domingo, 7 de agosto de 2022

Van Gogh en Ámsterdam: De la miseria a la inmortalidad

¿Cómo podía imaginar el pobre Vincent Van Gogh que su nombre y su trabajo pasarían a engrosar el patrimonio cultural de la humanidad y que por sus cuadros se pagarían sumas desorbitadas, que tendría un museo entero para dar testimonio permanente de su obra? Pues sí, todo eso y mucho más. En el barrio de los museos de Amsterdam, Museumplein, rebasada la galería interior del Rijksmuseum, entre los edificios que se alzan sobre la zona ajardinada se encuentra el que cobija la extraordinaria colección neerlandesa de obras de Vincent Van Gogh y de algunos contemporáneos suyos. El recorrido que se ofrece a los visitantes tiene por principio toda una amplia muestra de autorretratos que son reflejo de esa atormentada forma en que el pintor se veía a sí mismo y también al mundo circundante. Llama la atención la cantidad de obras fechadas en el año 1887, apenas tres antes de su muerte, un período de gran fecundidad creadora en el que Vincent habría tratado de dar salida, mediante la pintura, a los intensos conflictos que atenazaban su día a día. Decenas de poses y un mismo rostro, idéntico modelo pero distinta la manera de mirar, el tempo de sus ojos, turbulentos testigos de un presente a merced de múltiples sacudidas. El pintor blandiendo su pincel, mirando de frente, ofreciendo su mejor perfil, con más o menos luz, fumando su pipa. Incluso alguna imagen que parece remoto antecedente del pop art. 


Continúa el itinerario con sus pinturas sobre temas rurales, paisajes, gentes del campo, personajes cuyo anonimato importa poco, protagonistas de un cosmos melancólico, de mirada envejecida y esforzada, como la de los Comedores de patatas, de tono netamente expresionista. 

La relación de Vincent con sus contemporáneos y la influencia de estos es perceptible en otros de los cuadros, acertadamente hermanados con los de artistas como Gauguin o Toulouse Lautrec. La influencia de ambientes y culturas exóticas, especialmente las asiáticas, se advierte también en su paleta, acaso impregnada de aquellos vientos que habrían de cristalizar después a bordo de los cauces del Modernismo. Vincent participa del espíritu bohemio de su época, de su modus vivendi, propicio al desequilibrio y a los excesos, universo en el que convivirán heterogéneos creadores con destinos, sin embargo, muchas veces compartidos. Van Gogh, Gauguin, Toulouse Lautrec y luego Modigliani, por citar a algunos de ellos, almas descastadas, de labios teñidos de absenta, envueltos en un halo de miseria vital que contrasta con su santificación post mortem, su conversión en objetos de merchandaising, en iconos de una sociedad que en su tiempo no pudo o no quiso entenderles. 


Comparativa de obras, Van Gogh y Toulouse Lautrec. Imagen y técnicas similares. 


Mundo y vida bohemia: La habitación de Arlés


Interior del Museo Van Gogh de Ámsterdam














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