domingo, 5 de abril de 2020

Recuerdos familiares del Domingo de Ramos

Mi bisabuelo materno, Marcos Flores Martín, falleció el 31 de mayo de 1890, en Cáceres, víctima de una tuberculosis pulmonar. Tenía cuarenta y ocho años de edad y había nacido en la localidad de Garrovillas de Alconétar. A finales del siglo XIX, esta enfermedad constituía una auténtica pandemia, en momentos en que, como los que vivimos hoy, todavía no existía una cura eficaz. Fueron miles también los afectados por este mal, que llegó a asociarse con el espíritu del romanticismo e incluso con la creatividad, habiendo sido víctimas de él conocidos artistas como el músico Fréderic Chopin o el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, sin olvidar su huella en obras como "La Traviata" o "La Bohème". En unos días en que el mundo que conocíamos se tambalea por mor del coronavirus y reviven tantos fantasmas de otras épocas, habrá que pensar que finalmente aquellas viejas pandemias terminaron pasando y se recuperó la normalidad, no sin haber aprendido el ser humano la lección y alentarse multitud de avances científicos que poco a poco nos fueron haciendo más fuertes, pero nunca inmunes del todo a nuevas amenazas.

Volviendo a Marcos, se había trasladado a Cáceres con la esperanza de una vida mejor, y de hecho, consiguió levantar un negocio de hostelería que ejerció desde los viejos "aguaduchos" o quioscos de refrescos que se instalaron en la antigua bandeja de la Plaza Mayor,  en concreto desde los dos situados en la parte inferior, más próxima a la calle Gabriel y Galán, en la zona donde la bandeja gozaba de mayor altura por el desnivel existente, circunstancia que le permitía disponer incluso de habitaciones a modo de almacén en los bajos de dicha bandeja. A su muerte, los quioscos pasaron a dos de sus hijos, uno de los cuales sería el abuelo de quien ahora escribe. 


Imagen de la Plaza Mayor de Cáceres a finales del siglo XIX, procedente de Tarjeta Postal (Papelería Alcoyana, 1900). Se observa la parte inferior de la bandeja central, con sus escaleras para salvar el desnivel y los dos quioscos de refrescos (aguaduchos) que regentaron Marcos Flores y sus hijos. En detalle, la altura de la bandeja, que permitía habitaciones y espacio utilizable bajo su suelo. 

Han pasado años, décadas e incluso más de un siglo de todo ello. Cuántos Domingos de Ramos y cuántas celebraciones en torno al óvalo de la vieja Plaza Mayor, tan proclive a múltiples cambios de fisonomía. Tanto tiempo, que en menos de dos meses se cumplirá el centenario del nacimiento de mi padre, Juan José Gómez, que nació un 27 de mayo de 1920, cuando todavía se sufrían las secuelas de la que fue conocida como "gripe española". Él se casaría luego con una de las nietas de Marcos, la más joven de todas, Cecilia, y durante toda su vida permanecieron en Cáceres. Fue uno de los primeros hermanos de la Cofradía de los Ramos, del Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Esperanza, con sede canónica en la Parroquia de San Juan, cofradía fundada en 1946, con la dirección espiritual de su cura párroco, D. Julián Macías. Conservo fotografías de la procesión conocida popularmente como "La Burrina" atravesando la Plaza Mayor en la década de los años cincuenta, en esos primeros años de la Hermandad, acompañado el paso con cientos de palmas. 




Procesión del Domingo de Ramos durante los años 50 del siglo pasado. En la primera fotografía, el segundo hermano en la fila es el padre de quien escribe este Blog, a quien vemos también cargando con el paso de "Entrada de Jesús en Jerusalén", al final del varal. 

Entonces, el corazón del recinto estaba ocupado por aquel frondoso jardín con palmeras y suelo a modo de teselas de piedra portuguesa, como el que todavía conserva la Plaza de San Juan, jardín que rodeaba el cortejo procesional, que bajaba desde la Gran Vía para retornar al templo por la calle de Pintores. 


