martes, 3 de septiembre de 2013

Me gusta Schöenberg





Me gusta Schöenberg. Un autor inclasificable para algunos, promotor del dodecafonismo. Me gusta escuchar su música. Sobre todo por la noche, sus suites de piano, difuminar nota a nota las evidencias de una realidad que no siempre es favorable. El silencio está decididamente reñido con cada impacto de las teclas, sobre todo si éstas sobrevienen sin un orden mínimamente reconocible. Esta música es fiel trasunto de mi interior, de los mundos que la palabra no es capaz de abarcar con sus limitados recursos. Una nueva luna brillará sobre los símbolos de nuestra civilización, la que con su fecha de caducidad irá envejeciendo paralela a los desaires de la piel. Prosigue el piano anárquico y golpea los blandos circunloquios de lo cotidiano, haciendo rebotar sus notas en el lomo de los libros. Schöenberg díscolo, harto de las mismas claves, huidizo del conformismo y sus compases de humo. Dejadme que me pierda, que beba de esta música y me surjan ideas que anhelen echar por tierra cuanto han construido mis dedos sobre los trastes de una avejentada guitarra. Quizá sea preciso nacer de nuevo para escribir a la medida de los dioses. 

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