jueves, 6 de diciembre de 2018

En el 40 aniversario de la Constitución Española

No recuerdo lo que estaba haciendo un día como hoy, seis de diciembre, hace cuarenta años. Yo tenía entonces catorce y por tanto, no pude participar en el referéndum que se convocó para que el pueblo español ratificara la propuesta de Constitución con la que se pretendía pasar página a una época e inaugurar otra que prometía ser completamente distinta, donde ahora la ciudadanía tuviera voz y no hubiera distingos entre unos y otros, donde nuestro país accediera, de una vez por todas, al universo de la modernidad y la reconciliación. Creo recordar que en diciembre de 1978 cursaba el último curso de la antigua Educación General Básica, la E.G.B., que quienes tienen mi edad recordarán con nostalgia. Eran tiempos convulsos y de incertidumbre, sin duda, también para un escolar que estaba a punto de dar el salto al bachillerato y afrontar una fase decisiva de su preparación académica, que bajo las siglas B.U.P. asustaba un poco, pero que también se abría llena de retos, como los que parecían aguardar al país, que sintiéndose por fin libre, se disponía a afrontar al amparo de una nueva legislación que pedía a gritos no quedarse en mero papel mojado y desplegar todos sus recursos. No escribía poemas en aquellos años, ni imaginaba que la opción que seguiría en el bachillerato se centraría preferentemente en las letras, con la literatura como piedra angular. Tampoco opinaba sobre política, aunque seguía los acontecimientos que vivía España a través de la pequeña pantalla del televisor de la casa de mis padres, que precisamente en 1978 adquirieron su primer aparato en color, después de muchos años con un viejo modelo "Marconi" de esos que en los años 60 retransmitieron en blanco y negro hitos inolvidables como la llegada del hombre a la luna o la victoria de Massiel en el Festival de Eurovisión. El hemiciclo del Congreso se veía más grande y hermoso desde las seiscientas veinticinco líneas de nuestro estrenado televisor con sistema PAL, y en él recuerdo haber visto al rey Juan Carlos sancionar con su firma  la Carta Magna, con un sobrio uniforme azul, provisto de hombreras, botones y puñetas doradas, bajo la atenta mirada de la reina Sofía y del entonces príncipe Felipe. Quizá nadie imaginaba la importancia y la relevancia que aquel gesto iba a tener en el futuro inmediato que nos aguardaba. Si algo no puede negarse es que estos cuarenta años nos han enseñado muchas cosas, pero una por encima de todas las demás, a convivir, a descubrir que podíamos hacerlo después de tanto tiempo de contenido silencio, un silencio cargado de ataduras interiores, de relámpagos, de corazones separados. Los avatares del destino quisieron que uno convirtiera el estudio de las leyes en su quehacer diario, que aquella  Ley de la que bebían todas las demás fuera faro al que recurrir en horas de dudas y oscuridades, mientras nuevas generaciones crecían al cobijo de sus principios y disposiciones. Ciertamente, nada es inmutable y hoy, nuestra sociedad no es la misma que aquella de finales de los setenta, en pleno apogeo de ritmos Travolta y pantalones de campana. Muchas cosas han cambiado y antes o después habrán de tener también su reflejo en el hermético tejido de la Ley. No en vano, nuestro más que centenario Código Civil advierte que las  normas han de interpretarse "en relación con el contexto y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas", pero sin olvidar su espíritu y finalidad. Cuando de una Constitución se trata, su objetivo no puede ser otro que el de la concordia, el de aglutinar y aunar esfuerzos e ideas, por lo que la necesaria actualización de su contenido exigirá partir de tales presupuestos, en absoluto incompatibles con las nuevas realidades que marcan el mundo que hoy nos ha tocado vivir y que de hecho, inspiran torrentes de igualdad y justicia social. No podemos arriesgar cuanto hemos conseguido. Nuestra responsabilidad es construir, hacer prevalecer el humanismo en medio de un universo globalizado y tecnificado que cada vez deja menos espacio para la improvisación, pero sobre todo, estas celebraciones han de recordarnos que la clave sigue estando en escuchar, escuchar siempre.


