domingo, 8 de abril de 2018

Lecturas encadenadas: Libros que llevan a otros libros

Como si de páginas web se tratara, últimamente, los libros me generan vínculos que conducen a otros libros, creando un tejido de lecturas encadenadas del que no parece fácil salir. Así, uno se ve compelido a diseñar su singladura literaria haciendo obligada parada en ciertos títulos, cuyas páginas terminarán alimentando la necesidad de recalar en otras obras. La hoguera de los inocentes, el más reciente libro publicado por Eugenio Fuentes, que leía apenas comenzado el año, habría precipitado, con su enorme bagaje de referencias bibliográficas, una irrefrenable urgencia de indagar en muchos de los títulos allí mencionados, como El proceso, de Franz Kafka, que al haber pasado por mis manos en tiempos casi juveniles, me ha permitido una lectura casi desde cero. La desazón y angustia del protagonista, inmerso sin motivo ni razón aparente en una espiral marcada por el desencanto y la mutilación del futuro, a merced de factores externos que se ve incapaz de controlar, le abocan a una náusea que tiene reflejo en el relato del mismo nombre de Jean Paul Sartre. Si volvemos a los planteamientos que Eugenio Fuentes realizaba en su ensayo, y el entorno literario y filosófico en que aquellos se mueven, la consideración del existencialismo como tesis y ocasional punto de destino se erigen como una de las salidas posibles ante la inoperancia de los mecanismos que deberían garantizar la libertad y la forma de mirar y juzgar al otro, al semejante, aunque sea distinto a uno mismo por sus características físicas, psicológicas o sociales. En La náusea, su personaje principal, que vive una existencia gris, acaba asaltado por una sensación desconocida que terminará marcando su vida y su realización como ser humano, suscitando cuál es en sí el valor de la existencia. El itinerario de inquietud y ansiedad que es común a estos personajes también está presente en Miedo, de Stefan Zweig, donde su protagonista, a causa de una caprichosa infidelidad, se ve atrapada en una encrucijada igualmente perturbadora, análoga a las pesadillas que afectaban a los personajes de las novelas anteriores, y que en último extremo limitan o condicionan su libertad, en una suerte de auto ordalía.  De las novelas, y a las puertas dejo El cuento de la criada, de Margaret Atwood, el tránsito continúa en las páginas de los libros de poemas. Abro De cuna y sepultura, el nuevo poemario de Javier Sánchez Menéndez (sexto libro de Fábula), que publica la editorial El Gallo de Oro, y el primer texto que me encuentro, El Ángel, retoma nuevamente "Las cosas de la vida y de la muerte", que marcan la piedra angular de nuestra condición de humanos. La "poesía de la existencia" llama a la identificación con la realidad, a mantenerse alerta, a descubrir en lo cotidiano la letanía de rutinas que nos acompañan. De un libro a otro, celebro la publicación en Renacimiento de la antología Soy en mayo, de Julio Martínez Mesanza. Una vez más, los ecos de Josef K. y su condición de pieza de ajedrez en un tablero del que solo Kafka tiene la solución a la partida, me parecen estar vivos al releer algunos de sus poemas: "Eso somos: peones que se ponen / en marcha hasta el final de la partida / y tienen que cruzar oscuros bosques / y nevadas estepas, conducidos / por un inútil y por guardias tuertos / y una cansada bestia flanqueados /". De nuevo, el juicio de los elementos y el desamparo de quien al albur de ellos navega: "Estoy solo en un mar que Dios no mira".  Quizá una sensación parecida debió experimentar Antonio Machado al tener que abandonar su patria y adentrarse en los tortuosos caminos de una Europa preñada por el virus de la discordia, con el embrión de la guerra revolviéndose en su vientre. Surge entonces la necesidad de apelar al principio de todo, cuando sobra el equipaje y apenas unas cuartillas arrugadas ocupan los bolsillos. Su último verso, sobre el que la editorial Visor ha apoyado los arquitrabes del número mil de su colección de poesía, condensa una reflexión que a la postre resulta liberadora para el poeta. Lo más terrible puede ser también el atajo que devuelva a la inocencia, que nos reconcilie con la tierra de la que hemos nacido y de la que somos un apéndice acaso. 





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