sábado, 14 de julio de 2018

El encanto de escribir crónicas de viajes: Praga (1ª entrega)

Los mensajes que conviven en la Plaza de la ciudad vieja (Staromeská), no solo están escritos en las fachadas y en el color de los edificios, también se perciben a nivel del pavimento adoquinado, en los poyetes que circundan la pizarrosa estatua de Juan Hus, están impresos en los rostros de los viandantes que transitan, descolocados, entre las porticadas arquerías y la torre del reloj, sorteando el histriónico circo de los turistas, ese moderno hilo de Ariadna que conforman los paraguas multicolores entretejiendo sus fibras entre el bullicio. La Praga del pasado imperial continúa su periplo en el discurso de los guías, en el entusiasmo de los free tours y su literatura oral sometida al estipendio de la voluntad. 





Plaza de la ciudad vieja. Torres de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn y monumento a Juan Hus

Carlos IV sobrevive en cada metro de un puente atiborrado de instantáneas: el retrato de boda de quienes, desde Thailandia, eligieron inmortalizar su compromiso a los pies de San Juan Nepomuceno; los certeros señores del arte de la caricatura, los que viven del merchandising puro y duro, ávidos de atrapar al incauto viajero que tal vez nunca volverá a pisar estos parajes, pero que no dejará pasar la oportunidad de conservar, a modo de prueba de vida, cualquier elemento que certifique su estancia allí. 




Ambiente en el Puente de Carlos. Boda oriental en Praga

Cuando está a punto de completarse el recorrido inapelable de las agujas, los disciplinados forasteros que no tienen más ojos y oídos que los de su cicerone, ya aguardan impenitentes la singular ceremonia del reloj astronómico, aun cuando se trate solo de un holograma, al estar oculto el auténtico por mor de las obras. Tras las primeras señales acústicas, el esqueleto que representa la muerte, a la derecha de la esfera, da inicio al llamado Paseo de los Apóstoles, tocando su campanilla e invirtiendo el reloj de arena. Los turistas contemplan fascinados el mecanismo y se limitan a considerarlo una atracción más. No piensa lo mismo el huesudo personaje que recuerda que el tiempo tiene los minutos contados, que la arena desciende inapelable y que cuando las venerables figuras finalicen su tránsito, todo ello pertenecerá al pasado. 




El espectáculo del Reloj Astronómico y sus alrededores

Celebra la gente la veleidad del artificio, perdiéndose luego entre las calles que circundan el recinto. Se agolpan ante los puestos que ofrecen Trdelnik en sus múltiples variedades. Este pastel, tradicional de la cocina eslovaca, consta de una masa de harina que se rellena de helado o crema con otros posibles aromas o ingredientes. Quien pretenda una fotografía curiosa, captar los avatares del consumo de este producto, que suele realizarse en la calle, no lo tendrá difícil. El relleno rebosa y hace complicado avanzar sin evitar mancharse los dedos. 


Puesto callejero de Trdenilk

No es posible hablar de Praga y de Staré Mesto sin mencionar sus talleres de marionetas.  En las proximidades del reloj astronómico hay una tienda muy bien surtida con todo tipo de títeres, y otras similares se encuentran en las proximidades de la Torre de la Pólvora, o en el descenso del Castillo, en la calle Nerudova. Se suele entrar para admirar las piezas cuidadosamente dispuestas, pero pocos son los que se llevan alguna, quizá cohibidos por el precio o por el riesgo de transportar en sus maletas, expuestos al tráfago del aeropuerto, tan delicados objetos.  




Atelier de marionetas en Praga (Calle Nerudova)

La seducción de la cerveza, de los licores, también es un reclamo para el paseante que se pierde en las tortuosas callejuelas de la ciudad vieja. De pronto, sorprende toparse con una "Absintherie", donde expenden bebidas que alcanzan los 70 % de contenido alcohólico, o licores como el Becherovka, con todas su variedades. Están a la venta kits para fabricar absenta en tu propio domicilio, cervezas o chupa chups de cannabis. En cuanto a la cerveza checa, impecable de cuerpo, densidad y sabor, se caracteriza por su baja graduación, lo que sin duda propicia un elevado consumo, siendo ideal para acompañar delicias de la gastronomía del país, como la sopa de goulash, servida en plato de pan. 





