria vital, una trayectoria intensa, muy vinculada sin duda a ese pequeño microcosmos provinciano de cuya intrahistoria formó parte. 

Juan José Gómez Rico (1920-2007), en fotografía realizada hacia 1945.

Porque ciertamente, Cáceres, en aquel lejano comienzo de la década de los veinte del anterior siglo, era una población muy diferente a la que es ahora, e incluso los edificios testigos de su pasado monumental latían camuflados o escondidos en medio de un rosario de pequeñas construcciones, la mayor parte de las veces antiestéticas o de muy escaso valor. Desde la Plaza Mayor, con su suelo de tierra y su bandeja central,  se accedía al Arco de la Estrella tras atravesar una especie de callejón formado por la superposición de casas y edificaciones varias que a su vez conformaban un artificial arco que se conoció como "Del Corregidor", y que prácticamente emparedaban la esbelta silueta de la Torre de los Púlpitos. Seguro que fueron muchas las veces que mi padre, un niño entonces, tuvo que pasar por allí, y cruzarse con las aguadoras que, portando cántaros sobre sus cabezas, efectuaban su camino hacia la Fuente del Concejo. 


Cáceres en la década de los años veinte. Tránsito de aguadoras bajo el Arco de la Estrella. A la derecha, antiguo "Arco del Corregidor", que formaban las construcciones que ocultaban la Torre de los Púlpitos. 

Vinieron luego los años difíciles de la guerra, de la represión y de la escasez. Era muy joven Juan José Gómez cuando inició su recorrido profesional como funcionario de Correos, actividad que marcaría toda su vida y que haría surgir en él una verdadera devoción por el mundo de la comunicación postal y sobre todo, del sello, fiel compañero que nunca le abandonaría. Los años cuarenta fueron tiempos difíciles, de cartillas de racionamiento y censura de la correspondencia. 


Cartilla de Racionamiento utilizada por Juan José Gómez Rico para reserva de cereales en el primer semestre de 1952, en Cáceres. Las cartillas contenían cupones que se canjeaban por los alimentos correspondientes, en este caso, arroz y otros cereales varios, distribuidos por semanas. 


Carta de Cáceres para Sevilla. Franqueo Pro-Tuberculosos 10 céntimos y sello de Isabel la Católica, de 40 céntimos. Censura Militar de Cáceres en Color violeta. Marca patriótica con efigie de Franco en rojo. Matasellos de Cáceres, 27 de diciembre de 1937, en plena contienda civil 

En septiembre de 1941, Juan José Gómez fue nombrado cartero urbano de segunda clase, pasando a prestar servicio en Arroyo de la Luz (Cáceres). Ascenderá después, en 1943 a cartero urbano de primera clase, y tras superar las correspondientes oposiciones, se le nombrará Auxiliar de segunda clase del Cuerpo Auxiliar Mixto de Correos, en ese mismo año, siendo destinado a la estafeta de Llerena (Badajoz). Al superar unas nuevas oposiciones, en agosto de 1948 se le destina, como Oficial de 1ª Clase del Cuerpo Técnico de Correos, a la Administración Principal de Cáceres, y en agosto de 1951 es nombrado por acuerdo ministerial Jefe de Cartería. Continuará ascendiendo en sucesivos años hasta ser designado Interventor de Servicios Bancarios, en junio de 1967, cargo en el que permanecerá hasta que en junio de 1980 se le nombra Jefe de Administración Económica de la Subdelegación Provincial de Comunicaciones, puesto que ocupará hasta su jubilación, el 27 de mayo de 1986.   


Título por el que se nombra cartero urbano de primera clase a Juan José Gómez Rico, el 31 de mayo de 1943. 


Cartería en el edificio de Correos de la Calle Donoso Cortés. Juan José Gómez (sin uniforme), tercero por la derecha, ya era Jefe de la Unidad (hacia 1952). 

En Cáceres, estuvo Correos en la Plaza de la Concepción, en el edificio donde luego se instalaría el Club Taurino y que hoy es un establecimiento de hostelería. Luego pasaría a la calle Donoso Cortés, donde permaneció hasta su traslado al moderno Edificio Múltiple. Recuerdo haber visitado muchas veces aquel casón, actualmente ocupado por dependencias de la Junta de Extremadura. Tenía un olor especial, a sacas de cartas, a lacre, a goma arábiga, pasillos y rincones donde era muy fácil perderse, siempre con el sonido de fondo de las viejas Olivetti y, sobre las mesas, el imprescindible papel carbón. Me viene a la memoria la fisonomía del patio, que aún se conserva, las ventanillas a las que acudían los ciudadanos para efectuar sus gestiones. También los compañeros de mi padre, a quienes conocí a finales de los sesenta.


Tarjeta/Factura de la antigua "Farmacia de la Concepción" en la que se aprecia la ubicación de la primitiva oficina de Correos de Cáceres (ver detalle balcón con mástil para bandera), en la Plaza de la Concepción. Fotografía de la década de 1930. 


Fotografía grupal de los funcionarios de Correos de Cáceres en el patio del edificio de la calle Donoso Cortés, hacia finales de los años cincuenta del pasado siglo. En segunda fila, agachado, primero a la izquierda, Juan José Gómez Rico. 

