sábado, 28 de enero de 2017

Mis lecturas de enero. Descubrimientos y reseñas a ritmo de Bossa Nova

Escuchar a Frank Sinatra interpretar junto a Tom Jobim sus temas puede ser una buena manera de comenzar el sábado. Bossa Nova y la Voz, con mayúsculas, mientras las nubes avanzan dóciles sobre la claraboya de mi buhardilla. Se marcha enero con paso lento y versos concéntricos, una vez más, adentrándose el calendario en los territorios del futuro. Intentamos que el año comenzara su viaje sobre los raíles de la poesía, y nos deparó encuentros que mitigaron los rigores de la borrasca, mesas compartidas y libros manoseados cuyas páginas se hicieron palabra pronunciada en los labios. Lástima que la ciudad prosiguiera en su duermevela, ajena a la musicalidad de las imágenes, lastrada por herencias de silencio e indiferencia. Entretanto, por mis manos han pasado versos de amigos, recién alumbradas obras que su generosidad me permitió recoger en el buzón, poesía itinerante encaramada a las alas del correo. Me sumergí también en el piélago de las librerías, donde el azar dirige los ojos y las manos hasta el estante donde reposa ese libro que, quizá no buscado de propósito, se presta al diálogo con el lector despistado que hurga entre títulos y portadas llamativas, sin rumbo fijo. 





Meditation/Meditaçao, Sinatra/Jobim

Tres nuevos títulos de la Colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, se han incorporado estas últimas semanas a mi Biblioteca. Sólidos poemarios, muy diferentes, pero llamados a ocupar un sitio relevante entre las propuestas poéticas que acaban de desembarcar en las librerías. "No eres nadie hasta que te disparan", el último libro de poemas del prestigioso y carismático autor Rafael Soler, es sin duda un trabajo sorprendente. Como en su anterior obra, "Ácido almíbar", lo primero que llama la atención es la portentosa capacidad del poeta para crear un universo propio en el que conviven el lenguaje más directo, la ironía y el sarcasmo ante la sociedad y el modus vivendi de nuestro tiempo. Una vez más, encontramos una poesía que se edifica desde sus cimientos, de matemático encaje, con títulos que en realidad constituyen un verso más, esculpido en el frontispicio de cada poema, cadáveres exquisitos que por sí solos permitirían apuntalar el poemario. Basten como ejemplo: "Catadora de ron en los entierros", "Ningún río al morir entrega el alma",  "Nunca abofetees a un tipo que masca tabaco". Estamos ante un libro que aglutina el incisivo mensaje que caracteriza la poética de Soler y una palabra adulta, nunca gratuita, certeramente empleada y escogida.   Comparte colección con el anterior el nuevo libro del escritor argentino afincado en Rivas, Emilio González Martínez, de título "Palabrando", y que pese a no llevar mucho tiempo publicado ya ha sido incluido en la lista de libros recomendados por la Asociación de Editores de Poesía. Con ese estilo personal que ya descubrimos en su poemario anterior, "Escoba de quince", hallamos versos que evocan sentimientos universales y a la vez cotidianos, vivencias cercanas, ejercicios donde la palabra cobra vida para cautivar al lector, sigilosa y hábil. Lo dice el poeta: "como un guante, / la palabra tercia / acariciando el plasma del misterio. / Como un guante / se vomita a sí misma, / calla y extiende sus dedos / en los signos del vacío. / Finalmente, en su visita a Cáceres para presentar "Identidad", el poeta y periodista Francisco Castañón me obsequiaba con el poemario "Paisaje", del gallego Ricardo Martínez-Conde, de reciente publicación también en Vitruvio. Aún no lo he podido leer, pero un primer vistazo deja impresiones ciertamente prometedoras. El propio Castañón acaba de realizar en Letralia, tierra de letras, una completa reseña del libro, a la que puede accederse en el siguiente enlace: http://letralia.com/lecturas/2017/01/28/paisaje-de-ricardo-martinez-conde/#.WIz0sbg56Bc.facebook