Las bebidas y la gastronomía de Praga

La  calle Parizka tienta junto a la imponente fábrica de San Nicolás. Terreno vedado al turista de recursos limitados. Esta Vía Véneto con caracteres checos, que conduce al Josefov, o barrio judío, parece terreno abonado solo para los pudientes bolsillos del turismo oriental.


Escaparate de lujo en la calle Parizka

Quizá sea más recomendable finalizar el periplo bajo las bóvedas de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, donde el astrónomo Tycho Brae descansa eternamente mientras la Tierra continúa girando a merced de leyes inescrutables y en connivencia con el resto de los elementos del cosmos, aquellos que aquel ya pudiera observar hace siglos desde la enfática atalaya del Klementinum, con sus doscientas veinte escaleras en espiral. 


Interior de la Iglesia de Tyn


Vista del Castillo desde la torre del Klementinum







domingo, 17 de junio de 2018

Madrid en junio. Libros, postales, y un Talgo de vuelta

Desde otoño no había vuelto a pasar por Madrid. Motivos laborales me hicieron regresar, en unos días a caballo entre la extraña primavera que hemos vivido y el súbito verano que ha terminado irrumpiendo en el calendario con la autoridad de su canícula. Muchas cosas parecen haber cambiado desde la última vez. 

Aquel billete de metro que guardaba, con algunos viajes sin utilizar, ya no sirve y su viaje le conduce directamente con destino a la papelera. El sistema que se ha implementado ahora es similar al de otras ciudades europeas, a base de tarjetas con banda magnética. Me hago con una que sea suficiente para cubrir las necesidades de transporte de tres días, y quizá sobre algún uso para más adelante, si no hay nuevo cambio en el procedimiento de admisión de viajeros. 

La línea 2 me deja en Santo Domingo. Voy andando cuesta arriba por la Gran Vía hasta la altura de La Casa del Libro. Me la encuentro en obras, con sus vitrales tapiados por grandes paneles de cartón que anuncian el cierre provisional mientras se acondiciona el establecimiento. Imagino la cantidad de libros que habrán tenido que distribuirse entre las demás tiendas, las idas y venidas de los camiones que los habrán llevado de un lugar a otro de Madrid. Entre ellos acaso quedará algún ejemplar rezagado de A contracorriente, Escenarios o El tacto de lo efímero, mis poemarios que podían adquirirse allí. Cualquiera sabe dónde los habrán puesto ahora. Desde luego, solo quedará la opción de comprarlos on line para quienes pudieran estar interesados. Como apenas tengo tiempo, bajo hasta Callao para coger la línea 5 y plantarme en Chueca. En este singular barrio madrileño, hospitalario y multicultural, se hallan algunas de las tiendas más interesantes de la ciudad. Casi un año sin husmear el aroma del papel antiguo que se respira en Casa Postal, en la calle Libertad. Solo el frío tacto de las postales y las fotografías a través de las páginas web. Como de costumbre, no es fácil localizar material de Cáceres, aunque siempre se encuentra algo. Viejas tarjetas publicitarias, con recuerdos de locales y comercios desaparecidos, envueltas y sobres de cartas que se enviaron por personas y en tiempos que ya pertenecen al olvido. 

La cartofilia es un pequeño universo, conserva intactos los sentimientos y las urgencias de quienes nos precedieron, embalsama en sepia las imágenes de unos instantes sin retorno posible. El dueño de este establecimiento, Martín Carrasco Marqués, acaba de publicar un libro en el que aglutina, a modo de catálogo, la relación de tarjetas postales editadas en España desde 1887 a 1905, sin duda, las representativas de un período histórico (cuando la dirección se escribía a lo largo de todo el reverso, sin división alguna), caracterizado por el gran éxito de este instrumento epistolar, que nos deja ejemplares y estampas verdaderamente inolvidables y muy apreciadas por los coleccionistas. Hojeando este voluminoso catálogo, localizo las series que en él figuran, referentes a Cáceres. Descubro que aún me faltan varios ejemplares, de las más antiguas, algunas que ni siquiera he llegado a ver materialmente con anterioridad. Habrá que ponerse a hurgar en viejos baúles, desvanes llenos de polvo, y por supuesto, en la telaraña de internet, en una búsqueda que promete ser apasionante. 