Precisamente en estos años, inaugurada ya la siguiente década, participa Juan José Gómez en las iniciativas para reflotar la afición filatélica en Cáceres. Eran muchos por entonces los entusiastas del sello, en gran parte congregados en torno al "Grupo Filatélico de Educación y Descanso", vinculado a los antiguos sindicatos verticales. En 1977 y 1978, y junto a otros destacados filatelistas de la ciudad contribuirían a dar cuerpo legal a la Asociación Filatélica y Numismática Cacereña, que luego añadiría el adjetivo de Cultural y que todavía hoy continúa manteniendo una intensa actividad y presencia. 


Noticia publicada en el Diario HOY en noviembre de 1989, para promocionar las actividades culturales de la Asociación y la difusión del patrimonio de Cáceres a través de los sellos. 

En 2017, cuando se cumplían diez años de su fallecimiento, ocurrido el 15 de enero de 2007, la Asociación emitió un sello personalizado dedicado a la memoria de quien fuera su Presidente entre 1986 y 2001. Con ello quería rendírsele homenaje a él y a quienes debemos gran parte de la visibilidad que hoy tiene en nuestra ciudad el mundo del coleccionismo, especialmente en torno al servicio postal, merced a las numerosas exposiciones y muestras organizadas durante aquellos años y que luego han continuado celebrándose. Ya en febrero de 2002, y con motivo de la XIV Exposición Filatélica, "Extremadura en la Historia Postal", se le nombró junto a otros históricos de la Asociación como Félix Polo Merino y José Sández, ambos también fallecidos, Socio de Honor de la entidad. En mayo de 2009 se le otorgó, a título póstumo, la Medalla al Mérito Filatélico concedida por la Federación Filatélica Extremeña.


Nombramiento de socios de honor a los directivos históricos de la Asociación, en febrero de 2002, con motivo de la XIV Exposición Filatélica "Extremadura en la Historia Postal"



Tarjeta postal y sello emitidos en 2017 con motivo del X aniversario del fallecimiento de Juan José Gómez Rico, Presidente de la Asociación Cultural Filatélica y Numismática Cacereña en el período de 1986 a 2001. 

A través de diferentes ámbitos, se implicó Juan José Gómez en la investigación y difusión de los valores, del patrimonio, de la cultura, en definitiva, de Extremadura, no solo en virtud del coleccionismo de sellos, tarjetas postales y demás material relacionado con las dos provincias de la Comunidad Autónoma, dando a conocer al gran público los lugares, los personajes, los hechos históricos relacionados con ella que aparecían en los efectos postales, sino también mediante su participación en otros colectivos ciudadanos, como las Cofradías, a las que estuvo siempre unido y que también supieron reconocerle su entrega y dedicación. Coincidió durante los años más activos de su vida, y luego, tras su jubilación, con multitud de personas que, como él, ya forman parte de la historia de nuestra ciudad. Han pasado cien años. Cáceres es ahora bien distinta a la que les vio nacer y en ello todos han pusieron su pequeño granito de arena. Sirva este homenaje para reconocer su aportación y mantener viva su memoria. 
















domingo, 3 de mayo de 2020

HAIKUS DE MAYO






HAIKUS DE MAYO

Mayo con su luz,
pero triste y con duelo.
Vida en las calles. 

Sigue latiendo
el corazón del monstruo.
Ruge en silencio. 

Tórtolas turcas,
urracas revoltosas,
cigüeñas blancas. 

Incertidumbre,
vuelan bajo los tordos
sobre los humedales. 



viernes, 1 de mayo de 2020

La nueva normalidad

Qué sea la "nueva normalidad" parece ser el reto que esta sociedad tiene ahora por delante. Si es "nueva" debe ser porque la que conocíamos ha saltado por los aires, se ha visto sobrepasada por los acontecimientos y el sangrante martillo de las estadísticas. Este año distinto a todo hizo añicos la rutina, abolió el bullicio en las ciudades, edificó una distopía inspirada en hechos reales, con el murmullo de fondo de miles de nombres amputados y el hervor del asfalto huérfano, tiritando. 


Poner otra vez el contador a cero. Inundarnos de eufemismos. Inventar un nuevo lenguaje. Aprendemos palabras que no figuraban en el diccionario, que buscan adaptar la realidad a esa transición que vivimos, poblada de incertidumbres. "Desescalada", "recalendarizar""desconfinamiento", "mamparizar"... ¿qué está sucediendo? Estamos rodeados de palabras vencidas, incapaces de seguir respirando, de noticias que cuesta digerir.  Canceladas las citas en las agendas, se impone acostumbrarse a una cotidianidad bien distinta, con la frialdad de la sospecha, desconfiar de los abrazos, en un escenario de semáforos en rojo. 


Aplazarlo todo. Posponer la libertad para cuando las aguas hayan vuelto a su cauce. Serán necesarios meses con más días, días con más horas, flujos de aire limpios de amenazas invisibles. Solo así podrán celebrarse los actos, los eventos que han debido quedar aparcados. Casi sin tregua, sin resuello. La "nueva normalidad" vendrá cargada de urgencias, de búsquedas, de voces que han visto perder su equilibrio, de labios que no pudieron despedirse de otros labios, de manos agotadas que esperan la energía de otras para recobrar su fuerza.  

