miércoles, 1 de noviembre de 2017

Reflexiones para el día de difuntos

Nada de convenciones ni retahílas. El recuerdo no es patrimonio de nadie. Tampoco de un calendario o de una fecha específica. En estos días, se intenta poner parches al olvido, rescatar la memoria, buscar una reconciliación, siquiera momentánea, con el pasado y su ejército de sombras. El óxido de los dedos delata la perversidad del reloj. Insobornable, el tiempo habla desde sus registros de piedra. Difuminadas las voces, perviven sonámbulas en el océano de los instantes, apagándose lentamente. No visito cementerios el 1 de noviembre, prefiero las fechas anteriores y las posteriores. De hecho, según la tradición cristiana, el día 2 es el que se dedica a honrar a los fieles difuntos. Si el tiempo meteorológico acompaña (últimamente, todo lo contrario), el paseo por el camposanto puede resultar intenso, envolvente, propicio a transportar a otras dimensiones, a otras músicas. La visión de los nichos, de las cruces, siempre me ha traído reminiscencias de Bécquer, de aquella de sus rimas (LXXIII), que relata la frialdad del entierro y las preguntas que el ser humano se formula ante la impenitencia de la muerte: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!". No cambia la faz del cementerio año a año, continúan ahí mudas las lápidas, mohosas y arrugadas las flores, aunque por unos días, renueven su apariencia. No tardará en volver a cubrirlas la depresión del silencio, el punzante discurrir de las estaciones. En realidad, todo forma parte de nosotros, devolviéndonos a la certeza de lo que somos. 




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