Con las tareas profesionales cumplidas, no podía dejar aprovechar esta oportunidad, aunque fuera con la agenda muy limitada, para tener algún contacto con el mundo literario de la capital. En la semana de resaca de la Feria del Libro, las habituales ofertas en cuanto a presentaciones, nuevas publicaciones y lecturas, se hayan ligeramente afectadas por ese cansancio de tantas intensas jornadas. 

Aunque las principales librerías de la ciudad conservan su programa cultural, opto por hacer una visita al editor de mis últimos libros, en plena gestación del siguiente. No queda muy lejos de mi hotel la sede de Ediciones Vitruvio y su alma mater, Pablo Méndez, ya me esperaba tras la finalización de mis obligaciones laborales. 

Rodeados de libros, la mayor parte de ellos, de poesía, con el color negro de la colección "Baños del Carmen" como fondo de escenario, hemos hablado de lo divino y de lo humano, de versos, de poetas, de proyectos de uno y de otro. Aún mi libro "Líneas de tiempo", que integran cuatro poemarios inéditos que desde hace años anhelaba ver impresos, se encuentra en elaboración, pendiente de la parte gráfica que servirá para iluminar este amplio recorrido poético. Quedamos en darle el pistoletazo de salida en Madrid, con obligado acto posterior en Cáceres, sin hablar todavía de fechas. Será un trabajo bien distinto, al integrar ilustraciones, algo nada habitual en la colección de poesía de Vitruvio. 


Anda Pablo atareado con numerosas ocupaciones, mientras sigue creciendo el ya ingente catálogo de su editorial, enriquecido con volúmenes de otros géneros, como el reciente libro de Paco Castañón sobre el mayo del 68 francés o la novela de Antonio Daganzo, "Carrión", que acaba de obtener un merecido premio en Valladolid. 

Salimos a la calle, y mientras Pablo sube a su moto, perdiéndose por el desquiciante mapa viario de Madrid, vuelvo a reincidir en el territorio del papel, adentrándome en otro laberinto, el de La Casa del Libro de Goya, destino quizá de algunos de esos libros de provisional hospedaje a raíz de las obras en Gran Vía. Laberinto con mayúsculas el de esta librería, especialmente en su planta sótano, donde no vendría mal contar con un ovillo como el de Ariadna. Al regresar al mundanal ruido de la avenida, enfilo hacia O'Donnell con la silueta de Torrespaña en la lontananza, ya cayendo la tarde. 


El día de vuelta suele venir marcado por las prisas. Preparar el equipaje, colocar, a modo de rompecabezas, los libros entre la ropa y demás objetos personales, intentar cerrar la maleta, cuyo fuelle necesariamente ha visto crecer su volumen. 

Pillar un taxi. Hay que completar las jornadas de estudio y enfilar la ruta hacia la estación para subirse a un tren. Dicen que el viernes 15 hay huelga en el metro y que la densidad del tráfico puede ser superior a la habitual. Es fácil constatar tal circunstancia al incorporarse a la vorágine de las calles. Mientras el taxista sortea el difícil tránsito hacia el destino marcado, pienso que la víspera anterior podía haber acudido a la librería La Central, donde varios grandes de las letras oficiaban la presentación de un nuevo trabajo. Me enteré ya tarde, navegando por Facebook. Luis Antonio de Villena presentaba su libro "Mamá" rodeado de otros autores, como Álvaro Pombo. Habría sido una oportunidad para flirtear de nuevo con el siempre histriónico e imprevisible albero de los escritores madrileños desde la condición de anónimo que tiene uno. Otra vez será. 

Ahora, en los muelles de Atocha un gran gentío aguarda la llegada del convoy de turno, escudriñando los números de vía en las pantallas. Me tocará volver a subir a bordo de un Talgo años después, esperando que poco a poco la situación del ferrocarril que conduce hacia tierras extremeñas se dignifique como corresponde al siglo en que nos encontramos. 




domingo, 3 de junio de 2018

Tres poetas extremeños. Tres extraordinarios libros

Por segundo año consecutivo, no he pisado la Feria del Libro de Madrid. Quizá sea porque tengo toda una pila de lecturas atrasadas, que día a día se incrementan, por cierto, o porque mi oferta literaria personal se encuentra, si me permiten el anglicismo, en stand by, con dos libros que aguardan ser publicados y otro en pleno proceso de cimentación. Se acerca no obstante el verano, estación a la que se le suponen minutos de tiempo libre y promesas de laxitud que permitan abordar cuantas empresas han quedado pendientes y apuntalar las que ahora solo son proyectos de cara a los próximos meses. 