Ejemplar de mi primera Constitución, que todavía conservo y facsímil con la firma del rey Juan Carlos y de los titulares de las instituciones del Estado en 1978. 

domingo, 25 de noviembre de 2018

Crónica sentimental de noviembre. Llega "Líneas de Tiempo"

Otro mes de silencio y muchas páginas de por medio. Noviembre es el mes mas gris de todo el año, el más melancólico. Se diría que el tiempo ralentiza su latido, que antiguos habitantes del crepúsculo retornan a hurtadillas y se cuelan en una suerte de interminables vigilias. Desde siempre han venido cargados de incertidumbre estos días en que el calendario comienza a resquebrajarse, dejando brotar de sus surcos las embriagadoras luces que anuncian el solsticio de invierno. También la palabra se dejó contagiar, acomodando sus sílabas a los moldes del letargo. A golpes de víspera, de impostadas siestas, continúo leyendo Ordesa, impregnándome de las reflexiones que Manuel Vilas derrocha en cada uno de sus breves capítulos, con el estigma de la muerte bien tatuado en su forma de enfrentarse a la realidad, con la conciencia de que la vida es una sucesión de instantáneas que van desvaneciéndose como las notas dolientes de un arpa. Después de la intensa catarata de eventos que fueron las Jornadas Góticas de Cáceres, su enredadera de letras e imágenes, de símbolos y onomatopeyas, permanecen en mi memoria el destino -en blanco y negro- de los samurais de Kaneto Shindo, en su travesía más allá de la Puerta de Rashomon, acaso trasunto nipón de la Laguna Estigia donde aguarda Caronte, en la antesala de un tránsito que ya imaginasen los pinceles de Arnold Böcklin o los pentagramas de Rachmaninov. El regreso a lo cotidiano quedaba interrumpido luego en medio de las avenidas, en el escenario inasible de la urbe, anónima y megalítica. Allí los silencios, a bordo de trenes atestados de fugacidad, de identidades condenadas a convivir apenas un instante, miradas que se esfuman con el chasquido de los dedos y el silbato de los vagones.  Cuando la soledad acecha, encuentra refugio entre los libros, despertando los poros y el olfato con el olor de las bibliotecas, liberando esa peculiar adrenalina que empuja a la escritura. Es siempre emocionante contemplar las primeras galeradas de una obra nueva, sumergirse en ellas para redimir pequeños errores inadvertidos por el editor, escudriñar cada renglón procurando pulir los grumos insolentes del mármol. Se estremece uno aún más cuando los poemas llevan años durmiendo un sueño injusto de cajones y telarañas. Pero satisface comprobar que la espera mereció la pena. En apenas unos días, Líneas de tiempo vendrá impregnado de ese olor a papel recién guillotinado en la imprenta, ya vestido de versos e ilustraciones. Quedará con ello liberada una poética que pugnaba por ver la luz, que impetraba un sitio en el imaginario de mis publicaciones. 

Portada interior de "Líneas de Tiempo", que en unos días estará en librerías, 
publicado por Ediciones Vitruvio, con ilustraciones de Deli Cornejo

Ascendiendo una Gran Vía donde comparten protagonismo las secuelas de su polémica remodelación y las incipientes cortinas de pequeños farolillos led que marcarán la llegada de las próximas fiestas y el cambio de almanaque, me vienen a la memoria innúmeros fotogramas; esos que, como dice Vilas, sirven para dar fe de lo que se ha vivido, de las personas que un día hicieron el mismo trayecto que uno ahora, cómplice la ciudad, agazapada tras los vitrales de sus fachadas, testigo de los gestos de la calle y la respiración de los mortales. 