Plaza Mayor de Cáceres a finales de los años cincuenta

Como mi padre, quise también ser Cofrade de Los Ramos, y seguir llevando al cuello su medalla, la misma que él había portado durante tantos años. No lo podré hacer en este, cuando se cumple su centenario. La tormenta que ahora nos tiene cautivos se conjuró para que en esta ocasión, los pasos procesionales se quedaran en los templos y no hubiera desfiles, ni el bullicio de la gente en las calles de nuestra ciudad. 


Difícil concebir un Domingo de Ramos sin "La Burrina", sin el alboroto propio del principio de la Semana de Pasión, sin ramas de olivo ni palmas doradas. Aún custodio la que llevé en 2015, cuando tuve el honor de pregonar la Semana Santa de Cáceres. Sirva el siguiente fragmento de aquel Pregón para no olvidar que, pese a la forzosa clausura, hoy es de nuevo Domingo de Ramos. 

"Mediodía del primer domingo, el de los nardos y las palmas, el del alborozo y las ramas de olivo, el del agua bendita. Como en volandas, un hombre transita sereno sobre un pollino, rodeado de la chiquillería, le sigue entregado todo el pueblo, desciende pausadamente, sorteando casi sus acometidas. Le vemos aparecer bajo el anguloso trazado del Arco de la Estrella. ¿Quién puede imaginar ahora el destino que le aguarda? El gozo de los cánticos no concibe la frialdad y el hosco bronce de los clavos, ni el vino que teñirá de sangre la negra aurora. Hoy todo son parabienes, desde las almenas, una ofrenda de pétalos desciende pluvial sobre su cabeza, el amarillear de las palmas ondea por los senderos del Adarve. Sea pues el aroma embriagante del olivo, largo y dulce en los labios".







Sin tu latido. Mi homenaje a Luis Eduardo Aute

Solo escuché en directo una vez a Luis Eduardo Aute. Fue en Cáceres, a comienzos de los noventa, en la Plaza Mayor, en uno de aquellos escenarios con enormes gradas que se montaban para los Festivales de Teatro. No dejaría de acercarse a Extremadura en más ocasiones, y así, en 2015, presentó en la IV Feria del Libro de Trujillo su libro "Claroscuros y otros pentimentos" (Editorial Pigmalión), y actuó en el Festival Europa Sur de Cáceres. No tuve entonces la oportunidad de verle ni disfrutar de su poesía y de su música, y no mucho tiempo después, el 8 de agosto de 2016 sufriría un infarto que marcó el comienzo de su decadencia física. Le recuerdo sin embargo en aquel extraordinario concierto de la década de los noventa, con sus energías intactas, más de dos horas de repaso de toda su trayectoria, la que había sido sin duda, la banda sonora de mi propia adolescencia y el germen de mis incursiones en el mundo de la música, guitarra en mano, siempre con sus canciones prendidas de los labios y sus acordes modelando los dedos a lo largo de sus dóciles trastes. Conservo así las dos viejas cintas de cassette de su disco "Entre amigos", grabado en el legendario concierto que ofreció en el Teatro Salamanca de Madrid, el 4 de marzo de 1983, una auténtica joya que además nos haría a muchos jóvenes como yo descubrir las voces de la llamada "Nueva trova cubana", y más en particular, a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, sin olvidar que también le acompañaron otros igualmente grandes como Joan Manuel Serrat o Teddy Bautista. Aquellas canciones tenían algo mágico y uno no paraba de querer tocarlas en unos momentos de incipiente aprendizaje, cantarlas en cualquier sitio, pero siempre con el calor de amigos y amigas que compartían el mismo entusiasmo por el lirismo de las letras y el mensaje que encerraban. Todos esos poetas/músicos me hicieron en gran medida como soy y les estaré agradecido de por vida. Eran horas y horas tarareando aquellas melodías, buscando conseguir sus discos, sus partituras. Incontables las veces que habré cantado "Al alba" en tantos sitios y con tantas compañías. En las residencias de estudiantes, con compañeros de carrera, en las mismas calles de la ciudad monumental, al atardecer, mirando al mar... Aquella canción que Aute dedicó a los seis jóvenes patriotas guatemaltecos fusilados al amanecer por el Gobierno de Ríos Montt. Y qué no decir de "Las cuatro y diez" o "Rosas en el mar", y tantas otras. Cada siguiente trabajo suyo marcaba un nuevo antes y un después, un aluvión de poemas de lo cotidiano, que conseguían atraparnos en su envolvente atmósfera. En 1984 publica "Cuerpo a Cuerpo", con temas inolvidables como "Cine, cine" o "Una de dos", y la que para mí es una de mis baladas fetiche, "Sin tu latido"


