sábado, 3 de febrero de 2018

Lecturas para un tiempo de bloqueo creativo: "Nuestra orilla salvaje", de Rosario Troncoso

Me lo decía hace unas semanas el poeta y amigo Diego Doncel; el tiempo que transcurre desde que damos por cerrada una obra literaria hasta que ésta se encarna y toma la forma de libro, ofreciéndose al juicio de los sentidos, representa una auténtica travesía del desierto que en no pocas ocasiones, puede llegar a frenar la apuesta creativa del propio autor. La impaciencia no es buena aliada, sobre todo cuando -y suele ser frecuente en la práctica- transcurren períodos muy largos hasta que el libro sale, materialmente, del dominio físico de su mentor. Hasta entonces, las páginas, los versos, los capítulos, continuarán perteneciendo al territorio de lo voluble, donde cualquier palabra aparece sometida a la incertidumbre de un nuevo diagnóstico, quedando la fijación del texto al albur de sucesivas lecturas intempestivas.  Entretanto, no es infrecuente el bloqueo creativo, la dispersión de ideas, la aventura de embarcarse en proyectos que luego resultan fallidos o que entran en conflicto con esos escritos anteriores que vegetan cautivos de la indefectible lista de espera.  La mejor terapia es entonces la lectura, el aprendizaje.  A veces, uno recibe reconfortantes inyecciones de adrenalina en forma de libros ajenos, intensos estímulos que hacen llevadera cualquier interinidad. 

Si en la entrada anterior comentábamos lo gratificante que estaba resultando bucear en temáticas cercanas a la filosofía y el pensamiento, al discurso en primera persona del escritor, este espacio de hoy nos devolverá a la intensa experiencia del lector de poesía, que disfruta de lleno al percibir el latido de quien escribe desde la sinceridad, con un lenguaje tallado a fuerza de sentimiento y de sensaciones que la palabra modela y el lector hace suyo sin dificultad. No es la primera vez que me sumerjo en el universo poético de la autora gaditana Rosario Troncoso, alfarera del verso e infatigable activista cultural, editora, capitana de El Ático de los Gatos, revista literaria con mayúsculas, y de su apéndice El Ático de los Gatitos, embarcada en  el propósito de contagiar el gusto por la lectura a todos los niveles. Rosario acaba de poner en pie su más reciente cuaderno de versos, que, como antes "Transparente", apadrina de nuevo la editorial sevillana La Isla de Siltolá en el marco de su prestigiosa colección "Tierra". La semana pasada me llegaba a casa el poemario "Nuestra orilla salvaje", acompañado de la antología "Eternidad provisional", ésta publicada en la colección"Wasabi", de la editorial Takara, en la que participa la propia autora. Es por ello que llevo unos días a merced del Levante de sus versos, descubriendo algo que no por ya sabido, deja de sorprender, la escandalosa madurez de una autora que sabe perfectamente de qué va esta espiral de la poesía. Siempre he sido partidario del poema breve, del mensaje directo, de la intimidad a borbotones. Precisamente éstos son los puntos cardinales de la poesía que Rosario despliega en su flamante poemario "Nuestra orilla salvaje". Poesía de "la medida exacta", de la conciencia del yo y su maridaje con los elementos. 

Se articula el libro en dos grandes campos temáticos; "El abrazo de los extraños", y "El final de las hadas", en ambos casos con el denominador común del poema breve, generalmente con títulos de una sola palabra, pero suficientes para identificar el contenido argumental, de corte netamente reflexivo, espectador de la realidad que golpea y socava el tránsito del tiempo y la deriva de los cuerpos. Rosario tiene la facilidad de multiplicar las sensaciones con apenas unos pocos versos, de hacer partícipe al lector de ese abecedario de pensamientos cercanos en ocasiones a las maneras del aforismo. La autora contempla desde su privilegiado capitel la certeza de esa "orilla salvaje" que tinta la aparente indiferencia de las cosas, de la propia piel, y despierta la dolorosa percepción de lo efímero. Poemas como "Príncipes de niebla", "Crisálida", "Desgastes", "A nosotros no", reflejan esa línea temática marcada por la caducidad, donde acecha, tomando prestadas sus palabras, la "Indolencia terminal del olvido". Uno se siente, desde su humildad literaria, cercano e identificado con ese discurso poético que en absoluto le resulta ajeno. "El final de las hadas", con su reflexión sobre el carácter finito de la ingenuidad y el encontronazo con lo real, en versos tan hermosos como "Crujen las hadas / como al pisar insectos, / bajo los pies", transporta al lector a la perplejidad de aquel Siddharta que en el film de Bertolucci, "El pequeño buda", traspasa por primera vez los muros de su torre de marfil. 