En el trabajo de ojeo por los anaqueles de mi librería habitual, acaparo otros tres títulos que se añaden a la lista de lecturas pendientes. El primero de ellos, "No en mis días", que edita Vandalia,  redescubre al novísimo  Gimferrer y su extraordinario dominio del lenguaje poético, plagado de referencias culturales e iconográficas. El segundo, "La prisión transparente", de Antonio Gamoneda, publicado por Vaso Roto, acumula tres poemarios, La prisión transparente, No sé, y Mudanzas. Sirvan de presentación las palabras de su autor: "El recuerdo habita en el olvido y el olvido perfecciona el recuerdo".  Completo la relación de mis últimas adquisiciones con el flamante libro de poemas del cacereño Juan Manuel Barrado, incluido en la colección "Trea", y que titula "Pertenecemos a lo invisible", sugerente pórtico que invita a bucear en la personal lírica de este autor, perteneciente a la más granada generación poética que ha dado Cáceres. 



Y si hablamos de autores extremeños, resulta obligado referirnos a las dos últimas obras de Pilar Galán o Juan Ramón Santos, que acaba de publicar la editorial De la luna libros, dentro de su colección "Lunas de oriente", que siguiendo la estela de la inolvidable "Lunas de poniente", pretende recoger en su catálogo las voces más representativas de la narrativa que hoy se escribe en Extremadura.  Aunque la mayor sorpresa de estos días, gratísima, por cierto, ha venido también a través del correo, desde la hermosa isla de Mallorca, en la que reside desde hace años un poeta que nunca dejó de considerar a Extremadura como su tierra, Carlos Medrano. "Donde poder volver", la selección de poemas tomados de su blog "Isla de lápices" que ha publicado Vberitas, reconcilia sin duda al autor con ese amor que siente por estos pagos, y a quienes apreciamos su verbo poético, con una deliciosa muestra de su buen hacer, lleno de evocaciones y lúcidas escapadas, con la manufactura de un lenguaje cristalino que transporta a lugares y vivencias que dibujan la madurez de un poeta a caballo de dos orillas y cuya voz no olvida el legado de maestros como Santiago Castelo o Ángel Campos Pámpano. "En la aventura del papel y la belleza", recojo las palabras de su dedicatoria y celebro la lectura sosegada de estos versos que espero algún día pueda ofrecernos personalmente en esta ciudad, que es también la suya. 







lunes, 9 de enero de 2017

Primera ojeada a 2017. Redescubrimiento de los clásicos.

Me parece que este año que acabamos de estrenar lleva impresa una marca de nacimiento que responde a los códigos de la incertidumbre, entendida como falta de certidumbre, según la acepción del diccionario de la lengua española, y por extensión, a la ausencia de certeza concebida como exclusión de lo cierto, del conocimiento seguro y claro de algo. Dos mil diecisiete se anuncia con los ropajes de la fragilidad, la que es propia de caminar sobre terrenos irregulares y sin el amparo, siquiera metafísico, de una red. En el desorden de los fenómenos atmosféricos, se antoja un período de extremos térmicos; en la desazón de las ideas, la rebelión de los colores, y el recelo frente a artificiosos mestizajes. El mundo aterriza de nuevo y se instala sobre las páginas de un almanaque en blanco, contagiando con su carga viral cada uno de los números, los días, las semanas, que conformarán las estaciones. El siglo veintiuno es un tiempo de protagonismos heterogéneos e histriónicos, donde conviven zarpazos de cartesiana razón y delirantes episodios que bordean las fronteras de la incivilidad. Si las cartas del Tarot contienen algún tipo de mensaje oculto o representan un género de alfabeto críptico que aún espera ser descifrado, se me antoja que El Loco sería la que mejor pudiera describir esa realidad irreflexiva y nerviosa que nos rodea. Se ha querido ver en este personaje al hombre que camina hacia el futuro, libre de ataduras, con un rumbo que ni él mismo acierta a definir. Acaso la idea de romper con lo establecido y regresar a la esencia de lo que un día fuimos para crecer de nuevo, para hacernos de nuevo, permita recuperar el malherido germen de nuestra propia existencia y la de la madre naturaleza, sin la que no tendríamos sentido.  Es por eso que la incertidumbre con que se conduce este dos mil diecisiete, aún impúber, sea tal vez una llamada a la serenidad, a la mudanza de ánimo y al rescate de esa dimensión espiritual que la materia y la rutina han ido desplazando y denostando. 


