martes, 17 de marzo de 2020

CORONAVIRUS: ¿Y después, qué?

Acaso nuestra sociedad, el mundo que conocíamos, no estaba preparado para esto. Ajeno el fantasma de la guerra, las que están repartidas por los distintos continentes apenas inquietan al cómodo occidental que consume series en plataformas digitales o se divierte chateando o jugando on line con sus colegas. Tampoco el drama de quienes se dejan la vida buscando un lugar mejor donde poder sobrevivir con lo más básico. Pero esto nos ha venido a golpear directamente en la línea de flotación de la rutina, de la indiferencia con que muchas veces contemplamos todo aquello que bulle más allá de los cristales de nuestra ventana. Ahora se trata de algo que no vemos y que tiene la capacidad de infiltrarse entre nosotros, que no hace distingos y que, para más inri, te puede matar. En estas circunstancias, los emporios financieros, las disputas por ocupar uno u otro sillón, la reserva que pagábamos a plazo para el crucero que proyectábamos este verano, realmente poco significan. Acostumbrados a que el aluvión de noticias estresantes del telediario no vayan con nosotros, nos damos cuenta de que todas esas cosas que tanto nos seducen se volatilizan al mínimo envite de la galerna mientras damos la espalda a otras que de verdad son importantes. 


¿Qué pasará ahora con el Coronavirus? Por mi parte, lo tengo más que claro. Algún día, cuanto ahora nos aflige, acabará por ser historia, y entonces, no tendremos idiomas, palabras ni tiempo para agradecer lo bastante a tantos profesionales que, en sus distintos sectores, están trabajando para que así suceda. De todos modos, el camino no va a ser corto, ni mucho menos. Cuarenta años tardó el pueblo de Israel en cruzar el desierto desde Egipto hasta la Tierra Prometida, según reza el libro del Éxodo. No será tanto ahora, pero hay que tener los pies en el suelo. Las autoridades políticas y sanitarias nos dicen que es cuestión de paciencia, de contención y de responsabilidad. Ciertamente. Pero es indiscutible que la curva de afectados sigue creciendo y que lo hará todavía un tiempo. Me pregunto qué pasará luego. ¿Cuándo habrá garantías de que las ciudades vuelven a ser transitables, que los estudiantes pueden regresar a sus clases sin miedo al contagio, que los estadios, que la cultura, pueden abrir sus brazos al público que tanto tiempo ha estado aguardando ese reencuentro? Regresando a la Biblia, ¿habrá que dejar volar una paloma para ver si retorna con una rama de olivo en su pico?  Son tantas las preguntas que se me ocurren. Y lo que más me agobia es que entretanto, muchos quizá no lleguen a ver el final de este túnel. Después, como cuenta la historia de Noé, otro será el mundo sin duda, habrá que empezar de cero en muchas cosas, tardaremos meses, quizá años, en recuperar la conciencia de la seguridad, adquiriremos nuevos hábitos, acaso mejores, que nos permitirán encarar el futuro con otros ojos. Porque los socavones que dejará este tornado no serán solo cosa de estadísticas, ¿qué espera a cuantos verán sus actividades suspendidas, sus puestos de trabajo pasar a un peligroso stand by a la espera de una normalización que puede tardar en llegar? Cualquier ayuda siempre parecerá poca y el esfuerzo será tarea de todos, comenzando por quienes ostentan la responsabilidad de los poderes públicos y disponen del control de los recursos. Se ha dicho que este virus no conoce fronteras ni ideologías y quizá esta sea una buena oportunidad para apartar diferencias y encauzar en una misma dirección todas las manos, desterrando prejuicios y rencores previos. 

Duele la poesía a merced de este seísmo. Sin duda, es bálsamo necesario para despejar los nubarrones que se ciernen sobre la forma de vivir despreocupada y egoísta que la sociedad ha terminado haciendo suya. Pero también uno, como diría Machado, sufre la angustia "que habita mi usual hipocondría", se ve superado en medio de todo esto y le cuesta enhebrar el verso, buscar en él la receta para dulcificar los males del alma en un momento en que el cuerpo deambula acorralado, inerme ante enemigos a los que no sabe presentar batalla y que acechan sin tregua, distanciándonos unos de otros, levantando fronteras y reeditando un temor que acaso habíamos olvidado desde pretéritas edades o que solo parecía cosa de películas. 

Retomando la excusa de la poesía, cierro estas reflexiones transcribiendo el último poema de mi libro "Arcanos Mayores" (2012), perteneciente al "Monólogo del Loco", inspirando en ese extraño naipe del Tarot que carece de número y que muchos sitúan al final de la baraja.

El signo de los tiempos viene marcado
por la virulencia de los fenómenos meteorológicos,
por la sacudida inopinada de las placas tectónicas.

Preocupa el agotamiento de las ideologías,
las heridas abiertas de par en par 
en el tejido artificial de los continentes.

Mientras, el magma hierve y disminuye las defensas
a fuerza de estirar los argumentos.