Entretanto, en el silencio, asoma la hierba entre las grietas del pavimento y los animales transitan por las aceras adormecidas. 











sábado, 25 de abril de 2020

Perspectiva de género en Virginia Woolf

Acabo de leer "Un cuarto propio" de Virginia Woolf. El texto, escrito en el primer tercio del siglo XX, es un exponente de lo que hoy se conoce como "perspectiva de género", por cuanto sus reflexiones sobre la condición de la mujer y la problemática de las diferencias entre los sexos se adelantan a la interpretación que posteriormente ha ido consagrándose y que propugna la necesidad de superar las diferencias y desigualdades sociales entre hombres y mujeres, para reconocer que una cosa es la diferencia puramente biológica y otra son las ideas, convenciones sociales, elementos culturales que se han construido a lo largo del tiempo sobre la base de tales connotaciones sexuales diversas. El planteamiento de Virginia Woolf, a la búsqueda de material para elaborar un ensayo acerca de "Las mujeres y la novela", examina cuál ha sido la posición de la mujer desde la perspectiva de la creación literaria tomando como punto de partida sus referentes masculinos, así como la incidencia y evolución de la sociedad y de los pensadores, escritores, políticos, ¡todos hombres! El feminismo de Virginia Woolf surge como fruto de la indignación ante el tratamiento secular que hacia la mujer se ha venido dispensando, creando estereotipos que a la postre terminaron por cercenar su libertad, su capacidad de desarrollo intelectual y  de creación, al instaurar toda una serie de condicionantes culturales y sociales que en definitiva solo contribuían a su silencio y a su sumisión, haciendo del elemento sexo un muro las más de las veces infranqueable. Pero, con el trasfondo de la literatura y el largo camino de la mujer para vencer "las influencias de la sala común", el planteamiento de Virginia Woolf, no exento de crítica, anticipa las actuales interpretaciones que exceden de la diferencia entre los sexos y procuran una concepción integradora: "toda la mente debe estar abierta de par en par", y así, "es fatal para el que escribe pensar en su sexo". Resultará así absurdo e innecesariamente tendente a encasillar de principio la creación hablar de literatura de hombres o mujeres, o concebida por y para unos y otras. La superación de cuantos escollos han alimentado durante siglos la desigualdad y han contribuido a la preeminencia de un sexo sobre el otro generando formas de pensar y modos de actuar que en muchas ocasiones terminarán desembocando en actitudes de coacción y violencia, parte precisamente de ese reconocimiento de la realidad social igualitaria de ambos, algo que Virginia Woolf desde la literatura ya trazaba magistralmente a finales de los años veinte, cuando se escribió "Un cuarto propio", y en unos momentos en que comenzaban a proliferar movimientos e ideas que auguraban precisamente todo lo contrario.  Asumir hoy su pensamiento es reafirmar cuál debe ser el camino por el que ha de conducirse la sociedad y ayudará a vencer atávicos escenarios de conflicto.  


martes, 21 de abril de 2020

Baja la Virgen de la Montaña: Recuerdos familiares

Completo hoy las crónicas familiares que iniciara la pasada Semana Santa con el relato de los vínculos que tanto por vía paterna como materna me unen a la Cofradía de la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, y cuanto de ello se deriva. Dicen que uno es lo que ha aprendido, lo que ha vivido y experimentado en su entorno más cercano e íntimo. Cierto es que la vida se conduce por caminos que no pocas veces distorsionan esa experiencia inicial, que es frecuente que los avatares del itinerario hacia la madurez supongan dejar a un lado costumbres, ritos, personas y hasta ciudades. Lo que ayer marcó nuestra cotidianidad, hoy puede ser tan solo un recuerdo borroso o un conjunto de arrugadas fotografías con rostros y lugares quizá no reconocibles.  Pero no ha sido esto último lo ocurrido, al menos conmigo, y buen ejemplo de ello es precisamente la subsistencia de aquellos lazos que quienes nos precedieron habían establecido con una ciudad y unas tradiciones que luego generaciones posteriores hemos llegado a interiorizar y de este modo, pasar a formar parte de ellas, sin perjuicio de los vaivenes y turbulencias con que el paso del tiempo ha ido modelando la sociedad y su forma de interpretar la vida. 

Llevo asistiendo a la bajada de la Patrona desde aquellos años de colegio en que tenía que pedir permiso para salir esa tarde un poco antes de clase para poder acompañar a mi madre hasta la Montaña. Allí esperaba ya mi padre, bajo el arco de entrada a la galería de la ermita, apenas iniciado unos metros el peregrinaje de la Virgen. Aún recuerdo el cariño de ilustres hermanos, ya desaparecidos, que compartían con él el oficio de disciplinar el cortejo hasta su jubilosa recepción en Santa María, bajo un Arco de la Estrella ya adormecido, sobresaltado de súbito por el estertor de los tambores. Años y años, crecer y crecer, y hacerlo hasta poder acomodar el hombro bajo los varales de esa imagen pequeñita, de rostro generoso y aniñado, talla que, para quienes así lo creemos, trasciende más allá de la madera de que está hecha, encarnando la promesa y la esperanza de que, quienes antes cargaron con ella, nos acompañan todavía, Montaña abajo, presentes siempre, en el proceloso océano de la fe. 


