domingo, 17 de junio de 2018

Madrid en junio. Libros, postales, y un Talgo de vuelta

Desde otoño no había vuelto a pasar por Madrid. Motivos laborales me hicieron regresar, en unos días a caballo entre la extraña primavera que hemos vivido y el súbito verano que ha terminado irrumpiendo en el calendario con la autoridad de su canícula. Muchas cosas parecen haber cambiado desde la última vez. 

Aquel billete de metro que guardaba, con algunos viajes sin utilizar, ya no sirve y su viaje le conduce directamente con destino a la papelera. El sistema que se ha implementado ahora es similar al de otras ciudades europeas, a base de tarjetas con banda magnética. Me hago con una que sea suficiente para cubrir las necesidades de transporte de tres días, y quizá sobre algún uso para más adelante, si no hay nuevo cambio en el procedimiento de admisión de viajeros. 

La línea 2 me deja en Santo Domingo. Voy andando cuesta arriba por la Gran Vía hasta la altura de La Casa del Libro. Me la encuentro en obras, con sus vitrales tapiados por grandes paneles de cartón que anuncian el cierre provisional mientras se acondiciona el establecimiento. Imagino la cantidad de libros que habrán tenido que distribuirse entre las demás tiendas, las idas y venidas de los camiones que los habrán llevado de un lugar a otro de Madrid. Entre ellos acaso quedará algún ejemplar rezagado de A contracorriente, Escenarios o El tacto de lo efímero, mis poemarios que podían adquirirse allí. Cualquiera sabe dónde los habrán puesto ahora. Desde luego, solo quedará la opción de comprarlos on line para quienes pudieran estar interesados. Como apenas tengo tiempo, bajo hasta Callao para coger la línea 5 y plantarme en Chueca. En este singular barrio madrileño, hospitalario y multicultural, se hallan algunas de las tiendas más interesantes de la ciudad. Casi un año sin husmear el aroma del papel antiguo que se respira en Casa Postal, en la calle Libertad. Solo el frío tacto de las postales y las fotografías a través de las páginas web. Como de costumbre, no es fácil localizar material de Cáceres, aunque siempre se encuentra algo. Viejas tarjetas publicitarias, con recuerdos de locales y comercios desaparecidos, envueltas y sobres de cartas que se enviaron por personas y en tiempos que ya pertenecen al olvido. 

La cartofilia es un pequeño universo, conserva intactos los sentimientos y las urgencias de quienes nos precedieron, embalsama en sepia las imágenes de unos instantes sin retorno posible. El dueño de este establecimiento, Martín Carrasco Marqués, acaba de publicar un libro en el que aglutina, a modo de catálogo, la relación de tarjetas postales editadas en España desde 1887 a 1905, sin duda, las representativas de un período histórico (cuando la dirección se escribía a lo largo de todo el reverso, sin división alguna), caracterizado por el gran éxito de este instrumento epistolar, que nos deja ejemplares y estampas verdaderamente inolvidables y muy apreciadas por los coleccionistas. Hojeando este voluminoso catálogo, localizo las series que en él figuran, referentes a Cáceres. Descubro que aún me faltan varios ejemplares, de las más antiguas, algunas que ni siquiera he llegado a ver materialmente con anterioridad. Habrá que ponerse a hurgar en viejos baúles, desvanes llenos de polvo, y por supuesto, en la telaraña de internet, en una búsqueda que promete ser apasionante. 


Con las tareas profesionales cumplidas, no podía dejar aprovechar esta oportunidad, aunque fuera con la agenda muy limitada, para tener algún contacto con el mundo literario de la capital. En la semana de resaca de la Feria del Libro, las habituales ofertas en cuanto a presentaciones, nuevas publicaciones y lecturas, se hayan ligeramente afectadas por ese cansancio de tantas intensas jornadas. 

Aunque las principales librerías de la ciudad conservan su programa cultural, opto por hacer una visita al editor de mis últimos libros, en plena gestación del siguiente. No queda muy lejos de mi hotel la sede de Ediciones Vitruvio y su alma mater, Pablo Méndez, ya me esperaba tras la finalización de mis obligaciones laborales. 

Rodeados de libros, la mayor parte de ellos, de poesía, con el color negro de la colección "Baños del Carmen" como fondo de escenario, hemos hablado de lo divino y de lo humano, de versos, de poetas, de proyectos de uno y de otro. Aún mi libro "Líneas de tiempo", que integran cuatro poemarios inéditos que desde hace años anhelaba ver impresos, se encuentra en elaboración, pendiente de la parte gráfica que servirá para iluminar este amplio recorrido poético. Quedamos en darle el pistoletazo de salida en Madrid, con obligado acto posterior en Cáceres, sin hablar todavía de fechas. Será un trabajo bien distinto, al integrar ilustraciones, algo nada habitual en la colección de poesía de Vitruvio. 


Anda Pablo atareado con numerosas ocupaciones, mientras sigue creciendo el ya ingente catálogo de su editorial, enriquecido con volúmenes de otros géneros, como el reciente libro de Paco Castañón sobre el mayo del 68 francés o la novela de Antonio Daganzo, "Carrión", que acaba de obtener un merecido premio en Valladolid. 

Salimos a la calle, y mientras Pablo sube a su moto, perdiéndose por el desquiciante mapa viario de Madrid, vuelvo a reincidir en el territorio del papel, adentrándome en otro laberinto, el de La Casa del Libro de Goya, destino quizá de algunos de esos libros de provisional hospedaje a raíz de las obras en Gran Vía. Laberinto con mayúsculas el de esta librería, especialmente en su planta sótano, donde no vendría mal contar con un ovillo como el de Ariadna. Al regresar al mundanal ruido de la avenida, enfilo hacia O'Donnell con la silueta de Torrespaña en la lontananza, ya cayendo la tarde. 


El día de vuelta suele venir marcado por las prisas. Preparar el equipaje, colocar, a modo de rompecabezas, los libros entre la ropa y demás objetos personales, intentar cerrar la maleta, cuyo fuelle necesariamente ha visto crecer su volumen. 

Pillar un taxi. Hay que completar las jornadas de estudio y enfilar la ruta hacia la estación para subirse a un tren. Dicen que el viernes 15 hay huelga en el metro y que la densidad del tráfico puede ser superior a la habitual. Es fácil constatar tal circunstancia al incorporarse a la vorágine de las calles. Mientras el taxista sortea el difícil tránsito hacia el destino marcado, pienso que la víspera anterior podía haber acudido a la librería La Central, donde varios grandes de las letras oficiaban la presentación de un nuevo trabajo. Me enteré ya tarde, navegando por Facebook. Luis Antonio de Villena presentaba su libro "Mamá" rodeado de otros autores, como Álvaro Pombo. Habría sido una oportunidad para flirtear de nuevo con el siempre histriónico e imprevisible albero de los escritores madrileños desde la condición de anónimo que tiene uno. Otra vez será. 

Ahora, en los muelles de Atocha un gran gentío aguarda la llegada del convoy de turno, escudriñando los números de vía en las pantallas. Me tocará volver a subir a bordo de un Talgo años después, esperando que poco a poco la situación del ferrocarril que conduce hacia tierras extremeñas se dignifique como corresponde al siglo en que nos encontramos. 




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