Quizás sea el momento de “El Loco”,
aquel que camina con su hatillo
temeroso de mirar al frente
y un perro le lame las calzas
al borde del acantilado.


domingo, 8 de marzo de 2020

Literatura en tiempos del virus

Vivimos tiempos de incertidumbre, de continuas alertas y conmociones. Hasta la literatura se resiente de los esquivos vientos que sacuden la convivencia rutinaria de los mortales. En esta encrucijada, cuando se anuncian cuarentenas masivas y escenarios propios de películas de ciencia ficción, el grueso de la gente continúa viviendo indiferente a las consecuencias de una amenaza global que ha irrumpido con fuerza en este año que inaugura la veintena. 

Secreto avanza,
irreverente el virus,
se infiltra aleve. 

Nadie parece saber cómo frenar la epidemia. Y en España, nuestras costumbres facilitan sin duda la circulación de los patógenos. Madrid en sábado, en pleno mes de marzo. Los ciudadanos suben sin pudor a los transportes públicos. En el Museo del Prado, la cola de visitantes alcanza casi hasta el Jardín Botánico. Menos público en el Reina Sofía, donde los grupos se concentran en torno al "Guernica" y "El gran masturbador". Subiendo la Cuesta de Moyano, las librerías de viejo congregan una clientela más específica, rebuscando entre libros y revistas, cómics de los ochenta y volúmenes descatalogados. 



Pregunto a un librero argentino sobre Borges. Rescata de los estantes de su caseta una pila de libros de diferentes épocas. Solo uno atrae mi atención, acaso por el aspecto antiguo y el origen de su edición. Buenos Aires, 1960, Emecé Editores. Relatos cortos, poesía y un sustancioso prólogo dedicado a Leopoldo Lugones. No puedo ocultar mi satisfacción por localizar una obra de estas características, además de la mano de un compatriota de mi admirado escritor. "El hacedor" es una obrita pequeña, pero muy en la tónica de Borges. ¡Y cuánto me gusta Borges!  



Casi me he olvidado del coronavirus. Aunque tenga la impresión de que solo estamos al principio de esta crisis. Grandes eventos se aproximan que atraerán multitudes, con intereses de todo tipo en juego. El miedo se expande, aunque no nos atrevamos a confesarlo. 

Presente el temor, 
un gramo de cordura
puede salvarnos. 

En ese estado de necesidad en que confrontan bienes de capital relevancia, lo contingente debería ser prescindible. Me pregunto si también lo es la poesía, aunque lleve la firma de los autores del veintisiete. Satisface localizar un poemario -siquiera tardío- de Jorge Guillén en un babel de libros desordenados. Cualquier primera edición es un tesoro para cualquier bibliófilo, y también lo es este "Tréboles" que publicara con esmero "La isla de los ratones", en Santander, en 1964, en plena madurez del autor de "Cántico". 



Junto a la estatua de Pío Baroja, en el frontispicio del Parque del Retiro, el metro más cercano obliga a desandar el camino y bajar hasta Atocha, o elegir el autobús para hacer transbordo en pleno Paseo de la Castellana. Al tomar la Línea 7, en Gregorio Marañón, hordas de aficionados atléticos descienden camino del Metropolitano. Se concentrarán allí miles de personas, eludiendo la turbia caricia del caprichoso microbio que acecha invisible. La ciudad sigue latiendo y así ha de ser, aunque acaso esa calma tenga los días contados. 


domingo, 1 de marzo de 2020

MODULACIONES Y REGRESOS: Reseña íntegra de mi trayectoria literaria. Por José Luis Morante


Hace dos semanas, la revista Proverso/La tinta de papel publicaba la reseña "Modulaciones y regresos", que el poeta y crítico literario José Luis Morante ha realizado acerca de mi trayectoria literaria, magnífico trabajo que, quizá por su extensión, no accedió en su totalidad a las páginas de dicha revista, que únicamente publicó parte de ese recorrido poético. 

Incorporo ahora a mi Blog "Escenarios" el texto íntegro del estudio efectuado por José Luis Morante, incluyendo el análisis del resto de mis poemarios hasta el último publicado, "La complicidad de los amantes" y a la espera de que el que aguarda inédito en los cajones de mi mesa, a la búsqueda de editorial, pueda llegar a ver la luz. 


MODULACIONES Y REGRESOS
  
(Intimismo, culturalidad y pensamiento en  la poesía
 de Jesús María Gómez y Flores)

Tanteando ese punto del espacio que contiene
todos los puntos   el infinito todo.