Bajada de la Virgen de la Montaña en 1973. Aún sin el hábito de la Cofradía, pero ya portando la medalla, escoltan a uno sus padres, Cecilia Flores y Juan José Gómez Rico. 

Históricos cofrades en la bajada de la Virgen. De izquierda a derecha, Fausto Picapiedra, Juan José Gómez y Ruperto Flores Rico, entonces directivo (hacia 1973). 

Es dos mil veinte y hoy no se abrirán las puertas del Santuario para celebrar el tránsito de la Patrona hasta las entrañas de Cáceres. No habrá muchedumbres que la sigan a lo largo de su recorrido ni Felisa pondrá a prueba el vigor de su garganta para proclamar el cariño a la "cacereña bonita" mientras capitanea el coro de los fieles que como una piña la secundan, aguardando el privilegiado momento de portarla, siquiera unos minutos. No celebrará la Calle de Caleros su cincuentenario como Hermana de Honor de la Real Cofradía recibiendo una vez más a la Patrona. Deberá aguardar todo hasta que las circunstancias sean verdaderamente favorables y permitan con seguridad que el torrente de almas que la acompaña pueda hacerlo sin temor a la dentellada de este virus que nos ha cambiado el mundo.
Entretanto, uno recuerda sus horas en compañía de la Virgen,  con el apoyo y cariño de sus hermanos. Los que lo fueron desde la familia, los que se convirtieron en familia en la solidaridad de la carga, celebrando reencontrarse año tras año. En mi caso, estos días vienen repletos de recuerdos de momentos que constituyeron un honor y que aún duelen, por quienes no pudieron disfrutarlos. Hace unos días, el 18 de abril, se cumplían doce años del Pregón que tuve la oportunidad de pronunciar, aún tibio el dolor por la pérdida de mi padre, el que fuera Jefe del Turno Cuarto, y con su medalla pendiente del atril. Y muchos años más atrás (1974), en el cincuentenario de la Coronación Canónica, los Juegos Florales que conocieron mi primera alegría literaria. 


Saludo a la Reina de los Juegos Florales del Cincuentenario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Montaña (1974), en acto celebrado en el Gran Teatro de Cáceres


Pregón del Novenario. 18 de abril de 2008. Sala Clavellinas. 

Juan José Gómez Rico, Ruperto Flores Rico, unos y otros, fieles a la Patrona, que nos enseñaron a venerarla, y en definitiva, a valorar la ciudad que nos vio nacer. Ellos ya hace tiempo que partieron, para contemplar desde otras latitudes cómo este mundo ha continuado remando a viento y marea, cómo la realidad que fue la suya es hoy bien distinta. Nuestro mejor tributo ahora es impedir que el olvido haga suya su memoria. Cambian las gentes, los hermanos de carga, la forma de celebrar todo aquello que significa la Virgen. Mas nunca podremos prescindir de quienes nos hicieron como somos, aquellos que seguro lamentarán también hoy que las puertas de la ermita permanezcan cerradas. 

Histórica fotografía correspondiente al 25 aniversario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Montaña (1949), en la que se aprecia, en primer término, a los cofrades Sixto Fernández Borrella y Ruperto Flores Rico. El primero sería luego, años más tarde, Hermano Mayor de la Real Cofradía. Foto procedente de mi archivo, cedida por Manuela Flores, hija de Ruperto y prima del que que escribe. 


Fotografía de Juan Guerrero. 1992. La procesión de subida, con el Turno Cuarto, dirigido por Juan José Gómez (izquierda), bajo la supervisión del Hermano Mayor Sixto Fernández Borrella. 













viernes, 17 de abril de 2020

Lecturas para liberar el desasosiego

Es difícil escribir algo en estos días que no tenga que ver con el coronavirus. Desde que la epidemia se instaló entre nosotros, nuestra libertad ha quedado cercenada por efecto del miedo al contagio, por el impacto de las constantes noticias que anuncian cifras de víctimas y afectados. Hablar del "pico de la curva" se ha convertido en algo cotidiano, y en puridad, ni los responsables políticos ni los gurús de la comunidad científica se ponen de acuerdo acerca de cuándo y cómo podremos volver a interactuar con garantías. Desde el retiro forzoso que esta situación ha impuesto, y a través de la ventana que la tecnología ofrece, observo las distintas iniciativas que personas y colectivos han emprendido para dulcificar la candente realidad de la pandemia. Tienen el reconocimiento de quien, como ya dijera en una entrada anterior, prefiere mantener el silencio y la resignada contemplación de los días que van transcurriendo, cautivos del desasosiego.  Como diría Pessoa: "Hace dos días que no para de llover y que cae del cielo ceniciento y frío una lluvia de un color tal que aflige el alma"


Solo la lectura cauteriza las heridas y el embrión de cada nuevo poema huele a anestésico. Cada pérdida es una carga de profundidad que estalla entre las sienes. El miedo late enquistado en los alveolos. Vuelvo a Pessoa: "Siento el tiempo con un dolor enorme"La estética se resquebraja ante la crueldad del frío, los colores se difuminan. Aguardo en mi propio cuarto, a la manera de Virginia Woolf, interrogándome, releyendo a Emily Brontë, que vaga desorientada en medio del páramo: "Why is the sun's last ray so cold". Los poetas de hoy no han conocido la miseria, acaso sí la indiferencia. 


