domingo, 4 de junio de 2017

Territorio libros. Nada como la propia biblioteca.

Este año no me pasaré por El Retiro para visitar las casetas de la Feria del Libro de Madrid.  Al llegar el mes de junio, y con alguna excepción apenas significativa, en los últimos tiempos, se había convertido en una especie de rito iniciático, sin acertar muy bien de qué, sobre todo cuando uno siempre se sintió fuera de cobertura en todo ese escenario, apátrida en un territorio donde la itinerancia de apenas unas horas nunca te permitiría ser beneficiario de la carta de naturaleza requerida para el desembarco en tales puertos.  Este año no haré cola para compartir un minuto de excitación ante aquel autor que perpetró esa historia que acabo de digerir tras la lectura a fuego lento de las páginas de su última novela, ni sentiré flaquear el peculio tras visitar varias editoriales de poesía cuyos libros también están a mi alcance en la acogedora librería a la que, de costumbre, suelo acudir, al menos una vez a la semana. Lástima, me perderé la visión kilométrica de todos esos jóvenes que están dispuestos a soportar los rigores de la canícula a la espera de encontrarse frente a frente con aquellos cuya pluma fluye del electrizante avispero de You Tube o las redes sociales. Igualmente echaré de menos ese apretón de manos del agradecido escritor o escritora, que un día anduvieron por estos lares y con los que compartimos mesa y mantel, paquete turístico incluido.  Por otra parte, uno tiene ya diseñado cómo será su verano literario y no le son imprescindibles estos eventos, como tampoco otros. En la nómina de libros pendientes, y cuando se carece de minutos a lo largo del año para poder dar cuenta de ellos, se han ido acumulando tantos que si del equipaje para una isla desierta se tratara, tendría de sobra hasta un hipotético rescate. O en todo caso, seguro que sobrevivirían al tesón del náufrago. 


En este trabajo gustoso, y sacudida la pereza, he decidido volver a intentarlo con otros idiomas. La experiencia de leer al autor, en sus propias palabras, me ha parecido siempre un privilegio, aunque sin desmerecer las traducciones, antes al contrario.  Es como el cine en versión original. Me encantaría paladear un filme de Akira Kurosawa en su propio idioma, aunque la traducción del nipón sea la mejor o los subtítulos sirvan para sobrellevar mi ignorancia supina de dicha lengua. Novelas y poemarios aguantan con espíritu estoico a que les llegue su turno. Volviendo al japonés, acaso uno sea un afectado por el "Tsundoku", esa perversión de acumular libros sin límite. Pero prometo emplear bien las vacaciones, cuando lleguen, y engullir con moderación el menú que me tiene preparada mi caótica biblioteca. En otro momento hablaré de mis propósitos acerca de la propia creación. Después del denodado esfuerzo realizado recientemente para atender la petición de un buen amigo que me demandaba inéditos para una colaboración, con satisfacción atendida, ordenar papeles y versos es tarea que recuerda el expurgo de una antigua tumba egipcia. 

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