domingo, 21 de enero de 2018

Escribir en la era de la globalización. Las ordalías de la palabra

Es posible que la época que nos ha tocado vivir sea una de las más complicadas que se han conocido y ello se debe en muy alto grado a la incidencia incontestable de las nuevas tecnologías, con todo lo positivo, y también negativo, que éstas han generado. Ahora estamos permanentemente comunicados, el torrente de información que en cualquier momento se desborda en nuestras manos a través de los dispositivos móviles es prácticamente infinito, y la idea de que vivimos en una sociedad global se ha ido materialmente imponiendo a golpe de tweet o con el tintineo de las alertas del WhatsApp. Leo en estos días el último libro de Eugenio Fuentes, un escritor amigo cuya obra narrativa es conocida y apreciada por el público desde hace años, convirtiéndole en uno de los referentes del género, muy especialmente, en su vertiente de la llamada "novela negra". Pero este nuevo libro suyo es bien distinto. Su incursión en el terreno del ensayo literario lleva al autor a explorar materias y plantear debates que, aunque no ajenos a la literatura, están presentes en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales, regresando ahora con fuerza con el advenimiento de las redes sociales y la antes referida globalización de la información. La hoguera de los inocentes rescata algo tan antiguo como la ordalía o el llamado "juicio de Dios", para efectuar un recorrido a través de un amplio compendio de obras literarias de ficción en las que de un modo u otro se ha suscitado la exposición pública de la culpabilidad sin opción alguna para el reo de hacer valer el derecho que a toda persona asiste de ser oída y escuchada más allá de condicionantes previos. Desde El proceso de Franz Kafka, pasando por Las brujas de Salem, de Arthur Miller o Intruso en el polvo de W. Faulkner, por recordar solo algunas de las muchas obras analizadas en este trabajo, el autor bucea en el peligro que supone el linchamiento colectivo de quien por motivos de sexo, religión, raza, edad o condición social, termina viéndose envuelto en una espiral de difícil salida, en la que, con las manos atadas, su destino lo deciden circunstancias o factores que nada tienen que ver con el equilibrio de fuerzas en que la verdadera justicia se asienta, conduciendo por tanto a indeseables escenarios. En nuestra sociedad de internet y los teléfonos móviles, la borrachera de datos con que nos salpican cada segundo se convierte en alienación de quien ya no puede escapar al enjambre y magnetismo de la red, propiciando una dependencia de nueva factura que también lo es a las corrientes de opinión y a su influjo, minimizando las virtudes del individualismo y pudiendo generar, en definitiva, una peligrosa tendencia a la generalización y al destierro de la privacidad que puede dejarnos indefensos, al ser expuesta la vida del individuo a la incontinencia de los elementos. Las reflexiones que aportan los ensayos literarios, el conocimiento que el lector adquiere de sus páginas, alimentadas con la savia de otras páginas, me han conquistado al comienzo de este año, tomada ya la decisión de poner punto final al arduo trabajo que supone revisar los poemas de ese nuevo libro que aguarda impaciente el momento de su puesta de largo. Toca ahora aprender, empaparse de sensaciones, preparar la palabra para retos distintos, ser exigente con uno mismo. En esta búsqueda son de ayuda textos como el de Fuentes, o como los de José Antonio Llera, cuyos diarios, Cuidados paliativos, que voy saboreando a retazos, me están resultando altamente productivos en la experimentación de formas distintas de contar, así como de interpretar la visión de la literatura y de la vida. La cotidianidad de la lectura y la síntesis de los personajes son algo necesario, que hay que asimilar para marcar distancia respecto de la esclavitud a que empujan las pantallas y la comprobación constante de nuestros perfiles en Facebook o el tráfico de mensajes en los grupos de WhatsApp. La esencia de la palabra continúa intacta, pero sigue pidiendo ternura al que escribe, delicadeza en el manejo de sus inagotables recursos. Y ello es válido para quien cultiva la prosa, para el ensayista, para el poeta. No todo deja el mismo regusto en los labios después de un atracón de letras. Por eso, para terminar hoy, me pondré en brazos del verso, presto a disfrutar con los de José Manuel Díez, que en su libro El país de los imbéciles, último Premio Jaén de Poesía, condensa gran parte de ese contenido y esas maneras que uno esperar encontrar en la literatura: disfrute y aprendizaje, llamada de atención a las conciencias. 


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