Ilustración de Deli Cornejo para el libro "Arcanos Mayores" 
(Norbanova Poesía número 4, 2012)

En un momento en el que todo parece sometido a convulsiones, cuando la discordia prende fácil los resortes del verbo y la poesía es proclive a encendidas diatribas, me pide el alma un reencuentro con los clásicos, los que con su palabra nos allanaron el camino de la lucidez. Si el mundo, ese loco despistado que avanza con la cordura en horas bajas, pretende reconciliarse consigo mismo y dar una oportunidad a la trascendencia, qué mayor signo de ésta que la siempre provechosa relectura de los versos de Juan Ramón,  Machado, Unamuno o los grandes del veintisiete, aquellos que marcaron con sus voces una edad de plata anterior al cataclismo de los fusiles y que aún hoy aportan desde sus viejas e impecables ediciones ese toque de templanza del que tan necesitados nos encontramos, ahora que la poesía se confunde en un mar de egos enfrentados e intereses comerciales, alejándose quizá de su verdadero ser.   Del mismo modo anda sobresaltado el mundo, buscándose, sin demasiado tino. 



Sobrecubierta y página de presentación de la Antología 
1915-1931, "Poesía española", recopilada por Gerardo Diego y publicada por Editorial Signo, en Madrid, en 1932 (primera edición), que representó el descubrimiento de la poesía española de la época en Europa, reuniendo a toda una serie de autores cuya importancia y calidad resultan hoy indiscutibles. 




martes, 27 de diciembre de 2016

2016: El año que vio partir a músicos y poetas hacia los Puertos Grises.

Por motivos bien distintos, una gran parte de las entradas de este Blog en 2016, al que ya le quedan apenas cuatro jornadas, han tenido algo que ver con la música, de una u otra forma. Y es que el año que se marcha no será bien recordado en los anales de este noble arte, pues sin duda la Parca se ensañó a conciencia con sus creadores e intérpretes, aniquilando con su fría mirada a un buen número de quienes habían sido iconos de varias generaciones, allá por el cada vez más lejano siglo XX. Hace unas pocas semanas recordaba mi descubrimiento de Leonard Cohen y de su poesía erguida sobre las líneas de un pentagrama. Luego, fue la perenne nostalgia de John Lennon, en el aniversario de aquel fatídico 8 de diciembre. Como tantos otros que nos dejaron este año, y recordemos por citar solo algunos a Prince, David Bowie, Manolo Tena, Maurice White, Glenn Frey, George Martin, Gato Barbieri, Keith Emerson..., pertenecen ahora a esa dimensión inescrutable, algo así como Los Puertos Grises que imaginara J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos, lugares o dobleces del espacio/tiempo inmunes al aguijón del olvido, donde la memoria se extiende más allá del horizonte del recuerdo. Seres que acaso se encuentren ungidos por el don de la inmortalidad, y a los que se refirió Hermann Hesse en las páginas de "El lobo estepario", situándoles en "el éter helado e iluminado de estrellas...asintiendo en silencio a la vida latente, mirando en silencio las estrellas que rotan".  


Ilustración de Alan Lee: "Los Puertos grises"

El año que se marcha ha puesto sobre la cubierta de esos veleros que enfilan la ruta hacia aquellos puertos ignotos que se alzan al otro lado de las nieblas a muchos viajeros insignes. Buena parte de ellos trazaron la banda sonora de mi generación y por eso su partida resulta más cercana e hiriente. Las décadas de los setenta y ochenta de la pasada centuria han ido despoblándose de sus figurantes, impío el destino escribió sin tregua cientos de titulares de prensa, teletipos y tuits, sin respetar festivos ni estaciones. Llegado diciembre, el estupor se hace crujido en los cimientos de ese mundo que nos ha hecho como somos, con sus iconos y sus personajes de ficción, con el consuelo que siempre nos ofrecía considerarlos parte de nosotros, pero indestructibles, héroes que jamás podrían ser abatidos. La noticia de la reciente muerte de George Michael, en su casa de Londres, retrotrajo la película de mi vida a aquellos instantes de juventud, que también era la suya, a mediados de los ochenta, cuando era pecado mojarse los labios con la quemazón de un sorbo de whisky en la penumbra de una discoteca mientras de fondo la machacona e irreverente letra de "I want your sex" te arrastraba sin ambages a una pista atestada de caliginosas sensaciones. 