En para "Después del terremoto", Murakami rescata en sus relatos  el surrealismo ante la magnitud del sufrimiento humano, en este caso, a consecuencia de un terrible seísmo en tierras japonesas. No muy lejos surgió el coronavirus que ahora condiciona el argumentario del lenguaje. Oriente se ha infiltrado en nuestras vidas y hoy, todos somos hikikomoris, rehenes entre las cuatro paredes de nuestro cuarto, comunicados con el exterior a través de la red y a expensas de una decisión que mitigue la arritmia que nos ahoga. Escucho "The moon is a silver dollar", de Lawrence Welk. La vida es una novela, mezcla de emoción e incertidumbre, laberinto y suspense. 


Dichos ingredientes están presentes en la narrativa de uno de los últimos fallecidos por COVID 19, el chileno Luis Sepúlveda, al que tuve la oportunidad de conocer en noviembre de 2009 con ocasión del X Congreso de la Asociación de Escritores Extremeños que se celebró en Cáceres. Junto a sus títulos "Un viejo que leía novelas de amor" o "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar", Sepúlveda cultivó el género de la novela policíaca, con obras como "Diario de un killer sentimental" o "Yacaré", ambas reunidas por Tusquets Editores en el volumen que entonces me pudo firmar y que conservo con especial cariño, reproduciendo a continuación esa dedicatoria en su homenaje. 



De esperanza nos hablan los siguientes versos de Gerardo Diego, pertenecientes a su libro "Cementerio Civil". A su poesía me encomiendo ahora, cuando la tarde se encamina hacia la oscuridad, cubriéndose de nubes.

"Siempre habrá algo tras la muerte.
La vida sigue lisa, unida,
y aun sin contar con otra vida
la vida en la vida revierte". 





domingo, 12 de abril de 2020

Domingo a la espera para celebrar la vida

Finaliza hoy una Semana Santa que sin duda alguna no podremos olvidar, que quedará en el recuerdo para siempre. La Resurrección de Jesucristo, que este domingo se celebra, lleva implícito en nuestro interior ese deseo de superación de la terrible tribulación a la que el mundo se está enfrentando y tantas víctimas viene repartiendo por todos los continentes. Aunque la esperanza y el ansia de recibir un liberador baño de luz están vivas en todos nosotros, resulta difícil aplacar la angustia que generan todos estos sucesos que nos rodean, aun cuando, para los creyentes, la fiesta de la Pascua representa precisamente el triunfo absoluto de la vida y la confianza de que esta terminará imponiéndose. Entretanto, transcurre una nueva mañana de retiro, a la que he querido añadir como banda sonora los acordes y la coral de la "Messa di Gloria" de Giacomo Puccini, en versión de la orquesta sinfónica y coro de Londres, dirigidos por Antonio Pappano. Mañana de tregua para un mes de abril de climatología igualmente incierta, donde las nubes van agrupándose, completando un puzzle de tonos grisáceos que anuncia una tarde acaso tormentosa. Música y lectura en la intimidad, libros para no olvidar que afuera aún aguarda un mundo que se encamina, sorteando obstáculos y dificultades, al territorio del estío.   


Días y esperas
los cerezos se duermen
vistiendo el valle.

Las cicatrices,
los rasguños del tronco,
cerrarán por fin.

Y escucharemos
el piar de los pájaros,
limpio y cercano.








viernes, 10 de abril de 2020

Mediodía de Viernes Santo. Cofradía de los Estudiantes. Cáceres

LAS SIETE PALABRAS DEL CRISTO DEL CALVARIO
 (Texto leído en la III Velada Literaria del Cristo de los Estudiantes, 28 de febrero de 2020)

Primera palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Con el cielo nublado y un amago de lluvia en la garganta, ventoso abril de contenidos suspiros, hierve Santo Domingo la mañana de Viernes Santo. Próximo el alboroto de los preparativos, el trasiego de las imágenes, negros y blancos, oscuridad y rescoldos de luz que han sobrevivido a la madrugada. Ya está Jesús sobre su alfombra carmesí, aguardando la caricia del aire, aún acaso con los ojos abiertos. Sabe que pronto, una miríada de rostros convergerán en sus miembros doloridos, en la indefensión de sus manos y sus pies, amarrados al madero. Pero Él solo tendrá palabras para ignorar la ofensa, para clamar compasión, para abolir la ceguera y la venganza de los hombres que le han llevado hasta allí haciendo oídos sordos a su mensaje, que le han vuelto la cara, empujándole al martirio. Él se aviene a descalzarse, a despojarse de sus vestiduras para ponerse en manos de sus verdugos, y aun así, no les guarda rencor. ¡Qué mayor muestra de entrega, la de quien se somete, la de quien agacha la cabeza y acepta en sus propias carnes un destino que es el de todos!.

