domingo, 4 de septiembre de 2016

Lecturas para el fin del verano

Tenaz el estío encaramado a los promontorios, con la codicia del fuego haciendo suyas las las dimensiones de la piel, la corteza descamada de los miembros ya ahítos por la canícula. Mediodía de septiembre. El otoño vendrá tal vez, pero sin duda se hará esperar. Mientras, es hora de hacer recuento de lo vivido, de lo leído, de considerar acaso el fruto de la pluma, caprichosa e indócil. El calendario se viene encima con su jerga de meses sin domesticar y su catarata de fechas. Es imposible anticipar cuál será su impacto, los atajos que aún duermen entre ellas, si la lluvia algún momento se hará presente, si lo harán también la fiebre y sus demonios. 


Sobre la mesa, los libros que me ocupan se abren paso. Seis han llegado a esta recta final del verano y el lenguaje de sus corazones se siente latir bien fuerte. Tras abandonar hace tiempo la tierra devastada y adherida a la planta de los pies de los personajes de Jesús Carrasco y su segunda novela "La tierra que pisamos", publicada por Seix Barral,  la fuerza de la palabra nos sitúa ahora en los días de aquella España quebrada por el filo de la guerra, escenario al que se ven abocados los histriónicos protagonistas de "El oído absoluto", la nueva novela de Manuel Longares, con el telón de fondo de la vida bohemia y descastada de unos seres marcados por el yerro de la pasión literaria. Con extraordinaria maestría verbal y un dominio del lenguaje que no dejará indiferente al lector, Longares se infiltra en las vicisitudes de un tiempo y unos personajes que discurren del sainete al drama. 

A pocos centímetros, cuatro volúmenes de poesía se reparten el espacio y los menguantes segmentos de reposo que estos últimos días aún toleran. Vigorosa ha irrumpido en la Colección "Tierra", de La Isla de Siltolá, "El hacha de plata" de Miguel Veyrat, con poemas ciertamente memorables. Como siempre, me sigo diciendo después de lecturas como ésta, cuánto queda por aprender. Advierte el poeta: "La eternidad -una ilusión peligrosa." Atina cuando insiste en que el secreto del hombre es un desafío que pone a prueba la gubia del artista. 

Indaga también en las raíces, en la turbiedad de los nombres, otro de los poetas que en estos días me traen de cabeza y cuya más reciente obra he tenido el honor de recibir con dedicatoria de su puño y letra: Francisco Castañón, de Madrid, a quien además escucharemos en Cáceres el próximo mes de enero. "Intimidad", publicado en la Colección "Baños del Carmen" de Ediciones Vitruvio, es un poemario de largo recorrido en el que descubrimos la voz de un poeta de amplio discurso y consolidada madurez, con versos enhebrados de tierra y humanidad, magnéticos y cautivadores, "...releídos por las algas y los arcoíris".  Seguiré pisando los terrenos que ondulan su palabra todavía algún tiempo. 

Más lejana ya la lectura de "Corteza de abedul", de Antonio Cabrera, publicado por Tusquets en su colección "Nuevos textos sagrados". Otro extraordinario volumen poético para este verano lleno de reflexiones, donde el hombre vuelve a ser protagonista en medio de una realidad a la medida de la incertidumbre. 

Para terminar, llegan recientemente a mi mesa las páginas de "Carrusel", de Ioana Gruia, que publica Visor. Un primer vistazo a su interior sorprende con rotundas sentencias que enlazan el vuelo de los sentimientos y la ironía del destino: "Nadie puede decir dónde empieza el final"Las estaciones se suceden como ese carrusel al que alude el título de esta obra, y ya lo decíamos al principio, es difícil saber qué deparan sus veredas. 

Latente el futuro reside en las líneas de la mano. 

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