sábado, 15 de julio de 2017

Tras las huellas de Borges, en Ginebra

Decía Jorge Luis Borges que, "de todas las ciudades del mundo, Ginebra le parecía la más propicia a la felicidad", y así consta en la placa situada en la Grand Rue, en la casa donde se encontraba residiendo cuando murió, en 1986. Había dicho también: "sé que volveré a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo", y es que de hecho, ya no la abandonaría, pues sus restos reposan en el llamado Cementerio de los Reyes, en Plainpalais, junto a los de otros personajes no menos relevantes por unas u otras razones. El autor de obras esenciales como "El Aleph" o "Ficciones", poeta siempre, como así declaraba, "un poeta torpe, pero un poeta", vivió un íntimo idilio con la ciudad del lago, como antes otros, cuyo recuerdo igualmente aún perdura. 


Placa en la casa donde vivió Jorge Luis Borges, en la Grand Rue, de Ginebra.




Vista de la Grand Rue, Ginebra. 

Releer al escritor argentino con motivo de visitar la ciudad en la que fue feliz, treinta años después de su partida, me resultaba una tarea inexcusable. Es incontestable su aportación a la literatura en lengua española, reconocida en 1979 con la concesión del Premio Cervantes, que compartió con otro ilustre, Gerardo Diego. Lo que uno pretende no es sino aprender, indagar los senderos del genio, empaparse de su experiencia vital.


Portada de la edición antológica de Jorge Luis Borges, publicada en 2017 por la Real Academia Española. 


Tumba de Borges, en el cementerio de Plainpalais, Ginebra. 

En Ginebra la presencia borgiana es constante y su biografía digna de ser protagonista de un relato en cualquiera de sus obras, pues en él confluyen las cualidades de héroe o inmortal, armado con la espada de la palabra. Sus ojos, los de María Kodama, su compañera y luego viuda, debieron allanar más de una vez las pronunciadas pendientes que conducen a la vieille ville, donde compartió vecindad con el pensador Rousseau, cuya casa natal no dista mucho de la que habitó el escritor. Pero debieron ser muchos los momentos de reflexión, de búsqueda interior, de liberación acaso de la tormenta del pensamiento, que hubo de pasar en alguno de los numerosos espacios verdes de la ciudad. Sorprende la imagen de un Borges sentado ante las imponentes y turbadoras efigies que componen el Muro de los Reformadores, como si sus maltrechas pupilas pudieran enfocar las de Calvino y sus acompañantes, que parecen mirarle igualmente. Tras ver esa foto, me invadió la tentación de saber qué tipo de comunicación podía estar fraguándose entre ambas partes, el maestro y los colosos, la imaginación y el desafío a la ortodoxia. Reza en la piedra la leyenda "Post tenebras, lux", o lo que es lo mismo, la luz surge después de la oscuridad. Quizá sea eso lo que persiguiera el narrador, el poeta bonaerense, la iluminación, si no en sentido literal, al menos en el de comunión espiritual que compromete al autor con su obra, o como inyección de placidez con que vestir ese tramo de la existencia desde el que se contempla toda ella sin lastres ni ataduras. 



Persiguiendo la serenidad de Borges, 
sentado ante el Muro de los Reformadores, en Ginebra

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