sábado, 9 de mayo de 2026

Santo Domingo de Silos: Poesía y espiritualidad

Hace ya casi un mes de aquel fin de semana literario y monástico que compartimos en Santo Domingo de Silos. Tenía pendiente una pequeña crónica de lo que fue aquel encuentro, enriquecedor en todos los sentidos, del que nacieron nuevas amistades y contactos de letras, pero también la impronta de un lugar y una experiencia que no serán indiferentes a los escritos que uno pueda acometer en el futuro. Si algo se respiraba en medio de la campiña burgalesa, franqueado el Desfiladero de La Yecla, era silencio, un silencio acaso solo turbado por las nubes de tormenta que descargaron durante la tarde del sábado. Y el olor, el pétreo aroma del románico, desparramándose por el claustro, junto al enhiesto ciprés que inmortalizara el poeta Gerardo Diego y cuya llama parece elevarse, como las voces de los monjes, hacia los inescrutables dominios de la divinidad. En esa atmósfera de mística quietud, resultaba fácil hablar con el lenguaje de la poesía, compartir versos y dejarse llevar por una forma de entender la vida ajena y tan distinta a la que concebimos como propia de nuestra cotidianidad. Mucho se recordó a quien fuera alma mater de estos encuentros, el Padre Bernardo, fallecido apenas unos meses antes y a quien se le tributaron diversos homenajes. No llegué a conocerle, pues era mi primera vez en Silos, pero debió ser un tipo de esos que dejan huella por su empatía, por su compromiso, por su mixtura de hombre de Dios y hombre de letras. Estoy seguro de que él no quiso perderse esta cita y agradeció desde la eternidad todas estas muestras de cariño. 



Claustro románico y ciprés de Silos


Biblioteca del Monasterio


Tarde tormentosa en Santo Domingo de Silos

Apenas una tarde, la del viernes, mañana y tarde del sábado y mañana del domingo, dieron para mucho y a la vez, supieron a poco. Creo escuchar todavía el eco del canto de los monjes al oficiar las Vísperas, mientras el crepúsculo se cuela por los intersticios de aquellas milenarias piedras. Uno siente la piel de gallina y cierra los ojos. Pero en estas jornadas, la palabra, el verbo poético fueron los verdaderos protagonistas. Muchos y magníficos poetas, con su propia manera de entender los entresijos de la lírica. Cualquiera de ellos hubiera merecido los premios que como colofón del encuentro se hicieron públicos en las primeras horas del domingo. Un privilegio recibir ex aequo ese galardón con el poeta y profesor Rafael Rodríguez-Ponga Salamanca, sin olvidar los accésits que se otorgaron a las escritoras Montserrat Doucet y María del Carmen Aranda. Seguro que el Padre Bernardo también tuvo algo que ver y que el jurado, presidido por el catedrático Francisco Gutiérrez Carbajo, recibió de algún modo su inspiración e influencia. 


Premiados en Silos

Ojalá pueda volver a Silos el próximo año. Y ojalá que podamos organizar en Cáceres unas jornadas como estas, con un formato parecido. Espacios de abolengo no le faltan. Y motivos tampoco, pues no en vano, la ciudad celebrará pronto sus cuarenta años como Patrimonio de la Humanidad. Ahí lo dejo. De momento, vaya mi agradecimiento a cuantos hicieron posible esta convivencia  literaria, en especial a Basilio Rodríguez Cañada, presidente del Grupo Editorial Sial Pigmalión y al abad del monasterio, el Padre Lorenzo Maté, por la gran hospitalidad dispensada a este grupo de apasionados por las letras. 



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