Solo queda acostumbrarse a ver los muebles en su sitio, a observar cómo el polvo va depositándose sobre los objetos. La vida se antoja acaso una sucesión de espejismos, un viaje sin billete de vuelta. El segundo bloque temático del libro está poblado de toques de desesperanza, de dolorosa resignación, vívida en poemas como "El turno siguiente" o "Ruinas".  La autora asume los riesgos de enfrentar una búsqueda, un diálogo, que soliviantan los instantes rectilíneos de la rutina. En la encrucijada de las tormentas, el verso pide un retorno a la ternura, a la piel indemne de los días blancos, a la bajamar que cosquillea tibia entre los dedos de los pies.  




domingo, 21 de enero de 2018

Escribir en la era de la globalización. Las ordalías de la palabra

Es posible que la época que nos ha tocado vivir sea una de las más complicadas que se han conocido y ello se debe en muy alto grado a la incidencia incontestable de las nuevas tecnologías, con todo lo positivo, y también negativo, que éstas han generado. Ahora estamos permanentemente comunicados, el torrente de información que en cualquier momento se desborda en nuestras manos a través de los dispositivos móviles es prácticamente infinito, y la idea de que vivimos en una sociedad global se ha ido materialmente imponiendo a golpe de tweet o con el tintineo de las alertas del WhatsApp. Leo en estos días el último libro de Eugenio Fuentes, un escritor amigo cuya obra narrativa es conocida y apreciada por el público desde hace años, convirtiéndole en uno de los referentes del género, muy especialmente, en su vertiente de la llamada "novela negra". Pero este nuevo libro suyo es bien distinto. Su incursión en el terreno del ensayo literario lleva al autor a explorar materias y plantear debates que, aunque no ajenos a la literatura, están presentes en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales, regresando ahora con fuerza con el advenimiento de las redes sociales y la antes referida globalización de la información. La hoguera de los inocentes rescata algo tan antiguo como la ordalía o el llamado "juicio de Dios", para efectuar un recorrido a través de un amplio compendio de obras literarias de ficción en las que de un modo u otro se ha suscitado la exposición pública de la culpabilidad sin opción alguna para el reo de hacer valer el derecho que a toda persona asiste de ser oída y escuchada más allá de condicionantes previos. Desde El proceso de Franz Kafka, pasando por Las brujas de Salem, de Arthur Miller o Intruso en el polvo de W. Faulkner, por recordar solo algunas de las muchas obras analizadas en este trabajo, el autor bucea en el peligro que supone el linchamiento colectivo de quien por motivos de sexo, religión, raza, edad o condición social, termina viéndose envuelto en una espiral de difícil salida, en la que, con las manos atadas, su destino lo deciden circunstancias o factores que nada tienen que ver con el equilibrio de fuerzas en que la verdadera justicia se asienta, conduciendo por tanto a indeseables escenarios. En nuestra sociedad de internet y los teléfonos móviles, la borrachera de datos con que nos salpican cada segundo se convierte en alienación de quien ya no puede escapar al enjambre y magnetismo de la red, propiciando una dependencia de nueva factura que también lo es a las corrientes de opinión y a su influjo, minimizando las virtudes del individualismo y pudiendo generar, en definitiva, una peligrosa tendencia a la generalización y al destierro de la privacidad que puede dejarnos indefensos, al ser expuesta la vida del individuo a la incontinencia de los elementos. Las reflexiones que aportan los ensayos literarios, el conocimiento que el lector adquiere de sus páginas, alimentadas con la savia de otras páginas, me han conquistado al comienzo de este año, tomada ya la decisión de poner punto final al arduo trabajo que supone revisar los poemas de ese nuevo libro que aguarda impaciente el momento de su puesta de largo. Toca ahora aprender, empaparse de sensaciones, preparar la palabra para retos distintos, ser exigente con uno mismo. En esta búsqueda son de ayuda textos como el de Fuentes, o como los de José Antonio Llera, cuyos diarios, Cuidados paliativos, que voy saboreando a retazos, me están resultando altamente productivos en la experimentación de formas distintas de contar, así como de interpretar la visión de la literatura y de la vida. La cotidianidad de la lectura y la síntesis de los personajes son algo necesario, que hay que asimilar para marcar distancia respecto de la esclavitud a que empujan las pantallas y la comprobación constante de nuestros perfiles en Facebook o el tráfico de mensajes en los grupos de WhatsApp. La esencia de la palabra continúa intacta, pero sigue pidiendo ternura al que escribe, delicadeza en el manejo de sus inagotables recursos. Y ello es válido para quien cultiva la prosa, para el ensayista, para el poeta. No todo deja el mismo regusto en los labios después de un atracón de letras. Por eso, para terminar hoy, me pondré en brazos del verso, presto a disfrutar con los de José Manuel Díez, que en su libro El país de los imbéciles, último Premio Jaén de Poesía, condensa gran parte de ese contenido y esas maneras que uno esperar encontrar en la literatura: disfrute y aprendizaje, llamada de atención a las conciencias. 