George Michael, en la época de su Álbum "Faith" (1987), que contenía entre otros, el polémico tema "I want your sex". 

Sin tiempo casi para reponerse del impacto, los diarios digitales anunciaban hoy la desaparición de la actriz Carrie Fisher, la icónica "Princesa Leia" de Star Wars, papel que la atrapó inmisericorde y marcó su trayectoria de por vida. Apenas un año atrás la veíamos, en "El despertar de la fuerza", despedirse de Han Solo (Harrison Ford), y notábamos cómo le brillaban los ojos por el presagio cruel que la atenazaba por dentro. Quizá los guionistas tengan que modificar el libreto de la nueva historia que actualmente  se está rodando para buscarle un final que quizá no habían previsto de antemano, más cerca de las estrellas, surcando las constelaciones  junto a los antiguos caballeros Jedis



Carrie Fisher, caracterizada como Princesa Leia, 
en su última aparición en la saga Star Wars (2015)


Aquí abajo, los mortales continuaremos construyendo nuestro universo cotidiano y seguiremos atentos a esos titulares de prensa que de seguro no cesarán en su propósito de sacudir las líneas rectas de la existencia con sus cargas de profundidad, siempre dispuestos a no dejarnos dormir. 

Exactamente como advierte el  poema "Titulares", perteneciente a mi libro "El tacto de lo efímero" (Ediciones Vitruvio, 2016, Colección "Baños del Carmen"). Con él cerraremos esta entrada. 


                                      TITULARES

Teletipos hieren como anzuelos.

Una nueva sangría de inocentes 
en un país habituado al dedo índice.

Un avión extraviado de los radares sobre la vertical de un océano
       en las antípodas de la intemperie.

Certero el azote de los elementos, 
ensañándose displicentes con los desheredados, 
astillando sus carnes lastradas de impotencia.

Ruido y más ruido en los escaños del parlamento.

Demasiados decesos de artistas y poetas.









domingo, 18 de diciembre de 2016

De Dylan a Elizabeth Bishop. Una mirada norteamericana.

Todavía conservo en los oídos la melodía y las letras de Bob Dylan que apenas hace una semana inundaban la Librería-Café Psicopompo, de Cáceres, en auténtica explosión de fraternidad musical y poética con la excusa de celebrar, a nuestra manera, la entrega (¡) en Suecia del Premio Nobel de Literatura y los olvidos de Patti Smith, que no fueron los de José A. Secas, que se ocupara de leer el mismo poema, el larguísimo "A hard rain's a gonna fall" lleno de continuas referencias apocalípticas. Brillaron las guitarras y las voces, el arte del recitado y la interpretación a cargo de consumados especialistas como Vicente Rodríguez o Alonso Torres, pero en general, el acto fue todo un éxito y una gran parte de ello corresponde al inefable Jaime Naranjo, quien supo coordinar a participantes tan dispares pero igualmente comprometidos en hacernos pasar una inolvidable velada en torno a las letras y los acordes de Robert Zimmerman, con la inestimable colaboración de virtuosos como Mario Osuna, capaz de deletrear con su guitarra cualquier estilo, cualquier propuesta musical para acompañar los no siempre fáciles textos del galardonado poeta y cantautor estadounidense. 