sábado, 27 de octubre de 2018

Amistades literarias. Más allá de las páginas

La lógica impone que lo mejor de la literatura son los libros, sus lecturas y el placer que de todo ello uno obtiene. Efectivamente, es así, pero la cosa no se queda entre páginas, renglones y versos. Tengo la satisfacción de tener buenos amigos escritores, y de cuando en cuando, compartir con ellos instantes que luego se tornan inolvidables. Porque las presentaciones, los recitales, no siempre acaban al dar carpetazo al libro o libros protagonistas del evento de que se trate. Los momentos compartidos después, la conversación, el anecdotario, a menudo descarado y ocurrente de los creadores, la sobremesa de cafés y vasos largos, abonan un territorio proclive a forjar amistades y vínculos que luego saben perdurar, aunque por medio se levante el muro de la distancia o la crueldad del calendario. Cuando la vanidad queda a un lado y prevalece lo espontáneo, la vocación de hacer permeable la propia obra, la generosidad de la palabra, entonces habrá merecido la pena. Lo demás viene ya por añadidura. Agrada abrir el buzón y encontrar un sobre con el libro recién publicado de un amigo, asistir a homenajes, presentación de novedades, actualizar el abrazo  que con generosidad brindas a quienes, con unos kilómetros a la espalda, no escatiman desvelos para acercarse hasta tu ciudad, con la sola excusa de la poesía. A unos y otros dedico hoy esta entrada, esperando que el tiempo nos sea favorable y su ovillo no se deshilache demasiado antes de volver a encontrarnos.  Gracias. 


Amistades literarias que se hacen papel. 
Frutos que me llegaron esta semana:
Antología poética de Javier Sánchez Menéndez; El embrujo aprisionado (Monfragüe íntimo), de Vicente Rodríguez; El último gin-tonic, de Rafael Soler; Sutiles territorios de memoria, de Manuel Cortijo Cieza y la "Gazetilla" de la Unión de Bibliófilos Extremeños, con motivo del homenaje que rindió el pasado jueves al profesor y escritor José Luis Bernal Salgado. Amigos todos, sus libros, sus trabajos, su cercanía. Amistad más allá de las páginas. 

domingo, 21 de octubre de 2018

Sábado de letras y encuentros en el Congreso de la AEEX

A estas horas, ya habrá finalizado el XII Congreso de la Asociación de Escritores Extremeños, en la acogedora y literaria ciudad de Villanueva de la Serena. Después de la jornada de ayer, en que uno tuvo el privilegio de compartir todo el día con multitud de amigos y amigas, pertenecientes al gremio de la escritura, algunos, con largo tiempo en medio sin saludarles, imagino que, tras la noche pasada por agua del sábado, la mañana del domingo habrá vuelto a ser escenario de encuentros e ideas, completando un evento que sin duda recordaremos por su excelente organización y acertada selección de contenidos y participantes, que ha servido para aportar interesantes pautas para el debate acerca de cuestiones candentes y necesitadas de reflexión en esta época de grandes cambios que nos ha tocado vivir. 



Late, y con fuerza, el tejido literario en Extremadura, después de treinta y cinco años desde la creación de esta Asociación que pretende integrar a quienes nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, pero siempre con entregada vocación y entusiasmo, al mundo de las letras, de la creación en cualquiera de sus modalidades, que no son pocas. Ya decía que estamos viviendo un tiempo de transformaciones, donde la incertidumbre se ha instalado en nuestra cotidianidad. Se habló de ello en los debates, insistiendo en ese contexto de emergencia que viene contagiando la actividad de creadores y creadoras, cuyas voces, cuya carga de denuncia y reivindicación cada día está más presente, emergencia que lo es también en cuanto surgimiento de nuevas propuestas, de nuevos nombres. Escritores y escritoras preocupados y comprometidos con la realidad que les rodea, con los referentes que a diario van marcando los acontecimientos y la forma de comportarse de los seres humanos. Bastó escuchar las palabras de Marta Sanz para comprender cuál es el sentido de esas emergencias, para percibir la llamada de atención de ese mundo que está ahí fuera y respecto del que no será posible mostrarse indiferente.  


Marta Sanz y su ponencia "Nuevos lenguajes del feminismo"

Se habló de "Poesía para el final de estos tiempos", desde el enfoque de tres poetas bien distintos como Ada Salas, Carmen Hernández Zurbano y Ben Clark, en un debate moderado con rigor por Luis Sáez Delgado. La poesía como conocimiento, los peligros del mercado, el riesgo de la banalización del verso ante la voracidad de las redes.  No menos interesante el diálogo entre Gonzalo Hidalgo Bayal y Manuel Vilas, conducido por el Presidente de la AEEX, Juan Ramón Santos, con la llamada "narrativa autorreferencial" como telón de fondo. Visiones distintas para entender la posición del sujeto narrativo, desde la óptica puramente ficcional a la concepción autobiográfica de la novela, con Ordesa, la última obra del escritor aragonés, como punto de referencia.  


