domingo, 5 de julio de 2020

Un verano con Borges

Extraño verano como no recuerdo ningún otro. Horas de celda y silencio callado, interminables tardes de brumosa calima. Desde mi terraza, en el horizonte, la silueta acuarela de Gredos con sus onduladas cimas, el skyline de la ciudad vieja y sus añosas torres color ocre, erguidas en medio de la calentura. Dormida la palabra, deshilvanadas las letras y enlentecido el ritmo de los párrafos, el tiempo se reconcilia con la lectura, con el sosiego de lo escrito. La ansiedad se escurre por el sumidero de las historias, de los personajes, huyendo del ahogo de la rutina. Será este un verano deudor de las fantasías de Borges, del pulcro misticismo de sus cuentos y la serena intensidad de sus poemas. Como a Vargas Llosa, se me antoja difícil la literatura sin el magisterio del argentino, es terapéutico volver a sus páginas de vez en cuando, en esos momentos en que uno se ve falto de savia literaria, de recursos propios, de hálito en los dedos para enarbolar la pluma. Reencontrarse con Borges es desconectar del ingrato azote de una realidad que es esquiva, del relato diario del noticiero y sus estadísticas plagadas de incerteza. A bordo de sus "Ficciones", descifrando cada acertijo de su "Libro de arena", se hace fácil encontrar la salida del laberinto, hollar los arduos senderos del verbo. Encerrarse con Borges es hacer llevadera la canícula, ir dejando que la marea recupere la cercanía del agua, el territorio perdido, ese en el que habitan las imágenes más elocuentes y los sentimientos que quedaron atorados en las noches de cuarentena. Leer es la clave de bóveda de la escritura, allana los caminos, la búsqueda de la propia identidad desgastada a fuerza de ausencias y frustradas empresas. Este verano no será de viajes ni huidas más allá de lo cotidiano, el mundo y sus paisajes cobrarán vida entre las paredes de mi cuarto desde el papel de los libros, trazando mágicos itinerarios que harán tangibles los aromas, transitable el empedrado de las calles, afrutado el sabor del vino en los orbes del paladar. Leer y aprender, hacer del lenguaje fiel aliado en la morosa calma de la vigilia, cuando se encadenan los días y la eternidad se cuela en los espejos con el ropaje traslúcido del sueño. 




Un verano con Borges 




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