Esta mañana lluviosa de finales de septiembre, al pensar qué escenario me gustaría recrear, el plomizo tránsito de las nubes, la llovizna intermitente, la visión de la ciudad desde las alturas, me devolvían, veinticinco años atrás, a los ochenta del pasado siglo, a tiempos aún bisoños y llenos de incertidumbre, tras el cristal de una ventana, en otro otoño contagiado de niebla. A ese lado, la urbe desparrama su silueta, un paisaje que no pertenece al acervo de lo cotidiano. Son las primeras luces y en la casa aún se desperezan los sonidos. La bruma se cuela por las rendijas, atiranta el vello, anticipa la vejez de los sentimientos y el ocaso de las palabras. Afuera, aún siguen vivos los mitos. Eran indulgentes aquellos días en que pude verles compartir brillantina y alcohol en una de las terrazas de la Plaza de la Cebada. Luego también vendría el invierno para ellos. No puedo olvidar el porte y la imagen de Tino Casal reclamando para sí toda la atención, con su báculo de mango plateado y su tupé color henna. Le acompañaban otros ilustres de la llamada "movida", correligionarios de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Imagino sus conversaciones, el diseño de un universo de música y celuloide que tan excitante se antojaba a los mortales. No mucho tiempo después, Enrique Urquijo se dejaba la piel en un portal de la calle Espíritu Santo, roto el hilo de plata de la conciencia en un viaje sin retorno. Le seguiría Casal cuando en 1991 fue portada de los telediarios al perder el control de su vehículo en la M-30, seducido por los efluvios de la velocidad, la misma que parecía impulsar su música y que te empujaba sin querer a la pista de baile. Un final que recordaba el de otros grandes que también se convirtieron en iconos y que parecían tener prisa por pertenecer a ese extraño Olimpo de incorpóreos a salvo del olvido.
domingo, 29 de septiembre de 2013
domingo, 22 de septiembre de 2013
Aguardando el otoño
Esta semana compartíamos unos muy agradables minutos con el poeta y editor José María Cumbreño, responsable de Ediciones Liliputienses y alma mater de la colección de poesía hispanoamericana La Biblioteca de Gulliver. Fue el pasado lunes, por la tarde, en los maravillosos jardines del Palacio de Carvajal en pleno corazón de la ciudad monumental de Cáceres. No es que uno sea muy dado a "salir en la tele" y cosas similares, pero no podíamos rechazar la invitación de José María y de Live CC. Finalmente, pasamos un rato hablando de literatura y sobre todo, del número 4 de la Revista Norbania, que acaba de salir y que vamos a presentar dentro de unos días. Un escenario único el de este Palacio, en la calle Tiendas, donde se ubica el Patronato de Turismo de la Diputación de Cáceres.
De vuelta a la biblioteca, será difícil encontrar hueco en sus polvorientos anaqueles para colocar tanto nuevo libro que últimamente está llegando a nuestras manos. Mucha poesía, alguna novela, un poco de todo. Son las bibliotecas lugares donde es posible imaginar las más osadas convivencias, donde personalidades dispares coexisten sin queja alguna, y no hay sitio para la impostura. Los lienzos de pared se visten de páginas, de interminables tramas, de capítulos y de versos sin solución de continuidad ni tregua. Estar rodeado de libros, el skyline que conforman sus distintos tamaños, sus colores, incluso el desorden de los títulos amontonados esperando su encaje definitivo tienen algo especial. Como también el olor que desprenden. Libros nuevos, amarillentos ejemplares envejecidos y delicados. Todos conviven en este microcosmos.
En esta semana en que se marchaba otro poeta de casta, Juan Luis Panero, damos la bienvenida a los libros "Sin ruido", de José Corredor-Matheos, que ha publicado Tusquets Editores, "Limbo y otros poemas", de la extremeña Ada Salas, que publica Pre-Textos, y los nuevos títulos de Ediciones Liliputienses, números 30 y 31, "Safari", de Laura Yasan y "Equinoccio del cuerpo y el alma", de Enrique Verástegui. Poesía para recibir al otoño.
