domingo, 25 de noviembre de 2018

Crónica sentimental de noviembre. Llega "Líneas de Tiempo"

Otro mes de silencio y muchas páginas de por medio. Noviembre es el mes mas gris de todo el año, el más melancólico. Se diría que el tiempo ralentiza su latido, que antiguos habitantes del crepúsculo retornan a hurtadillas y se cuelan en una suerte de interminables vigilias. Desde siempre han venido cargados de incertidumbre estos días en que el calendario comienza a resquebrajarse, dejando brotar de sus surcos las embriagadoras luces que anuncian el solsticio de invierno. También la palabra se dejó contagiar, acomodando sus sílabas a los moldes del letargo. A golpes de víspera, de impostadas siestas, continúo leyendo Ordesa, impregnándome de las reflexiones que Manuel Vilas derrocha en cada uno de sus breves capítulos, con el estigma de la muerte bien tatuado en su forma de enfrentarse a la realidad, con la conciencia de que la vida es una sucesión de instantáneas que van desvaneciéndose como las notas dolientes de un arpa. Después de la intensa catarata de eventos que fueron las Jornadas Góticas de Cáceres, su enredadera de letras e imágenes, de símbolos y onomatopeyas, permanecen en mi memoria el destino -en blanco y negro- de los samurais de Kaneto Shindo, en su travesía más allá de la Puerta de Rashomon, acaso trasunto nipón de la Laguna Estigia donde aguarda Caronte, en la antesala de un tránsito que ya imaginasen los pinceles de Arnold Böcklin o los pentagramas de Rachmaninov. El regreso a lo cotidiano quedaba interrumpido luego en medio de las avenidas, en el escenario inasible de la urbe, anónima y megalítica. Allí los silencios, a bordo de trenes atestados de fugacidad, de identidades condenadas a convivir apenas un instante, miradas que se esfuman con el chasquido de los dedos y el silbato de los vagones.  Cuando la soledad acecha, encuentra refugio entre los libros, despertando los poros y el olfato con el olor de las bibliotecas, liberando esa peculiar adrenalina que empuja a la escritura. Es siempre emocionante contemplar las primeras galeradas de una obra nueva, sumergirse en ellas para redimir pequeños errores inadvertidos por el editor, escudriñar cada renglón procurando pulir los grumos insolentes del mármol. Se estremece uno aún más cuando los poemas llevan años durmiendo un sueño injusto de cajones y telarañas. Pero satisface comprobar que la espera mereció la pena. En apenas unos días, Líneas de tiempo vendrá impregnado de ese olor a papel recién guillotinado en la imprenta, ya vestido de versos e ilustraciones. Quedará con ello liberada una poética que pugnaba por ver la luz, que impetraba un sitio en el imaginario de mis publicaciones. 

Portada interior de "Líneas de Tiempo", que en unos días estará en librerías, 
publicado por Ediciones Vitruvio, con ilustraciones de Deli Cornejo

Ascendiendo una Gran Vía donde comparten protagonismo las secuelas de su polémica remodelación y las incipientes cortinas de pequeños farolillos led que marcarán la llegada de las próximas fiestas y el cambio de almanaque, me vienen a la memoria innúmeros fotogramas; esos que, como dice Vilas, sirven para dar fe de lo que se ha vivido, de las personas que un día hicieron el mismo trayecto que uno ahora, cómplice la ciudad, agazapada tras los vitrales de sus fachadas, testigo de los gestos de la calle y la respiración de los mortales. 


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