Eran tiempos de amores estrenados, de escarceos literarios, de ausencias y distancias. Nunca olvidaré la noche en que, en uno de aquellos pisos de estudiantes del Cáceres de finales de los ochenta, junto a dos amigos, entonces pareja, cantábamos esa canción evocando la falta de otra persona que completaba el círculo. No dejé de escucharle, como tampoco a Joan Manuel, Silvio o Pablo, aunque la vida surcase luego otros territorios y mudasen por completo los personajes del escenario. Aquellos discos, y otros como "Fuga", "Templo", "Nudo", sin olvidar los últimos publicados, siguieron ilustrando horas de búsqueda de la inspiración, urgiendo la necesidad de una guitarra próxima. Imagino que ahora, Luis Eduardo será un personaje más en aquel universo llamado "Vailima" que tan bellamente inauguraba su disco "Fuga". Habrá vuelto por fin a Tahití para reencontrarse con otros espíritus creativos como Paul Gauguin o compartir aventuras con Robinson Crusoe. Para nosotros, ahora huérfanos de su latido, al menos nos quedará por siempre su música, sus poemas, sus cuadros, su impronta que nos hizo ser como somos. 

Gracias, Luis Eduardo, hasta siempre. 


VAILIMA, Luis Eduardo Aute (Fuga, 1984)



viernes, 3 de abril de 2020

Viernes de Dolores, viernes de dolor...y esperanza

¡Qué extraño Viernes de Dolores, antesala de la Semana Santa! Tan lejanos ahora aquellos tiempos en que este día era el del retorno a casa, a mi ciudad, a la compañía de aquellos cuya presencia tanto anhelamos, al olor a túnica recién planchada en la alacena de mi madre. Y en la calle, un gentío creciente, con el bullicio de los locales atestados y la promesa de unas jornadas abiertas al estallido de la primavera. 

Hoy, sin embargo, no habrá viacrucis en las calles del barrio antiguo, ni la Cofradía del Cristo Negro abrirá las puertas de Santa María, avanzando su medieval cortejo entre hachones hasta la capilla de los Hermanos de la Cruz Blanca para recoger su Cruz de Guía. 

El mundo permanece cautivo de un enemigo invisible, retorciéndose convulso extramuros de nuestros hogares, con el dolor y la incertidumbre impresos en los rostros. 

Hoy, la vigilia más comprometida será la de quienes, en los hospitales, en las fuerzas de seguridad, en los transportes, en los centros de producción y distribución de alimentos, procuran que todo el engranaje continúe funcionando, que los corazones sigan latiendo, que los pulmones se llenen de aire. 

No habrá tambores ni esquilas, ni saetas al filo de la madrugada. Ese Cristo que padece prendido del madero tiembla esta noche sobre una cama de UCI, y sus cofrades son cada uno de los entregados profesionales que le acompañan y le insuflan ánimo. 