sábado, 13 de enero de 2018

La importancia de saber escuchar

Hace ya unos años, cuando Manuela Carmena, actual alcaldesa de Madrid, ejercía funciones como Decana de los Juzgados de dicha capital, manifestó a la Revista de la Asociación "Jueces para la Democracia", que "La gran tarea del Juez es escuchar", recuperando una cita de la extraordinaria novela "Memorias de Adriano", en la que Marguerite Yourcenar pone precisamente tales palabras en boca de su protagonista, quien manifiesta que "su gran tarea como juez es escuchar", suscitando en este caso la idea de que el poder debe estar abierto y ser receptivo a las personas a quienes sirve.  He pensado muchas veces en la carga de sabiduría que encierran estas reflexiones, y en cómo ciertamente, la propia convivencia social se encuentra asentada sobre la necesaria exigencia de estar siempre dispuesto a abrir los oídos a lo que los otros tienen que decir y aportar. Ello conduce a interpretar el mundo en términos de tolerancia, hacerse permeable al contenido intelectual procedente de cualquiera de nosotros. Escuchar, como paso previo a emitir cualquier impresión o desentrañar los intrincados caminos de un litigio. Escuchar, pero no solo la voz, con su acústica y timbre, sino también la palabra impresa, con todo lo que ésta tiene de pensamiento pronunciado a través de la escritura. La lectura de un libro nos pone en comunicación directa con su autor, que nos habla desde los renglones y los párrafos esculpidos en cada página. El lector se convierte, al fin y al cabo, en un oyente más, que recibe ese mensaje y establece un diálogo invisible con aquél, con el pretexto de los cada vez más indiscernibles géneros literarios. En la soledad de la vigilia, alguien lee un poema. La inspiración del poeta se hace melodía que fluye de los labios del intérprete, que se escucha a sí mismo en silencio, construyéndose una fuerte complicidad entre ambos. No hay límites para el discurso compartido, solamente estar dispuestos a implicarse, a hacerlo nuestro. Porque todos tenemos algo que decir y por ello nos corresponde estar abiertos a escuchar, desechando perversos prejuicios previos. Habrá tiempo para procesar toda esa información y ofrecer la respuesta que podamos entender como más justa o adecuada de acuerdo con los parámetros o referencias propios y específicos de cada ámbito en concreto; ya hablemos de crítica, decisión intelectual o cóctel sensitivo subsiguiente al estímulo de cualquier manifestación artística. Lo contrario conduce irremediablemente a la intolerancia, y en último extremo, a la falta de libertad, a hacernos menos humanos. 





