domingo, 26 de noviembre de 2017

Sin título. Reflexiones de la última víspera

Son tantas las cosas que alimentan esta vigilia que me sería imposible hacer recuento y discurso de todas ellas. Noviembre se muere con ropajes de primavera temprana y al almanaque le quedará pronto una solitaria cuartilla de tiempo. Como dice el poeta, diciembre siempre vuelve, con sus luces y sus tópicos, con su artillería de recuerdos enlatados en los arrabales de la memoria. Uno es lo que ha vivido, la deriva de sus experiencias y latitudes. He leído (y escuchado) tanta poesía últimamente, que la tarea de revisar los propios versos termina haciéndose tediosa, sin fecha de caducidad, si lo que se pretende es no descuidar la dignidad de cada uno de ellos, todavía vírgenes y sin exponer aún a los dardos que aguardan ahí fuera.  Entretanto, otras batallas diseminan su pólvora, otras reflexiones surgen al pairo de esas larvas que se deslizan parásitas entre los dedos. La música que suena es la de Julie London, la de Sarah Vaughan, la de mi adorada Norah Jones. Pero el paisaje es el de una ciudad de provincias, que ha sabido sobrevivir al mal de la piedra, pero donde es difícil arrimarse a la intemperie, imaginar océanos tras el adobe de sus muros, donde pesan los andares y las palabras pronunciadas. Se antojan lejanos los días, aquellos que tuvieron otros nombres, pero subsisten en la forma de pulsar las cuerdas, de componer los acordes. Soy como me hicieron esos amaneceres, acomodo mis gestos a los de quienes ya ascendieron los peldaños de esa torre cuyas almenas estrían la uniformidad de la madrugada sobre los tejados. Si así es mi voz es porque bebió de los cimientos de la lluvia, porque se sumergió en los túneles de un escalofrío que ahora solo pertenece al territorio de los sueños, a las sílabas de un álbum que quedó archivado en los cartapacios de la edad, con su banda sonora y su fragancia, con sus versos desdentados. 



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Reflexiones para el día de difuntos

Nada de convenciones ni retahílas. El recuerdo no es patrimonio de nadie. Tampoco de un calendario o de una fecha específica. En estos días, se intenta poner parches al olvido, rescatar la memoria, buscar una reconciliación, siquiera momentánea, con el pasado y su ejército de sombras. El óxido de los dedos delata la perversidad del reloj. Insobornable, el tiempo habla desde sus registros de piedra. Difuminadas las voces, perviven sonámbulas en el océano de los instantes, apagándose lentamente. No visito cementerios el 1 de noviembre, prefiero las fechas anteriores y las posteriores. De hecho, según la tradición cristiana, el día 2 es el que se dedica a honrar a los fieles difuntos. Si el tiempo meteorológico acompaña (últimamente, todo lo contrario), el paseo por el camposanto puede resultar intenso, envolvente, propicio a transportar a otras dimensiones, a otras músicas. La visión de los nichos, de las cruces, siempre me ha traído reminiscencias de Bécquer, de aquella de sus rimas (LXXIII), que relata la frialdad del entierro y las preguntas que el ser humano se formula ante la impenitencia de la muerte: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!". No cambia la faz del cementerio año a año, continúan ahí mudas las lápidas, mohosas y arrugadas las flores, aunque por unos días, renueven su apariencia. No tardará en volver a cubrirlas la depresión del silencio, el punzante discurrir de las estaciones. En realidad, todo forma parte de nosotros, devolviéndonos a la certeza de lo que somos. 




viernes, 13 de octubre de 2017

Escapadas literarias en octubre

Las últimas presentaciones a las que he asistido me han deparado un rastro inolvidable. Libros y más libros, visitas a librerías, reencuentros y poemas compartidos. Apenas si he tenido tiempo para ordenar tantas sensaciones. La visita de Javier Sánchez Menéndez a Cáceres, el pasado 6 de octubre, además de propiciar la obligada relectura de sus obras, me permitió coincidir de nuevo con autores amigos como Hilario Jiménez o Antonio Reseco, hilvanar proyectos de futuros encuentros literarios, y descubrir obras como "Y es noche siempre", de la escritora Concha de Marco, que Hilario Jiménez ha preparado y cuidado para la editorial Renacimiento, antología editada con exquisito gusto, y que sin temor a equivocarme, pasa por ser uno de los mejores volúmenes de poesía que han tenido entrada últimamente en mi biblioteca. Más que agradable la sorpresa de encontrar un discurso poético tan coherente e intenso, cercano y bien construido. Una voz que desde luego, merece estar con toda justicia a la altura de sus contemporáneos varones. Bien lo dice el antólogo, es obligado reivindicar la voz de estas mujeres intelectuales, casi olvidadas, pero fundamentales para entender nuestra cultura y nuestra historia. Y es que, insisto, me parece un lujo este libro, imprescindible en estos tiempos de deriva de lo que es verdadera poesía.



