domingo, 21 de julio de 2019

París 2019. Nuestro primer viaje sin Elisa

Hacía seis años de mi última visita a París. Aquella estancia, breve, lo fue por motivos de trabajo, pero el recuerdo de la ciudad desde la privilegiada visión que ofrecen las ventanas de sus buhardillas, el vendaval de la música y la lectura de Rayuela, sirvieron para poner en pie mis "Escenarios", que verían la luz al año siguiente, de la mano de Ediciones Vitruvio. Pasado el tiempo, queríamos huir de la vorágine del turismo, de lo convencional, de los lugares y las aglomeraciones que nada aportan más allá de la tópica impresión de una fotografía para compartir en las redes. Este sería, sin embargo, el primer viaje sin el preciado asesoramiento de nuestra inolvidable amiga Elisa, que nos dejó para siempre en las postrimerías de la primavera, en silencio, sin hacer ruido, convirtiéndose en protagonista de un viaje sin retorno hacia un destino que, sin duda, con ese ángel que la caracterizaba, habrá sabido recompensar el aluvión de todo su buen hacer mientras estuvo al frente de esa puerta a la felicidad que era su pequeña agencia, en las estimaciones de El Rodeo, en un Cáceres necesitado de personas como ella. Y hago mías las palabras de Alonso de la Torre en su estupendo artículo, recientemente publicado en el Diario Hoy, donde también se hace eco de su partida: https://www.hoy.es/extremadura/elisa-vendia-felicidad-20190712002648-ntvo.html

Quizá este París de 2019 no fuera el de Cortázar, sino el de Modiano, un escritor que, galardonado con el Premio Nobel de Literatura -precisamente en 2014, cuando se publicaba "Escenarios"- sabe apurar como nadie cada esquina, cada enclave de lo cotidiano de esa ciudad que está por encima de lo tangible, que atesora enésimas historias en su vientre. Concita el autor francés, a la par, incondicionales y detractores, pero lo que no cabe discutir es su conocimiento de la calle, de la respiración que late a medida de la geografía del asfalto, con sus personajes de rostros pixelados, sus nombres sometidos al azote del tiempo. Uno se pierde en los pasillos del metro, recorre anónimo los bulevares, asciende hasta casi perder el resuello las escaleras que conducen hasta la cima de la Butte Montmartre. 


De Cortázar quedan sus reflejos, suspirando sobre los puentes, como aquel donde Pierre Curie se dejó su último aliento, en las proximidades de la Rue Nevers, y su tumba, no fácil de localizar, en el Cementerio de Montparnasse, no muy lejos de la de aquel poeta que fuera capaz de anticiparse a su destino para saber que su idilio con la eternidad comenzaría también bajo la mirada de las gárgolas de una Notre Dame, hoy herida en sus nervaduras, con los pulmones asfixiados. Reconocible la última morada de César Vallejo por la bandera peruana que sus compatriotas han colocado sobre la lápida, inolvidables sus versos...


Tumba de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse


Tumba de César Vallejo, en el cementerio de Montparnasse


Los puentes de París y la impronta de Cortázar


Notre Dame, rodeada de grúas y vestida de andamios

Y entretanto, celebro la multiculturalidad que impregna los parques y las avenidas de la urbe, que tiñe de matices los vagones del metropolitano, con sus voces y rostros distintos, aquellos en los que se refleja el carácter unívoco del ser humano, aboliendo distingos y absurdos prejuicios. En lo más alto, donde el funicular de Saint Pierre desemboca junto a la basílica del Sacré Coeur y se atisban los contrastes de la Place du Tertre, perviven los ecos difuminados de los viejos artistas, los que un día hicieron de estas calles el itinerario de su inspiración atormentada. 


El columpio de Renoir


Cabaret "Au Lapin Agile"


Los artistas, en Place du Tertre


Estudio de Suzanne Valadon, en Montmartre










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