domingo, 23 de diciembre de 2018

Mis lecturas de 2018. Libros que me acompañaron durante el año que acaba

Han sido muchos los libros que han pasado por mis manos en este año al que le restan apenas unas pocas jornadas. Libros de toda clase y condición, de géneros y materias muy dispares. En realidad, todos han terminado haciéndome pensar, afectando, unos más que otros, a mi manera de entender la vida, a mi forma de escribir...  

Allá por febrero, dos acontecimientos iban a marcar en gran medida el itinerario lector de los meses siguientes. Nos visitaba en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova el poeta Fermín Herrero, con su lírica sencilla pero intensa y arraigada en los sentimientos más íntimos del alma humana, poesía del hombre y del territorio. Tras escucharle, en aquel salón del Ateneo de Cáceres, confieso haber experimentado una huida poética hacia ese arte de llamar a las cosas por su nombre, de no desdeñar elemento alguno de cuantos nos rodean, por insignificante que pudieran parecer. Buceando en esa lírica de la cotidianidad, de la palabra próxima y grata a las yemas de los dedos, fue fácil devorar las páginas de libros como "Tempero", "Sin ir más lejos", o su último publicado, "Fuera de encuadre". Me llegó su poesía honesta, ligera de equipaje, próxima al crepúsculo que va cubriendo los alcores en las tierras altas de la Meseta.  


El otro hito que me depararía febrero sería la lectura de un libro completamente distinto: "La hoguera de los inocentes", del escritor y amigo Eugenio Fuentes, publicado por Tusquets, en una incursión poderosa y no menos valiente en el territorio siempre difícil del ensayo y la literatura analítica, con el trasfondo de un tema de plena actualidad como el de la injusticia, a través del prisma de las ordalías y la negación del derecho. Para quienes profesamos tareas que tienen que ver con lo jurídico, comprobar hasta qué punto la literatura no ha sido ajena a los devaneos de la balanza y su difícil equilibrio resultó ser una experiencia apasionante, enriquecedora y didáctica. Porque en este libro, Eugenio Fuentes, prescindiendo de sus referentes narrativos, acomete un trabajo cuyo calado y envergadura va asimilándose a medida que sus páginas van avanzando. Estamos ante un libro que sirve de llamada a la lectura de otros muchos, que espolea al lector incitándole a sumergirse en muy diversos mundos, en la vorágine de múltiples historias, todas ellas contagiadas de un envolvente humanismo, espita de una reflexión que en lo que a mí respecta, me ha llevado a indagar senderos y vivencias muy fructíferas en lo personal, impregnando también el tejido de mi propia literatura. Tras leer el libro de Fuentes, la relectura de Kafka se hacía imprescindible. Y pasaron por mis manos "El proceso", "El castillo", entre otros papeles del genial autor checo. Tuve un hueco para entregarme a la distopía de "El cuento de la criada", y regresé a mis clásicos del existencialismo como Sartre y Camus, que reconozco  haber disfrutado y comprendido mejor que la primera vez que los leí, en mis años de mocedad. En este maremágnum de visiones del hombre y de su recorrido vital, ya en verano, todo mi tiempo fue para Manuel Vilas y su "Ordesa", libro que venía a completar la cuadratura del círculo. Obra difícil de definir y encasillar, me atrevería a calificarla como "Poética de la sinceridad". Después de reflexionar sobre el sentido de la vida y los ardides para afrontar el descalabro de la muerte, fue todo un descubrimiento la contundencia del relato de Vilas, su descaro a la hora de enfrentarse a temas no menos que intocables, la facilidad de transmutar la experiencia en palabras, sin miedos ni prejuicios. No pocos capítulos me hicieron sentirme profundamente identificado con el autor. Creo haber perdido la cuenta de las frases memorables que quedaron subrayadas en el texto. 


No me olvidaré finalmente de otro de mis autores de cabecera, el francés Patrick Modiano. De viaje, en los interminables trayectos en tren ida y vuelta Cáceres-Madrid, me sentí que volvía de nuevo a París por unas horas: "En el café de la juventud perdida" o "Recuerdos durmientes", acompañaron el traqueteo del convoy por el envejecido trazado del ferrocarril. 


Y uno se pregunta, ¿qué poesía se lee cuando la cosa va de búsqueda interior, de introspectiva?  No es poca la poesía que también he leído en estos meses. Imposible enumerar todos los títulos que me dejaron huella. Diré que me gustaron libros como "Las llamas", de Pere Gimferrer, "La negación de la luz", de Juan Antonio Masoliver Ródenas, "Bloc de otoño", de Luis Alberto de Cuenca, o la "Poesía" de Michel Houellebecq, sin olvidarme de los extremeños Basilio Sánchez, con su delicioso "Esperando las noticias del agua" o Irene Sánchez Carrón, "Micrografías", ambos que pasaron por el Aula de Norbanova en sendas veladas memorables. El fin de año me pilla leyendo "El cuarto del siroco", de Álvaro Valverde, que presentaremos en enero, y con mi poemario recién editado "Líneas de Tiempo", cuyos poemas, escritos hace años, pugnaban briosamente por ver la luz. Todo ello, mientras espero que 2019 me permita presentar "La complicidad de los amantes", ese sí completamente nuevo, que publicará próximamente la editorial Takara. 


No me caben más libros en los pequeños estantes de mi biblioteca. Es triste tener que colocarlos en dos o incluso tres filas. Siempre aquellos que quedan detrás parecen condenados a un injusto ostracismo que no merecen. Quienes todavía amamos el libro de papel, nos enfrentamos a estas injusticias, a estas contingencias. Porque nunca el espacio de que disponemos nos parecerá suficiente para albergar el abrazo y la vecindad de quienes son los compañeros que con nosotros ven pasar las hojas del calendario, que han compartido noches en vela, rincones secretos, habitaciones de hotel, que han viajado apretados en una maleta. Como nuestros sueños, los que ahora confiamos a este nuevo tiempo que ya acecha sigiloso con su carga de incógnitas presencias, de folios en blanco, de incertidumbres, pero también de esperanzas, humanas y nuestras. 

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