sábado, 12 de noviembre de 2016

First we take Manhattan, then we take Berlin

Hace casi treinta años, una tarde de poesía en los jardines de la ciudad monumental de Cáceres, dentro del programa que se llamó "Cáceres intramuros", termina en los salones de un mesón, dentro también de ese mismo casco histórico que lucía flamante su designación como Patrimonio de la Humanidad. Comparten mesa jóvenes escritores, universitarios, gente interesada por las letras, algunos completamente neófitos en estas lides. De pronto, alguien echa mano de una guitarra y la poesía se calza los ropajes de la música, entre los acordes y el sesgo de una voz rasgada que proclama un mensaje visionario. First, we take Manhattan, then, we take Berlin. Ya la había escuchado antes, era 1988, y Leonard Cohen acababa de publicar su disco "I´m your man", plagado de certeras canciones, construidas desde los más hondos cimientos de su condición de poeta. Éramos jóvenes, pretendíamos alimentar la palabra, vestirla con los artificios del lenguaje, y coreamos aquel estribillo sin pararnos a pensar en su mordiente premonitorio, en que el mundo se encontraba sumido en una carrera de fondo que nos llevaría a enfrentarnos a una realidad que entonces ni siquiera imaginábamos, pero que daría sentido a esas letras que llamaban a no quedarse quietos, a hacer de la poesía un revulsivo con el que confrontar el envite de los nuevos desafíos que Cohen ya adivinaba y que iban a socavar muchos de nuestros valores, los más propios del ser humano, indefenso ante el mecanicismo de una civilización cada vez más deshumanizada. Ahora Leonard ha fallecido. Siempre quise poner en práctica sus enseñanzas, como las de Borges o T.S. Eliot: no rendirse, escribir como alternativa a la demencia. Se nos ha ido uno de los bendecidos, pero sigo escuchando su First, we take Manhattan, como aquella noche de los ochenta, en la que todos éramos un poco mirlos blancos. 


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