domingo, 14 de agosto de 2016

Siempre viva en el recuerdo: Cecilia Flores, mi madre.



Sin darnos cuenta han pasado diez años desde aquella mañana de agosto. Cuando la perdimos. Cuando se difuminó el anhelo de su caricia. Larga travesía para desterrar las pesadillas y apaciguar la hambruna de las olas, ávidas de naufragios. 

No fue benévola la voluntad de las mareas, en los velámenes prendido el azafrán del último viaje. Agosto de coagulados sentimientos, enero de dioses desquiciados, de labios esponjosos y de humus, con el frío del hierro en los párpados. Sus corazones nos pertenecen dondequiera que resida su latido, ahora inaudible. 

De rodillas, me encomiendo al estremecimiento de los ventrículos, a la reverberación sin tregua de las aurículas. Allí, en el escenario del silencio, me resisto a creer que sean polvo y ceniza, que la tierra hable solo el idioma de la tierra.  

Un nuevo día, y otro, y uno más, ya sin el bombeo de las arterias irrigando avalanchas. Con el olvido hollando en la trastienda de la cordura, sutil termita. 

Sea entonces la palabra mi arma, la mención de su nombre, la salvaguarda de su corazón perdido en el reino de las salamanquesas, donde la hiedra se enrosca al tartamudeo insomne de la lluvia. 


Dibujo de portada (Deli Cornejo) para "El último viaje"
número 1 de la Colección "Norbanova Poesía", Cáceres, 2007. 






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