viernes, 29 de diciembre de 2017

Relojes, Beatles, libros y más libros... Adiós 2017

No es por llevar la contraria, pero nunca he sido de "tomar las uvas", la última noche del año. Sí me ha gustado celebrar el cambio de calendario, esas imaginarias puertas que se abren y dejan entrever un camino todavía virgen, que no han hollado aún las huellas de intrusos pies. Lo vivido, con todo su equipaje, pertenece ya a los cartapacios de un archivo cuyos anaqueles han ido engrosando episodios y hazañas que duelen y se recrean a temporadas. El tiempo finge que se despide, o así al menos, queremos creerlo. Hay voces que se apagaron, que apenas buscan su sitio en los desfiladeros del sueño, entre bambalinas. El reloj no conoce tregua, continuará taconeando sin parar con los mimbres de un guarismo nuevo. 



El año que se marcha nos dejó lecturas memorables, bandas sonoras vestidas de todos los colores, regresos, y tentativas de escapadas al futuro. Ayer, sin ir más lejos, volví a escuchar The White Album, de The Beatles, sobre vinilo, como en los viejos tiempos. Me gusta ponerlo de vez en cuando, percibir ese característico sonido de la aguja mientras surca las estrías del disco. "While my guitar gently weeps", de George Harrison, continúa erizándome el vello; Helter Skelter, arrastra satánicos recuerdos; Revolution, parece tan actual...



Mis autores de cabecera este año han sido Borges, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Cirlot, Neruda, Vila-Matas, Murakami... En realidad, ninguno que no hubiera pasado ya por mis manos. Confieso que he leído más poesía que narrativa, que he disfrutado con las obras de plumas cercanas y conocidas, la mayor parte de nueva factura, aunque también la relectura de algunos textos me hizo rescatar las sensaciones de la primera vez con igual satisfacción que entonces. Creo que es de justicia recordar travesías poéticas como las vividas mediante las páginas de "Nortes", de Antonio Linares, "No eres nadie hasta que disparan", de Rafael Soler, "Locus Poetarum", de Francisco Caro, "Principio de incertidumbre", de Santos Domínguez", "Breve Catálogo de insectos y otros seres menudos", de José Manuel Vivas" o "El baile del diablo", de Javier Sánchez Menéndez, sin olvidar otros tantos textos más que, publicados en estos últimos meses, han hecho más grande el placer de leer poesía. Ni mucho menos que no son los únicos, muchos libros más llegaron a mi biblioteca y se disfrutaron igualmente. La lista sería interminable. En absoluto concurre voluntariedad alguna en su preterición. Como testimonio, aquí van unas cuantas portadas de algunos de esos libros que mucho me aportaron.













Transcurrió 2017 a la medida de los versos del poemario que espero vea la luz en el año que estamos a punto de inaugurar. Es de imaginar la labor de construcción y andamiaje, incorporación de textos, supresión de otros, infinitas e inacabables correcciones... Mientras el jazz acompaña estos momentos de remembranzas literarias, regresan a la memoria las estampas vividas junto al Lago Léman, en los días del festival de Montreux, en el mes de julio. Música, poesía, imágenes, quizá sean las claves que alimentan el germen de la creación, algo que espero me siga siendo favorable en el año que pronto estrenaremos. 