Como uno es lector incorregible de poesía, celebro con satisfacción los nuevos títulos de dos autores extremeños amigos, magníficos poetas, y que siempre es un gusto leer. Me refiero a los flamantes poemarios "Esperando las noticias del agua", de Basilio Sánchez, que acaba de publicar Pre-Textos, en la colección "La Cruz del Sur", y "Micrografías", de Irene Sánchez Carrón, que se incorpora a la colección "Visor", tras haber obtenido el XVI Premio "Emilio Alarcos". Ambos libros, que ocupan ahora mi mesita de noche, dicen mucho de la madurez de sus autores, del discurso medido y reflexivo que destilan sus versos, cargados de  cotidianidad, donde la mirada del poeta engendra palabras que dicen mucho de sí mismo, del mundo que le rodea, de la impronta del tiempo sobre las cosas. Es una lectura de la complicidad, donde el lector se impregna de un mensaje cercano, fácil de asumir como propio, donde el idioma discurre igualmente próximo, con la elegancia y mesura a la que estos autores nos tienen acostumbrados. 



Basilio Sánchez (Fotografía Wikipedia)



Irene Sánchez Carrón (Fotografía Jorge Rey)

En este repaso de las nuevas publicaciones de autores extremeños, no podemos olvidarnos del último libro de otro extraordinario creador, José Antonio Ramírez Lozano, también en Pre-Textos; "Epifanías". Muy diferente en planteamiento, construcción y contenido poético respecto de los anteriores, articula el poeta su verbo en torno a la experiencia de la fábula, del suceso, de la anécdota, con recurso a elementos y argumentos tradicionales, no exentos de tintes culturalistas, magistralmente reconducidos al terreno de la poesía, con un lenguaje impecable, elección certera de la palabra precisa en cada caso, y un inequívoco zarpazo moralizante, perfectamente ensamblado en la estructura del poema y a la medida del estilo que caracteriza al autor.  


José A. Ramírez Lozano (Fotografía: Deskgram. org)

Libros que son una delicia, en definitiva, y que nos acercan a lo que entiendo debe ser la verdadera poesía.  



domingo, 27 de mayo de 2018

Las aguadoras de Cáceres: Fotografías y Tarjetas Postales

Grata sorpresa la de esta mañana, en el Diario HOY, a raíz del artículo que firma Sergio Lorenzo en el que se hace referencia al libro "La Tarjeta Postal en Cáceres (1900-1940)", editado por Cicon Ediciones en 2002 y del que figuran como autores María Antonia Fajardo Caldera y quien ahora escribe, Jesús M. Gómez, libro que junto a su gemelo "La Tarjeta Postal en Badajoz 1900-1931", de la misma editorial y año, obra de Francisco Javier García Ramos, fueron pioneros en su momento de otros que vinieron después y que desarrollaron esta temática de la cartofilia a nivel de la Comunidad de Extremadura. Recordamos, así, entre otros, "La Tarjeta Postal en Badajoz (1932-1962)", también de Francisco Javier García Ramos (Cicon Ediciones, 2003); "Recuerdo de Mérida (1900-1935)", de José Caballero y Carlos J. Carvajal; "La Tarjeta Postal en Extremadura (2003)", de Carlos J. Carvajal y Francisco Jiménez Díaz, y "Tarjetas Postales de Hervás", de José M. Castellano, publicado por Ediciones del Ambroz.  Para quienes vivimos la pasión de este tipo de coleccionismo, fueron años de búsqueda, de rescate, tratando de reconstruir el catálogo de ediciones de las tarjetas postales editadas en Extremadura a lo largo del siglo XX, con especial atención a las más antiguas, por cuanto venían a suponer un verdadero viaje al pasado, al mostrar a través de sus imágenes cuál era la estampa de nuestras ciudades, casi cien años atrás. 


Aguadoras y otros tipos populares, junto a la Torre de los Pozos. Fotografía procedente de cristal positivo estereoscópico, realizada por Xavier Parès, año 1915.



