La reflexión sobre uno mismo como creador y como espectador santificado con el don de la palabra han sido siempre materia recurrente en el ámbito de la escritura. El acto en sí de escribir, pero también la indagación del sentimiento, del impulso que lleva a ello y su comprensión como parte de esa realidad peculiar que caracteriza al que escribe. En palabras de Alonso Guerrero, "el mundo nace en ti, lo inician tus palabras poniendo nombres a lo desconocido, y morirá contigo". Sea como ficción o como diálogo interior, el discurso sobre la literatura y lo que tiene de vital y vertebrador de la propia existencia ha iluminado y continúa haciéndolo, páginas que, si en un primer momento, ayudarán a comprender e interpretar el pensamiento del autor, se habrán de revelar luego como territorios proclives al aprendizaje y el conocimiento en sus distintos campos. Particularmente, la poesía se erige en tema que, yendo más allá del verso, aunque sin prescindir de éste, ha colonizado las reflexiones de quienes la convirtieron en su forma de expresión y de relación con el mundo. Ramón Pérez Parejo, en su trabajo sobre la metapoesía y la ficción aplicadas a las generaciones de los 50 hasta los "Novísimos", describe esa metapoesía como aquella "que se tiene a sí misma como objeto o asunto, que habla de sí, interrogándose, mirándose al espejo". Y es que, ciertamente, la búsqueda de respuestas sobre el sentido de la creación poética y todo lo que significa, hasta qué punto llega a modular la aventura existencial del autor, es algo así como un traje, un abanico de recursos presentes no solo en el manejo del lenguaje sino también en el modo con el que el poeta contempla cuanto le rodea.
En su deliciosa obra El buen lugar, el poeta Basilio Sánchez, citando al rumano Mircea Cartarescu transcribe: "ser un poeta de verdad, y no solo alguien que compone versos, supone ser capaz de ver la vida como un todo y como si la descubrieras por primera vez". Todo este libro es una intensa y cautivadora reflexión sobre la esencia de la poesía, el fruto de las lecturas del autor y su compromiso con la belleza y la creación. En sí mismos, los parágrafos que lo componen son ya poesía, pues el poeta no puede desprenderse de lo que es ni de la arquitectura que emplea para transmitir su mensaje. "La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros", esto es, poesía para describir la poesía, necesidad que se torna en urgencia para quien la toma como antídoto frente al tedio de la cotidianidad. Para Efi Cubero, el poeta goza de la condición del extraño, y en consecuencia, "carga al hombro su mundo, su lenguaje / ese fuego solar sobre los ojos / con que impregna la vida". Quizá sea así y que el escritor, el poeta, no esté hecho de la misma piel que el resto de sus semejantes. En el libro La muerte y su antídoto, Alonso Guerrero le dice al escritor: "Tú eres animal que crea, habitado de animales que te destruyen. Vives en una celda y duermes con los ojos abiertos, porque las estrellas fijas del cielo se pasan las noches aporreando tus párpados", y le exhorta para que se mantenga en alerta, custodio de la intimidad que ha sabido construir. ¿Será cierto, como decía Pessoa, que el poeta es un fingidor?
No es infrecuente tampoco que este género de reflexiones adopten la estructura de diario, que se mezclen con experiencias y anecdotarios diversos. Es el caso de obras como Cuidados paliativos, de José A. Llera, selecto compendio de comentarios que abarcan las más variopintas temáticas, aunque en su mayor parte impregnadas con el denominador común de la literatura. Algo similar, pero en un contexto bien distinto, el relato de la cuarentena de Jordi Doce en La vida en suspenso, nos traslada a los días del confinamiento de hace ya seis años, haciendo de la lectura y de la lenta digestión del tiempo su tabla de salvación en aquellas horas de forzoso encierro.
En realidad, todo este recorrido por las páginas que diversos autores han dedicado a descorrer el velo de su particular universo creativo se me hace necesario tras escuchar, el pasado viernes, al poeta y médico belga Yves Namur, con motivo de la presentación de su libro Ser solo esto, magistralmente introducido por los escritores Emilia Oliva y Dionisio López, en edición trilingüe (francés, español, portugués) realizada por la misma Emilia Oliva y el traductor y editor Carlos Ramos. Las sucesivas preguntas que Namur se hace y que en realidad, son interrogantes que plantea al lector, con el que pretende mantener una interlocución epistolar, transportan nuevamente al dominio de la escritura en soledad, la que aquí el poeta aspira a descubrir en la lengua de los pájaros, de todos aquellos que han pasado ante sus ojos y que condensan las cualidades y el sentido del tiempo que transcurre, la explicación de la sístole y la diástole, en último término, de la utilidad de la poesía. Al igual que los otros autores que venimos comentando, Namur concibe su testimonio como relato que discurre paralelo a la propia trayectoria vital, al hecho de nacer, en cuanto huella que el ser humano deja y que "solo las aves de paso leerán y comprenderán sin demasiada dificultad", "no ser realmente más que eso". No le falta razón al escritor belga en su reflexión sobre lo que significa estar vivo, sobre lo quedará de nosotros, lo que sienten los pájaros que contemplan nuestro silencio. Al final, todo se reduce a la memoria, y así, nos dice: "La memoria es lo que muere todos los días a nuestro lado. Es también un poco de nosotros lo que muere a cada instante cuando cruzamos la calle o el jardín".
BIBLIOGRAFÍA. OBRAS CONSULTADAS
- Guerrero, Alonso (2004). La muerte y su antídoto. De la luna libros.
- Cubero, Efi (2013). Condición del extraño. La Isla de Siltolá.
- Llera, José Antonio (2017). Cuidados paliativos (diarios). Pepitas.
- Doce, Jordi (2020). La vida en suspenso. Diario del confinamiento. Fórcola.
- Pérez Parejo, Ramón (2007). Metapoesía y ficción: Claves de una renovación poética (Generación de los 50-Novísimos). Visor Libros.
- Sánchez, Basilio (2025). El buen lugar. Pre-Textos.
- Namur, Yves (2025). Ser apenas isto. Ser solo esto. N´être que ça. Traductores: Emilia Oliva y Carlos Ramos. Ediciones Fantasma.































