Continúo rescatando experiencias y aprendizajes de mi viaje a tierras mexicanas, el pasado otoño. Sea ahora el momento de la literatura. Poniatowska, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Emilio Pacheco..., por mencionar solo algunos nombres que han merecido mi atención o han supuesto un afortunado descubrimiento. Tras releer, hace unos meses, la sorprendente y onírica Pedro Páramo, de Juan Rulfo, e incluso contrastar la palabra con la imagen a través de la versión cinematográfica dirigida por Rodrigo Prieto (2024), al indicárseme que iba a participar en una mesa redonda sobre la figura de Alfonso Reyes, del que no conocía prácticamente nada, mis tareas lectoras me llevaron a detenerme en su persona y su obra, muy especialmente en los años que estuvo exiliado en España. Descubrí entonces la grandísima relevancia de su legado intelectual, su carácter de figura transversal dentro de las literaturas hispánicas, algo que me fue confirmado con creces al visitar la llamada Capilla Alfonsina, en Ciudad de México y escuchar las ponencias de especialistas como la escritora Beatriz Saavedra Gastélum.
Uno escribió entonces algunas notas sobre este autor, compartidas al calor del auditorio del Ateneo Español de México, recordando la influencia que la estancia en España de Reyes tuvo en el desarrollo de su obra:
"Va a forjarse el temperamento crítico, la agudeza intelectual y la impregnación de su ideario como consecuencia de su exilio forzoso a raíz de los trágicos acontecimientos de la Revolución Mexicana, la muerte de su padre, el general Bernardo Reyes, a lo que habría de sumarse el posterior estallido de la Gran Guerra en Europa y el contacto con un universo intelectual heredero del noventayochismo, y por tanto, teñido de referencias reflexivas sobre la identidad y los vaivenes políticos de la que iba a ser su patria de acogida, tras su estancia en París donde trabajó en la Legación mexicana. Reyes tiene veinticinco años cuando arriba a Madrid y su introducción en el círculo de intelectuales de la capital será fruto, en gran medida, del empuje de su amigo, el extremeño Enrique Díez Canedo, convertido en auténtico cicerone del mexicano. En un momento previo a la irrupción de las vanguardias, en pleno apogeo de la literatura y el debate surgidos al calor de las tertulias y los grupos de libre pensamiento, testigo de los últimos coletazos del modernismo, el recién llegado tendrá la fortuna de asistir al atisbo de las nuevas corrientes creativas que ya se gestaban en aquel Madrid en tránsito entre las décadas de los diez y los veinte del pasado siglo".
"Capilla Alfonsina", en Ciudad de México
Pero igualmente sabía que íbamos a visitar la Fundación Elena Poniatowska Amor, que acaso tendríamos la oportunidad de conocer en persona a la autora, al haberse programado dentro de nuestro periplo mexicano una lectura de poemas en la sede de dicha fundación. Aunque finalmente no fue posible saludar a la Poniatowska, muy delicada de salud, pues no en vano carga a sus espaldas un total de noventa y tres primaveras, viajaron sus libros en mi mochila, ávidos de una dedicatoria de su puño y letra. Y es que mis lecturas de ese momento lo eran de uno de estos títulos, la novela Hasta no verte Jesús mío, publicada en 1969, deliciosa obra inspirada en la vida y testimonios de una persona real, a raíz de las entrevistas que la autora realizó a Josefina Bórquez, una mujer humilde, lavandera, nacida en Oaxaca y residente en la Ciudad de México. Esta novela es una auténtica delicia, en la que se traza una línea de tiempo desde la niñez hasta la madurez de su protagonista, sucesión de episodios vitales marcados por la voluntad de sobreponerse a las adversidades y continuar adelante, enfrentándose a múltiples retos y contingencias, a través de los cuales, la autora denuncia la injusticia social, la desigualdad, la marginación de que es objeto la mujer, en una suerte de literatura testimonial que no tarda en lograr la complicidad del lector. Escuchamos la voz del pueblo, la reivindicación secular de las clases más desfavorecidas, descubrimos el lenguaje y la identidad lingüística de los personajes, la religiosidad popular, mezcla de creencias y supersticiones, algo que todavía hoy pervive, herencia de ese mestizaje cultural que se encuentra en la esencia del pueblo mexicano, donde conviven las ceremonias cristianas y los ritos ancestrales, lo que vimos en lugares como el Tepeyac o el Zócalo de Ciudad de México, con los ritos de "limpieza" realizados por los indígenas. Poniatowska convierte la memoria en material tangible, rescata y preserva la autenticidad de la intrahistoria, con su voz comprometida y feminista, llamada a desterrar el papel invisible de la mujer para otorgarle su verdadera significación y trascendencia.
Con la escritora Ana Ramos, en la Fundación Elena Poniatowska Amor
Unas últimas palabras lo son para los poetas. Porque México ha sido siempre un país donde la poesía ha sabido ser bien recibida. Buena muestra de ello es la acogida al exilio español al término de la Guerra Civil, pero sobre todo, México es un territorio literario proclive al cultivo del buen verso, con figuras como la del Nobel Octavio Paz, grandísimo autor todoterreno cuya obra y personalidad han impregnado el trabajo de tantos poetas posteriores de habla hispana. Paz escribe sobre el hombre, sobre el mundo, tantas veces incomprensible que contempla su andadura, fiel siempre a sus señas de identidad y su origen, pero también buscador incansable del sentido de la existencia. Muestra de ello sea el poema Piedra de sol, publicado primero como libro, y que el autor construye inspirándose en el conocido calendario sagrado de los aztecas. La dimensión mística de su poesía convive también con el verso contemplativo o descriptivo, sin olvidar la gran influencia de la cultura oriental, de la que era un auténtico estudioso, como lo demuestra en sus diferentes obras acerca de poetas de la tradición china, hindú o japonesa. En su libro ensayo A trazos (Ediciones del Equilibrista, México 1997), Paz recoge esos estudios fruto de las traducciones realizadas, en este caso, de textos clásicos chinos. Como dice en su introducción, "me pareció que esos textos debían traducirse al español, no solo por su belleza sino también porque cada uno de ellos destila, por decirlo así, sabiduría". Y eso que estas traducciones, que dice hechas "sin respeto a la filología", las hizo del francés y del inglés. No es de extrañar que Octavio Paz se hiciera merecedor del Premio Nobel, y en este caso, se le otorgase, algo que, sin embargo y en justicia, también debió haberse hecho con Alfonso Reyes, siempre comprometido en promover el puente cultural entre los países de las dos orillas, custodios de ese incalculable tesoro que es su lengua común.
Casa Alvarado, en Coyoacán, Ciudad de México, donde vivió y murió el poeta Octavio Paz
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