Aunque no parece que la nueva estación quiera dejarse ver. Ya se van haciendo querer esos días brumosos de hojas caídas y contenidas dosis de nostalgia, esos ocres y verdes oscuros del Paseo de Cánovas en las tardes cenicientas de primeros de noviembre. Tendremos que esperar para disfrutar de estos escenarios que parecen hechos para sumergirse en las páginas de un buen libro de versos.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Fotogramas en movimiento
Los escasos visitantes de este blog habrán observado que después de un estreno eufórico, con todo el empuje de los días de ocio y los últimos estertores del mes de agosto, he terminado entrando en la dinámica habitual de apariciones furtivas y conversaciones casi conmigo mismo, sobrevenidas con una irregular cadencia proclive más bien a la sorpresa que a un periódico flujo de inspiración o suerte de pírricas ocurrencias. El tiempo se estrecha y las horas no dan más de sí. Eso se nota también cuando de escribir se trata y a veces se encarna incluso con la forma de molestos episodios de desasosiego, porque no es fácil abarcar todo aquel campo de acción que en principio habíamos deseado.
Muchos frentes abiertos. Propósitos que terminan haciendo aguas. Prisas que no son buenas consejeras. Poemas que es mejor dejar reposar en la soledad de un cajón con olor a madera, como se hace con los vinos que aspiran a ser un día protagonistas de una buena mesa. Escenarios que se solapan unos a otros, planos que se suceden con rapidez sin dar tiempo a reaccionar ni a detenerse en la contemplación de las vistas.
Así los días, y los meses, van pasando, y nosotros, casi sin darnos cuenta. Ya mismo nos felicitan por Navidad y seremos un año más viejos. Quizá la cosa esté en bajar el nivel de revoluciones, en deglutir un poco más lentamente cada pedazo de realidad, de modo que el placer de los sabores se imponga a la urgencia por sentirse repletos, tanto que al final terminamos hartos de todo.
martes, 3 de septiembre de 2013
Me gusta Schöenberg
Me gusta Schöenberg. Un autor inclasificable para algunos, promotor del dodecafonismo. Me gusta escuchar su música. Sobre todo por la noche, sus suites de piano, difuminar nota a nota las evidencias de una realidad que no siempre es favorable. El silencio está decididamente reñido con cada impacto de las teclas, sobre todo si éstas sobrevienen sin un orden mínimamente reconocible. Esta música es fiel trasunto de mi interior, de los mundos que la palabra no es capaz de abarcar con sus limitados recursos. Una nueva luna brillará sobre los símbolos de nuestra civilización, la que con su fecha de caducidad irá envejeciendo paralela a los desaires de la piel. Prosigue el piano anárquico y golpea los blandos circunloquios de lo cotidiano, haciendo rebotar sus notas en el lomo de los libros. Schöenberg díscolo, harto de las mismas claves, huidizo del conformismo y sus compases de humo. Dejadme que me pierda, que beba de esta música y me surjan ideas que anhelen echar por tierra cuanto han construido mis dedos sobre los trastes de una avejentada guitarra. Quizá sea preciso nacer de nuevo para escribir a la medida de los dioses.
sábado, 31 de agosto de 2013
Personajes en escenarios: "The Lady of Shalott"
Nos movemos de escenario en escenario. Pero ¿qué sería de ellos si no los vistiésemos de figurantes, de situaciones, de sentimientos, si no les diéramos vida? Sea a través de la literatura, de la música o de la imagen, perseguimos retratar el mundo como una realidad en movimiento, dotada de alma propia, no como algo estático e inmutable. En esta sección del blog, de la que me ocuparé periódicamente, rescataré esos episodios, personajes y otros elementos que servirán para integrar escenarios y darles sentido.
Cerramos ahora los ojos y nos situamos en el medievo. En una época construida en gran parte a base de leyendas y cantares de gesta, donde ni siquiera podemos asegurar que sus protagonistas sean algo más que un halo literario o una ensoñación fruto de un tiempo turbulento. Camelot. La patria de los mitos del Rey Arturo, los relatos de la Tabla Redonda y las brumas de Avalon. Cerramos los ojos de nuevo... Despertamos en el siglo XIX, en la imaginación de un escritor victoriano, en el pincel de un pintor harto de hechuras grecolatinas, cautivado por la atmósfera envolvente de las historias artúricas y las tragedias shakesperianas.