Debate sobre poesía, con Luis Sáez, Ada Salas, 
Carmen Hernández y Ben Clark


"Testimonios sin sujeto", conversación entre Juan Ramón Santos, Gonzalo Hidalgo y Manuel Vilas

No pasaré por alto las comunicaciones ofrecidas, todas con mucho que aportar y que será bien grato leer en su integridad cuando se publiquen las actas del Congreso. Sí decir que quizá se echara de menos alguna referencia a otros tipos de literatura igualmente necesarios y que cuentan en Extremadura con excelentes representantes. Así, la literatura infantil y juvenil, pues no puede el escritor dejar de cuidar y mimar a quienes en el futuro habrán de ser los destinatarios de sus textos. La educación en la lectura pasa por abonar todos los terrenos, sentar las bases para  hacer atractivo el libro y sus historias. 

Pero la jornada del sábado fue, ante todo, un escenario de encuentros, ya lo decía al principio de esta pequeña crónica. Desde que pasó por el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, no había vuelto a coincidir con Manuel Vilas. Miento, pude estrecharle la mano en la Feria del Libro de Madrid, cuando firmaba en una de sus casetas, pero nos limitamos a saludarnos. Me gustó hablar con él ayer, ofrecerle mi bolígrafo para que me firmara su estupenda novela, Ordesa, que está siendo un verdadero éxito, merecido sin duda. Le gustó mi Faber Castell, y a cuento de ello, departimos unos instantes sobre plumas, tinteros e instrumentos de escritura. Un escritor como él debe saber mucho de todo esto, de las horas entregado a dejarse la tinta entre los folios, en las interminables colas de lectores que demandan su autógrafo. Siempre me ha gustado la espontaneidad y el buen rollo de Vilas, la sinceridad que derrocha en sus páginas. Espero que pronto volvamos a coincidir, cuando haya acabado de leer Ordesa.


Pero hubo más encuentros en el estrecho marco de las pocas horas que pasamos en Villanueva de la Serena. De Vicente Rodríguez y Víctor M. Jiménez Andrada, amigos de la Asociación "Letras Cascabeleras", de Cáceres, poco tengo que decir sino que son infatigables, dos auténticos todoterreno. Editorial y escritores que van juntos, que apuran con verdadera fruición cada momento y cada oportunidad para vivir su pasión por la escritura, derrochando como siempre amistad a raudales. Amistad también, siquiera más gozosa por menos frecuentada, la de gente buena como José M. Díez, Ada Salas, Emilia Oliva, Caridad Jiménez, Elías Moro..., sin olvidar a los sufridos organizadores materiales del evento, a quienes hay que otorgar un sobresaliente alto (créditos pues para Antonio y Javier Reseco, Juan R. Santos, Hilario Jiménez, Luis Sáez, y todos los/las demás de la Junta Directiva)


Emocionante fue volver a encontrarme con quien sin duda fue uno de mis mentores en este proceloso océano de la literatura, Ángel Sánchez Pascual, que acudía con su mujer, Miriam, al homenaje, del todo merecido, que la Asociación rendía a sus antiguos presidentes. Hacía más de treinta años, y se dice pronto, que no había vuelto a verles. Uno se sorprende, y se alegra, cuando después de tanto tiempo, le reconocen enseguida. Todavía recuerdo aquella tarde de febrero de 1983, cuando siendo Ángel director de la Institución Cultural "El Brocense", de Cáceres, me acerqué a su despacho y le entregué aquel poemario de juventud que fue mi primer libro publicado. Me correspondió entonces con su obra "La altura de lo sátiro", y después, con el regalo de una amistad que perduró hasta que se marchó de Cáceres. No puedo olvidar que como presidente de la AEEX presentaría mi libro "Autoconfesiones", en 1988, y que junto a él participé en la legendaria Aula de la I.C. "El Brocense", por la que ya habían pasado tantos jóvenes entonces, que hoy son reconocidos autores del panorama literario nacional. 


