miércoles, 6 de septiembre de 2017

Mi reseña íntegra del libro "AQVA", de Hilario Jiménez, para su presentación en Montánchez

En la tarde del miércoles 6 de septiembre he tenido el privilegio de acompañar al poeta Hilario Jiménez Gómez en su pueblo natal de Montánchez, a la sombra de su castillo roquero, y en el corazón de la villa, el Salón principal del Ayuntamiento, para presentar el poemario "AQVA", que hace unos meses publicó la Asociación Cultural Norbanova dentro de su colección "Baúl de Palabras". Ya estuve con él cuando lo presentó en Trujillo, de la mano del genial Luis García Montero, y también cuando lo hizo en Cáceres, junto al poeta y amigo Antonio Reseco. No pude acompañarle en Soria, ¡cuánto me hubiera gustado!, pero es que ahora junto al placer de escucharle, de disfrutar de su obra, he tenido también la responsabilidad de ocupar el lugar que anteriormente tuvieron aquellos grandísimos escritores, ofreciendo las claves para introducir la lectura del poemario, desmenuzando algunos elementos e ingredientes. Confieso que he disfrutado muchísimo haciéndolo, como siempre que se comparte escaño poético con Hilario y se aprende de su magisterio. En nombre de Norbanova, agradecerle una vez más su generosidad e igualmente, la del Ayuntamiento de Montánchez, cuya alcaldesa, María José Franco, también quiso estar presente, contribuyendo con la disponibilidad de medios personales y materiales a la realización de este acto de difusión y promoción de la cultura, y la lectura en particular. 


Un instante de la presentación de "AQVA", en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Montánchez


Transcribo a continuación el texto íntegro de la reseña elaborada para la presentación de "AQVA", esperando sirva para que potenciales lectores se interesen por el libro, y definitiva, se acerquen a la poética de un autor tan grande como Hilario Jiménez. 


“AQVA”: El disfrute de editar un libro transparente.
Montánchez, 6 de septiembre de 2017.

I.- Cuando Hilario Jiménez Gómez nos propuso publicar con la Asociación Cultural Norbanova, aunque ya le conocíamos, y conocíamos su poesía, no podíamos imaginar que el resultado fuera a ser tan enormemente satisfactorio. La gestación de “AQVA” terminó siendo consecuente con el propio contenido del libro y con su planteamiento. Obra que surge, que fluye, que irrumpe con sus palabras, a modo de manantial, y se encarna, tomando los ropajes del papel, que gotea desde su primera letra, impregnándonos con su encanto, con el magnetismo de sus elementos químicos.

Queríamos que “AQVA” fuese un libro distinto, que en su lectura los sentidos tuvieran un protagonismo inmediato, mano a mano con el ritmo de los poemas, que el lector se viera irresistiblemente seducido. Y así, desde el principio, los dedos perciben la humedad, la transparencia de ese líquido elemento cuyas diversas acepciones van intercalándose, página a página, con los propios versos, a modo de verdadero hilo conductor y espíritu vital que modela el mensaje y la energía lírica de la voz poética. Nada más abrir el libro, el lector se zambulle en un juego de colores; los azules del torrente de significados que inundan el lenguaje con sus salpicaduras, la sorpresa de las ilustraciones que prolongan ese azul primigenio, dándole formas, inventando siluetas y sugiriendo transparencias. Entretanto, mientras se suceden con suavidad las páginas, es el tacto el que se contagia de esa cercanía de lo húmedo -río, corriente, mar- que se hacen táctiles, que empapan las yemas. Por fin, el agua va impregnando los labios, alimentando la saliva, cuando el intérprete pronuncia a viva voz los versos, modula y se deja llevar por sus cadencias, sacia su sed al percibir el gorgoteo de las sílabas, el trepidante idioma de las mareas, que con sus brazos terminará envolviéndole. Al cerrar el libro, cuando el papel -afluente- vuelve a la senda de su cauce, los devaneos del agua esparcen aromas a tierra mojada y musgo, a arena y barro. Queda, pervive, la esencia de la poesía; así lo quiso el poeta.  

