sábado, 23 de marzo de 2019

En Badajoz: Reseña íntegra de la presentación de "Las regiones de la melancolía"

Volver a Badajoz, ciudad en la que residí durante esos años que marcaron el cambio de siglo y de milenio, fue ayer toda una experiencia gratificante y más aún cuando vuelves para hacer de maestro de ceremonias en la presentación del primer libro de poemas de un buen amigo, que de este modo hacía realidad uno de sus sueños, ver impresos en papel sus propios versos. Pasear por las calles del casco antiguo de la capital pacense, subir hasta la Plaza Alta y percibir su inconfundible aroma de ciudad fronteriza y de tránsito de culturas, sin duda es algo que a uno le acerca por unos instantes a esa sensación de libertad que tanto se echa de menos en el día a día de la vida cotidiana. El mejor recuerdo que se puede tener de una velada así es el que deja en los labios la lectura de una poesía íntima y cercana como la de José Antonio Patrocinio, pese al tono nostálgico y a veces sombrío que está presente en muchos de los poemas de su libro "Las regiones de la melancolía". Ya dejó apuntado que su inspiración brotaba de la lectura de autores como Rubén Darío e incluso se permitió recordar los primeros versos de su poema "Lo fatal". Lo demás vino ya de corrido, y uno se siente a gusto en brazos de un auditorio que se percibe agradecido y receptivo. Por eso, mi mejor tributo no puede ser otro que el de reproducir íntegramente el contenido del texto que a modo de reseña introductoria había elaborado para dar a conocer este libro y que tuve oportunidad de leer en el incomparable marco de las Casas Consistoriales de Badajoz junto a un autor tan próximo en tantos aspectos y tan querido. 


JOSÉ ANTONIO PATROCINIO: “Las regiones de la melancolía”
Badajoz, 22 de marzo de 2019.

Presentar la obra de alguien con quien tienes tantas cosas en común es siempre una satisfacción, pero también un reto nada fácil, ante el riesgo de dejarse arrastrar por el automatismo de los sentimientos y la complicidad de las experiencias vividas. Se antoja necesario sin embargo esbozar algunas líneas para explicar cuál ha sido el camino que hemos andado hasta poder tener en nuestras manos “Las regiones de la melancolía”, opera prima del magistrado y escritor José Antonio Patrocinio Polo, que hoy tenemos el honor de dar a conocer en este bellísimo escenario de las Casas Consistoriales, en la histórica y multicultural Plaza Alta de la siempre hospitalaria ciudad de Badajoz, donde el poeta trabaja y reside. Nos conocimos precisamente aquí, en esta población de contrastes, y no es la primera vez que compartimos aventuras literarias. Recuerdo que, estrenado el milenio, ya intercalamos versos en el viejo café “La Regenta”, en Valdepasillas, entre aromas de cerveza y humo de tabaco, en medio de un ambiente poético pacense que tan bien supo acogernos en aquellos años de mudanzas y andares. Fue precisamente quien hoy presentamos el que a su vez me presentara en la lectura que, en otro marzo, ya lejano, ofrecí en el Ateneo de Badajoz, cuando se encontraba en los locales de la calle de San Juan, presidido por el escritor Santiago Corchete. Desde entonces, sé que José Antonio no había dejado de escribir poemas, que iba seleccionando textos y purgando estrofas a la búsqueda de una palabra propia, de un discurso íntimo que modelaba a medida de su trayectoria vital, pero sobre todo, que alimentaba con el torrente de sus lecturas, piedra angular de su vocación literaria, pues sabido es que siempre un gran lector tiene garantizadas las bases sobre las que levantar su propio verbo, dar contenido y definir un estilo y una forma de expresar todo aquello que pide ir más allá de las páginas de los libros que con avidez van pasando por sus manos.

“Las regiones de la melancolía”es en gran medida el resultado de todas esas lecturas, maceradas en el tamiz de la personalidad de su autor, un libro que, sin perjuicio de inequívocas referencias y elementos heredados de aquellas, ha sabido erigirse, con la robustez de un tronco firme, de una muy característica manera de enfrentarse a la contemplación del mundo y la existencia humana, en particular. Al poeta como lector se añade pues el hombre, esta vez en su condición de espectador, de caminante, que deambula por un territorio donde las incertezas, los amagos de desasosiego, le acompañan y están presentes en la definición de su mirada. Con un lenguaje cercano, pero estudiado, cada poema es una colección de pausados ritmos, de combinaciones métricas en absoluto improvisadas. El autor sabe lo que quiere transmitir y la forma de hacerlo, hurgando en la búsqueda de lugares comunes en los que la experiencia vital se convierte en protagonista, como también lo son la tarde, el crepúsculo, los paisajes y el aroma de los campos. 