Mi visita a Madrid con motivo de la presentación de "Nortes", de Antonio Linares, tuvo el encanto del que se impregnan las cosas breves, el aroma de lo inmediato. Pisar Madrid un lunes, en día laborable, se diría una heroicidad, un capricho, y más aún si la excusa es la presentación de un libro de poemas. Se minimizan las distancias, no hay lugar para la fatiga. Salir del entorno cotidiano para reencontrarse con amigos que comparten idénticas obsesiones, mismas formas de entender la realidad, no es algo a lo que uno esté acostumbrado. En el laberinto de esta ciudad de rutas inabarcables, el desembarco en un océano de libros es parada obligatoria. Y claro está, tras pasar por La Casa del Libro, en Gran Vía, no es difícil intuir la ebriedad de mi equipaje, atestado de nuevos títulos, procedentes de unas estanterías que presentan la poesía como fenómeno de masas, con autores superventas que parecen haber logrado vencer el ostracismo tradicional del género. Son otros sin embargo los destinos de mis búsquedas. Editoriales como "Reino de Cordelia", "Acantilado", "Renacimiento" o "Lastura", ofrecen propuestas que me digno aceptar y nombres, más o menos conocidos, que me brindan un diálogo con el idioma que entiendo merecedor de mis atenciones. No por más pronunciados, Luis Alberto de Cuenca, Adam Zagajewski, continúan de plena actualidad con libros como "Elsinore, Scholia, Necrofilia", o "Asimetría", que respectivamente publican Reino de Cordelia y Acantilado. 


                 

                 

El primero contiene una poética ya antigua de Luis Alberto, no por ello menos valiosa, en una edición que una vez más, como nos tiene acostumbrados esta editorial, cuida la presentación del texto y el estudio previo de su contenido, tendiendo puentes para una lectura cómoda y accesible. El segundo, constituye un descubrimiento, para quien no se ha adentrado en la obra del escritor polaco, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017. Para terminar, nada mejor que una ojeada a los exquisitos poemas "venezianos" que José María Álvarez, en edición de Alfredo Rodríguez, para Renacimiento, selecciona en el volumen "El vaho de Dios", lujo y culturalismo revisitado que constituye todo un regalo para los sentidos. Un libro más de esos, que como antes decíamos de la antología de Concha de Marco, se antoja necesario. 





sábado, 16 de septiembre de 2017

Inmortal, Miguel Hernández. Sus estancias en Extremadura

Ayer, 15 de septiembre, Correos presentaba su nuevo sello para franqueo, en el Ateneo de Madrid. Tiene su razón de ser si pensamos que el protagonista de ese timbre no es otro que Miguel Hernández, el poeta del que este año se cumple el 75 aniversario de su muerte, y que figura como socio ateneísta, personalidad destacada de la cultura durante la II República Española y voz cuya vigencia no ha cedido ni un ápice en todos estos años. En palabras de Leopoldo de Luis, "cuando la poesía es capaz de expresar sentimientos humanos verdaderamente hondos y no meras reacciones corticales, cuando atañe a sentimientos comunes y no a simples exquisiteces, minoritarias y ocasionales, la poesía perdura". Y es que la obra de Miguel continúa siendo de plena actualidad, pese al tiempo transcurrido, precisamente porque su palabra es sincera y enfrenta sin tapujos la realidad del hombre y de lo que le rodea, tocando la fibra sensible de cuantos lectores se acercan a sus versos. Aunque ya tiene Miguel un sello de correos, emitido en 1995, en la serie "Literatura española", donde se recordaba su poema "El niño yuntero", del libro "Viento del pueblo", compartiendo emisión con Juan Valera y su personaje "Juanita la Larga" ¡extraño maridaje, sin duda!, y multitud de sellos "personalizados" emitidos a instancia de particulares o asociaciones, el sello que se presentó ayer en el Ateneo de Madrid creo que es un acierto y hace justicia a todo aquello que Miguel y su poesía representan. 