“EL ALEPH” (Borges en Ginebra)

Jesús María Gómez y Flores



   Doctor en Derecho y Magistrado en ejercicio, coordinador desde su fundación del Aula de la Palabra y director de la revista cultural Norbania, Jesús María Gómez y Flores (Cáceres, 1964) es esforzado transeúnte de un fecundo camino que comenzó  en 1988 con el libro de amanecida Autoconfesiones. Aquel andén abría un periodo de tanteo y aprendizaje, complementado con bifurcaciones que se recuperarán en las secuencias de Líneas de tiempo.
  Tras un intervalo de silencio llega en 2004 El tacto de lo efímero,  en la Colección Alcazaba de la Diputación de Badajoz, que coincide en el tiempo con la plaquette Lunas de Hospital. Este punto cero de regreso al poema se reedita en 2016 en el catálogo de Baños del Carmen de Vitruvio. En esta editorial madrileña, que dirige Pablo Méndez, sumará otras entregas, como  Escenarios y la ya citada Líneas de tiempo.

  La salida deja explícito en el acertado epígrafe El tacto de lo efímero el papel esencial del estar transitorio. El discurrir se hace quemadura y testimonio, modulación y regreso; despliega la sinrazón de lo mudable. Los poemas airean una sensibilidad proclive al recuerdo, cuya mirada muestra vivencias autobiográficas. Enriquecido  por el tacto de la imaginación, la vuelta al pretérito proyecta la dimensión luminosa del asombro. También las razones del lenguaje constituye un afán; es preciso resolver el teorema de los vocablos y dialogar con un poblado universo de signos. Las palabras entrelazan hilos de la experiencia e intrahistoria del  figurante verbal; desembarcan incertidumbres y miedos. Al cabo, lo que importa en este caminar por el movimiento pendular del ocaso es construir un lenguaje propio, un patrimonio interior en el que se define lo esencial, aquello que es compañía y perdura en los resortes de la cotidianidad.



  Entre la luz que invade los espejos nace al día una nueva presencia. Es el oscuro intruso que da forma al sujeto verbal de El otro yo, entrega de 2005. Allí marca pasos la tangente orilla de otra identidad; pero la escritura no se pierde en un pensar ensimismado sino que abre ventanas a otros espacios de inspiración. El poemario se abre con un verso de Gabriel Ferrater, poeta de la Escuela de Barcelona, promoción integrada después en la Generación del 50. Se me permitirá recordar aquella idea de Ferrater que sugería que el lenguaje poético fuese directo, lúcido y racional con la verdad desnuda de una carta comercial. Y mucho de exposición de la intemperie nocturnal y de la desnudez de los instintos hay en los poemas de El otro yo que es, sobre cualquier otro viraje argumental, un trayecto exploratorio de la propia extrañeza y de la fuerza germinal de los instintos.  Por eso, el sujeto se presenta a sí mismo como un furtivo habitante de habitaciones alquiladas por el albedrío. El ser se siente vencido por los desatinos del goce y los reclamos al conocimiento de pieles anónimas. Ni siquiera los sentimientos son capaces de borrar la culpa y el cansancio, esas máculas que requieren la transparencia urgente de la lluvia para que sean legibles los signos de lo diáfano. Otra vez Eva se hace tentación en la voz seductora que rumorea erotismo y espanta la cordura para hacer del mañana una senda de oscuridad y abandono.   

   Como si el poeta buscase la pluralidad del entorno cercano, en Escenarios se llenan los registros del lenguaje con lugares habitables. El protagonista textual se aleja del primer plano para convertirse en aplicado observador en el anfiteatro de lo real. En los tablados de la memoria está París, siempre arquetipo  con entidad cultural.  Sus enclaves ramifican tramas de sombras chinescas, que preservan, en el deambular del tiempo, una representación colectiva. Otro marco argumental es Berlín; allí reaparece el rostro en blanco y negro de la historia, completando un paisaje de miedos, cicatrices y gestos, nunca sosegados por el olvido.
   Entre ecos y sombras, Londres presta su callejero para alzar un tercer escenario. Los reclamos cívicos  entroncan con un presente multiétnico, un tumultuoso enjambre de secuencias vivas. 
  Los caminos explorados trazan una cartografía vivencial; queda el sujeto poético a pie de superficie, buscando mapas de vestigios visibles. En su visual un horizonte que despliega coordenadas sensoriales y estrategias de puntos de fuga, esos improvisados exilios que acomodan las paredes de la rutina.