Segunda palabra: “Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

Los cofrades conducen al Cristo fuera del templo. Desde los balcones, la gente contempla su sacrificio en silencio. Solo los acordes de la banda marcan el paso de la imagen. Al verle, alguien recuerda a sus seres queridos que ya partieron, se pregunta dónde quedó el hálito de aquellos a quienes un día abrazamos. La generosa faz del crucificado reconforta los pensamientos que asaltan al hombre desvalido, desorientado. Pero Él ya aseguró a uno de sus compañeros en el suplicio: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Alimenta su esperanza el creyente con la savia de la misericordia, la que escancia Jesús desde su atalaya en lo más alto del Calvario, en esas horas en que el mundo ha perdido la cordura y los pies se tambalean sobre la tierra. Él nos enseña que no hay que desfallecer, que la luz siempre habrá de imponerse sobre las tinieblas.



Tercera palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo […] Ahí tienes a tu madre”

En medio del tumulto, envuelto en un abanico de sonidos, olores y ojos extraviados, el Cristo del Calvario prosigue su itinerario, fuertemente sujeto por efecto de esos clavos que inmisericordes taladran sus extremidades, mientras solamente sus cabezas redondeadas asoman, testigos del dolor, entre los resquicios de la piel maltrecha. Inclina entonces la vista Jesús hacia la humanidad que le contempla, aún le quedan energías para un último consuelo en la orfandad de un mundo partido en dos, como el velo del Sancta Santórum, como el corazón de su Madre, hecho añicos junto al discípulo amado, allá arriba, en ese pequeño Gólgota que corona el retablo de la Iglesia del Conventual Franciscano. Quienes ahora observan el paso de los cofrades desde la balconada de la Plaza de la Concepción tienen el privilegio de mirar de frente las lastimadas carnes del Señor, quizá en lo más hondo escuchen esa última sentencia que, dirigida a su Madre, la convierte también en madre de toda aquella grey indefensa, y a nosotros, simples mortales ateridos ante la proximidad del fin, en hijos abiertos a una promesa nacida de ese torbellino amoroso que brota del madero de una Cruz ya convertida en instrumento de redención, como la sangre que se ha tornado en ese océano de pétalos de clavel que le sirve de mullida cama. 

Cuarta palabra: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?

La serenidad que rezuman los rasgos de este crucificado de la escuela castellana de Gregorio Fernández no impide que, conturbado por la debilidad inherente a su condición de hombre, como cualquiera de quienes allí contemplan su agonía al pie del patíbulo, se sienta preso de la desesperación y de la impotencia. Es insoportable el daño físico que acumulan sus miembros, muchas las horas de angustia e incertidumbre. Jesús del Calvario, en la luz del mediodía que Cáceres le brinda, confundida en el pujante verdor de los árboles de la Plaza de San Juan, implora la gracia salvadora de la oración, busca el amparo del Padre que parece haberse difuminado. Acaso la multitud no escucha su ruego, contagiada del ritmo de los tambores y la estridencia de las trompetas. Pero Cristo, que comparte las flaquezas del ser humano y se siente acorralado por la furia de los elementos, necesita también el bálsamo de la confianza, el salvoconducto de una plegaria que alivie sus heridas. 


Quinta palabra: “Tengo sed”

Jesús tiene los labios secos, agrietados, se precipita sobre ellos la sangre desde las espinas que cubren su cabeza. Apenas puede articular palabra y cada vez le cuesta más llenar de aire sus pulmones en esas horas aciagas prendido de la Cruz. El cortejo enfila la Gran Vía y el golpeo de las horquillas sobre el pavimento se alterna con los sones de las marchas que interpreta la banda. Jesús pide agua, necesita humedecer su boca, cada vez más áspera y reseca. Nos mira con la misma dulzura que a aquella mujer samaritana a quien pidió de beber junto al brocal del pozo. Él ofrece sin embargo un agua que da vida, que sana a quien la recibe con humildad y confianza, que proporciona el sosiego. El Cristo del Calvario quiere hacernos partícipes de esa promesa, Él, que se duele ahora, sediento y huérfano de la compasión de quienes no le han escuchado, Él, que es agua viva. 


Sexta palabra: “Todo está cumplido”

En la Plaza Mayor, el pueblo rodea las andas del Santísimo Cristo. La humanidad entera contempla el holocausto del crucificado, cuyo destino está próximo a cumplirse. Van cerrándose sus ojos, relajándose sus miembros. La muerte se infiltra violácea en sus carnes, todo parece acabado. Pero la salvación necesita del árbol de la Cruz, Jesús tiene que ser exaltado, puesto en lo más alto, como la serpiente que levantó Moisés en el desierto, para que quienes le contemplen sean curados de sus males. Por eso, junto a la ermita de la Paz, a los pies de la Torre de Bujaco, los cofrades estiran sus brazos para alzar la imagen y aproximarla al cielo. Con entusiasmo, como una piña, aúpan al Cristo para dar testimonio de que, cumplida la escritura, inmolado el Cordero, su entrega no ha sido en balde.