La primera vez que supe de "The Lady of Shalott" fue a través del fragmento de un cuadro en la portada de una antología poética, la de un autor no menos implicado en coqueteos con las oscuridades y misterios del medievo, con la cábala o la alquimia: Juan Eduardo Cirlot, poeta nacido en Barcelona en 1916 y fallecido en 1973. Fascinado por la visión de la película "El señor de la guerra", de Franklin Schaffner, protagonizada por Charlton Heston y Rosemary Forsyth, creó en torno a ella todo un ciclo poético, el "Ciclo de Bronwyn", con múltiples guiños al universo esotérico y a los mitos de Ofelia o Parsifal. En aquella ocasión se trataba del cuadro de John William Waterhouse, y apenas si podía verse su parte central, con la protagonista a bordo de una pequeña nave, con las facciones desencajadas, como poseída por una extraña fuerza atávica que parecía controlar su destino. Descubriría más tarde que aquella historia había sido versificada por el poeta inglés Alfred Lord Tennyson (1809-1892), y traté sin éxito de localizar una versión traducida al español del texto. Eran los últimos años de la década de los ochenta del pasado siglo. Solo conseguí tener acceso al poema "The Lady of Shalott" en versión inglesa, por lo que sin haber estudiado en profundidad esta lengua, cualquier intento de lectura me resultaba un duro reto, con el riesgo de erróneas interpretaciones.
The Lady of Shalott (Waterhouse). Tate Britain. Londres
Ya tenemos pues escenario y protagonista: La dama que teje en una tela mágica las imágenes de los que pasan cerca de su castillo, directos hacia Camelot, pero que es víctima de un malefico al ver cómo se rompe su espejo cuando pasa el gentil caballero Lancelot. Es entonces cuando el poeta sella su destino: "A curse is on her if she stay / to look down to Camelot". "Allí está ella, que teje noche y día una mágica tela de colores. Ha escuchado un susurro que le anuncia que alguna horrible maldición le aguarda si mira en dirección a Camelot".
The Lady of Shalott (Hunt).
La posterior tragedia de la protagonista, ya entregada a un peregrinaje sin retorno por el río hasta Camelot, sabedora de su trágico desenlace, cautivó a poetas y pintores y a mí me fascinó desde un primer momento, como le ocurriera a Cirlot con su Bronwyn de "El Señor de la Guerra".
Así, en 1988, en mi libro "Autoconfesiones", aparecerá una primera referencia a este tema en poema titulado "The Lady of Shalott", y estos versos:
Qué queda de ti
alguna vez huyendo de la noche
crecieron tus heladas olas cerca
del incienso
entre las ramas rotas comunicándome
lo secreto del mar
Desde donde sangra
la luz
acaso fuiste tu desnudo
descompuesta la soledad erecta por
la niebla
entre lo blanco del pecho y entre el hierro
Pero no fue suficiente. La fascinación por la historia de esta mujer víctima de su destino daría nombre al poemario "La dama de Shalott", que en 1989 fue "Premio Ruta de la Plata" (12 edición), y que sin embargo nunca fue publicado. A él pertenecen los versos que siguen:
Y ahora con
adjetivos esquivas el sueńo,
el extravío
antiguo del oboe en los labios,
tierra eres
cercada por la lluvia
virginidad acosan
los azotes del alba,
en los muslos la
luna quemazón anónima
cincela
tempestades
bajo el puente
donde las lilas reflejen
tu pelo rojo se
conducirá la barca,
cálida la luz
conformada de estigmas,
gotas de esa
sangre que en tu pecho se espesa
Esta historia pasó luego a la música, y no dejéis de escuchar la magnífica recreación que Loreena McKennitt hizo del largo poema de Tennyson dentro de su álbum "The Visitor", publicado en 1993.
Por fin en 2002 la editorial Pre-Textos en su colección "La cruz del sur", publicará traducida al español la obra de este poeta inglés junto a otras composiciones del mismo autor, muchas también ambientadas en ese ambiente artúrico de leyendas, héroes y heroínas. Recuerdo la emoción que pude sentir una noche en la Taberna Lancelot de Cáceres, en plena ciudad monumental, en uno de sus "Readings", al leer íntegro y en español el poema "La dama de Shalott". Solo faltaba el arpa de Loreena.
