domingo, 20 de julio de 2014

Un paseo por Dublín

Me sigue fascinando viajar. El conocimiento que reside en los libros necesita forzosamente de la experiencia, la palabra está huérfana sin lo empírico. Así, la lectura de Ulysses o Dublineses, de James Joyce, nunca podrá ser verdaderamente completa si no se pierde uno por las calles de Dublín, se convive con sus gentes y se saborean unas pintas de buena cerveza negra. Recomendable sin duda no fijar previamente ningún rumbo ni itinerario, solo dejarse llevar por el impulso de la ciudad y respirar sus aromas. Apenas hace una semana que estoy de vuelta y ya intuyo que por mucho tiempo sobrevivirán en mi memoria las claves de aquella urbe literaria y marinera, que fluye a merced de un clima caprichoso y anárquico, donde el color verde y la herencia de un turbulento pasado están presentes a cada guiño del transeúnte con sus calles. Cierro ahora los ojos. Me confunden las hileras de mansiones georgianas con su homógenea fisonomía, sus puertas impregnadas de un caduco neoclasicismo. 


No sé dónde me encuentro. ¿Merrion street acaso?, es posible. No lejos, la mirada picarona de Oscar Wilde recuerda que aunque terminara dando con sus huesos en tierras francesas, sus genes procedían de la vieja Hibernia, y quizá en las buhardillas de aquella casa en la esquina de Merrion Square, escondido tras unos viejos muebles y cubierto con unas mantas de época, aún late, preservado del contacto humano, el perturbador retrato de Dorian Gray, dormido y desactivado.



 Sigo adelante hasta cruzar St. Stephen's Green, indiferente a la elegancia de los cisnes que pueblan las aguas de su lago y que comparten con una horda de intrusas gaviotas. En la rotonda, me llegan ecos de los Jardines de Luxemburgo parisinos. 



A través del arco de los fusileros me encuentro de lleno en Grafton Street. Repito quizás la ruta de los "Dos galanes" que trazara Joyce en Dublineses. Pero han pasado más de cien años desde entonces. Ahora, es la música la que entra por los oídos y sin tregua te arrastra hasta el lugar donde no hace mucho la dulce Molly Malone aún ofrecía cockels and mussels y quizá algún otro inconfesable favor nocturno. Un cartel informa: "That's not the end of sweet Molly Malone", y es que actualmente, la sensual pescadera aguarda su traslado a otro emplazamiento empujada por las obras de ampliación del tranvía, el "Luas", como le llaman los dublineses. Entretanto, alguien recuerda la legendaria historia de la dama y con su guitarra acústica canturrea las estrofas de una canción que es casi un himno por aquellos lares. 



Me hubiera gustado cruzarme con Bono en alguna de esas callejas, invitarle a una Guinness en cualquiera de los pubs que siembran el área metropolitana que circunda el Trinity College, hasta las orillas del Río Liffey, desde Temple Bar. Me quedaré sin embargo en el recinto de la vieja universidad. Empezaba hablando de libros y su biblioteca es todo un océano de ellos, donde no es difícil sentir un cierto vértigo. Me repondré junto a la vieja arpa, que dicen perteneció al mítico Brian Boru, y que es el símbolo del país, la imagen que figura en sus monedas de euro. 




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