Jaime Naranjo (derecha) y Mario Osuna (izquierda), durante la velada homenaje a Bob Dylan en Librería Café Psicopompo, el pasado 10 de diciembre (Fotografía procedente del Facebook de la propia librería)

No es la primera vez que me ocupo en este blog de Bob Dylan y su controvertido Premio Nobel de Literatura 2016.  Ahora lo hago desde las páginas de un libro, el que acaba de editar Malpaso, y que contiene sus letras completas (1962-2012), en versión bilingüe (Traducción de Miquel Izquierdo, José Moreno y Bernardo Domínguez Reyes), con notas de Alessandro Carrera y Diego Manrique, prologado por el propio Diego Manrique. Un libro sin duda de los que no pasan inadvertidos en cualquier biblioteca, tanto por su impactante volumen, como por el colorido de sus cubiertas (entre las varias opciones, escogí el amarillo, sea por eso de la superstición, por la "¡mucha mierda!" que Dylan ha ido acaparando hasta conseguir el Nobel). Una primera impresión del contenido no deja tampoco indiferente al lector. Aquí no hay música, solo palabras, muchos versos, y desde luego, después de leer unos cuantos, en cualquier lugar de sus casi mil trescientas páginas, la impresión que se obtiene es la de que, olvidándonos de que estamos ante letras de canciones, el poeta y su mensaje se desbordan, dejando patente la enorme capacidad de un creador que ha sabido imponer su peculiar forma de contemplar el mundo, con sus repetidas obsesiones (muchas de ellas acerca de temas existenciales, religiosos o políticos), desterrando formalidades y convencionalismos. Porque desde luego, no es Dylan un poeta al uso, en él convergen múltiples elementos de la tradición americana, no solo la del folk o el blues, bebe también de autores como Faulkner y asume contextualidad y formas expresivas propias de la Beat Generation, pero sin renunciar a una identidad propia que le convierten en un creador prolífico y polémico, siempre "llamando a las puertas del cielo"


El contrapunto de Dylan en mi biblioteca lo será esta vez una mujer, o mejor dicho, dos, porque después de hacer parada en la literatura americana, al saltar virtualmente el charco me encuentro con el magnífico "Ficciones para una autobiografía", de Ángeles Mora, editado por Bartleby Ediciones, autora que fue Premio Nacional de la Crítica en 2015 y que acaba de obtener el Premio Nacional de Poesía en 2016. 


Pero volviendo a los Estados Unidos, es ahora la escritora Elizabeth Bishop la que concentra mi atención al poder contar con el primer volumen de sus obras completas, enteramente dedicado a su poesía, que acaba de publicar Vaso Roto en su colección "Esenciales", en edición bilingüe y traducción de Jeannete L. Clariond. Me han sorprendido los versos de esta mujer, directos, muy personales, con una temática esencialmente centrada en la dimensión de la existencia y la posición del ser humano en este mundo que le rodea, lleno de preguntas. Otra vez, un libro voluminoso para mis anaqueles, de esos que no se leen ni mucho menos de un tirón, pero que se consultan con frecuencia, que llaman a ser abiertos por cualquier página. Es la poesía de la cotidianidad, de las cosas cercanas, del sentimiento y la conciencia. Muy interesante la reproducción, después de sus obras publicadas, de sus manuscritos inéditos, ilustrados con la imagen de las propias y a veces arrugadas hojas de papel donde la autora plasmó sus ideas, con sus enmiendas y tachaduras,  de su puño y letra, o haciendo uso de una vieja máquina de escribir. Sin duda, una forma de aproximar al lector al peculiar microcosmos de la escritora. 


jueves, 8 de diciembre de 2016

El día que asesinaron a John Lennon

El día que asesinaron a John Lennon apenas si había escuchado su música ni leído sus letras. Él acababa de cumplir los cuarenta y yo todavía andaba errando por los caminos de la adolescencia. De los sesenta sabía más bien poco, apenas lo que la televisión de entonces se encargaba de filtrar, los pocos discos de vinilo que había en mi casa. Ninguno de mis conocidos había ido a Woodstock ni había llorado cuando los Beatles se separaron, a primeros de la siguiente década. Todo aquello parecía tan lejano y ajeno. A punto de finalizar 1980, y con un nuevo tiempo abriendo sus puertas, los telediarios se llenaron de súbito con una noticia impactante. Ahora sí que The Beatles serían para siempre historia, cualquier posibilidad de reunión del cuarteto quedaba abortada por la insensata decisión de un paranoico, tras descerrajar varios tiros contra el carismático John, a las mismas puertas del edificio Dakota, en Nueva York, donde residía junto a su compañera, Yoko Ono