Recientemente, volví a ver el rostro de esa mujer, tal como lo imaginara Waterhouse, en las paredes de la Tate Britain en Londres. Pasé unos largos instantes ante ella, como si de la primera vez se tratase. Volvió a hacerme pensar su historia, la angustia de conocer un destino trágico esculpido de antemano. El ansia de dejarse llevar, "la humedad de un cáliz del que no podrá separar los labios", "el frío que la demencia desliza sobre las aristas del rostro". Y de nuevo me arrastró al territorio de la pluma. Pero eso forma parte ya de otro escenario.
martes, 27 de agosto de 2013
Otoño que viene cargado de poesía
En unos días habrá finalizado agosto y ello supondrá reconociliarnos con la realidad, la que nos devuelve a ese mundo de horarios y agendas que condiciona todos los aspectos de nuestra vida y termina haciéndonos añorar estas jornadas sin apenas reglas que ahora van quedando atrás, aunque a algunos el calor no acabe de convencernos demasiado. El cuatrimestre de inicio de curso suele ser a menudo un tiempo eléctrico, donde se pretende abarcar mucho y donde siempre terminan faltando días. El otoño es época favorable para pensar, proclive al inicio de nuevos proyectos, una estación que llega casi de incógnito, de la que prácticamente nos damos cuenta cuando ya la tenemos instalada sobre los tejados con su especial indumentaria. En palabras de Ángel González, "el otoño se acerca con muy poco ruido", y no le falta razón. Es buen momento también para la lectura, sobre todo de poemas y relatos cortos, pues quizá el ajetreo diario dificulta zambullirse en novelas y obras más voluminosas, que requieren mayor concentración. Después de un paseo por blogs y páginas dedicadas a los libros, descubro que varios autores de nuestro entorno publicarán obras nuevas en los próximos días, recalando en colecciones de editoriales diversas. Mucha poesía. En momentos como los que vivimos, me complace comprobar que los editores siguen apostando por ella, que no son "malos tiempos para la lírica" como diría Golpes Bajos. Efi Cubero, José María Jurado, Santos Domínguez, Carmen Hernández Zurbano, Hilario Jiménez Gómez o José María Cumbreño tendrán esa oportunidad mágica de completar el proceso creativo entregando su sentimiento y su palabra a quienes verdaderamente se ocupan de darles sentido, a los lectores. Insisto, toda una mar de poemas, un torrente de versos que resonarán bajo la lluvia en los días apagados del otoño, con su olor propio y la puntualidad melódica de las sílabas y del ritmo. Música para las tardes brumosas de café, en compañía de la envolvente y densa voz de Diana Krall: "Let the love in your heart remain. Though the dark clouds make you blue...let it rain, let it rain, let it rain".
Portadas de los libros de poemas que podremos disfrutar este otoño, algunos ya a la venta:

domingo, 25 de agosto de 2013
Ciudad de Ángeles. Los Ángeles de Highgate
Por excéntrico que parezca, en las ciudades que he visitado, siempre me he dado un paseo por alguno de sus cementerios. Enlazando con la entrada anterior, en París, son pocos los que me faltan por visitar e incluso en alguno, como el de Père Lachaise, he estado hasta en dos ocasiones. Pero es que este camposanto, de enormes dimensiones y con tantos residentes ilustres, merece más de una visita. Otros tienen un encanto especial y suscitan evocadoras sensaciones, como el Cementerio Protestante Inglés de Roma, pequeña área en silencio a los pies de la Pirámide de Cayo Cestio, donde reposan exiliados legendarios como Percy B. Shelley o John Keats, éste último maltrecho por la injusticia de los críticos que arruinaron su pujante juventud, haciéndole vulnerable a todo tipo de males. Se apagó su voz y solo permaneció el ruido del agua en la Fuente Barcaccia, en la preciosa Piazza di Spagna de la capital romana. Desde hace tiempo sin embargo tenía interés en conocer un recinto distinto, en este caso, en el país de origen de aquellos míticos poetas del romanticismo. Había leído ya sobre Londres y sus cementerios victorianos y no pensaba dejar de visitarlos cuando volviera a esa ciudad. Llegamos pues a Highgate un domingo por la mañana, hará ahora prácticamente un mes. Enclavado en el norte de Londres, se trata en realidad de dos cementerios distintos, el del Oeste y el del Este. El autobús te deja próximo a la estación de Archway y es necesario subir una pequeña cuesta así como atravesar un parque. Si tienes dudas, en una iglesia cercana, un simpático presbítero anglicano te dará las indicaciones precisas para llegar. Aunque hay que pagar para poder entrar, la parte Este es de libre acceso y tiene menos interés. En ella se encuentra la tumba de Karl Marx, autor de El Capital, que murió exiliado en la capital británica. No tiene pérdida pues el cenotafio está coronado por un mastodóntico busto del filósofo.