Sellos de correos dedicados a Miguel Hernández. En primer término, el que acaba de emitirse, y en último lugar, el publicado en 1995. El resto, emisiones personalizadas. 

Pero cuanto decimos no es sino una excusa para recordar los días extremeños del poeta, sus estancias en estas agrestes tierras, en plena combustión bélica. Llevo investigando sobre este tema en las últimas semanas, también con un motivo filatélico, porque una colección de historia postal sobre la guerra civil española en Extremadura estaría incompleta si no rescata la presencia de Miguel Hernández en la localidad pacense de Castuera, donde habría estado hasta en dos ocasiones, según se desprende del epistolario dirigido a su mujer, Josefina Manresa. El tema ha sido objeto de múltiples estudios, que han analizado fuentes directas, como el periódico Frente Extremeño, 1936-1937, en cuyos números 2 y 3 aparecerían respectivamente los poemas "Campesino de España" y "Viento del Pueblo".  La correspondencia con Josefina Manresa, a través de tarjetas de campaña, está llena de múltiples anécdotas y referencias a su estancia en estas tierras, como la que relata lo ocurrido con el reloj, regalo de boda de Vicente Aleixandre, cuyo cristal perdió en un baño en la alberca, o el calor de aquellos lugares, que era grato al poeta: "duermo casi todas las noches bajo una higuera, fuera de casa". Es imposible conseguir el original de las mentadas tarjetas de campaña, al tratarse de piezas únicas, pero el testimonio de la presencia del autor en la ebullición del frente extremeño ha de tener su sitio en la colección en la que ando trabajando desde hace tiempo. 


Ejemplo de tarjeta postal de campaña enviada durante los años de la Guerra Civil Española en zona republicana. 

De aquellos tiempos extremeños se dice que es la fotografía en la que Miguel aparece, con el puño en alto, arengando a soldados y campesinos, la misma que Joan Manuel Serrat utilizó para ilustrar la carátula de su disco publicado en 1987, con canciones basadas en las letras de sus poemas. Me retiro ahora; volveré a escuchar estos temas, al tiempo que releo los versos de "Cancionero y romancero de ausencias, El hombre acecha, Últimos poemas", en la primera edición publicada en Argentina, en 1963, por editorial Losada. 





BIBLIOGRAFÍA

DE LUIS, LEOPOLDO,  Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández, Ediciones Libertarias, MADRID, 1998, página 175).

PECELLÍN LANCHARRO, MANUEL y MUÑOZ RAMÍREZ, FRANCISCO, Miguel Hernández y el frente extremeño. presencia del poeta en Extremadura. Actas del I Congreso Internacional. Alicante, Elche, Orihuela, marzo de 1992 / coord. por José Carlos Rovira Soler, Vol. 1, 1993, págs. 325-328.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Mi reseña íntegra del libro "AQVA", de Hilario Jiménez, para su presentación en Montánchez

En la tarde del miércoles 6 de septiembre he tenido el privilegio de acompañar al poeta Hilario Jiménez Gómez en su pueblo natal de Montánchez, a la sombra de su castillo roquero, y en el corazón de la villa, el Salón principal del Ayuntamiento, para presentar el poemario "AQVA", que hace unos meses publicó la Asociación Cultural Norbanova dentro de su colección "Baúl de Palabras". Ya estuve con él cuando lo presentó en Trujillo, de la mano del genial Luis García Montero, y también cuando lo hizo en Cáceres, junto al poeta y amigo Antonio Reseco. No pude acompañarle en Soria, ¡cuánto me hubiera gustado!, pero es que ahora junto al placer de escucharle, de disfrutar de su obra, he tenido también la responsabilidad de ocupar el lugar que anteriormente tuvieron aquellos grandísimos escritores, ofreciendo las claves para introducir la lectura del poemario, desmenuzando algunos elementos e ingredientes. Confieso que he disfrutado muchísimo haciéndolo, como siempre que se comparte escaño poético con Hilario y se aprende de su magisterio. En nombre de Norbanova, agradecerle una vez más su generosidad e igualmente, la del Ayuntamiento de Montánchez, cuya alcaldesa, María José Franco, también quiso estar presente, contribuyendo con la disponibilidad de medios personales y materiales a la realización de este acto de difusión y promoción de la cultura, y la lectura en particular. 