Desconocía entonces la siniestra leyenda que acompañaba a aquel inmueble, donde residieron el actor de terror Boris Karloff, famoso por interpretar a Frankenstein en la gran pantalla, o donde se rodaron películas como "La semilla del diablo", de Roman Polanski, cuya esposa, Sharon Tate, sería luego asesinada por el satánico clan de Charles Manson.  Aquel fatídico lunes 8 de diciembre, John regresaba del estudio de grabación junto con Yoko cuando se topó con un joven que, como otros tantos, le abordó para solicitarle un autógrafo. Mark David Chapman debió mirarle con rostro circunspecto, para luego pronunciar el nombre de su víctima antes de apretar el gatillo hasta en cuatro ocasiones. Ninguna oportunidad tuvo el músico, cuya voz se apagó para siempre aquella mañana. Mientras dejaba caer el arma al suelo, el homicida sostenía en su otra mano un ejemplar del libro "El guardián entre el centeno", de J.D. Salinger, al tiempo que dedicaba aquella hazaña a su protagonista, el inadaptado Holden Caulfield.  


Al otro lado del océano, el suceso supuso un duro golpe para los incontables admiradores del ex Beatle, mientras que a otros, como yo, les abrió los ojos a su legado y al de su mítica banda. Aquella noche, escuchábamos Imagine en la voz prestada de otro artista, con acompañamiento de piano. Se nos helaba la sangre. A los pocos días, las tiendas de discos llenaban sus escaparates con vinilos y cassettes de los Beatles, con pósters del músico asesinado y de su grupo. Los ingresos se disparaban. Muchos caímos en aquel juego, pero a mí me sirvió para encontrar un faro de referencia en esa edad   tan proclive al desarraigo y al desconcierto, para empezar de nuevo, como John se había propuesto, después de un intervalo de silencio, con su disco "Double Fantasy", mano a mano con su compañera. Temas como Just Like (Starting Over), I'm losing you, Woman, fueron la banda sonora de aquellos primeros escarceos de una década donde la música tendría mucho que decir. 


Aún recuerdo aquellos primeros bailes "agarrados" de mis primeros guateques, escuchando de fondo ese tema de John"Woman", auténtica serendipia en un tiempo convulso.  Han pasado la friolera de treinta y seis años, y él tendría ahora setenta y seis. No sabemos con qué ojos contemplaría el mundo que hoy nos rodea, pero seguro que se sentiría intranquilo, sorprendido por la voracidad de la tecnología y la deshumanización de los sentimientos, donde los mitos han pasado a ser iconos warholianos y la música pugna por reconquistar el terreno perdido. Al otro lado del tiempo, sigo escuchando a los Beatles, intento edificar sus armonías a lo largo de los trastes de una guitarra. Y eso que ya son los dos los que se fueron, pues a John le siguió George, en 2001, víctima de esa plaga cuyo nombre hace temblar los pilares de la templanza, el cáncer. Quizá hayan encontrado la paz que tanto predicaban, en los senderos de una dimensión inasible a las manos, a los resortes de la conciencia. 