Monumento a Freddie Mercury, en el Paseo Marítimo de Montreux (Suiza)




domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Escribir una novela? Nunca se sabe

Llevo unos días dándole vueltas a la idea de escribir una novela. Corta, por supuesto, pues no me puedo permitir otra cosa. Cuando uno acaba un libro, en mi caso, de poemas, y se adentra en los complejos avatares de la publicación, algo así como una suerte de meandros de incierto paralaje cuyo desenlace se encuentra sometido a un gran cúmulo de factores y circunstancias, se abre un período de incertidumbre en el que la pluma se conduce a trompicones, impúber acaso, proclive a caprichos y  frivolidades. Después de un año en el que mis lecturas se orientaron en su mayor parte a la poesía, se siente la prosa como una tentación primaria, liberadora de conciencias y estereotipos, ese panorama frecuente en el no pocas veces ingrato territorio del verso. Me costará sin embargo abordar el andamiaje de un relato de ficción, y de hecho, creo que tal hipótesis debe quedar de entrada descartada. ¿Autobiográfico pues? No podría asegurarlo, aunque el material propio, con el oportuno maquillaje, de seguro bastaría para dar cuerpo a un engendro mínimamente presentable. De las novelas que leí en los últimos meses, no demasiadas, deduje que había páginas y páginas de puro barbecho, engordadas tramas que quizá hubieran lucido mejor ataviadas con un ropaje más ligero. Son las impresiones que uno arrastra tras años de ejercicio poético. Ni siquiera puedo asegurar que termine embarcándome en una tarea tan absorbente, menos aún quien el tiempo es un bien escaso, pero no está de más imaginarse cómo podría ser esa travesía, tomarse en serio por unos instantes un proyecto así, e imaginar folios y folios cargados de palabras sin hemistiquios ni cesuras. 




viernes, 8 de diciembre de 2017

De aniversarios, música y libros

Dos iconos de la convulsa década de los sesenta del pasado siglo comparten el 8 de diciembre fecha para el recuerdo. Un 8 de diciembre era asesinado John Lennon en Nueva York, en 1980, tras ser tiroteado a bocajarro por Mark David Chapman, a la entrada del edificio Dakota, donde aquél residía junto con su esposa Yoko Ono.  También en un día como hoy, pero de 1943, nacía en Melbourne (Estados Unidos), el poeta y cantante Jim Morrison, líder que fue de otro de los grupos más emblemáticos de aquella legendaria centuria, The Doors. Ambos son protagonistas pues, por razones bien distintas, de una fecha que es festiva en España y en muchos países, pero no en Estados Unidos. Sea nacimiento, sea muerte, de lo que se trata es de poner diques al olvido, y aunque celebrar que alguien llega parece tener más sentido que hacerlo para recordar su partida, todo resulta útil a fin de mantener y avivar la integridad de la memoria, más aún en estos tiempos de continuo desenfoque para el operador de cámara. Al preguntarme qué música elegiría escuchar hoy, con la obligada referencia de aquellos mitos, la verdad es que no sabría decidirme. Tras el cristal de mi ventana, las nubes van engarzando sus invisibles manos, y aunque por desgracia, no parecen amenazar lluvia, sí van componiendo la estampa propia de un día de primeros de diciembre, avejentado el otoño, de esos en que la compañía de un buen libro y el solaz del calor construyen idílicos universos domésticos que disfrutar lejos del estrépito de las rutinas cotidianas. Al final, me decidiré por escuchar un disco de piano. En el silencio, las notas de "The malady of elegance", de Goldmund, seudónimo del compositor estadounidense Keith Kenniff, resultan realmente propicias para la meditación y la lectura, música de piano post-clásica con la que abrir los poros de la inspiración, ahora que tanto se hace de rogar. 


Goldmund: Threnody

Y sobre la mesa, los libros, siempre los libros. Echándole valor, he decidido hincarle el diente a una de las últimas novelas de mi admirado Haruki Murakami que todavía no me había atrevido a leer, intimidado por sus titánicas dimensiones. Por idénticas razones postergué este verano el nuevo libro de Paul Auster, y sin embargo ahora, me absorben estas páginas, que se van más allá de las siete centenas. Apenas doy los primeros pasos y ya descubro reflexiones memorables. Ah, no he dicho de qué libro se trata. Hablamos de "Kafka en la orilla". De pronto, un personaje se despacha lo que semeja una parábola sobre la existencia humana que difícilmente deja indiferente al lector: "A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentado evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esa tormenta, en definitiva, eres tú".  Certeras las palabras, hacen pensar, sin duda. Y más, como decíamos, en un día donde el nacimiento y la muerte se dan la mano,  donde quizá todas las cosas tengan un sentido que no somos capaces de captar pero que, al igual que las nubes, va completando su propio puzzle. 