   Conviene completar el tramo inicial con Líneas de tiempo, obra publicada en 2018 con el aporte plástico de la ilustradora Deli Cornejo. El libro asciende a los anaqueles de la memoria para recuperar versos aurorales. Salva de la erosión distante del pretérito algunos textos de Escaparate con muñecas, fechado en 1985. Nace en ese arranque una lírica sensorial, enunciativa, que presta atención a los gestos del entorno, con una dicción muy selectiva y en la que se escucha el verbo sentimental, que intuye y preserva un velado erotismo. El quehacer se anuda a las palabras y al rumor de los libros, cuya voz convive con la evocación y el recuerdo. En La dama de Shalott (1989) se recupera el personaje de la conocida balada de Alfred Tennynson y rescata el ambiente legendario y medieval de la sensibilidad romántica. Desde sus claves se reconduce la torrentera fértil del amor y se airea el fuego encendido de los cuerpos. Otro recodo de esta voz matinal es Lo inconsistente. El breve conjunto usa como pórtico una cita de José Manuel Cabañero Bonald, cuyo magisterio alerta del sesgo conceptual de las composiciones y del tono hermético del decurso,  al que se adhiere un elocuente reguero de imágenes.
  Cerca del cielo añade un balance celebratorio del cuerpo y la plenitud de la caricia, cuyas manos marcan el devenir del presente. Y aporta una mínima representación textual  Aguardando la lluvia de octubre, un andén de pasos entrelazados por el trayecto amoroso, hecho aire y compás de espera; junto a Arquitectura y convivencia, cuya hermosa dedicatoria no admite la especulación sino el mediodía del latido hacia el otro: “Para Deli, con quien se hicieron uno el destino, la querencia del mar”. La palabra se hace ofrenda de piel; suena a tacto y epitelio para desterrar el frío. Se abre así un tiempo itinerante en el que se irán hilvanando los sucesivos episodios de la edad, esa caligrafía que marcan los trazos de la intimidad compartida, del alba que busca unos dedos de luz.


  De vuelta al orden natural que establece la cronología de edición conviene centrarse en los dos andenes aparecidos en Norbanova, El último viaje (2007) y Arcanos mayores (2012). Es evidente la inmersión del primero en el fluir de los días para considerar la ausencia de los padres desde la elegía y la gratitud de la ternura que siempre resume  el ámbito existencial como pactado recorrido con el calendario. El aserto El último viaje anticipa la fragilidad de nuestra condición y evidencia lo caduco. La consumación impregna el calor de agosto de un tacto ártico, un frío de mármol negro que recuerda “el natural vencimiento de las cosas”. Queda en la escritura el rastro tiznado de dolor que oye el rumor de los recuerdos en los cuartos sin nadie: “El dolor, más vivo que nunca, / no descansa en sus ojos nocturnos. / Torpe, el lenguaje no sirve / poblado de inútiles silogismos, / para remendar la cruda deriva de las vértebras”. 



En Arcanos mayores el poeta sondea el lenguaje misterioso de lo premonitorio. Es sabido que en las cartas del tarot los arcanos mayores son las figuras de la baraja con mayor activo metafórico; su semántica ilustrada aborda una senda especulativa de interpretación espiritual desde una filosofía que escapa del plano empírico y racional. Otra vez cristaliza en el poema el legado de lecturas esenciales como José Manuel Caballero Bonald para abrir oquedades en la estabilidad de la materia y escuchar el rumor de lo oculto. Lo atávico sobrevive tras los sosegados cimientos de lo aparente. Es necesario expandir la propia identidad y hacerse otro: “Mirar adentro. / En silencio darse cuenta de que no todo /  es apariencia. El espíritu exige / voltear los espejos, / no reconocerse entre las fibras calizas / de la arcilla, / cuando los ritos son solo excusas, / terrosas palabras que creer solo a medias. / La verdad sobre nosotros / se resiente en los asideros del campo de batalla”.  A veces el discurso poético se ralentiza, como si la expresión adquiriese un sentido aforístico, una invitación al verso conclusivo que muestra músculos del lenguaje. Versos e ideas se yerguen juntos  desde un fondo sonoro que aglutina algunas claves de jazz o la cadencia de las composiciones clásicas, como si ambos buscasen capturar un significado fragmentado que exige ir  yuxtaponiendo holladas distancias del trayecto. Nace así, desde el poema, un oscuro monólogo en el que aflora la incertidumbre, ese desconcierto de quien olvidó el camino de vuelta.

   Entre estas dos entregas impulsadas por Norbanova se cobija el poemario A contracorriente (Mérida, Editora regional, 2008). La propuesta parece reivindicar la heterodoxia al ejercitar el gesto creativo. Toda palabra está bajo sospecha porque quien escribe protagoniza un extraño rito en el que se cobijan especulaciones y signos, calladas vibraciones del pretérito y un desandar de pasos que sitúan en el comienzo de la duda. El devenir vital nunca se aleja de una visión en blanco y negro del hablante lírico, un transeúnte de lo cotidiano que lee indicios en el opaco despliegue de la realidad. 

