domingo, 25 de agosto de 2013

Ciudad de Ángeles. Los Ángeles de Highgate

Por excéntrico que parezca, en las ciudades que he visitado, siempre me he dado un paseo por alguno de sus cementerios. Enlazando con la entrada anterior, en París, son pocos los que me faltan por visitar e incluso en alguno, como el de Père Lachaise, he estado hasta en dos ocasiones. Pero es que este camposanto, de enormes dimensiones y con tantos residentes ilustres, merece más de una visita. Otros tienen un encanto especial y suscitan evocadoras sensaciones, como el Cementerio Protestante Inglés de Roma, pequeña área en silencio a los pies de la Pirámide de Cayo Cestio, donde reposan exiliados legendarios como Percy B. Shelley o John Keats, éste último maltrecho por la injusticia de los críticos que arruinaron su pujante juventud, haciéndole vulnerable a todo tipo de males. Se apagó su voz y solo permaneció el ruido del agua en la Fuente Barcaccia, en la preciosa Piazza di Spagna de la capital romana.  Desde hace tiempo sin embargo tenía interés en conocer un recinto distinto, en este caso, en el país de origen de aquellos míticos poetas del romanticismo. Había leído ya sobre Londres y sus cementerios victorianos y no pensaba dejar de visitarlos cuando volviera a esa ciudad.  Llegamos pues a Highgate un domingo por la mañana, hará ahora prácticamente un mes. Enclavado en el norte de Londres, se trata en realidad de dos cementerios distintos, el del Oeste y el del Este. El autobús te deja próximo a la estación de Archway y es necesario subir una pequeña cuesta así como atravesar un parque. Si tienes dudas, en una iglesia cercana, un simpático presbítero anglicano te dará las indicaciones precisas para llegar.  Aunque hay que pagar para poder entrar, la parte Este es de libre acceso y tiene menos interés. En ella se encuentra la tumba de Karl Marx, autor de El Capital, que murió exiliado en la capital británica. No tiene pérdida pues el cenotafio está coronado por un mastodóntico busto del filósofo.  


Tumba de Karl Marx en el Cementerio de Highgate (Este)

Muy distinto es el camposanto del Oeste, al que solo puede accederse mediante visitas guiadas. Nada más traspasar la entrada y subir unas pocas escaleras, la impresión es definitivamente inolvidable. Quizá estos sean los terrenos donde en la ficción se ubicara la Abadía de Carfax que Bram Stoker menciona en su novela Drácula. O tal vez no. Pero seguro que el escritor los conocía bien. Cementerios como custodios de lo que un día fueron los hombres y las mujeres que en ellos reposan y de los que ya no quedan más que despojos. Espacios donde la materia y las creencias se entremezclan, donde uno se hace preguntas que nadie responde. Aquí, en Highgate, el tiempo ha pasado por encima de los mortales, la naturaleza se ha hecho dueña y señora y musculosas raíces y extremidades vegetales han terminado por socavar la horizontalidad de los monumentos funerarios. Al abrir los ojos, los ángeles nos observan. Por todas partes, rompiendo el skyline de las cruces celtas. Ángeles de alas oxidadas, de rostros apacibles, armados de trompetas. Curiosa también la simbología: antorchas boca abajo en la puerta de las catacumbas, urnas a medio cubrir por túnicas. Como desde antiguo, el hombre ha confiado en cruzar al otro lado siendo consciente de la fugacidad de la existencia,  procurándose guías que iluminasen ese incierto tránsito. Pero ello no solo lo hemos visto en este cementerio inglés. Ya  Bécquer hablaba de "ese limbo en que cambian de forma los objetos, misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño", y se preguntaba "¿vuelve el polvo al polvo? ¿vuela el alma al cielo?, sin obtener una clave, sin hallar una salida. No sé, yo tampoco la tengo, quizá esos ángeles de piedra que resisten el paso de las tormentas y custodian la dormición de quienes a sus pies quedaron para siempre, pero sin duda ellos tampoco abrirán sus labios para darnos una pista. 








Iconografía y simbología en el Cementerio de Highgate (Oeste)

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