También la poesía tiene su parte en esta reflexión a pie de radiador, en este caso, la del soriano Fermín Herrero, cuyo libro "Fuera de encuadre", acaba de publicar la editorial Reino de Cordelia, y que está lleno de versos que igualmente invitan a hacerse preguntas, a mirar de lleno sobre nosotros mismos: "ser la quietud del agua hacia / el olvido si solo el dolor se cumple / a bocajarro. Llega el día -un grito / apenas- en que nada pertenece. No hay / supervivientes".   Estamos a punto de pasar página otra vez, de abrir las cortinas a un nuevo fragmento de realidad de la que nada conocemos. Tan solo que comparte los genes del azar y la piel del asombro. A nosotros nos corresponderá hablarle al oído y susurrarle nuestras inquietudes. Quizá decidan tomar forma de poema. 








viernes, 1 de diciembre de 2017

Mi reseña del libro "Breve catálogo de insectos y otros seres menudos", de José M. Vivas, para su presentación en el Aula de la Palabra

Un verdadero privilegio el de poder presentar en el Aula de la Palabra de la A.C. Norbanova, junto a su autor, el libro "Breve catálogo de insectos y otros seres menudos", que el poeta José Manuel Vivas estrenaba tras su reciente publicación por la editorial Lastura. Se reproduce a continuación la reseña íntegra del poemario, elaborada expresamente para tal evento. 


JOSÉ MANUEL VIVAS en el AULA DE LA PALABRA.
Cáceres, 1 de diciembre de 2017.

I. POESÍA PARA ABRIR LOS OJOS.  José Manuel es un poeta que sabe bien lo que quiere, que mira de frente a la palabra, que concibe su trabajo como algo que va más allá de un mero ejercicio estético. Aunque estas consideraciones resultan válidas para cualquiera de sus obras, en “Breve catálogo de insectos y otros seres menudos”, la concepción del poema como acicate para abrir los ojos del lector, para hacerle pensar, para sacarle los colores, es más que evidente, y es ahí donde precisamente reside la fuerza e intensidad de este nuevo poemario del autor, que acaba de publicar la editorial Lastura, dentro de su colección “Alcalima”.

Leer a José Manuel es indagar en la utilidad de la poesía. Aun cuando en su libro “Guaridas”, afirmaba que, en el inicio, “el verso no es nada, la palabra no es nada, la voz es apenas nada”, ese monstruo de fauces hambrientas que es la poesía, terminará engulléndolo todo, vistiendo con sus ropajes el grito que escapa de la garganta del poeta y que prende la pólvora que da sentido a su discurso, comprometido y certero. Porque estas letras no son en absoluto papel mojado, antes al contrario, duelen y se clavan, su vocación está reñida con las maneras del olvido. Dice así el poeta: “…quien domina la palabra, / quien utiliza su locuaz trascendencia/ es el portador de los sueños, / es el constructor de la esperanza”.  La palabra pues, concebida como instrumento para cambiar el mundo, como antítesis del martillo, del insensible filo de la espada. De sacudir la conciencia de la bestia, de abrirle los ojos, se trata, de rescatar el resquicio de humanidad que aún late en cada uno de nosotros.