    La más reciente entrega de Jesús María Gómez y Flores, editada con mimo por Takara Editorial en 2019, el sello de Rosario Troncoso,  evidencia apoyos y cimientos firmes de la tradición literaria. La complicidad de los amantes añade como cierre del libro la nota didáctica “Obligados peajes”, donde se clarifica el aporte bibliográfico. Los apuntes recuerdan protagonistas, argumentos y correspondencias que trascienden lo anecdótico para ensamblar analogías y revitalizar mitos. El escritor abraza una estética neoculturalista sobre la que se asienta el avance orgánico del poemario. La sección del comienzo “La obsesión de Dante” desde el agua del tiempo recupera la devoción amorosa del poeta italiano por su musa Beatrice Portinari. Como si alzara un puente dialogal sobre el que cruzara la voz de los amantes, los poemas hilvanan evocación y elegía. El tono descriptivo se expande para componer una emotiva crónica secuenciada en celebrados entornos de la geografía italiana. La amada retorna con los trazos atemporales del ideal para mostrar claves de sabiduría y misterio que actuarán como semillas germinales y devenir compartido entre pretérito y ahora.
   No es el único episodio del espacio cultural. El siguiente apartado “La tempestad” rescata, como un paisaje de la memoria que se mantiene a flote, el recuerdo del escritor romántico P. B. Shelley, fallecido frente a las costas de Lerici y reconocido, cuando las aguas devolvieron el cadáver a la orilla, por llevar en sus bolsillos los casi desvanecidos poemas de Keats. Vivir duele; es espera y naufragio que enmudece los sueños.



    El muestrario erudito de La complicidad de los amantes no es una estrategia expresiva aleatoria sino una forma de integrar en el quehacer del poeta escritura y lectura. El pasado histórico sigue reformulando preguntas,  democratizadas en el respirar colectivo como espacios conceptuales inexplorados. El cuarto apartado, por ejemplo, elige como título “¿Qué es la inmortalidad?”. Ello da opción a que los versos destilen respuestas indirectas. Las dudas  afloran en la contemplación de un cuadro, en la conciencia de las erosiones sobre una dermis perfecta y con pujante belleza o en esos escuetos residuos que entre las manos dejan algunos sueños, como pétalos desgajados de la flor del tiempo.

   En el poemario de Jesús María Gómez y Flores emerge un denso patrimonio de magisterios, pero es evidente que algunos optan por expandirse en primer plano. En “Cántico espiritual” es meridiano el débito con san Juan de la Cruz, esclarecida compañía que trasciende el impulso corporal para abrir, a través del amor, vías de ascesis y perenne meditación. Desde esa lectura en voz baja se escucha con cálida lucidez el palpitar del verso, su cúmulo de confidencias: “ Letra a letra / nos sobrevivirán  acaso / la pasión / el éxtasis / de hacerse uno / con los itinerarios del alma”.
   Más sensorial y evocadora, la voz lírica de “Complicidad de estío” amplía planos para ofrecer un mirador sobre las cosas del entorno. En él perdura intacta, en una estación propicia a la cosecha, la hoz herrumbrosa de la muerte. De las páginas de la ignominia retorna el fusilamiento de García Lorca en Víznar, los cuerpos ensangrentados frente a las tapias del cementerio del Este en Madrid, o la voz agostada de Josefina Manresa escribiendo a Miguel Hernández… Episodios que marcaron estíos de finitud y desolación.  Ya en el tramo final del libro, tras la pausa argumental que inspiran los personajes de Haruki Murakami, está la coda de “Buscándonos” cuya filosofía convierte el decurso vital en un tanteo por la senda del tiempo. Solo el amor perdura y hace del viaje una lenta avenida de vivencias, ajena a los indicios del cansancio y esquiva con las ásperas  manos del olvido. Esta cartografía optimista de lo emotivo se ratifica mediante las sombras de J. L. Borges, Pablo Neruda o Audrey Hepburn… Son nombres que ilustran los viajes ascendentes de Ícaro cuando despliega las alas del corazón.

   El lenguaje no es nunca un sistema abstracto de signos sino un discurso orgánico, moldeado por distintos ingredientes que se interfieren entre sí. En la voluntad estética de Jesús María Gómez y Flores se entrelazan rasgos propios como la semántica de lo temporal, siempre concebida como espacio de lo fútil y perecedero, y los múltiples escenarios de la realidad. El transitar de la conciencia poética descubre las expresivas zonas que habitan los estados de ánimo, y aparece, cálido y renovado como núcleo central el amor. Su fuerte pulsión estelar en el poema dignifica lo subjetivo y ofrece al yo plena identidad. A lo largo del tiempo, esta mirada creativa se instaura en el discurrir de lo real para dar sentido al lenguaje a través de características expresivas como la intimidad,  el sentir reflexivo y un culturalismo actualizado y primigenio. 
  Libro a libro afloran las capas complementarias de una sólida representación textual, cuya variedad temática y formal hace del conocimiento y la búsqueda un cauce transparente. Poesía que guarda entre sus manos un cúmulo de imágenes y sensaciones, el agua fresca del  instante hecho luz.

