viernes, 1 de diciembre de 2017

Mi reseña del libro "Breve catálogo de insectos y otros seres menudos", de José M. Vivas, para su presentación en el Aula de la Palabra

Un verdadero privilegio el de poder presentar en el Aula de la Palabra de la A.C. Norbanova, junto a su autor, el libro "Breve catálogo de insectos y otros seres menudos", que el poeta José Manuel Vivas estrenaba tras su reciente publicación por la editorial Lastura. Se reproduce a continuación la reseña íntegra del poemario, elaborada expresamente para tal evento. 


JOSÉ MANUEL VIVAS en el AULA DE LA PALABRA.
Cáceres, 1 de diciembre de 2017.

I. POESÍA PARA ABRIR LOS OJOS.  José Manuel es un poeta que sabe bien lo que quiere, que mira de frente a la palabra, que concibe su trabajo como algo que va más allá de un mero ejercicio estético. Aunque estas consideraciones resultan válidas para cualquiera de sus obras, en “Breve catálogo de insectos y otros seres menudos”, la concepción del poema como acicate para abrir los ojos del lector, para hacerle pensar, para sacarle los colores, es más que evidente, y es ahí donde precisamente reside la fuerza e intensidad de este nuevo poemario del autor, que acaba de publicar la editorial Lastura, dentro de su colección “Alcalima”.

Leer a José Manuel es indagar en la utilidad de la poesía. Aun cuando en su libro “Guaridas”, afirmaba que, en el inicio, “el verso no es nada, la palabra no es nada, la voz es apenas nada”, ese monstruo de fauces hambrientas que es la poesía, terminará engulléndolo todo, vistiendo con sus ropajes el grito que escapa de la garganta del poeta y que prende la pólvora que da sentido a su discurso, comprometido y certero. Porque estas letras no son en absoluto papel mojado, antes al contrario, duelen y se clavan, su vocación está reñida con las maneras del olvido. Dice así el poeta: “…quien domina la palabra, / quien utiliza su locuaz trascendencia/ es el portador de los sueños, / es el constructor de la esperanza”.  La palabra pues, concebida como instrumento para cambiar el mundo, como antítesis del martillo, del insensible filo de la espada. De sacudir la conciencia de la bestia, de abrirle los ojos, se trata, de rescatar el resquicio de humanidad que aún late en cada uno de nosotros.

II. A MODO DE LIENZOS O EPISODIOS.  El magnífico prólogo que antecede la lectura de los poemas, realizado por Laura Giordani, comienza señalando que el autor ha escogido “el formato de catálogo” para construir su poemario, en el que tendrían cabida objetos o personas cuya relación no sería fortuita. Ciertamente, y aunque la idea del álbum o colección entomológica parece estar presente en el propósito del escritor, que inunda los poemas de continuas referencias a esos “insectos y seres menudos” que figuran en el título, e incluso se permite aludir expresamente al procedimiento de etiquetado o clasificación de los ejemplares, como en el poema “Semillas en el asfalto”, cuando dice: “Alguien los busca para ensartar sus alas / con agujas de coleccionista / y exponer tales trofeos en las grandes avenidas, /”, nuestra visión de la obra se orienta hacia otra forma de interpretación de su estructura y contenidos, la que lleva a contemplar cada poema desde la perspectiva del espectador que recorre una exposición de fotografías, que presencia, impávido, la sucesión de noticias de un telediario… Así, cada poema se concibe como un episodio, un lienzo que el poeta viste con las instantáneas de la realidad, la que nos rodea y que tantas veces ignoramos o directamente apartamos, desenchufando el televisor o pasando con rapidez los pliegos del periódico.  Se articula el libro sobre la base de dos grandes bloques temáticos, que el poeta intitula “Prole” y “Memoria y olvido”. No obstante, un poema se erige en antecedente y piedra angular de toda esa construcción posterior, el que lleva por título “Presentación de la bestia”. Muchas claves de lo que vendrá después se contienen en estos versos, que hablan de un “animal que no protege a su prole”, de un “bípedo animal incongruente”, desgarrador retrato de un hombre al que se presenta como criatura impía y cruel, con “el rumor de la muerte en sus orillas”.

Comprendemos de este modo el subsiguiente desfile de cuadros y episodios que delatan cada una de las manifestaciones de esa impiedad. En las páginas de “Prole”, el poeta no hace más que mirar a su alrededor, para inmediatamente, ir recibiendo señales que traduce al lenguaje de las palabras, sin eufemismos ni comedimiento alguno. Recurre sin titubeo al rostro más descarnado del idioma, provocándole al lector un nudo en la garganta, un sentimiento rayano en la desesperanza.  Contemplamos pues a través de sus versos el drama de las pateras, el de los niños-soldado, el de las favelas, el de la hambruna de los más pequeños en los países del cuerno de África… Y es que el dardo que lanza el poeta viene impregnado con la sangre de los más débiles, de los más insignificantes e inermes seres que pueblan las tierras de este planeta donde reina la injusticia, los insectos que cualquiera puede pisotear o aplastar a su antojo, con un mero golpe de sus botas.  La pintura de un universo consumido y acorralado adquiere tintes de crudeza documental en poemas como “Sombras de San Petersburgo”, donde el autor recorre, inopinado testigo, las estancias más infames del submundo: prostitución, niños sin destino, droga, hambre… logrando un fuerte impacto visual por medio de imágenes de gran carga dramática: “apenas le aguantan diez años de vida”, encontrarán su cuerpo / inerte bajo la tenue luz / de la bombilla de una calle / sin salida /”.  La camada de la bestia, indefensa y abandonada a su suerte, mendiga así en las escaleras del metro o se pierde a merced de los proyectiles que reparten guerras olvidadas entre las dunas del desierto, víctimas de un destino que no pudieron elegir: “nacieron aquí sin remedio”, apostilla el poeta. Idéntica línea argumental se mantiene en poemas como “Ablación”, uno de los más inquietantes del libro, donde esa aludida indefensión de las víctimas se desenvuelve ante la indiferencia de quienes debieran evitarla o la obediencia sin sentido a los dictados de un dios despiadado e incomprensible. Y continúan los pequeños insectos, invisibles, condenados al olvido, protagonizando los versos que José Manuel cincela a golpe de conciencia comprometida, de llamada de atención. Las mariposas alquiladas a plazos, las polillas que pululan por callejas y oscuros polígonos, los niños mutilados por el azote de las minas antipersonales, en otro de los poemas que no dejan indiferente al lector, que debería hacerle levantarse de su cómodo sillón, impulsarle a actuar del modo que sea, para evitar la indefinida prolongación de esta barbarie.