Que su aliento aleje definitivamente este mal que nos acecha.


sábado, 28 de marzo de 2020

Mi lectura de "Progenie" y otros avatares

Cuando comencé a leer "Progenie" de Susana Martín Gijón, quizá no éramos aún conscientes de lo que se nos venía encima. En esa semana posterior al bisiesto, al que muchos atribuyen toda suerte de agoreras calamidades, marzo estrenaba sus auroras prendidas de esquejes con olor a primavera cercana. En Cáceres, en las salas del Museo de Historia y Cultura "Casa Pedrilla", representantes públicos y de la cultura de la ciudad se reunían para inaugurar la exposición retrospectiva dedicada a la obra de la artista Pilar Durán, "La mujer en en el arte contemporáneo extremeño", quien supo encajar su tesela en el complicado mosaico del panorama pictórico de un siglo veinte extremeño prácticamente copado por los varones. Aunque ya fallecida hace unos años, vínculos personales me ligan a sus familiares y a su entorno, e incluso tengo el privilegio de disfrutar de la cotidianidad de algunas de sus obras, que dignifican las dependencias de uno de mis compañeros de trabajo. Los sugerentes cuadros de Pilar Durán, con su gran fuerza creativa y riqueza cromática acaso habrían de ser excusa para una de las últimas convocatorias públicas a la que iba a asistir, aunque otras muchas ya  poblaban las celdillas de mi agenda inmediata.


Así, y sin olvidar los siempre tradicionales actos de una embrionaria Semana Santa en los albores de la Cuaresma, los siguientes días de marzo anticipaban citas literarias significativas como la lectura de poemas de Javier Pérez Walias, en el "Aula José María Valverde", el jueves 12, o la misma presentación de "Progenie", que veníamos esperando con avidez para culminar un trimestre pletórico en el "Aula de la Palabra" de la Asociación Cultural Norbanova, el viernes 13 de marzo, evento que, como el anterior, tendría lugar en el Salón de Actos del Palacio de la Isla.  Mi visita a Madrid, el 7 de marzo, que ya es objeto de una crónica anterior en este Blog, ya anticipaba una atmósfera cargada de tangibles incertidumbres, de temores agazapados. La ciudad continuaba moviéndose a su ritmo habitual, ofuscada entre actos multitudinarios ya convocados y otros a punto de congregar a miles de personas. Entretanto, los capítulos de "Progenie" iban avanzando, como también su absorbente trama. Tomaban cuerpo sus personajes, el gusanillo que caracteriza a la novela negra compartía con el virus ese poder de contagio, exponencial al interés del argumento y al ansia del lector por continuar indagando en las claves de la novela, en un momento en que la curva continúa siendo ascendente y el clímax se antoja todavía lejos. 


En misión de rescate, vuelvo a Madrid el 11 de marzo: Stop. Cargar equipaje. Abandonar la urbe. Kilómetros por delante, se difuminan las torres y sus siluetas en un incierto brindis al futuro. El manos libres del automóvil me regala la voz preocupada de Susana Martín Gijón, pendiente de su presentación, prevista para apenas dos días después. Le comento que el Ateneo ha clausurado todas sus actividades, que la Concejalía de Cultura está pendiente de la respuesta del Ayuntamiento para suspender la programación del Palacio de la Isla. Luego, ya en Cáceres, me comentan que se ha aplazado la lectura de Javier Pérez Walias. No tiene sentido que Norbanova mantenga la presentación de "Progenie" y se lo comunico a su autora. La lectura deberá continuar en la soledad del confinamiento, que no tarda en decretarse. Ayer, después de 430 páginas, cuatro partes y un epílogo, saboreo los secretos de la novela de Susana. No, no se preocupen, no habrá spoilers en este artículo. Solo decir que me han quedado todavía más ganas de que la autora retome su compromiso con el Aula de la Palabra y algún día pueda venir para someterla a un "tercer grado" sobre su novela. Ojalá sea posible, quizá el próximo curso, si amainan estos esquivos vientos que ahora nos sacuden. Seguro que nos hablará del significado que la mujer tiene en su obra. Mujer, madre, mujer empoderada en roles tradicionalmente atribuidos a varones, mujer libre, coraje, heroína. Y no digo más. Solo que sigue en pie nuestra invitación a hablarnos de todo ello en el Aula, cuando las condiciones sean favorables. Ahora, el cuerpo me pide volver a Borges, a ese Borges que encontró en Ginebra la ciudad donde supo ser feliz, donde decidió residir para siempre. Sus relatos transatlánticos me reconfortan. Sus personajes, sus reflexiones. 