Se centraba el artículo de Sergio Lorenzo en la colección de tarjetas postales editadas por el fotógrafo francés Luciano Roisin, en Barcelona, en torno a 1930, pero con imágenes realizadas anteriormente, durante la década de los años veinte del pasado siglo. Se trata de veinte tarjetas que fueron editadas en sepia y también "iluminadas" en color, con motivos tan atractivos como las aguadoras de Fuente Concejo, a las que se alude en la crónica periodística, la Plaza Mayor de Cáceres, la Casa de las Veletas, el Palacio de los Golfines, la Iglesia de Santa María o el Arco de la Estrella. Sus negativos fueron reproducidos posteriormente en otras colecciones de tarjetas, ya de menor interés para el coleccionista. 



Pareja de Tarjetas Postales con las aguadoras de Fuente Concejo, en sus versiones sepia y coloreada, editadas por Luciano Roisin. 

Pero, volvamos a la historia de nuestras entrañables aguadoras. Representan sin duda la imagen de toda una época que ya nos parece muy lejana, aquella en la que portando sus cántaros, llevaban el agua hasta sus casas desde las diversas fuentes situadas en la periferia de la ciudad, como Fuente Concejo, Fuente Fría, Fuente Rocha, y otras muchas. Como se observa en las imágenes, eran mujeres de todas las edades, y la historia de sus vidas no es sino la de la propia ciudad de Cáceres, en la que vivieron, y donde seguramente residirán todavía sus descendientes. Regresemos por unos instantes a aquellos tiempos. En las tarjetas postales, las fotografías llamadas estereoscópicas, aparecen en no pocas ocasiones estos típicos personajes, iconos de una forma de vida y de un tiempo, que gracias a ellas nos es posible recuperar. Mostraremos algunos ejemplos con imágenes procedentes de mi colección particular, que van más allá de la serie de postales de Luciano Roisin y que se reproducen a continuación, a modo de homenaje a estas mujeres. 


Fotografía procedente de estereoscópica, donde se observan las aguadoras procedentes de Fuente Concejo durante los años veinte del pasado siglo. Obsérvese no solo su indumentaria, sus cántaros, sino el paisaje urbano posterior, con la carretera que conduce al Santuario de la Montaña, prácticamente sin edificaciones, solo las casas que circundan la fuente. 


La Fuente de Concejo hacia 1915. Fotografía procedente de cristal positivo estereoscópico realizada por Xavier Parès. 


Otra de las imágenes de la serie de Luciano Roisin, donde se observa la subida a la Montaña y el Santuario, al fondo. En torno a finales de la década de los años veinte. 


Ya en los años treinta, continuaba la fuente siendo punto de encuentro para el suministro de agua de los cacereños. 


Interesantísima fotografía, también de los años veinte (procedente de estereoscópica), con las aguadoras camino de la fuente, atravesando el Arco de la Estrella y junto al Adarve. 

Pero, como relatábamos, no solo la Fuente de Concejo fue la única de la que los cacereños y cacereñas obtenían el agua en aquellos años. Otras fueron también muy populares, como Fuente Fría, en las proximidades del Convento de San Francisco, y otras como la llamada Fuente de Hinche, que también servía de lavadero. En la colección de postales editadas por Eulogio Blasco, personaje muy popular en el Cáceres de la época, fotógrafo, pintor, conocido como "El Mudo", que tuvo tienda en la calle Pintores de Cáceres, llamada "El precio fijo", conservamos algunas postales en las que también aparecen aguadoras, y él mismo las tomó como modelo de sus cuadros, también luego reproducidos en forma de tarjeta postal, retratando ese Cáceres en que vivió. 


Aguadoras en el Puente de San Francisco, procedentes de Fuente Fría. Colección Eulogio Blasco, hacia 1920. 



Postales de la Serie "Tipos Cacereños", sobre cuadros de Eulogio Blasco, en las que también vemos a las típicas aguadoras, presentes en el Cáceres de los años veinte. En la primera, junto al Portal del Pan, con la Plaza Mayor al fondo, con su bandeja central, sus "aguaduchos" y la Torre de Bujaco con templete. En la segunda, frente a la Torremochada, junto a la ermita de las Candelas. 


Los Pilares de San Francisco (actualmente en el Foro de los Balbos), hacia 1940.
(Tarjeta Postal Foto Javier)

Y terminamos este pequeño recorrido con otras fotos o tarjetas más modernas, fechadas hacia los años cuarenta del pasado siglo, con estampas igualmente típicas de ese Cáceres, que nos ofrecen un escenario que ya solo pertenece al recuerdo.  