Otra vez el poeta se disfraza de pintor, de cineasta improvisado, para dejarnos auténticos fotogramas verbales, secuencias que relatan a la perfección el objeto de su mensaje. Impresionan nuevamente, por el equilibrio de contenido y crudeza idiomática, “Retrato”, “La escasez de los días”, “Mujer con niño ahogado en sus brazos”, poemas ornados de un cierto toque lorquiano con reminiscencias al dramatismo de algunos pasajes de “Poeta en Nueva York”.  No es posible concluir este recorrido por la primera parte del poemario sin hacernos eco del poema “Hambre”. Aquí el catálogo es de sensaciones, de indagación en la propia fisiología del intérprete, llamado a compartir la laceración que supone para el organismo la ausencia de alimento.  Otra de las claves presentes en el libro es el aullido de la memoria, algo que impregnará toda su segunda parte y que en esta primera ya se intuye en poemas como “Fosas comunes”.  Aunque el poeta ofrece una visión desoladora de aquellos escenarios en los que el hombre ha sembrado su ponzoñosa semilla, parece abrir un portillo a la esperanza, si bien vuelve a evocar las sombrías estadísticas que proclaman que los seres menudos, los desheredados, seguirán siendo presas de su afán depredador. Solo es “cuestión de tiempo”, el que necesitará el lector para descubrir la parte de responsabilidad que en todo esto le corresponde, algo a lo que nuevamente apela el poeta en el inicio de la segunda parte del libro, empleando hábilmente las conjugaciones verbales.

III. PARA PRESERVAR LA MEMORIA Y DESTERRAR EL OLVIDO.  Recordando versos propios de quien ahora escribe, “No hay peor enemigo que el olvido. /Más certera su daga que la propia muerte.” La poesía es antídoto para conjurar el azote de la desmemoria, ya sea voluntaria o patológica. Donde las voces continúan clamando, donde los corazones siguen latiendo, esquivando la trayectoria de la metralla, cuando alguien pide que su nombre no se borre de la historia, ahí estará el poeta para dejar testimonio.

José Manuel indaga ahora en la necesaria búsqueda de las huellas, entre los resquicios maltrechos de la existencia, clama una justicia que no encuentra frente al envite de la tormenta que difumina los rasgos de los rostros, las letras de los nombres. Si el primero de los bloques del libro entregaba el protagonismo de los versos a la insignificancia de los seres, a su indecente vulnerabilidad, el segundo de aquéllos dibuja escenarios desolados que recuerdan las figuraciones de El Bosco, lugares de pesadilla que surgen de la indiferencia y la desidia. Participan de estos ingredientes poemas como “Ciudad tomada” o “Que todo era mentira”. Otros remiten a tiempos y acontecimientos igualmente teñidos por el desencanto. Mientras, en medio, continúan volando enjambres de moscas, silbando los grillos, batiendo las libélulas sus transparentes alas. Siguen ahí los niños, soñando, ensayando zambullidas sin red, habitando territorios que no se hicieron a su medida. Será difícil cerrar las cicatrices, apagar las brasas del acero, mientras siga habiendo un Aylan tendido en la playa, a merced de las caprichosas olas, aguardando su cita con la insolidaridad, la misma que enciende los ojos de aquellos, cucarachas para el poeta, que, caminando a nuestro lado, conspiran y murmuran. Se calza el autor, para concluir su ingrato recorrido, la piel de los refugiados, la de quienes desde lejanas tierras anhelan una realidad diferente que no necesariamente existe ni encuentran: “Dadme la paz y el cobijo, / la vela encendida /, la noche sin desvelos /”. El hombre se somete a su penúltimo examen de humanidad. La poesía de José Manuel quiere abrirnos de nuevo los ojos con su repertorio de realismo, con su compromiso, con la serenidad de su lenguaje sencillo y directo, “sin pasaporte ni papeles”, como reza en uno de sus poemas. No es lugar para buscar florituras ni ingenios estilísticos. A José Manuel le interesa transmitir, hacer de su palabra un aguijón que, como el de algunos de estos insectos que protagonizan su discurso, penetre en la dermis del lector, adormecida y apergaminada por la rutina.  Para poner “Punto final”, los dos universos que conviven en el libro protagonizan un último poema; la prole y la memoria, los hijos del hambre y la falsa opulencia, que, y así parecen sugerir las palabras del poeta, también tiene los días contados.


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