II. A MODO DE LIENZOS O EPISODIOS.  El magnífico prólogo que antecede la lectura de los poemas, realizado por Laura Giordani, comienza señalando que el autor ha escogido “el formato de catálogo” para construir su poemario, en el que tendrían cabida objetos o personas cuya relación no sería fortuita. Ciertamente, y aunque la idea del álbum o colección entomológica parece estar presente en el propósito del escritor, que inunda los poemas de continuas referencias a esos “insectos y seres menudos” que figuran en el título, e incluso se permite aludir expresamente al procedimiento de etiquetado o clasificación de los ejemplares, como en el poema “Semillas en el asfalto”, cuando dice: “Alguien los busca para ensartar sus alas / con agujas de coleccionista / y exponer tales trofeos en las grandes avenidas, /”, nuestra visión de la obra se orienta hacia otra forma de interpretación de su estructura y contenidos, la que lleva a contemplar cada poema desde la perspectiva del espectador que recorre una exposición de fotografías, que presencia, impávido, la sucesión de noticias de un telediario… Así, cada poema se concibe como un episodio, un lienzo que el poeta viste con las instantáneas de la realidad, la que nos rodea y que tantas veces ignoramos o directamente apartamos, desenchufando el televisor o pasando con rapidez los pliegos del periódico.  Se articula el libro sobre la base de dos grandes bloques temáticos, que el poeta intitula “Prole” y “Memoria y olvido”. No obstante, un poema se erige en antecedente y piedra angular de toda esa construcción posterior, el que lleva por título “Presentación de la bestia”. Muchas claves de lo que vendrá después se contienen en estos versos, que hablan de un “animal que no protege a su prole”, de un “bípedo animal incongruente”, desgarrador retrato de un hombre al que se presenta como criatura impía y cruel, con “el rumor de la muerte en sus orillas”.

Comprendemos de este modo el subsiguiente desfile de cuadros y episodios que delatan cada una de las manifestaciones de esa impiedad. En las páginas de “Prole”, el poeta no hace más que mirar a su alrededor, para inmediatamente, ir recibiendo señales que traduce al lenguaje de las palabras, sin eufemismos ni comedimiento alguno. Recurre sin titubeo al rostro más descarnado del idioma, provocándole al lector un nudo en la garganta, un sentimiento rayano en la desesperanza.  Contemplamos pues a través de sus versos el drama de las pateras, el de los niños-soldado, el de las favelas, el de la hambruna de los más pequeños en los países del cuerno de África… Y es que el dardo que lanza el poeta viene impregnado con la sangre de los más débiles, de los más insignificantes e inermes seres que pueblan las tierras de este planeta donde reina la injusticia, los insectos que cualquiera puede pisotear o aplastar a su antojo, con un mero golpe de sus botas.  La pintura de un universo consumido y acorralado adquiere tintes de crudeza documental en poemas como “Sombras de San Petersburgo”, donde el autor recorre, inopinado testigo, las estancias más infames del submundo: prostitución, niños sin destino, droga, hambre… logrando un fuerte impacto visual por medio de imágenes de gran carga dramática: “apenas le aguantan diez años de vida”, “encontrarán su cuerpo / inerte bajo la tenue luz / de la bombilla de una calle / sin salida /”.  La camada de la bestia, indefensa y abandonada a su suerte, mendiga así en las escaleras del metro o se pierde a merced de los proyectiles que reparten guerras olvidadas entre las dunas del desierto, víctimas de un destino que no pudieron elegir: “nacieron aquí sin remedio”, apostilla el poeta. Idéntica línea argumental se mantiene en poemas como “Ablación”, uno de los más inquietantes del libro, donde esa aludida indefensión de las víctimas se desenvuelve ante la indiferencia de quienes debieran evitarla o la obediencia sin sentido a los dictados de un dios despiadado e incomprensible. Y continúan los pequeños insectos, invisibles, condenados al olvido, protagonizando los versos que José Manuel cincela a golpe de conciencia comprometida, de llamada de atención. Las mariposas alquiladas a plazos, las polillas que pululan por callejas y oscuros polígonos, los niños mutilados por el azote de las minas antipersonales, en otro de los poemas que no dejan indiferente al lector, que debería hacerle levantarse de su cómodo sillón, impulsarle a actuar del modo que sea, para evitar la indefinida prolongación de esta barbarie.