Homenaje a los Presidentes de la AEEX durante sus 35 años de existencia

Para terminar, mi gratitud a quienes me acompañaron hasta Villanueva y luego compartieron la turbulenta travesía del diluvio de vuelta a Cáceres, bajo una incesante cortina de agua que hacía prácticamente indistinguible el sendero de regreso. Gracias, Pilar López y Montaña Campón. Pero sin duda, mereció la pena. Lástima no haber podido disfrutar también de la jornada del domingo. 

sábado, 13 de octubre de 2018

Un otoño lleno de libros

El nuevo curso literario ha empezado con fuerza. En las aulas, en cualquier rincón donde haya un micrófono y alguien dispuesto a leer un texto, en las librerías, y sobre todo, en la compañía de un buen libro. Desconectado de las redes sociales, no hay mejor aliado que la escritura. Es comprensible entonces que las estanterías de mi biblioteca terminen diciendo ¡basta!, exasperadas del desorden de volúmenes y volúmenes apilados sin control. Mi paso por Madrid, a finales de septiembre, sirvió, una vez más, para que en el tren de vuelta  -a Dios gracias, que llegó sin incidencias, si exceptuamos el retraso- la maleta debiera ubicarse en los compartimentos situados a la entrada del vagón. Que había cogido unos kilos de más era evidente, los suficientes para que no fuera posible volver a colocarla sobre los asientos, como en el viaje de ida. Repleta de libros, con apenas espacio para la ropa y otros enseres, respiró aliviada cuando, ya en casa, pudo librarse de sus ataduras, desperezándose a gusto. Así, aprovechando la parsimonia del sufrido tren extremeño, desfilaron ante mis ojos los Recuerdos durmientes de Patrick Modiano, la más reciente obra del Premio Nobel francés, que como en anteriores entregas, vuelve a convertir París en un personaje más, tablero en el que situar sus piezas de ajedrez. Tras un verano de coqueteos con la filosofía, en el que la relectura de Kafka ocupó un lugar destacado, no sorprenderá haber tenido compañeros de viaje del tenor de Sartre, Camus y Houellebecq. Bien distintos, a años luz de distancia respecto de su temática y propuestas formales, me gustaron los últimos poemarios de Luis Alberto de Cuenca (Bloc de otoño) y Juan Carlos Mestre (Museo de la clase obrera), este último -confieso- aún inacabado y cuyos textos, difícilmente calificables, me sugieren reminiscencias de Saint-John Perse y su Anábasis. Entre uno y otro libro, y persistiendo en esa atmósfera proclive a la búsqueda, a la reflexión, los Aforismos del no mundo de Juan E. Cirlot, que ha publicado Renacimiento en una estupenda edición de Antonio Rivero Taravillo,  han viajado conmigo y me han hecho pensar, algo tan necesario en estos días de desarreglos hormonales, tan cercana la tentación del vacío y la caída libre. 



También en Madrid se estaba celebrando la Feria del Libro Antiguo, con sus casetas instaladas en el Paseo de Recoletos. Difícil pasar por allí sin hurgar en las cajas y los anaqueles de los libreros. Inevitable sucumbir al olor del papel envejecido, al tacto de las cubiertas arrugadas, al escalofrío de tener entre las manos la primera edición de alguna de las obras de tus autores de cabecera. No me defraudaron los hallazgos: Neruda, Gloria Fuertes, Pío Baroja, Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez...


De vuelta, el otoño literario se ha apoderado de lo cotidiano. El poeta Basilio Sánchez llena a rebosar uno de los salones más grandes de mi ciudad para presentar su nuevo libro de poemas, Esperando las noticias del agua, recientemente publicado por Pre-Textos. Solo se habló poesía, de la que no deja lugar a dudas. De ello se encargaron también Álvaro Valverde y Miguel Ángel Lama, que acompañaron al autor. Coincidía la llegada a librerías del último título del poeta placentino, El cuarto del siroco, editado por Tusquets. 