Un instante de la presentación de "AQVA", en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Montánchez


Transcribo a continuación el texto íntegro de la reseña elaborada para la presentación de "AQVA", esperando sirva para que potenciales lectores se interesen por el libro, y definitiva, se acerquen a la poética de un autor tan grande como Hilario Jiménez. 


“AQVA”: El disfrute de editar un libro transparente.
Montánchez, 6 de septiembre de 2017.

I.- Cuando Hilario Jiménez Gómez nos propuso publicar con la Asociación Cultural Norbanova, aunque ya le conocíamos, y conocíamos su poesía, no podíamos imaginar que el resultado fuera a ser tan enormemente satisfactorio. La gestación de “AQVA” terminó siendo consecuente con el propio contenido del libro y con su planteamiento. Obra que surge, que fluye, que irrumpe con sus palabras, a modo de manantial, y se encarna, tomando los ropajes del papel, que gotea desde su primera letra, impregnándonos con su encanto, con el magnetismo de sus elementos químicos.

Queríamos que “AQVA” fuese un libro distinto, que en su lectura los sentidos tuvieran un protagonismo inmediato, mano a mano con el ritmo de los poemas, que el lector se viera irresistiblemente seducido. Y así, desde el principio, los dedos perciben la humedad, la transparencia de ese líquido elemento cuyas diversas acepciones van intercalándose, página a página, con los propios versos, a modo de verdadero hilo conductor y espíritu vital que modela el mensaje y la energía lírica de la voz poética. Nada más abrir el libro, el lector se zambulle en un juego de colores; los azules del torrente de significados que inundan el lenguaje con sus salpicaduras, la sorpresa de las ilustraciones que prolongan ese azul primigenio, dándole formas, inventando siluetas y sugiriendo transparencias. Entretanto, mientras se suceden con suavidad las páginas, es el tacto el que se contagia de esa cercanía de lo húmedo -río, corriente, mar- que se hacen táctiles, que empapan las yemas. Por fin, el agua va impregnando los labios, alimentando la saliva, cuando el intérprete pronuncia a viva voz los versos, modula y se deja llevar por sus cadencias, sacia su sed al percibir el gorgoteo de las sílabas, el trepidante idioma de las mareas, que con sus brazos terminará envolviéndole. Al cerrar el libro, cuando el papel -afluente- vuelve a la senda de su cauce, los devaneos del agua esparcen aromas a tierra mojada y musgo, a arena y barro. Queda, pervive, la esencia de la poesía; así lo quiso el poeta.  

II.- Al bucear en los versos, descubrimos el completo maridaje entre el agua, como síntesis de vida, y el discurso del autor, donde el amor, la conciencia de la fragilidad, los avatares de la existencia que zigzaguean, enredados en los meandros de la edad, inflaman de mensaje y sentimiento los poemas. Dice el poeta: “recogido en tu abrazo todavía / pienso / que la fugacidad del hombre / descansa en un suspiro /”.

Esta agua de la poética de Hilario Jiménez es cristalina, nítida, permite contemplar sin dificultad su paisaje interior, los pedernales, los rollos que descansan en el fondo. No hay lodo en sus palabras, se sitúan en el momento y en el lugar correctos, donde habita la transparencia, y ello crea vínculos de proximidad con el lector, consiguiendo hacerle cómplice de sus historias. Se comprende fácil cuanto decimos tras la lectura de poemas como “Tu nombre”, deliciosa y romántica evocación al recuerdo de una voz ya durmiente, escrita con el lenguaje del viento, varada para siempre tras la cancela del hermosísimo cementerio de su pueblo, Montánchez. La huella del veintisiete en los textos de Hilario es palpable, y el poeta exhibe su admiración por autores como Alberti, García Lorca, Miguel Hernández, Pablo Neruda… Todos ellos están presentes en el libro y el autor metamorfosea su voz o el sentido del mensaje que pretende transmitir, disfrutando de esa cercanía. En “Ruina”, paráfrasis a Federico García Lorca, aparecen impregnados los versos del surrealismo de “Poeta en Nueva York”, especialmente visible en la última de sus estrofas: “El niño galopa alumbrado por el viento / con el esqueleto de la luna entre sus piernas. / Y su madre atada entre las sábanas / llora vacía tras un espejo estéril /.”  Miguel Hernández respira en el poema que sigue a continuación, articulado en tres partes que interpretan las tres heridas de su poética, una de las composiciones más intensas y rotundas del libro. 