Y en poesía, rescatar a Aleixandre. Su casa en Velintonia clama un esfuerzo de las instituciones. No en vano, nuestro Premio Nobel recibió allí a sus contemporáneos, muchos de ellos, también copartícipes en silencio de ese mismo galardón que nunca pudieron recibir.  Cuando todo esto pase, y aun consciente de las dificultades que arrastrará esta crisis, espero que un pellizco del presupuesto de Cultura no se olvide de este lugar. Que suceda como en Cáceres, con su "Casa Pedrilla", que renació del olvido para convertirse en Museo de Historia y sede de las obras de Oswaldo Guayasamín. 


Creo que ya me he desahogado bastante. Ahora, mi desvelo es para personas como mi queridísimo amigo y excelente poeta Basilio Sánchez, Jefe de UCI del Hospital "San Pedro de Alcántara" de Cáceres, cuyos profesionales están desarrollando, en primera línea una labor encomiable. Para ellos mi reconocimiento y apoyo en estos momentos en que la poesía verdadera no es sino la entrega, la generosidad sin reservas. 


Foto: Lorenzo Cordero

jueves, 26 de marzo de 2020

Disculpen que mi opción sea el silencio

Por favor, disculpen que uno tienda por naturaleza al pesimismo, a ver siempre la botella medio vacía, a elegir el negro como color fetiche. En estos días inciertos, de sangrantes estadísticas, de llamadas de auxilio, son múltiples las iniciativas que, desde la gente de la cultura pretenden suavizar la temperatura de las horas, alejar con el antídoto de la palabra las pesadillas, rectificar la distorsión de los biorritmos. Celebro sin duda esas lecturas espontáneas, esas ventanas abiertas que desde las redes sociales exhortan a buscar el final del túnel, la intrincada salida del laberinto, a hacer táctil y creíble esa primavera que desde hace unas pocas jornadas ya convive entre nosotros.  Por favor, ahora que la oscuridad nos pasa factura, disculpen que mi opción sea la del silencio, la del verso adormecido en los estantes. Se hace difícil conciliar la cordura. El frío hierve y serpentea por los capilares, enhebrando atávicos desasosiegos. Uno quiere imaginar que como el resto de las cosas que nos rodean, también esta dentellada sea algo finito, con fecha de caducidad, que por fin un día habrá de agotar su metraje. 








sábado, 21 de marzo de 2020

La madrugada del Eremita

Atípico veintiuno de marzo, estreno de la primavera y nominado como "Día de la Poesía". Afuera, la ventisca nos trae de regreso semblanzas de noviembre, lluvia y sensaciones que invitan a cobijarse entre los muros de nuestros hogares. ¡Y eso es precisamente lo que venimos haciendo desde hace unas pocas jornadas ante el empuje del enemigo invisible que un día más continúa avanzando! No tengo el cuerpo ni el espíritu para recitar en público mis poemas y quizá tampoco para escribir otros nuevos. De hecho, creo que son ya varios los meses que llevo sin modelar un solo verso. Sigo sin embargo aferrándome a aquellos que escribí antes de que todo esto acabara con nuestra ahora añorada rutina, hace unos cuantos años ya, porque en ellos veo retratada la realidad y los sentimientos que hoy nos acompañan. Como en mi entrada anterior, hojeo las páginas de mis "Arcanos Mayores", para detenerme, en esta ocasión, en su apartado titulado "Señales", compuesto de siete pequeños poemas precedidos por el icono de la carta número nueve de la emblemática baraja del Tarot, la que representa al "Eremita", o el "Ermitaño", imagen sin duda propicia para estos días de reclusión, de ver el mundo desde detrás de los vitrales, a buen recaudo. Decía entonces el poeta: 