Casi al mismo tiempo, mi amigo Hilario Jiménez me brinda el regalo de su amistad a través de las páginas de sus dos últimos libros, el que ha publicado con la editorial Sial, estudiando y recopilando los poemas de Diván del Tamarit y Sonetos del amor oscuro, de Federico García Lorca, y el de creación propia, en hermosísima edición de El Sastre de Apollinaire, Para que la vida ocurra. 


Precisamente con Hilario y con el hispanista italiano Gabriele Morelli disfrutábamos de una extraordinaria velada este pasado miércoles, con ocasión de la presentación, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, del libro Poesía política de Pablo Neruda, selección y edición del profesor Morelli, que ha publicado la editorial Cátedra. Curiosamente, la antología se inicia con los poemas procedentes de su obra Tercera Residencia, uno de los libros que tuve la oportunidad de adquirir en mi visita a la feria madrileña (2ª edición, Losada, Buenos Aires, 1951). 



Ya no hay quien pare el aluvión de actos literarios que nos aguardan en las próximas semanas: presentaciones, congresos de escritores, jornadas poéticas, ferias de editoriales... Todo antes de que a primeros del año próximo sea uno el que estrene sus nuevas publicaciones, largamente ansiadas y esperadas. 


sábado, 22 de septiembre de 2018

Mi adiós a las redes sociales

Enlazando con el tema de mi última entrada, casi un mes hace ya de ello, sigo dándole vueltas al fenómeno de las redes sociales, y cómo han llegado a influir en la forma de relacionarnos y comunicarnos en esta sociedad tecnificada que gira en torno a la teología de los smartphones y a la omnipresencia de un internet sin el cual no faltan quienes aseguran que no serían capaces de entender su cotidianidad. Me propuse un experimento sociológico, desaparecer, hacerme invisible. Comenzar desactivando la cuenta de Facebook, y con ello separar mi pequeña pieza del puzzle, averiguar cuáles podrían ser las consecuencias de tal exilio voluntario. Las redes son un vórtice que engulle a quienes participan en sus ondas. El que no desea continuar sometido a la dictadura de la exposición pública, se cuela rápidamente por el sumidero y ni siquiera sus amigos o contactos llegan a advertirlo. Personalmente he comprobado que solo unos pocos se dieron cuenta del apagón, que buscaron en vano el rastro de un perfil, condenado por otra parte a reactivarse a la semana, si no hay orden en contrario. En todo esto hay algo de adicción, los primeros días echas de menos ese repaso obligado de la actividad de tus allegados, la absurda estadística de los "likes" en tus más recientes publicaciones. Luego, uno es víctima de sentimientos encontrados. De una parte, inquieta la urgencia de regresar, la sensación de que algo falta, que el universo cibernético te necesita. ¿O será justo lo contrario? Nos hemos acostumbrado a lo virtual, se ha perdido sensibilidad en los dedos, que solo parecen responder a las vibraciones de un ratón o un touch pad. El mundo sigue ahí fuera, aunque hayamos conseguido hacerlo dúctil, que quepa en la reducida pantalla de nuestro ordenador. Después, te cruzas en la calle con uno de tus "amigos virtuales" y ni siquiera os miráis a la cara. ¿De qué estamos hablando pues? No sé cuántos de ellos te echan de menos si de pronto, tu perfil desaparece, si te marchas sin dar explicaciones. Seguro que si antes hubieras avisado, los comentarios se contarían por docenas. Pero a veces es mejor correr de un solo golpe las cortinas, no dar opción para el arrepentimiento. Lo que hagas luego, es decisión que únicamente a ti te pertenece. 


domingo, 26 de agosto de 2018

¿Son malos tiempos para los blogs?