Al llegar al ecuador del poemario, la lluvia que se precipita impenitente sobre la áspera superficie del mundo (ilustración en página 31), también alcanza la fibra de las páginas, los recuerdos del poeta. En “Otoño”, nos transporta nuevamente a un territorio conocido e íntimo, el de su pueblo; es la lluvia excusa para contemplar, a través de los muros del castillo, el inexorable paso del tiempo. Agua fértil de lluvia, crecida del río que marca el dibujo y el aliento de nuestras vidas, con su cotidianidad, sus objetos, sus urgencias, las del amor, sobre todo, en continua búsqueda de lo eterno.

Anticipa Hilario la desembocadura de todas las cosas, el mar como acepción que se aproxima y a donde irán a verter todas las corrientes. Fluye el agua de ese río que se esconde: “…la vida es un suspiro / y se acaba / y que la quiero acabar contigo /”.  Ya los poemas siguientes tendrán sabor a agua salada, y de nuevo a encuentros y ansiedades, las olas y la marea serán las claves en la reflexión del hombre indefenso ante la inmensidad, el que anhela un beso sin tiempo ni retorno. En la poesía de Hilario late como una constante la complicidad del otro, de ese otro amado que es íntimo oleaje, temeroso de la huida del mar: “Ya lo sé, amor; / ya sé que te preocupa que el mar / un día despierte seco…”. El amor pues, siempre, un amor que bebe de los sonetos de Neruda a Matilde Urrutia, de los sinceros versos de Concha de Marco. Porque la poética de Hilario se caracteriza también por eso, por su sinceridad, la que reside en las palabras que se intercambian los amantes, en las caricias que entrecruzan sus cuerpos, indefensos ante el acecho de las mareas.  Solo queda que la vida continúe rigiendo las fases de la luna, que se sucedan los días y las noches, que “que la vida ocurra”, como reza el penúltimo poema del libro, que el hombre se reconcilie con lo que un día fue y redima lo que está por venir.  Entretanto, no podrá faltar la escurridiza melodía del agua, el temblor de la piel al contacto travieso de las gotas.


Cierra el libro (contraportada), la pregunta que el poeta intitulaba “Epitafio”: “¿Por qué el desierto se bebió / todas las aguas del mundo? “. La tierra descarnada es trasunto de la muerte, de los huesos que ya son solo astillas. Y es que, en definitiva, no somos sino agua; lágrimas, saliva, orina, seres líquidos.