Un acierto, sin duda, el título elegido para dar idea de la trama argumental del poemario. El poeta, el hombre, medita y acumula sentimientos que son universales, reflexiones necesitadas de respuesta. Nos habla así de “la nostalgia de lo pasado”, contempla desde su privilegiada atalaya“el resto de su vida”, y pide al silencio que le acompañe en su recorrido. El diálogo consigo mismo que recuerda las Soledadesdel inmortal Machado, los soliloquios de quien, resignado al experimentar la huida del tiempo a orillas de un mar en calma, mediado el verano, a punto de que el cielo se ilumine, forman parte de ese mundo que el autor va dibujando al compás de sus versos. Estos se llenan de sensaciones, de personajes que habitan su memoria y toman cuerpo a través de los poemas. “El declamador”, El visitante”, “Desamparada”. Pero siempre la nostalgia, la visión doliente de la existencia que bebe de múltiples lecturas y momentos de indecisión a bordo del insomnio, cuando el universo parece empequeñecerse alrededor y solo se atisba la ruta inexorable de un horizonte desconocido y poblado de ausencias. Como la de la madre muerta del inefable Meursault, de “L’étranger”, cuyo recuerdo atormenta al protagonista de la magistral novela de Albert Camusy que aquí aparece en los reglones de “Los astros, a lo lejos”, sometida a la visión nerudiana del poeta que ve cómo la noche toma posesión de lo cotidiano. Como la del chico devorado por los rigores del páramo, que a las afueras de todo enfrenta sus ojos con los de la Parca, descarnados y extraños, incomprensibles. En “Dignidad”, el poeta toma como referente al escritor pacense Jesús Carrasco e interpreta hasta erizar el vello una de las secuencias de su novela “Intemperie”

La incertidumbre como argumento poético, la añoranza de la lluvia que como bautismal óleo redima la espera de quien aguarda y sopesa los ahogos de la existencia son constantes que marcan el desarrollo del libro: “Pronto llegará la lluvia/ y con ella la paz de las naciones/ anticipando el regreso de los nuevos tiempos/ y el anhelado silencio de los cañones.En un mundo convulso, aún queda tiempo para la esperanza, aun cuando “Aprender a llorar”resulte inevitable tantas veces y hasta necesario ante tantas muestras de dolor e injusticia. Así, otro de los elementos temáticos que está presente en el libro es la figura del Creador, del Dioscon mayúsculas al que el poeta interroga (como en el poema “Las preguntas”), un Diosno exento de desazones y turbulencias que pende cual espada de Damocles sobre el discurrir del ser humano, necesitado de un báculo liberador, de una orilla a la que aferrarse. Si antes comentábamos la proximidad del poeta al fatalismo de Camus, sus palabras están inflamadas de una fuerte impregnación del pensamiento unamuniano, de ese sentimiento trágico que estremeció durante toda su vida al pensador bilbaíno, confundido en medio del conflicto entre la razón y la trascendencia. En su poema “Vacío”, Patrocinio recrea las tribulaciones de aquel Manuel Bueno, mártir, que en realidad, D. Miguel quiso convertir en reflejo de sí mismo. 

Aunque estamos ante un libro reflexivo y melancólico, los versos de “Las regiones de la melancolía”tienen también su hueco para el consuelo, para la reconciliación con el propio yo y su lugar en el camino de la vida. Antes hablábamos de la lluvia como promesa, pero también el poeta aspira a empaparse de esa serenidad que invocaba Fray Luiscomo salvoconducto para alcanzar su particular nirvana, el del equilibrio, el de la expulsión de todo aquello que contamina la mirada y trastabilla los pasos. De nuevo Dios, y la humildad de quien pretende alcanzar la paz “ligero de equipaje”, como diría Machado, con el solo hábito de la autenticidad y la belleza de las cosas verdaderas. Porque la vida encuentra su sentido cuando se convierte en hombro al que el ser querido se arrima, en brazos con que guarecer al amado y apartar las adversidades. 

Canta el poeta a su tierra, “La tierra de la claridad”, ausente de los estereotipos de líricas trasnochadas, buscando retratar en sus versos la realidad de unas gentes que hicieron de aquella su forma de concebir la existencia. La tierra seguirá siendo en todo caso el mejor y más seguro de los baluartes, el último santuario donde abismarse para siempre hasta confundirse con ella. En definitiva, desembocan allí los ríos que fluyen a través de las regiones de la melancolía, dando sentido a las palabras, ese que no es otro que el de permanecer, de dar testimonio de lo que somos y de lo que fuimos. Lo dice el poeta: “reposaré eternamente en la extensa tierra de mi sangre/ cuyo nombre habré de recordar para siempre/ porque allí resiste y sigue en pie la casa de mi padre”

No les defraudará leer este primer poemario de un escritor que seguro será solo el principio de una prometedora singladura literaria. Sus lecturas son ahora también las nuestras, sus versos, los de todos nosotros, su paz, la que le invade al finalizar este periplo poético, la misma que nos confortará al entornar la última de estas páginas, cuando ya se anuncien tras los vitrales los primeros colores de la madrugada. 


Jesús María Gómez y Flores. 22 de marzo de 2019. 



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