José Luis Morante     

viernes, 21 de febrero de 2020

Reseña de "La última vez que fue ayer", de Agustín Márquez, para el Aula de la Palabra


Notas para la presentación de "La última vez que fue ayer" (Candaya, 2019), de Agustín Márquez, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. 
Cáceres, 21 de febrero de 2020

No todo va a ser poesía en el Aula. Aunque a veces la narración esconda retazos de prosa poética. Hoy presentamos la novela “La última vez que fue ayer”, opera prima de un autor que sin embargo no es nuevo en esto de la literatura, habiendo participado en diversas antologías como “Versos al aire”, “Taxi!!!” o “Los 52 golpes”. Agustín Márquez, nacido en Madrid, pero con ascendencia extremeña, es uno de esos escritores con mucho por decir, con una facilidad inusitada para la palabra. Lo demuestra sobradamente en las páginas de esta novela que augura sin duda un más que prometedor itinerario por el siempre difícil sendero de la narrativa. Y es que “La última vez que fue ayer” contiene una prosa que fluye ágil, cercana, convirtiendo su lectura en una experiencia que aúna ternura e ironía, pero que también incita a la reflexión, a la contemplación de nosotros mismos como protagonistas de una realidad intrahistórica que en el libro aparece representada por un universo en constante evolución que es el barrio que sirve de telón fondo de toda la trama, dotado de vida propia más allá de la de aquellos que en él habitan pero que deja su huella y marca a todos ellos. El motor que impulsa los acontecimientos y que gobierna ese microcosmos en el que conviven los distintos personajes, es no obstante el tiempo, el inexorable latigazo del calendario. En la novela, el autor se convierte en testigo omnisciente de cómo su barrio va haciéndose mayor, ofreciéndonos una visión a ras de tierra, pero igualmente cenital, de tres de sus edades. Así, el relato se organiza cronológicamente en tres momentos, que se identifican con los años 1988, 1992 y 1994, trazando un discurso que va conformando la madurez del narrador al tiempo que la del propio barrio. La transformación que uno y otro experimentan en sus distintos ámbitos es el eje que vertebra la historia, y la consciencia de que los días, los meses, los años, van pasando a engrosar las huestes de un tiempo consumido, de una manera de entender el mundo, de interpretar las cosas, que ya no podrá volver, como tampoco aquellos que se han ido quedando por el camino.  Otra de las referencias de la novela es la cotidianidad, los sucesos a pie de calle, el tránsito de los figurantes que van desfilando y que iluminan el paisaje cambiante del suburbio. En “La última vez que fue ayer”, Agustín Márquez se convierte en cronista de unos personajes que se mueven en ese océano del extrarradio, construye retratos y semblanzas psicológicas dotadas de un sorprendente realismo, que integran sus propias experiencias en el engranaje colectivo, convirtiéndose en piezas que solo el tiempo llegará a modificar a su antojo: el camello y los yonquis, la prostituta, el informático, la gente de los bares, el abuelo emigrante… Y por supuesto los adolescentes que forman parte del círculo más próximo al narrador y cuyos nombres no importan, solo su condición de “chicos”, criaturas del barrio y en algunos casos, víctimas también de él.  


         El lector que se acerque a esta novela se hallará sumergido de inmediato en ese pequeño continente que, poco a poco y quizá sin poder evitarlo, va cambiando su fisonomía al igual que cambian también sus habitantes. Pero no todo es contemplación, ni el narrador un mero espectador de la vida que en torno a él va transcurriendo con sus claros y sombras. Desfila por estas páginas el sentir de su yo más íntimo, los aconteceres de un destino no necesariamente transparente que impenitente da cuenta de ese ayer que un día fue presente y cuyo rostro va metamorfoseando como sus propios rasgos, manteniendo solo vivos los recuerdos, los olores, las pesadillas, las forzadas ausencias cuyo aguijón no deja de clavarse y que regresan una y otra vez, desplegando sus fotogramas como esa secuencia de la vida que dicen desfila ante los ojos en el último instante. Imaginamos un incesante travelling de principio a fin, aluvión de segundos que avanzan a cámara lenta, pero ininterrumpidamente, y que nos dejan la impronta de seres, de lugares, de sentimientos, que reflejan lo cruel a veces, otras lo rutinario, pero siempre lo humano, próximo, reconocible. Buen ejemplo de ello es la última secuencia del libro, y muy en especial el intenso monólogo en segunda persona del capítulo sexto, que pone los vellos de punta. Rescata el autor elementos y ecos de una niñez que nos traslada a los años ochenta y primeros noventa del pasado siglo, plagada de iconos que marcaron una época, de confidencias y anécdotas que quienes vivimos esos años captamos al instante. El protagonista se ve inmerso en el cambio de rumbo y, muchas veces, la deriva de todo aquello que le rodea, percibiendo cómo su forma de entender e interpretar lo cotidiano sufre un mazazo irreversible por efecto de los nuevos referentes y los acontecimientos, quizá no siempre bien comprendidos y asumidos, que terminarán desterrando ese mundo que había sido el suyo. Un mundo en el que no existían los móviles, donde internet aún no había hecho inútiles las enciclopedias y las únicas redes sociales eran las que surgían espontáneas en un patio de escaleras, en los recreativos o en el descampado, en una partida de canicas. 