II.- Al bucear en los versos, descubrimos el completo maridaje entre el agua, como síntesis de vida, y el discurso del autor, donde el amor, la conciencia de la fragilidad, los avatares de la existencia que zigzaguean, enredados en los meandros de la edad, inflaman de mensaje y sentimiento los poemas. Dice el poeta: “recogido en tu abrazo todavía / pienso / que la fugacidad del hombre / descansa en un suspiro /”.

Esta agua de la poética de Hilario Jiménez es cristalina, nítida, permite contemplar sin dificultad su paisaje interior, los pedernales, los rollos que descansan en el fondo. No hay lodo en sus palabras, se sitúan en el momento y en el lugar correctos, donde habita la transparencia, y ello crea vínculos de proximidad con el lector, consiguiendo hacerle cómplice de sus historias. Se comprende fácil cuanto decimos tras la lectura de poemas como “Tu nombre”, deliciosa y romántica evocación al recuerdo de una voz ya durmiente, escrita con el lenguaje del viento, varada para siempre tras la cancela del hermosísimo cementerio de su pueblo, Montánchez. La huella del veintisiete en los textos de Hilario es palpable, y el poeta exhibe su admiración por autores como Alberti, García Lorca, Miguel Hernández, Pablo Neruda… Todos ellos están presentes en el libro y el autor metamorfosea su voz o el sentido del mensaje que pretende transmitir, disfrutando de esa cercanía. En “Ruina”, paráfrasis a Federico García Lorca, aparecen impregnados los versos del surrealismo de “Poeta en Nueva York”, especialmente visible en la última de sus estrofas: “El niño galopa alumbrado por el viento / con el esqueleto de la luna entre sus piernas. / Y su madre atada entre las sábanas / llora vacía tras un espejo estéril /.”  Miguel Hernández respira en el poema que sigue a continuación, articulado en tres partes que interpretan las tres heridas de su poética, una de las composiciones más intensas y rotundas del libro. 

Al llegar al ecuador del poemario, la lluvia que se precipita impenitente sobre la áspera superficie del mundo (ilustración en página 31), también alcanza la fibra de las páginas, los recuerdos del poeta. En “Otoño”, nos transporta nuevamente a un territorio conocido e íntimo, el de su pueblo; es la lluvia excusa para contemplar, a través de los muros del castillo, el inexorable paso del tiempo. Agua fértil de lluvia, crecida del río que marca el dibujo y el aliento de nuestras vidas, con su cotidianidad, sus objetos, sus urgencias, las del amor, sobre todo, en continua búsqueda de lo eterno.

Anticipa Hilario la desembocadura de todas las cosas, el mar como acepción que se aproxima y a donde irán a verter todas las corrientes. Fluye el agua de ese río que se esconde: “…la vida es un suspiro / y se acaba / y que la quiero acabar contigo /”.  Ya los poemas siguientes tendrán sabor a agua salada, y de nuevo a encuentros y ansiedades, las olas y la marea serán las claves en la reflexión del hombre indefenso ante la inmensidad, el que anhela un beso sin tiempo ni retorno. En la poesía de Hilario late como una constante la complicidad del otro, de ese otro amado que es íntimo oleaje, temeroso de la huida del mar: “Ya lo sé, amor; / ya sé que te preocupa que el mar / un día despierte seco…”. El amor pues, siempre, un amor que bebe de los sonetos de Neruda a Matilde Urrutia, de los sinceros versos de Concha de Marco. Porque la poética de Hilario se caracteriza también por eso, por su sinceridad, la que reside en las palabras que se intercambian los amantes, en las caricias que entrecruzan sus cuerpos, indefensos ante el acecho de las mareas.  Solo queda que la vida continúe rigiendo las fases de la luna, que se sucedan los días y las noches, que “que la vida ocurra”, como reza el penúltimo poema del libro, que el hombre se reconcilie con lo que un día fue y redima lo que está por venir.  Entretanto, no podrá faltar la escurridiza melodía del agua, el temblor de la piel al contacto travieso de las gotas.


Cierra el libro (contraportada), la pregunta que el poeta intitulaba “Epitafio”: “¿Por qué el desierto se bebió / todas las aguas del mundo? “. La tierra descarnada es trasunto de la muerte, de los huesos que ya son solo astillas. Y es que, en definitiva, no somos sino agua; lágrimas, saliva, orina, seres líquidos.

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