Séptima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Apenas le queda resuello a Jesús cuando, en volandas, inicia el camino de regreso al templo sobre los gastados adoquines de la calle General Ezponda. El Vía Crucis llega a su fin, y la Cofradía, que desde sus inicios quiso hacer de su desfile penitencial el mejor exponente de ese itinerario de la Cruz, de esas estaciones de dolor, bien lo sabe. El Señor abre los ojos por última vez para ponerse en manos del Padre, para dejarse abrazar por Él, que misericordioso le abre las puertas de su reino. Arropado por la música y derrochando belleza, a hombros de sus hermanos y hermanas de carga, el Cristo del Calvario retorna por fin a Santo Domingo. Jesús, que acaba de expirar, aguarda la frialdad del sepulcro. Por la tarde, el Santo Entierro recorrerá un año más con profundo respeto las calles. Pero ya la primavera ha prendido sus brotes de esperanza y el alba, ahora dormida, aguarda su bautismo para hacerse de nuevo visible con tacto de eternidad. 


Jesús María Gómez y Flores
28 de febrero de 2020

Fotografías de Miriam A. Gómez
Semana Santa de 2012






miércoles, 8 de abril de 2020

Vínculos familiares con la Hermandad del Cristo Negro y su devoción

Desde su reaparición procesional en la Semana Santa de 1986, este año, por segunda vez, el Cristo Negro no realizará su estación de penitencia por las calles de la ciudad monumental de Cáceres. Si en 2008 el motivo fue la climatología adversa, procediendo la Hermandad a celebrar una procesión claustral solemne por el interior de la concatedral de Santa María, en 2020, será la terrible pandemia que nos afecta y el estado de alarma decretado con el fin de evitar la propagación del coronavirus, la causa por la que, al igual que el resto de actos de la Semana Santa, también la Cofradía del Cristo Negro no podrá efectuar su desfile. Desde luego, para muchos, y quien escribe será uno de ellos, este Miércoles Santo será bien distinto, con las calles vacías y un silencio que no responderá al voto de obediencia de los cofrades, aunque más que nunca, ese voto deberá tener un verdadero y profundo significado de compromiso con todos aquellos que en estos delicados momentos están afectados por la enfermedad, ya sea como pacientes o como personal sanitario o responsable de tareas y funciones esenciales, imprescindibles para que nuestra cotidianidad no se detenga y se siga plantando batalla a este enemigo microscópico que seguro que con esa entrega y la ayuda del Santísimo Cristo conseguiremos finalmente derrotar. No se escuchará pues, esta noche, la voz del Alcalde Mayordomo a las puertas del templo: "Que salga la Hermandad del Cristo Negro, Dios lo quiere así". Hemos de comprender que en esta ocasión, su deseo es que el pueblo permanezca alerta, confinado en sus casas, que la oración sea privada pero no menos intensa que la que espontáneamente se manifiesta al paso del Crucificado. 


El Cristo Negro, preparado para iniciar su estación de penitencia, en los años en que partió de la Iglesia de San Francisco Javier

Retomando el hilo de los recuerdos familiares que sirvieron de excusa para mi anterior relato sobre el Domingo de Ramos, nuevamente habré de remontarme al siglo XIX para rescatar ahora la figura de Isidro Rico, al que se alude en la reseña que sobre el apellido "Rico" se hace en la obra "Ayuntamiento y familias cacerenses", del historiador e investigador cacereño Publio Hurtado (páginas 718-719). De Isidro Rico Jiménez se dice que fue maestro de escuela en el segundo tercio del referido siglo, mencionándose también a muchos de sus parientes, todos ellos posteriores, que se dedicaron a oficios muy diversos. Según investigaciones propias, Isidro habría sido el padre de Facundo Rico Fernández, quien casó con María Ramos Carpintero; y de su abundante descendencia, Mariano Rico Carpintero y su esposa Isabel Ojalvo Ramos, serían luego los padres de Ruperto Rico Ojalvo, este último, bisabuelo del que escribe, por partida doble, al ser padre de mis abuelas Manuela (materna) y Justa Isidra Rico Pérez (paterna), y quien según Publio Hurtado, tuvo además una hermana, Obdulia Rico Ojalvo, que fue Monja Trinitaria. 


Antigua fotografía de Ruperto Rico Ojalvo, cuyo abuelo habría sido Isidro Rico


Imagen del taller de sastrería de José Rico Pérez, hijo de Ruperto Rico, donde aparece la viuda de este y algunos de sus otros hijos y nietas