viernes, 1 de septiembre de 2017

De vuelta a la filosofía

No he leído este verano todo lo que hubiera deseado. Demasiado tiempo para apurar unas cuantas novelas, alguna de las cuales todavía inconclusa, y eso que ya estamos en septiembre. Quizá eran insuficientes las horas para continuar peleando con el lenguaje y terminar de una vez por todas el que espero será mi próximo libro de poemas. Ahora, parece que esta ardua tarea va llegando a su fin y los casi novecientos versos del poemario empiezan a dar la impresión de unidad que todo trabajo de estas características precisa. Sus futuros lectores serán los jueces que verdaderamente puedan pronunciarse sobre si tantas privaciones y prolongados insomnios merecieron la pena. Desde luego, lo que no podrán obviar será el gran acervo de contenidos, se diría que fruto de una labor más propia de un documentalista, que reside en sus páginas, recién alumbradas por la impresora.  Si como decía, aún me dejé una novela a caballo del cambio de calendario, desde luego ya puedo olvidarme de intentarlo con otra, y todavía menos la que tenía en mente, después de una vuelta por la librería y comprobar sus características. Todo el verano esperando la última obra de Paul Auster, "4 3 2 1", y resulta ser un volumen de esos que llevan incorporado una especie de contrato de lectura en exclusiva, dadas sus perturbadoras dimensiones, no aptas desde luego para un tiempo como el que se aproxima. Así que, tras centrarme durante las pasadas semanas a saborear sucesivos poemarios, como quiera que uno es reincidente, no me sale gratis la visita al librero y al final acarreo unos cuantos más para que me hagan compañía en este otoño, que se anuncia con pocos espacios libres en la agenda. Aún conservo el magnífico regusto que me dejaron libros como "El baile del diablo", de Javier Sánchez Menéndez, poeta que tendremos pronto en Cáceres, para inaugurar la nueva temporada del Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, o "Educación nocturna", la magnífica antología de Hilario Barrero al cuidado de José Luis García Martín, obras las dos, publicadas por la editorial sevillana Renacimiento.  En todo caso, y como lectura de largo recorrido, he optado por un retorno a letras y textos que hagan pensar, que alimenten el gusto por la reflexión y el conocimiento. Así, elijo el "Ensayo de una filosofía de la proximidad", de Josep Maria Esquirol, que titula "La resistencia íntima", y que publica la editorial Acantilado. Como reza en la contraportada del libro, se trata de un ensayo sobre la condición humana, pero orientado hacia el cuidado de la "proximidad",  en el sentido de cotidianidad, de presencia y calor de los que están cerca. En una sociedad como la que nos contempla y en la que vivimos, va debilitándose poco a poco la meditación sobre quienes realmente somos, sobre la relación que mantenemos con los que nos rodean, se van olvidando las excelencias de la sencillez y la autenticidad. Quizá sea hora de tratar de reconciliarnos con nosotros mismos. 


martes, 15 de agosto de 2017

El poeta es un repetidor

Comenzaba este año redescubriendo a los clásicos, y así dejaba constancia de ello en la primera de las entradas de este blog, recién estrenado dos mil diecisiete. Ahora veo que sigo instalado en una dinámica similar, después de un verano alérgico a playas y piscinas, contagiado de búsquedas, con la mirada puesta en rematar el poemario de nueva factura que me tiene completamente alienado desde hace casi tres años. Cuando ya va atisbándose la luz al final de tantas jornadas de inseguridad y dudas, de íntimas batallas, ando de regreso a territorios de experiencia, a páginas que ofrecen esa garantía en medio del desorden al que uno se siente empujado en medio de tanta marejada literaria. Viajar a Ginebra habría sido solo una excusa para releer a Borges, para desempolvar la poesía de Neruda, que no muy lejos, en la cercana Nyon, vivió la clandestinidad de una turbulenta pasión con Matilde Urrutia, destinataria después de sus "Cien sonetos de amor". He vuelto a sentirme cómodo entre estas páginas, atrapado por su lenguaje y sus historias, a la búsqueda de una atmósfera tolerante con la referida tarea de pulido y rubricado que exige la finalización de todo libro de poemas que pretende ir más allá y hacer olvidable cualquier obra propia anterior. También el cine habría tenido mucho que ver en la creación de ese microcosmos, destinado a ubicar al escritor, a semejanza del náufrago que recala en su isla sin otra compañía que la de sus obsesiones. Un cine de planos interminables, de hipnóticas referencias musicales, donde la acción se desenvuelve a pautadas dosis, donde las imágenes y el diálogo transportan a otras épocas, a travesías personales y artísticas propias de un concepto circular de la historia.  A propósito de ello, me ha sorprendido la reflexión que Vila-Matas hace en el libro "Mac y su contratiempo" y que considero acertadamente ocurrente: "El poeta es un repetidor. Los que no han necesitado más que escribir un libro o ninguno para aprobar y pasar de curso no se hallan como nosotros, todavía obligados a seguir intentándolo". Eso es, continuar buscando esa ruta que efectivamente conduzca a alguna parte. Por eso me he sentido identificado con muchos de los planteamientos argumentales de Borges o con la libertad creativa derrochada a borbotones en los extraordinarios poemas de Poeta en Nueva York, que nunca dejarán de sorprenderme. Siempre habrá tanto que aprender... En palabras de García Lorca: "Son mentira los aires. Solo existe una cunita en el desván que recuerda todas las cosas". Su particular "Aleph", acaso, ese punto del espacio que contiene todos los puntos, el infinito todo.