sábado, 12 de noviembre de 2016

First we take Manhattan, then we take Berlin

Hace casi treinta años, una tarde de poesía en los jardines de la ciudad monumental de Cáceres, dentro del programa que se llamó "Cáceres intramuros", termina en los salones de un mesón, dentro también de ese mismo casco histórico que lucía flamante su designación como Patrimonio de la Humanidad. Comparten mesa jóvenes escritores, universitarios, gente interesada por las letras, algunos completamente neófitos en estas lides. De pronto, alguien echa mano de una guitarra y la poesía se calza los ropajes de la música, entre los acordes y el sesgo de una voz rasgada que proclama un mensaje visionario. First, we take Manhattan, then, we take Berlin. Ya la había escuchado antes, era 1988, y Leonard Cohen acababa de publicar su disco "I´m your man", plagado de certeras canciones, construidas desde los más hondos cimientos de su condición de poeta. Éramos jóvenes, pretendíamos alimentar la palabra, vestirla con los artificios del lenguaje, y coreamos aquel estribillo sin pararnos a pensar en su mordiente premonitorio, en que el mundo se encontraba sumido en una carrera de fondo que nos llevaría a enfrentarnos a una realidad que entonces ni siquiera imaginábamos, pero que daría sentido a esas letras que llamaban a no quedarse quietos, a hacer de la poesía un revulsivo con el que confrontar el envite de los nuevos desafíos que Cohen ya adivinaba y que iban a socavar muchos de nuestros valores, los más propios del ser humano, indefenso ante el mecanicismo de una civilización cada vez más deshumanizada. Ahora Leonard ha fallecido. Siempre quise poner en práctica sus enseñanzas, como las de Borges o T.S. Eliot: no rendirse, escribir como alternativa a la demencia. Se nos ha ido uno de los bendecidos, pero sigo escuchando su First, we take Manhattan, como aquella noche de los ochenta, en la que todos éramos un poco mirlos blancos. 


martes, 1 de noviembre de 2016

Réquiem de Mozart y otras músicas para el Día de Difuntos

El Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart ha sido siempre una de mis piezas musicales preferidas. Mi forma de celebrar el Día de Difuntos será sin duda escucharlo, disfrutarlo. Y cerrar los ojos, dejándome atrapar por la atmósfera de sus melodías, su envolvente sortilegio, a medida que las distintas voces se convierten en una sola y la armónica caricia de la coral avanza por los compases, devorando la partitura inacabada, aquella en la que imaginamos trabajando a un Mozart ya enfermo, cautivo de sus fantasmas y que ha sido objeto de más de una leyenda urbana. Como la de que la obra respondía al encargo de algún siniestro personaje, o que en ella también pudo haber participado de algún modo aquel a quien la tradición ha dibujado como su competidor directo, Antonio Salieri. Así lo plasmó Milos Forman en la inolvidable Amadeus (1984), ganadora entre otros premios, de 8 Óscar de la Academia. En la cinta, un desmejorado Mozart, tísico y desfondado (Tom Hulce), se deja ayudar por Salieri (F. Murray Abraham), mientras deletrea las notas de esa obra que parece ser presagio de su propio final.  



LACRIMOSA (Réquiem Mozart), Filarmónica de Berlín, dirigida por Karajan

Con la música de Mozart todavía tintineando en los oídos, se hará más plácido el paseo por el camposanto, cuando ya las aglomeraciones hayan cesado y el recinto recobre la tranquilidad que le caracteriza, la que invita al sosiego y a la reflexión sobre la futilidad de la vida y los caminos de la trascendencia. Junto a los ángeles que custodian los lugares del último descanso, entre un mar de blanquecinas lápidas, de túmulos grisáceos verdecidos de líquenes, de nuevo irrumpe en el silencio la densidad de otros acordes que evocan presencias, desdibujados recuerdos de miradas y caricias que ya comparten el destino de la tierra húmeda. En Pavana para una infanta difunta, de Maurice Ravel, cada pulsación del piano despierta dormidas sensaciones, esboza rostros y pasos de baile, invisibles credenciales de un pasado que nos contempla con los ojos vacíos. 




PAVANA PARA UNA INFANTA DIFUNTA (Ravel): Interpretada por la West Eastern Divan Orchestra, dirigida por Daniel Barenboim

Concluiré el recorrido con un Réquiem que calificaría de "suave" y "aterciopelado", el de Gabriel Fauré. A las diferencias en cuanto al texto con el de Mozart, también éstas se perciben en el carácter más adagio y el tono de plegaria que impregnan el del compositor francés. Pasajes como Libera me o In paradisum, aparecen ornados de esta tintura, que no es sino el lamento del hombre temeroso ante la desolación y el frío eterno del sepulcro. 


IN PARADISUM (Réquiem Gabriel Fauré), interpretado por el Coro de la Catedral de Winchester