viernes, 12 de mayo de 2017

Mis últimas lecturas en prosa.

Si algo lamento es no disponer de tiempo, sobre todo para leer, para sumergirme en esos océanos de conocimiento e imaginación que atesoran los libros. El tiempo es un bien escaso, fungible y perecedero. En esta época del año, cuando el libro es protagonista de ferias y otros fastos, la llamada de la lectura se siente si cabe, aún con más fuerza, aunque uno ya no tenga casi espacio para ubicar las nuevas adquisiciones que suceden como secuela de tales eventos. 



Casetas de la Feria del libro antiguo y de ocasión, en el Paseo de Recoletos de Madrid, el pasado martes

Acumúlanse pues los títulos, a modo de sapientísima Torre de Babel sobre los estantes, sobre aquellos otros que llevan habitándolos desde épocas inmemoriales y ya lucen ese prurito de la vejez que, como si de bodega se tratase, confieren distinción y solera a toda biblioteca que se precie. Aunque en la mía los libros de versos son multitud, hoy estas líneas son para hablar en prosa, para gozar del agradable regusto que me han dejado las últimas novelas que han pasado por mis manos y de las que, pese a las limitaciones horarias -traducidas en la práctica en una mayor demora para la conclusión de su lectura-, he terminado dando cuenta. Siempre he leído con retraso, nunca a remolque de modas o best sellers, aunque muchos de mis autores preferidos figuren entre los de más venta o dispongan de legiones de seguidores, adictos casi, a sus formas de interpretar la literatura. Cuando me he acercado a sus libros, las más de las veces, llevaban ya tiempo publicados. Me pasó con Paul Auster, con Patrick Modiano, y también con Haruki Murakami. De los tres, solo el francés consiguió la bendición de la Academia Sueca, mientras que el primero quizá lo logre algún día y el último, por lo visto hasta ahora, parece tenerlo crudo. Lo cierto es que no acostumbro a leer a impulso de premios, aunque quizá ya sea hora de que ese Nobel que tanto se resiste, termine recalando en las laderas del Monte Fuji.


Haruki Murakami 

 Acaso los jurados suecos no se apasionan con el universo onírico del escritor nipón y se pierdan en sus no pocas divagaciones, que apuntan a la idea de una novela que se construye página a página, sin un esquema específicamente definido de antemano. Algo así parece suceder en "Baila, baila, baila", cuya lectura finalizaba no hace mucho y que produce sensaciones contradictorias: el hilo de Ariadna que deslía su madeja y se desparrama sin norte entre un amasijo de páginas interminables, la atmósfera que crean unos personajes condenados a ser parte de un extraño rompecabezas, el suspense que persiste  hasta los últimos párrafos y que pone en pie la solo aparente deriva de la trama. Pero es que me enganchan estas historias sin demasiada acción, infestadas de figurantes problemáticos, donde el itinerario de sus vidas se erige en  verdadero protagonista. En la ida y vuelta de un viaje de tren encaminé mis pasos hacia el "Barrio Perdido" de Patrick Modiano. Otra vez un actor principal sumido en las encrucijadas de su propia realidad, atrapado por los recuerdos de un pasado y de unas calles que intenta rescatar veinte años después, pero que ya no le pertenecen. Demasiado París tal vez, aunque imprescindible para comprender que la ciudad, como las personas que la habitan, tiene sus momentos y sus nombres, que el paso del tiempo se encarga de renovar, de convertir en materia del olvido. 



Patrick Modiano, Premio Nobel de Literatura 2014

Me aguarda ahora Vila-Matas con su más reciente criatura, "Mac y su contratiempo", aunque quizá se demore todavía un poco. Buenas compañías no le faltan para hacer la espera más llevadera, Antonio Colinas, Juan E. Cirlot, Guillermo Carnero... Como los anteriores, es el barcelonés otro de mis autores de cabecera. Sus novelas están cargadas de enseñanza, de ironía y situaciones imprevisibles. Seguro que estas nuevas páginas suyas rebosarán de la inteligencia que le caracteriza y que tan bien sabe transmitir al lector. 


Enrique Vila-Matas y su última novela 


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