Otra vez el poeta se disfraza de pintor, de cineasta improvisado, para dejarnos auténticos fotogramas verbales, secuencias que relatan a la perfección el objeto de su mensaje. Impresionan nuevamente, por el equilibrio de contenido y crudeza idiomática, “Retrato”, “La escasez de los días”, “Mujer con niño ahogado en sus brazos”, poemas ornados de un cierto toque lorquiano con reminiscencias al dramatismo de algunos pasajes de “Poeta en Nueva York”.  No es posible concluir este recorrido por la primera parte del poemario sin hacernos eco del poema “Hambre”. Aquí el catálogo es de sensaciones, de indagación en la propia fisiología del intérprete, llamado a compartir la laceración que supone para el organismo la ausencia de alimento.  Otra de las claves presentes en el libro es el aullido de la memoria, algo que impregnará toda su segunda parte y que en esta primera ya se intuye en poemas como “Fosas comunes”.  Aunque el poeta ofrece una visión desoladora de aquellos escenarios en los que el hombre ha sembrado su ponzoñosa semilla, parece abrir un portillo a la esperanza, si bien vuelve a evocar las sombrías estadísticas que proclaman que los seres menudos, los desheredados, seguirán siendo presas de su afán depredador. Solo es “cuestión de tiempo”, el que necesitará el lector para descubrir la parte de responsabilidad que en todo esto le corresponde, algo a lo que nuevamente apela el poeta en el inicio de la segunda parte del libro, empleando hábilmente las conjugaciones verbales.

III. PARA PRESERVAR LA MEMORIA Y DESTERRAR EL OLVIDO.  Recordando versos propios de quien ahora escribe, “No hay peor enemigo que el olvido. /Más certera su daga que la propia muerte.” La poesía es antídoto para conjurar el azote de la desmemoria, ya sea voluntaria o patológica. Donde las voces continúan clamando, donde los corazones siguen latiendo, esquivando la trayectoria de la metralla, cuando alguien pide que su nombre no se borre de la historia, ahí estará el poeta para dejar testimonio.

José Manuel indaga ahora en la necesaria búsqueda de las huellas, entre los resquicios maltrechos de la existencia, clama una justicia que no encuentra frente al envite de la tormenta que difumina los rasgos de los rostros, las letras de los nombres. Si el primero de los bloques del libro entregaba el protagonismo de los versos a la insignificancia de los seres, a su indecente vulnerabilidad, el segundo de aquéllos dibuja escenarios desolados que recuerdan las figuraciones de El Bosco, lugares de pesadilla que surgen de la indiferencia y la desidia. Participan de estos ingredientes poemas como “Ciudad tomada” o “Que todo era mentira”. Otros remiten a tiempos y acontecimientos igualmente teñidos por el desencanto. Mientras, en medio, continúan volando enjambres de moscas, silbando los grillos, batiendo las libélulas sus transparentes alas. Siguen ahí los niños, soñando, ensayando zambullidas sin red, habitando territorios que no se hicieron a su medida. Será difícil cerrar las cicatrices, apagar las brasas del acero, mientras siga habiendo un Aylan tendido en la playa, a merced de las caprichosas olas, aguardando su cita con la insolidaridad, la misma que enciende los ojos de aquellos, cucarachas para el poeta, que, caminando a nuestro lado, conspiran y murmuran. Se calza el autor, para concluir su ingrato recorrido, la piel de los refugiados, la de quienes desde lejanas tierras anhelan una realidad diferente que no necesariamente existe ni encuentran: “Dadme la paz y el cobijo, / la vela encendida /, la noche sin desvelos /”. El hombre se somete a su penúltimo examen de humanidad. La poesía de José Manuel quiere abrirnos de nuevo los ojos con su repertorio de realismo, con su compromiso, con la serenidad de su lenguaje sencillo y directo, “sin pasaporte ni papeles”, como reza en uno de sus poemas. No es lugar para buscar florituras ni ingenios estilísticos. A José Manuel le interesa transmitir, hacer de su palabra un aguijón que, como el de algunos de estos insectos que protagonizan su discurso, penetre en la dermis del lector, adormecida y apergaminada por la rutina.  Para poner “Punto final”, los dos universos que conviven en el libro protagonizan un último poema; la prole y la memoria, los hijos del hambre y la falsa opulencia, que, y así parecen sugerir las palabras del poeta, también tiene los días contados.