"El tiempo congela las yemas de los dedos, 
vierte en los labios trazas de vidrio..."

En el retiro, en la clausura de los estímulos, con el temor escrutando la indemnidad de la piel, acaso descubrimos hasta qué punto somos frágiles, cómo al creernos indestructibles hemos descuidado tantas cosas, exponiéndonos al azote de los elementos. 

"La materia de que están hechos los cuerpos
participa de la incerteza,
por los pliegues del torso resbala
el agua de la lluvia,
transparente escalofrío". 

Entonces, en el silencio de la noche, cuando los cuerpos forzosamente han de yacer distanciados,  "La soledad hace rechinar los dientes"



                                                                                        © Deli Cornejo


Cada poema que rescato de este libro, publicado en 2012, me parece más cargado de vigencia. Siempre han existido plagas, pandemias, tormentas que han arrasado los cimientos de nuestra forma de vida para dar paso a una nueva manera de interpretar las partituras y los acordes de la lluvia. Ahora es el momento de poner diques, levantar barreras que aguanten las embestidas de la marabunta. 


"Poner los medios para conjurar
los rostros de la oscuridad,
de eso se trata ahora. 

El mundo debe tomar partido
y aislar el murmullo que la tormenta condensa,
se hace preciso seguir viviendo.

El big bang retumba lejano
como un discurso agorero". 


Y qué decir de las fake news, del bombardeo de informaciones que distorsionan nuestra percepción de la realidad. 

"Las noticias envenenan y crean espejismos
no siempre reversibles,
con ligereza se confiere credibilidad a titulares
más propios de mentideros
aunque se conturbe
la curvatura del círculo". 

Revisitando los "Arcanos Mayores", me sorprenden esas palabras escritas hace casi diez años, su enorme actualidad, sus reflexiones, tan próximas a esta cotidianidad que hoy nos sacude. Procuremos mantener la serenidad del eremita, la prudencia del que aguarda bajo su techo a que amaine la borrasca. 

"Nada sino distancia,
voluntaria y forzosa tierra de por medio
entre la multitud y la madrugada del eremita". 













martes, 17 de marzo de 2020

CORONAVIRUS: ¿Y después, qué?

Acaso nuestra sociedad, el mundo que conocíamos, no estaba preparado para esto. Ajeno el fantasma de la guerra, las que están repartidas por los distintos continentes apenas inquietan al cómodo occidental que consume series en plataformas digitales o se divierte chateando o jugando on line con sus colegas. Tampoco el drama de quienes se dejan la vida buscando un lugar mejor donde poder sobrevivir con lo más básico. Pero esto nos ha venido a golpear directamente en la línea de flotación de la rutina, de la indiferencia con que muchas veces contemplamos todo aquello que bulle más allá de los cristales de nuestra ventana. Ahora se trata de algo que no vemos y que tiene la capacidad de infiltrarse entre nosotros, que no hace distingos y que, para más inri, te puede matar. En estas circunstancias, los emporios financieros, las disputas por ocupar uno u otro sillón, la reserva que pagábamos a plazo para el crucero que proyectábamos este verano, realmente poco significan. Acostumbrados a que el aluvión de noticias estresantes del telediario no vayan con nosotros, nos damos cuenta de que todas esas cosas que tanto nos seducen se volatilizan al mínimo envite de la galerna mientras damos la espalda a otras que de verdad son importantes. 