Pero, ¿por qué razón traer a colación a todos estos antepasados en una entrada sobre el Cristo Negro? Porque de acuerdo con los documentos que obran sobre su Cofradía, rescatados y analizados por quien hoy ostenta el cargo de Alcalde-Mayordomo, Alonso J.  Román Corrales Gaitán e impulsor de la recuperación de la Hermandad, la persona a que nos referíamos en primer lugar, Isidro Rico, fue precisamente uno de los últimos Mayordomos que aquella tuvo antes de que esta interrumpiera sus cultos en la segunda mitad del siglo XIX.  En su libro "Historia y curiosidades de la Santa Hermandad del Cristo Negro" publicado en 1994 (páginas 106 y 107), se cita a Isidro Rico como el Mayordomo núm. 133, indicando que lo fue durante seis años, el penúltimo antes de que recogiera el testigo Agustín Escallón, que lo fue durante aproximadamente nueve años. Por las fechas que se indican, Isidro Rico debió ocupar el cargo en torno a los años cuarenta del siglo XIX, pues aunque quizá por error de transcripción, al hablar de los efectos que tuvo la desamortización de Mendizábal sobre el Convento de Santa María de Jesús, en el año 1843 (página 45), se menciona que "por aquel entonces era Mayordomo de nuestra Hermandad Julio Rico", entendemos que el resto de los datos llevan a pensar que se trataba de Isidro, al que le sucedió, como venimos diciendo, y según el resto de la información recogida en dicho libro, Agustín Escallón (núm. 134).


Entiendo pues que son muy elevadas las probabilidades de que  aquel Isidro Rico que fue Mayordomo de la Cofradía del Cristo Negro a mediados del siglo XIX, fuera mi antepasado lejano, y en un día como hoy, parece obligado recordarle, como también a todos cuantos formaron parte de esta Hermandad desde tiempos inmemoriales, anteriores incluso al descubrimiento de América (no en vano, la Cofradía se fundó el 3 de mayo de 1490). No tengo memoria de mis abuelas, a las que no conocí, y aunque me consta que siempre fueron muy devotas y seguidoras de las tradiciones religiosas de Cáceres, desconozco lo que pudieran haber sabido de esta historia, acaso por su padre, si como vimos, debió ser nieto de Isidro. Lo cierto es que para quien lleva formando parte desde 1987 de esta Hermandad, habiendo ocupado diversos cargos en su Junta Directiva, es un verdadero honor contar con un precedente tan ilustre que vendría a enlazar las dos épocas históricas de aquella, y más aún cuando otro descendiente de Isidro, nieto a su vez de su nieto Ruperto, mi padre, Juan José Gómez Rico, sería distinguido por su devoción y fidelidad al Santo Crucifijo con el "Muñidor" en 2007, si bien a título póstumo, pues había fallecido el 15 de enero de ese mismo año, un título que sin duda alguna habría disfrutado enormemente de haberlo recibido en vida pues desde su reaparición como Cofradía, no dejó de tener presente en su vida al Santísimo Cristo, junto a sus otras dos devociones igualmente muy cacereñas, las de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen de la Montaña. 


Entrega de los "Muñidores" de la Cofradía del Cristo Negro en 2007, que correspondieron a la Policía Local de Cáceres, Dña. Manolita Gaitán Bazaga y D. Juan José Gómez Rico (a título póstumo). En la foto, recogido por su nieta

Acaso en los genes de nuestra familia bullía esa impronta remota del Crucificado de Santa María y esta se fue propagando, ya en tiempos modernos, a través de sus diversas ramas, curiosamente todas vinculadas en último término al apellido Rico, pues no en vano, el también bisnieto de Manuela Flores Rico, Agustín García Trujillo, es actualmente hermano titular y ha sido directivo (y muñidor) del Cristo Negro y la nieta de aquella, Manuela Flores, fallecida en diciembre de 2019, quiso en sus últimos momentos contemplar la imagen del Santísimo Crucifijo de Santa María, antes de emprender su tránsito a la Casa del Padre. 

Esta noche no se escuchará la esquila ni el tambor destemplado hará retumbar las piedras de la ciudad antigua de Cáceres. Pero todos llevaremos al Cristo Negro en nuestro corazón, esperando que con su ayuda amaine la incertidumbre y la desdicha de esta terrible pandemia y el aire fluya de nuevo limpio y bendecido, aguardando una vez más la llama de sus hachones y el aroma de su incienso.  



martes, 7 de abril de 2020

Martes Santo de silencios interiores

El martes siempre fue un día para la reflexión, un interludio en el intenso itinerario de la Semana Santa. Momento perfecto para una audición de música de capilla o una incursión en la polifonía, con obras como Psalmi Davidis Paenitentiales, de Orlando di Lasso. Martes Santo de silencios interiores, de meditación sobre uno mismo. Se sea o no creyente, y en horas como las que vivimos, de frenética incertidumbre, parece necesario preguntarse qué podemos hacer para revertir esa indolente insolidaridad del mundo que, junto a otras circunstancias, nos ha llevado a donde hoy estamos, cómo habremos de trazar las líneas de ese futuro que vendrá después y que desde luego, no va a ser fácil. Con la Semana Santa como excusa, las imágenes del martes llaman a la penitencia, a indagar en qué podemos haber fallado. Los Cristos que hoy debieran haber desfilado en mi ciudad no se rodean de fanfarrias ni alardean de ostentosos cortejos. Enarbolan el silencio como lema e incluso desde sus propias advocaciones advierten de la necesidad de la concordia, de la humildad como salvoconducto para una reinvención de nosotros mismos. Perdón, Amparo, valores sin duda de los que la humanidad está más que necesitada.


Cristo del Perdón. Cofradía de los Ramos. Cáceres


Nazareno del Amparo. Cofradía del Amparo. Cáceres