martes, 8 de octubre de 2013

Ni un segundo de olvido.

Kyrie. Schubert. Misa en La Bemol Mayor. Música que me trae la imagen de una habitación umbría, en una clínica agazapada en los sones del silencio. Mediodía. Quizá festivo. En el exterior, la silueta de las torres, desdibujada por la voracidad de las nubes. Es enero, y ya solo cabe esperar un milagro. La decadencia del cuerpo se ha contagiado del invierno, la respiración se ralentiza, duelen los alveolos con el contacto de la bruma. No me gusta recordar este escenario,  pero esta música me devuelve de lleno a los flujos del pasado, de un pasado de sombras y cansancio, a la imagen de un hombre aguardando la fractura de la conciencia, el aire helado que acaso precede a una luz que se antoja profética, ansiada playa al otro lado del tacto, libre de las inclemencias del dolor y la quemazón de los relámpagos. Él se marchó y nos dejó huérfanos de su abrazo. Pronto hará siete años de eso. Todo el tiempo que llevo hurgando en el vacío de la tarde en pos de su caricia.

Esta espera sin atisbo de indulgencia,
con el rumor de fondo del miedo,
de los días hurtados al futuro,
maldice sin descanso la pequeñez
de nuestros nombres,
el ser de repente solo un cuerpo
humillado y triste
en el umbral del último viaje. 





1 comentario:

  1. Siempre poeta en cualquier semblanza , en cualquier escrito te sale un poema.¡¡¡¡¡

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