sábado, 18 de enero de 2020

Reseña de "A punto de ver", de José Luis Morante, para el Aula de la Palabra


Notas para la presentación de "A punto de ver" (Polibea, 2019), de José Luis Morante, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. 
Cáceres, 17 de enero de 2020

Un lujo tener a José Luis Morante en el Aula. Una de las personas con más conocimiento de la poesía que se viene haciendo en nuestro país desde hace tiempo, y además, él mismo, grandísimo poeta. Ya hace años leí “La noche en blanco”, publicado en la recordada editorial DVD, que obtuvo el premio “Hermanos Argensola 2005”. Me pareció entonces un libro magnífico, dotado de un logrado equilibrio, donde la introspección y el hábil uso del lenguaje se conjugaban a la perfección en cada poema. El poeta como espectador y como anfitrión del sentimiento y de la memoria. He venido siguiendo igualmente su bitácora “Puentes de papel”, donde desgrana impresiones y recorridos literarios propios y ajenos. Hemos llegado incluso a compartir catálogo editorial, merced a la hospitalidad del sello de Takara, mirándonos desde la distancia de sus colecciones “Wasabi”, que acoge sus “Pulsaciones” y “Takara poesía”, a la que uno confió “La complicidad de los amantes”. Incluso hemos cultivado la amistad y el calor de poetas comunes, en persona, y en las páginas del papel impreso. Más allá del vínculo virtual de las redes -y en particular, Facebook-, coincidimos por obra y gracia de nuestra común amiga Rosario Troncoso, una gaditana en Madrid, en medio de relámpagos y ángeles fríos. Cáceres sería la próxima estación en este itinerario con el denominador común de la poesía, primera etapa de un año de dígitos pares, de guarismos repetidos, de rimados consonantes.

Y en ese juego de sílabas y ajustes de ritmos, una vez más, el haiku, voz profunda que inocula fogonazos de ideas y sentimientos, a golpe de suspiro poético. No es la primera vez que bebemos en este curso del medido caudal que ofrece esta estrofa japonesa, cada día con más adeptos dentro de la poesía española. Disfrutamos en septiembre con los “Diecisiete alfiles” de María Ángeles Pérez López, y ya veníamos de escuchar a Manuel Neila y sus “Sendas de Bashô”, por cierto, también publicado en Polibea, sin olvidar los “Relámpagos” de Rosario Troncoso que editáramos en Norbanova y cuyos estruendos también en parte tenían forma de haiku. Recibimos hoy a José Luis Morante con su centenar de haikus reunidos en este volumen “A punto de ver" editado como decimos por Polibea (Colección "El levitador núm. 84) que efectivamente, pese a la dimensión reducida de sus formas poéticas, tiene mucho para ver, mucho para degustar en silencio y en el calor de la reflexión a que siempre termina empujándonos este artificio poético condensado en diecisiete sílabas -alfiles- que diría la poeta vallisoletana María Ángeles Pérez. Y es que el haiku, como también el género aforístico, que tanto cultiva igualmente José Luis y del que también existe una muestra en este libro, dentro del epílogo “Anotaciones”, son modalidades literarias que no por su pequeña estatura resultan hueras de carga argumental y expresiva. En esta obra tenemos una muestra de todo ello y, como afirma Susana Benet en el prólogo, a través de este cúmulo de versos con título -algo no frecuente- se nos revela el Morante observador, espectador de la realidad que constituye su entorno, el que sabe transformar el flujo de lo cotidiano que perciben los sentidos en savia interior, alimento del poeta verdadero. Para conseguirlo dispone no solo de las armas de la palabra, bebe sobre todo -y lo confiesa el propio autor en su nota introductoria- del don de la sugerencia, algo que entiendo consustancial a la propia poesía y uno de los rasgos que mejor caracterizan su potencial expresivo. Cuando hablamos de haikus, el maridaje está servido. El lenguaje como vehículo para alimentar los caminos de la imaginación, la sugerencia que deslía el hilo de Ariadna del creador más allá del estrecho traje del poema.

Los haikus de “A punto de ver” transitan por diferentes senderos, dan vida a objetos y realidades próximas al tacto: el arco iris, los lápices, el despertar, la tarde, el frío…, creando cuadros cargados de un intenso contenido lírico. Así, en el poema “Sed”, el poeta dibuja verdaderamente una estampa que culmina con la hábil utilización de la sinestesia: “Una paloma / sobre la chimenea / se bebe el humo”. Otras veces el símil demoledor, que todavía lo es más cuando la métrica forzosamente obliga a condensar el mensaje. “Ancianos”: “Fuera de sitio, / como viejos cacharros / en el trastero”. Asistimos también a un racimo de haikus que responden a esa línea contemplativa de que antes hablábamos, donde el poeta busca retratar el entorno que le rodea y le resulta próximo, que despierta la energía de su pluma ante la necesidad de dar testimonio de los latidos de la naturaleza. Así, en el poema “Deshielo”, todo él hermosa metáfora: “Escurridiza, / inasible reptil, / la nieve fluye”. Pero igualmente, los haikus de este libro desbordan los cánones de la tradición, ahondando en la perspectiva más íntima del poeta, atesoran búsquedas, indagan silencios, pensamientos próximos al recorrido por los desfiladeros de la existencia. Dice Morante en el poema “Sitio”: “Se desvanece / el sol entre la niebla / y yo con él”, o “Andén”: “El azar ríe. / Aquel último tren / me guarda sitio”. Entrelazados sentimientos, aforismos vestidos con el hábito del haiku, se prodigan las miradas de fuera adentro. El poeta ha acariciado los juncos de Bashô, ha contemplado la luna antes de que sean cortados, y ahora tantea las horas, los objetos que se ocultan entre la niebla, a la espera de la aurora, como si el tiempo no existiera, pero consciente del ajedrez a que cada día juega la vida: “Final de Partida” “Mueve sus piezas / la vida al ajedrez. / Y jaque mate”.