¿Siguen siendo útiles los "blogs"?  Las llamadas bitácoras eran antaño más populares en internet. Basta con echar un vistazo a aquellas que uno tiene enlazadas con la suya propia, a modo de itinerario que ir siguiendo para acceder a la información que de primera mano dan a conocer amigos, personas respecto de las que se tiene un interés especial, entidades u organizaciones. Mantener regularmente un blog no es tarea nimia. Requiere, además de una importante dosis de tiempo, tener claros los contenidos, la orientación que pretenda darse a la página, renovar de cuando en cuando su formato. En esto, los blogs informativos, que se limitan a difundir noticias, novedades, datos destinados al consumo general de los internautas, suelen tenerlo más fácil. Bastará con ir renovando ese material a caballo de los acontecimientos y los eventos que se deseen divulgar. Suele ser una solución sencilla y barata para aquellos colectivos o personas que no pueden disponer de los andamiajes y el coste que supone una página web estrictu sensu. La opción de acudir a fórmulas como Blogger o similares, resulta idónea en estos casos. Más complicado es el destino de los blogs que podríamos calificar como de creación, ya sea literaria, cuasi periodística o gráfica. Estos requieren lógicamente un esfuerzo mayor, exigen una tarea de selección de textos, ilustraciones y materias, así como necesariamente, un tratamiento diferente del idioma en orden a lo que se busca contar, asimilable a la presentación de una pequeña obra, distinta de lo meramente publicitario o divulgativo.  


La observación de la lista de blogs enlazados con el de uno, o las de otros cercanos, revela que los intervalos temporales de actualización de contenidos son cada vez mayores. La obligación impuesta de renovar diariamente textos, noticias, comentarios e imágenes, empieza a pesarnos un poco a todos los que continuamos de algún modo fieles a este instrumento de comunicación. Por mi parte, intento mantener una periodicidad semanal a la hora de abrir una nueva página en mi cuaderno de bitácora, pero no sorprende ver cómo otros blogs, otrora muy activos, han quedado en el olvido o son renovados después de largos períodos de hibernación. Hay no obstante quienes permanecen fieles a este escaparate y vierten sus ideas, reseñas o críticas con mayor fluidez. Quizá yo no lo haga por falta de tiempo y acaso, también de inspiración. Sigo prefiriendo la bitácora a los comentarios en las redes sociales, aunque ello suponga tener un número de lectores o seguidores muchísimo menor. En realidad, poco me importa. Lo que escribo lo hago porque me apetece y de vez en cuando me surgen temas que entiendo pueden resultar interesantes. Entonces, dilapido unos minutos para soltar unas líneas y colgar alguna imagen, sin renunciar a la posibilidad de que aquellos contactos que quieran acceder a ellas desde Facebook, por ejemplo, puedan hacerlo, a través del correspondiente enlace. Ya comprobé hace tiempo que tener seguidores en Blogger o recibir comentarios a tus escritos quedaba fuera de mi alcance. Insisto, no es algo que me quite el sueño. Antes al contrario, mi página es como una isla microscópica en el mega universo de la web y quienes en ella se detienen lo hacen seguramente por mero accidente o como consecuencia de alguna búsqueda en la que aparece la referencia a un contenido allí incluido. 


Lo de Facebook es sociológicamente más curioso. No todos los navegantes de esta red social se comportan del mismo modo respecto de las cosas que en ella cuelgas o los enlaces que compartes. Resulta enjundiosa la filosofía que inspira la dictadura -para muchos- del "like", del "me gusta", y un ejercicio de psicología avanzada que dice mucho de quiénes somos y cómo nos comportamos ante estímulos que proceden de personas muy variopintas. Así, desde el automatismo de quienes bendicen cualquier publicación desde el primer instante de su subida a la red hasta quienes concienzudamente se lo piensan y prefieren comprobar su procedencia o contenido. La red social es proclive al exhibicionismo, y veremos que aquellas noticias con imágenes propias que reportan momentos vitales, acontecimientos festivos, etc., hacen estallar casi de inmediato el contador de las preferencias de cuantos merodeadores deambulan por los distintos perfiles. El auténtico lector de blogs es bien diferente, sus comentarios, independientemente del foro en que se viertan, revelan la necesaria visita previa a la bitácora, el interés por el trabajo o los temas abordados por su autor, normalmente alejados de la mayor frivolidad que inunda las redes sociales. Rompo pues una lanza a favor de la vigencia de los blogs en este tiempo en el que proliferan los tuits y nos invaden emoticonos y emojis. No me obsesiona cosechar aplausos ni corazones rojos de delirio.