¿Qué pasará ahora con el Coronavirus? Por mi parte, lo tengo más que claro. Algún día, cuanto ahora nos aflige, acabará por ser historia, y entonces, no tendremos idiomas, palabras ni tiempo para agradecer lo bastante a tantos profesionales que, en sus distintos sectores, están trabajando para que así suceda. De todos modos, el camino no va a ser corto, ni mucho menos. Cuarenta años tardó el pueblo de Israel en cruzar el desierto desde Egipto hasta la Tierra Prometida, según reza el libro del Éxodo. No será tanto ahora, pero hay que tener los pies en el suelo. Las autoridades políticas y sanitarias nos dicen que es cuestión de paciencia, de contención y de responsabilidad. Ciertamente. Pero es indiscutible que la curva de afectados sigue creciendo y que lo hará todavía un tiempo. Me pregunto qué pasará luego. ¿Cuándo habrá garantías de que las ciudades vuelven a ser transitables, que los estudiantes pueden regresar a sus clases sin miedo al contagio, que los estadios, que la cultura, pueden abrir sus brazos al público que tanto tiempo ha estado aguardando ese reencuentro? Regresando a la Biblia, ¿habrá que dejar volar una paloma para ver si retorna con una rama de olivo en su pico?  Son tantas las preguntas que se me ocurren. Y lo que más me agobia es que entretanto, muchos quizá no lleguen a ver el final de este túnel. Después, como cuenta la historia de Noé, otro será el mundo sin duda, habrá que empezar de cero en muchas cosas, tardaremos meses, quizá años, en recuperar la conciencia de la seguridad, adquiriremos nuevos hábitos, acaso mejores, que nos permitirán encarar el futuro con otros ojos. Porque los socavones que dejará este tornado no serán solo cosa de estadísticas, ¿qué espera a cuantos verán sus actividades suspendidas, sus puestos de trabajo pasar a un peligroso stand by a la espera de una normalización que puede tardar en llegar? Cualquier ayuda siempre parecerá poca y el esfuerzo será tarea de todos, comenzando por quienes ostentan la responsabilidad de los poderes públicos y disponen del control de los recursos. Se ha dicho que este virus no conoce fronteras ni ideologías y quizá esta sea una buena oportunidad para apartar diferencias y encauzar en una misma dirección todas las manos, desterrando prejuicios y rencores previos. 

Duele la poesía a merced de este seísmo. Sin duda, es bálsamo necesario para despejar los nubarrones que se ciernen sobre la forma de vivir despreocupada y egoísta que la sociedad ha terminado haciendo suya. Pero también uno, como diría Machado, sufre la angustia "que habita mi usual hipocondría", se ve superado en medio de todo esto y le cuesta enhebrar el verso, buscar en él la receta para dulcificar los males del alma en un momento en que el cuerpo deambula acorralado, inerme ante enemigos a los que no sabe presentar batalla y que acechan sin tregua, distanciándonos unos de otros, levantando fronteras y reeditando un temor que acaso habíamos olvidado desde pretéritas edades o que solo parecía cosa de películas. 

Retomando la excusa de la poesía, cierro estas reflexiones transcribiendo el último poema de mi libro "Arcanos Mayores" (2012), perteneciente al "Monólogo del Loco", inspirando en ese extraño naipe del Tarot que carece de número y que muchos sitúan al final de la baraja.

El signo de los tiempos viene marcado
por la virulencia de los fenómenos meteorológicos,
por la sacudida inopinada de las placas tectónicas.

Preocupa el agotamiento de las ideologías,
las heridas abiertas de par en par 
en el tejido artificial de los continentes.

Mientras, el magma hierve y disminuye las defensas
a fuerza de estirar los argumentos.

Quizás sea el momento de “El Loco”,
aquel que camina con su hatillo
temeroso de mirar al frente
y un perro le lame las calzas
al borde del acantilado.