La próxima presentación del libro Antonio Machado, soñador de caminos, mediado ya este mes de febrero, lluvioso como no se recuerda otro, transcurridos ya ciento cincuenta años desde el nacimiento del poeta, evoca el recuerdo de aquellos lugares y tiempos que sirvieron de escenarios en su vida nómada y no exenta de pocas tribulaciones. De todo ello nos habla el escritor Hilario Jiménez Gómez en esta obra, publicada por el Grupo Editorial Sial Pigmalión, que inaugura una nueva colección dedicada precisamente al poeta sevillano, cuyo itinerario por los caminos de España nos ha dejado la herencia indeleble de su poesía, que tantos años después continuamos admirando y recitando.
Se hace camino al andar, y esas andanzas comienzan en julio de 1875 en la ciudad de Sevilla, entre patios y fuentes, con el eco de las campanas de la Giralda, la brisa marinera del Guadalquivir y el olor a azahar. La Sevilla de los Machado, a caballo de los dos siglos, impregnó su pluma de elementos tradicionales, símbolos y personajes de la España popular, y en Antonio, eco lejano de su niñez, icono de nostalgia siempre presente en sus recuerdos. Las imágenes que siguen, procedentes de tarjetas postales circuladas durante los primeros años del siglo XX, nos trasladan a ese ambiente que debió ser el de aquellos años de la juventud del poeta, a quien podemos imaginar en su casa del Palacio de las Dueñas, de patio muy similar al de la también sevillana Casa de Pilatos (que aparece en la postal), o recorriendo en silencio las veredas y los jardines del Parque de María Luisa.
De allí, el caminante habría de recalar en las orillas del Duero, tránsito de Andalucía hasta la sobriedad de Castilla, hasta la Soria que habría de marcarle para toda su vida. No podía faltar en este homenaje a D. Antonio Machado el rescate de unas cuantas tarjetas postales recién incorporadas a mi archivo y contemporáneas de la estancia del poeta en la ciudad soriana, cuyos ambientes y enclaves son los que éste compartió con su amada Leonor, con quien contrajo matrimonio en 1909. Como si de un viaje en el tiempo se tratara, estas imágenes nos devuelven la visión de aquella pequeña población castellana, con sus corrillos bajo los soportales o las gentes del mercado, las riberas del Duero, ese río que, como canta el poeta, "corre, terso y mudo, mansamente", junto a los álamos del camino, "entre San Polo y San Saturio". Las fotografías que ilustran estas tarjetas fueron realizadas por el artista soriano Aurelio Rioja de Pablo (1888-1948), polifacético personaje que tuvo su estudio precisamente en los soportales de El Collado, que aparecen en una de estas tarjetas y que sería frecuentado por otros artistas, pintores y poetas. Conoció a García Lorca, por su común afición a la música, trasladándose a Madrid en 1919, donde continuó frecuentando a personajes muy vinculados a la cultura de la época, a quienes habría de retratar, como Gerardo Diego, Ramón y Cajal, Concha Espina, etc. Estas fotografías de Soria debieron tomarse entre 1910 y 1919 y forman parte de una colección que fue enviada por el presidente de la Comisión de Monumentos D. Teodoro Ramírez Rojas al General Jefe de Estado Mayor de la 5ª Región, D. Julio Ardanaz, el 13 de junio de 1919, según los datos de que dispongo, facilitados por mi compañera y amiga Dña. Fátima Sainz Gutiérrez, de cuya familia proceden estas tarjetas.
Y por fin, Barcelona como puerta de salida hacia el exilio, hacia Colliure, donde habría de permanecer ya para siempre, en compañía de su madre, Ana Ruiz, descansando bajo la lápida de su pequeño camposanto.
ANTONIO MACHADO, 1939
(Estos días azules y este sol de la infancia)
El poeta dejó atrás su patria, un número más entre la turba.
Nada tenía que demostrar, todo estaba dicho, todo escrito.
Solo el hombre, con la faz borrosa y los zapatos desconchados.
El poeta cruzó a paso lento, componiendo su estrofa
de pesares y campos ateridos, no era ya dueño de sus pies,
tampoco de la tierra que acogía sus trémulas pisadas.
Por delante, columnas de almas a la deriva le escoltaban
en silencio, con la complicidad del mar, materno y triste.
(poema incluido en mi libro Las erratas de la existencia, Sial Pigmalión, 2021)































