viernes, 8 de diciembre de 2017

De aniversarios, música y libros

Dos iconos de la convulsa década de los sesenta del pasado siglo comparten el 8 de diciembre fecha para el recuerdo. Un 8 de diciembre era asesinado John Lennon en Nueva York, en 1980, tras ser tiroteado a bocajarro por Mark David Chapman, a la entrada del edificio Dakota, donde aquél residía junto con su esposa Yoko Ono.  También en un día como hoy, pero de 1943, nacía en Melbourne (Estados Unidos), el poeta y cantante Jim Morrison, líder que fue de otro de los grupos más emblemáticos de aquella legendaria centuria, The Doors. Ambos son protagonistas pues, por razones bien distintas, de una fecha que es festiva en España y en muchos países, pero no en Estados Unidos. Sea nacimiento, sea muerte, de lo que se trata es de poner diques al olvido, y aunque celebrar que alguien llega parece tener más sentido que hacerlo para recordar su partida, todo resulta útil a fin de mantener y avivar la integridad de la memoria, más aún en estos tiempos de continuo desenfoque para el operador de cámara. Al preguntarme qué música elegiría escuchar hoy, con la obligada referencia de aquellos mitos, la verdad es que no sabría decidirme. Tras el cristal de mi ventana, las nubes van engarzando sus invisibles manos, y aunque por desgracia, no parecen amenazar lluvia, sí van componiendo la estampa propia de un día de primeros de diciembre, avejentado el otoño, de esos en que la compañía de un buen libro y el solaz del calor construyen idílicos universos domésticos que disfrutar lejos del estrépito de las rutinas cotidianas. Al final, me decidiré por escuchar un disco de piano. En el silencio, las notas de "The malady of elegance", de Goldmund, seudónimo del compositor estadounidense Keith Kenniff, resultan realmente propicias para la meditación y la lectura, música de piano post-clásica con la que abrir los poros de la inspiración, ahora que tanto se hace de rogar. 


Goldmund: Threnody

Y sobre la mesa, los libros, siempre los libros. Echándole valor, he decidido hincarle el diente a una de las últimas novelas de mi admirado Haruki Murakami que todavía no me había atrevido a leer, intimidado por sus titánicas dimensiones. Por idénticas razones postergué este verano el nuevo libro de Paul Auster, y sin embargo ahora, me absorben estas páginas, que se van más allá de las siete centenas. Apenas doy los primeros pasos y ya descubro reflexiones memorables. Ah, no he dicho de qué libro se trata. Hablamos de "Kafka en la orilla". De pronto, un personaje se despacha lo que semeja una parábola sobre la existencia humana que difícilmente deja indiferente al lector: "A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentado evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esa tormenta, en definitiva, eres tú".  Certeras las palabras, hacen pensar, sin duda. Y más, como decíamos, en un día donde el nacimiento y la muerte se dan la mano,  donde quizá todas las cosas tengan un sentido que no somos capaces de captar pero que, al igual que las nubes, va completando su propio puzzle. 


También la poesía tiene su parte en esta reflexión a pie de radiador, en este caso, la del soriano Fermín Herrero, cuyo libro "Fuera de encuadre", acaba de publicar la editorial Reino de Cordelia, y que está lleno de versos que igualmente invitan a hacerse preguntas, a mirar de lleno sobre nosotros mismos: "ser la quietud del agua hacia / el olvido si solo el dolor se cumple / a bocajarro. Llega el día -un grito / apenas- en que nada pertenece. No hay / supervivientes".   Estamos a punto de pasar página otra vez, de abrir las cortinas a un nuevo fragmento de realidad de la que nada conocemos. Tan solo que comparte los genes del azar y la piel del asombro. A nosotros nos corresponderá hablarle al oído y susurrarle nuestras inquietudes. Quizá decidan tomar forma de poema. 








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