Fuente de Hinche. Aguadores y lavanderas (fotografía)


Plaza de Santa María. Aguadora y tipos populares (fotografía)


Arco del Cristo (interior), Aguadoras procedentes de Fuente Concejo. Años 40. Tarjeta Postal, Ediciones Arribas núm. 73 


























domingo, 20 de mayo de 2018

Antonio Machado, la resurrección de un poeta.

Llevo investigando y leyendo sobre Antonio Machado desde hace unas semanas a fin de preparar la presentación del libro "Mis cartas a Antonio Machado. Memoria inacabada", del profesor y escritor José María Sánchez y Torreño, que tendrá lugar el próximo sábado, 26 de mayo, en el Salón de Actos del Museo de Cáceres, a partir de las 20:30 horas, como colofón al curso del Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova de Cáceres. Tras la lectura de la obra, amplio, documentado e intenso trabajo por parte del autor, se hacía necesario bucear en el personaje y la producción del poeta sevillano con el propósito de dar una mejor cobertura a los conocimientos que de él siempre había tenido y que en su mayor parte venían a limitarse a su poesía. Interesaba la personalidad del hombre, su trayectoria vital, las circunstancias en las que se desarrolló su escritura, los debates surgidos en torno a su contenido, sin descuidar la épica del personaje y el impacto que en su vida habría de tener el conflicto civil que asoló nuestro país. 


Qué mejor forma de investigar que siguiendo el rastro a los libros que en mi biblioteca tenía del poeta, muy reveladores de la forma en que su palabra y su andadura fueron cuajando poco a poco en la cultura española de los años del siglo veinte posteriores a su exilio y muerte en Collioure, donde se encuentra su tumba. Esta visión del Machado progresivamente rescatado, a la que el profesor Sánchez y Torreño dedica varias de las cartas que integran la obra que vamos a presentar, resulta fácil de seguir a través de los libros publicados en España durante el período de vigencia del régimen franquista hasta nuestros días. A algunos de ellos dedicaremos esta entrada. 

Mencionado por Sánchez y Torreño, debemos comenzar con la imprescindible referencia a las "Poesías completas", que en la editorial Espasa Calpe se publican prologadas por el escritor Dionisio Ridruejo y de las que dispongo de un ejemplar de su quinta edición, publicada en 1941. Lo primero que llama la atención de este tomo es el retrato de Antonio Machado que inaugura el volumen, dibujado en 1933 por su hermano José, quien luego le acompañaría en ese triste camino de la diáspora, y que más tarde emprendería la suya propia, cruzando el océano hasta afincarse en Chile. Controvertido sin duda el prólogo de Ridruejo, en aquellos momentos intelectual del régimen, del que luego se convertiría en opositor, nos presenta a un Machado "secuestrado moral", a cuyo rescate llamaba, si bien salvando aquello que "era patrimonio de España", lo que vino a suponer la preterición de contenidos que pudieran ser contrarios al sentir ideológico del momento en que tal rescate se efectuaba. Para Ridruejo, con la muerte de Machado moría la melancolía de España, "la melancolía que pudo llevar a España y lo llevó a él al error y a la muerte". Se publica pues al poeta pero se cercena su obra por motivos esencialmente ideológicos, como hemos dicho. 


La versión, digamos que, autorizada, de la obra machadiana se mantendrá no poco tiempo dentro de parámetros similares, aun cuando nadie podrá discutir su importancia en el marco de la literatura española. Se preguntaba Julián Marías en el prólogo a la Antología Poética publicada en 1969 por la editorial Salvat dentro de aquella Biblioteca Básica (libros RTV), presente en muchos hogares de este país y hoy en los puestos y librerías de viejo, si Antonio Machado era "el mejor poeta español de nuestro tiempo", para llegar a la conclusión de que era "otra cosa: un poeta irrenunciable", y pasados treinta años desde su muerte, "el poeta que más importa a los españoles". Esta Antología, núm. 16 de la mentada colección, condensa la producción poética más conocida de Machado, sus poemas de Soledades, Campos de Castilla, el romance "La tierra de Alvargonzález", Proverbios y Cantares, algunos Elogios y termina con algunas de las Canciones a Guiomar. 