Muy distinto es el camposanto del Oeste, al que solo puede accederse mediante visitas guiadas. Nada más traspasar la entrada y subir unas pocas escaleras, la impresión es definitivamente inolvidable. Quizá estos sean los terrenos donde en la ficción se ubicara la Abadía de Carfax que Bram Stoker menciona en su novela Drácula. O tal vez no. Pero seguro que el escritor los conocía bien. Cementerios como custodios de lo que un día fueron los hombres y las mujeres que en ellos reposan y de los que ya no quedan más que despojos. Espacios donde la materia y las creencias se entremezclan, donde uno se hace preguntas que nadie responde. Aquí, en Highgate, el tiempo ha pasado por encima de los mortales, la naturaleza se ha hecho dueña y señora y musculosas raíces y extremidades vegetales han terminado por socavar la horizontalidad de los monumentos funerarios. Al abrir los ojos, los ángeles nos observan. Por todas partes, rompiendo el skyline de las cruces celtas. Ángeles de alas oxidadas, de rostros apacibles, armados de trompetas. Curiosa también la simbología: antorchas boca abajo en la puerta de las catacumbas, urnas a medio cubrir por túnicas. Como desde antiguo, el hombre ha confiado en cruzar al otro lado siendo consciente de la fugacidad de la existencia, procurándose guías que iluminasen ese incierto tránsito. Pero ello no solo lo hemos visto en este cementerio inglés. Ya Bécquer hablaba de "ese limbo en que cambian de forma los objetos, misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño", y se preguntaba "¿vuelve el polvo al polvo? ¿vuela el alma al cielo?, sin obtener una clave, sin hallar una salida. No sé, yo tampoco la tengo, quizá esos ángeles de piedra que resisten el paso de las tormentas y custodian la dormición de quienes a sus pies quedaron para siempre, pero sin duda ellos tampoco abrirán sus labios para darnos una pista.
Tumba de Karl Marx en el Cementerio de Highgate (Este)
Muy distinto es el camposanto del Oeste, al que solo puede accederse mediante visitas guiadas. Nada más traspasar la entrada y subir unas pocas escaleras, la impresión es definitivamente inolvidable. Quizá estos sean los terrenos donde en la ficción se ubicara la Abadía de Carfax que Bram Stoker menciona en su novela Drácula. O tal vez no. Pero seguro que el escritor los conocía bien. Cementerios como custodios de lo que un día fueron los hombres y las mujeres que en ellos reposan y de los que ya no quedan más que despojos. Espacios donde la materia y las creencias se entremezclan, donde uno se hace preguntas que nadie responde. Aquí, en Highgate, el tiempo ha pasado por encima de los mortales, la naturaleza se ha hecho dueña y señora y musculosas raíces y extremidades vegetales han terminado por socavar la horizontalidad de los monumentos funerarios. Al abrir los ojos, los ángeles nos observan. Por todas partes, rompiendo el skyline de las cruces celtas. Ángeles de alas oxidadas, de rostros apacibles, armados de trompetas. Curiosa también la simbología: antorchas boca abajo en la puerta de las catacumbas, urnas a medio cubrir por túnicas. Como desde antiguo, el hombre ha confiado en cruzar al otro lado siendo consciente de la fugacidad de la existencia, procurándose guías que iluminasen ese incierto tránsito. Pero ello no solo lo hemos visto en este cementerio inglés. Ya Bécquer hablaba de "ese limbo en que cambian de forma los objetos, misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño", y se preguntaba "¿vuelve el polvo al polvo? ¿vuela el alma al cielo?, sin obtener una clave, sin hallar una salida. No sé, yo tampoco la tengo, quizá esos ángeles de piedra que resisten el paso de las tormentas y custodian la dormición de quienes a sus pies quedaron para siempre, pero sin duda ellos tampoco abrirán sus labios para darnos una pista.
Iconografía y simbología en el Cementerio de Highgate (Oeste)
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