Las “Anotaciones” que culminan el libro son en realidad una muestra del ideario poético del constructor de los haikus que las preceden. Con la experiencia del aforista que es, Morante reflexiona sobre la construcción de la escritura, recaba con ayuda de diversos referentes el sentido del haiku, los secretos de su mecánica, la sustancia gris que reside entre sus sílabas y engrasa sus versos. Llegados aquí nos preguntamos. ¿Qué pensará el lector? Avanzar por las páginas de un libro de haikus es una experiencia inflamada de sorpresas, gustosa y ágil, cada nueva estrofa es como un soplo de aire, de ese aire que se desliza aterciopelado desde las colinas del Monte Fuji, que aglutina humores de la naturaleza más pura y virgen.




sábado, 11 de enero de 2020

Savia nueva para la escritura

No es fácil escribir. El lenguaje no distingue almanaques ni agujeros de gusano. Cuando parece abandonado el hábito de la escritura, mientras transitan impenitentes las semanas y hasta los meses, una tarde cualquiera, sin pretender buscarlo, se activan sus resortes, descubres que siguen vivas las habilidades de antaño, con mayor o menor fortuna. En el socavón del silencio, uno ha continuado coqueteando con los versos, domesticando perezosamente las páginas de un libro cualquiera, desentrañando en la vigilia las claves de un futuro impaciente y a la vez plagado de interrogantes. ¿Aguantarán los estantes de mi biblioteca otro año de acumular sin mesura el peso de más volúmenes? ¿Verán la luz esos poemas que ya visten de largo con hechura de nuevo libro? Afuera, mecida por el ritmo del invierno, la ciudad conserva su fachada, su "mirar de ojos extraños", que diría José Luis Morante, quién sabe qué desajustes aguardarán emboscados entre sus callejas, qué turbulencias habrán de soportar las brújulas, los miembros del cuerpo, cautivos de la confortable métrica del sábado. Ya son parte del aire los nombres y las derrotas que jalonaron los itinerarios del pasado más reciente, ahora toca reeditar el desafío del agua, de la vida, de la noche que poco a poco va instalándose sobre los tejados, con su textura de lápiz carbón. Cuesta dar comienzo a una nueva estrofa, elegir las palabras, contar las sílabas. El mundo late más allá del skyline que se dibuja al otro lado del cristal de la ventana. Sin quererlo, el tacto se alarga. Esta luna no es solo mi luna, imagino que es caricia que también comparten otros cabellos, otra piel, detrás del horizonte, donde el rumor de la madrugada esparce sus pétalos. A esa hora en que los jardines duermen y la luz busca reescribir ilesa su andadura, piedra angular del día que se esfuerza en abrirse paso con los estertores de la amanecida. Dice J.A. González Iglesias que "el lenguaje ilumina a su paso las cosas". Y no le falta razón. Cada nuevo verso inocula savia joven, desempolva los secretos senderos de la imaginación, nos hace ver de otra forma el escaparate de lo cotidiano. 


viernes, 6 de diciembre de 2019

En el día de la Constitución

También hace un año escribía algunas palabras sobre el significado de este día y lo que la Constitución Española de 1978 había significado para este país. Bien sabido es de dónde veníamos, lo que había costado apaciguar las voces de la discordia y reconducir tantas veredas, que discurrían separadas. Han pasado ya cuarenta y un años y el mundo es otro. De mis cincuenta y cinco, la mayor parte lo han sido al amparo de aquel texto, asistiendo a la construcción de una España que buscaba hacerse un lugar en los anaqueles de la modernidad, con el estandarte de la convivencia como emblema. Hoy, el escenario -ya lo decía- ha visto cambiar las condiciones climatológicas, cómo el lenguaje se hacía distinto, algo que no debe sorprender por cuanto el tiempo modela con su escoplo el rostro de los elementos y las facciones mudan sus rasgos. Sin embargo, de todo lo vivido, debemos aprender la prédica del sosiego, eludir que la tempestad dinamite los arquitrabes de la calma. Demasiado cruel es ya la memoria.