Ni un verso de sus "Poesías de Guerra", que solo veremos, y también de forma fragmentaria, en las Poesías Completas que publicará Espasa Calpe en la Colección Austral con prólogo de Manuel Alvar, cuya primera edición es de 1975, el año en que fallece el General Franco. En mi biblioteca tengo la de 1980, y se comprueba que tales poesías completas propiamente no lo son. Como en la edición de Ridruejo, sirve de frontispicio el poema que Rubén Darío dedicase a D. Antonio y que aquí figura en la propia cubierta del libro. No será hasta la cuadragésima novena edición, en la misma colección Austral, cuando finalmente podamos disfrutar de un Machado libre de recortes. En la reimpresión de 2018, se llama la atención acerca de que finalmente se logró la verdadera rehabilitación del poeta: "esta edición no solo incorpora los poemas escritos durante la guerra civil, largamente hurtados a la lectura de los españoles, sino que añade una veintena de textos hasta ahora dispersos y prácticamente desconocidos". Cuesta pensar que poemas de tanta belleza y dramatismo como el que dedicase a la muerte de Federico García Lorca: "El crimen fue en Granada", hubiera sido, efectivamente, hurtado a los lectores y solo publicado en editoriales foráneas. 



Nadie puede cuestionar  hoy en día la vigencia y actualidad del discurso poético machadiano, aun cuando puedan resultar controvertidas algunas facetas de la personalidad del autor, como expone Juan Malpartida en su obra "Antonio Machado, vida y pensamiento de un poeta", publicada por Fórcola, en el presente año 2018. También en estos meses, la Colección Visor de poesía alcanzaba su número mil y lo celebraba con la edición de un volumen dedicado a Machado donde autores españoles y latinoamericanos le rendían homenaje a partir de aquel verso que sería el último de los suyos, hallado en sus bolsillos en un papel arrugado: "Estos días azules y este sol de la infancia". 


En este marco, y cuando el próximo año se cumplirán ochenta años de la muerte del poeta, aún candentes debates como el del retorno a España de sus restos, el libro que presentaremos para cerrar el curso en el Aula de la Palabra deviene, si cabe, más necesario para descubrir y aproximarse a una figura imprescindible en la literatura y el sentir de una etapa convulsa de nuestra historia, algo que fácilmente se consigue a través de las cartas que Sánchez y Torreño remite desde sus páginas al buzón que en Collioure acompaña el descanso del poeta.  













viernes, 11 de mayo de 2018

Meses de pérdidas, de despedidas.

Ya es mayo y los meses han ido pasando con crudeza desde aquellas primeras jornadas del invierno, cuando enero y febrero vestían los ropajes del calendario, dando luego paso a un marzo desbocado de aguaceros, enmascarando los brotes de una primavera cautiva. Esta climatología de alocados vaivenes se ha hecho sentir también en la fibra de quienes, con las fuerzas justas, avanzaban a trompicones por los caminos de la vida, con los zapatos ya gastados y las arrugas marcadas. Rostros invernales azotados por el látigo de las borrascas, doloridos por los surcos del cansancio. 

Estos meses han sido de continuas despedidas, de tristes adioses, de naves aguardando emprender su última travesía, allá donde el horizonte apenas es tangible y caducan para siempre las mañanas. ¡A cuántos buenos amigos hemos perdido en esta espiral de polvo y de vacío!  Me miro las manos, con las que no podré volver a estrechar las suyas, los brazos que ya no rodearán de nuevo sus cuerpos, los labios, que ya no besarán sus tibios pómulos... En febrero fue ella, tan cercana, tan viejecita, durmióse en el silencio de la madrugada. Luego, la llovizna cómplice de la tarde, la escarcha del camposanto, la soledad becqueriana de la postrera morada. 


Más nombres se incorporaron al pasaje, exhausto marzo por el empuje de las aguas, dibujando un tránsito de libélulas y torrentes de almagre. Inapelable la decadencia escrita en los ojos de los ancianos, en la sequedad de sus miembros cariacontecidos, delatora la tos, articulando inoportunos monólogos. 

Él aguardó hasta mayo para coquetear con el crepúsculo, para enviar su última carta, sin franqueo ni marcas postales. Entretanto, mirarse al espejo es descubrir nuestra pequeñez, hasta qué punto somos vulnerables. Uno no ha dejado de verlo en ellos, en la impunidad de esos adioses que se han sucedido a pocos metros, casi rasantes, "el ser de repente solo un cuerpo / humillado y triste / en el umbral del último viaje /".  

Para quienes se fueron en estos días, en carne viva vayan hoy mis palabras, el cariño y el recuerdo, capaces de resistir el envite de las sombras.