Por segundo año, nos ha tocado vivir una extraña Semana Santa. Unos días de ausencias, de silencios, de sentimientos interiorizados y afiladas incertidumbres. Bosteza la ciudad, herida y triste, el ocre de las callejas, aguardando que maduren los sonidos de un futuro inseguro. Al menos este abril no latirá preso tras las ventanas, caricatura de la primavera. El mundo permanece entreabierto, a media voz, traslúcida imagen de las cosas, teñido de urgencias y nostalgias. Gime el incienso dentro de los templos, solo el recuerdo ilumina la madrugada de unos días que parecen desnudos, en un paréntesis de arcilla y ansias, con los senderos desiertos, llenos de interrogantes. Le falta algo a esa noche, descarnada y huérfana. Ni el tañido de una esquila ni el bullicio de la gente al acabar el desfile, ni la calle oliendo a cera, a garganta y a saeta. Duelen tantas vigilias en blanco, duele el dolor de los que se fueron, duele que seguimos sin saber a dónde vamos.
El pasado jueves se inició el ciclo de conferencias "Tribuna del Coleccionismo" que organiza la Asociación Cultural Filatélica y Numismática Cacereña. Tuve la oportunidad de inaugurar este curso con un recurrido virtual por la Historia Postal y los recuerdos del Cáceres romántico, mediante una presentación de PowerPoint en la que pudieron verse imágenes procedentes de tarjetas postales, cartas, fotografías, programas de cine y otras modalidades de papel antiguo, todo ello referido a la ciudad de Cáceres, encadenados fotogramas que nos devolvieron por unos instantes los aromas y la fisonomía de un tiempo ya apergaminado en las páginas del recuerdo. Aunque no soy especialmente proclive a eso de celebrar el "Día de...lo que sea", en la inercia de que el veintiuno de marzo se identifica con la poesía, rescataré del elenco de imágenes de mi reciente presentación algunas que, de una u otra forma remiten a la literatura y, por ende, también al género poético.
En los años treinta del pasado siglo, en tiempos de la llamada "Edad de Plata" de las letras españolas, se inauguraba en Cáceres la que fue durante varias décadas su sala de referencia, el Cine Norba. Había comenzado a construirse este cine en la confluencia de las avenidas de España y Virgen de la Montaña, siendo en la época el segundo más grande de España, con 2.000 butacas. La primera película que se proyectó fue “La amargura del Capitán Yen" (1933). Desde entonces, y hasta el 31 de julio de 1967, en que cerró sus puertas, fueron muchas las cintas que se pudieron disfrutar en su pantalla, una gran parte íntimamente ligadas a la literatura, pues eran adaptaciones de novelas u obras teatrales. Haremos un repaso de algunas de ellas a través de los programas de mano que se elaboraron para la ocasión.
Tal día como hoy hace un año asistíamos al final de una forma de entender las cosas, de enfrentarnos a la vida. Nada de lo que vino después nos era conocido de antemano. Porque si algo hemos aprendido de los acontecimientos de estos últimos meses es que no hay territorio ni modus vivendi que esté libre de imprevistos y tensiones, que el cielo puede hacerse añicos sobre nuestras cabezas sin que seamos conscientes de ello. Solo cuando sus pedazos se nos acaben incrustando en la piel, cuando duela ser huérfanos de la luz. Un año atrás, nos dejábamos llevar entre el bullicio de las avenidas, obscenamente cautivos de la multitud, resplandeciente el mediodía, apropiándonos de cada segundo, de cada sílaba, en un intenso e ininterrumpido poema. Recuerdo aquel siete de marzo en las calles de Madrid, todavía indemnes, la sobremesa en la Cuesta de Moyano, el encuentro con Jorge Guillén y Jorge Luis Borges, el fugaz itinerario por el arte que nos llevó hasta el Guernica. Jornada de imágenes y de libros, pilares que lo han sido también luego, cuando el silencio y la penumbra lo inundaron todo. ¡Qué distinto habría sido vivirlo sin ellos! Fueron y siguen siendo el mejor antídoto contra el desencanto, imprescindibles luminarias en la desértica realidad que trasmutó nuestra realidad de siempre y la hizo tributaria de otros oficios, de otras profilaxis. Libros para construir un nuevo futuro, para apuntalar los maltrechos andamiajes de un presente expuesto al temor del naufragio, a la demencia de lo imprevisible. Libros para saturar los estantes hasta hacerlos combarse, sin tiempo material para desentrañar los renglones y la arquitectura de sus páginas. No podría destacar una historia sobre otra, un verso por encima de otro verso. Desde Borges hasta Brines, rescatando nombres y estilos, descubriendo nuevas maneras de interpretar el mundo, el óleo de la palabra supo ungir con su transparencia la cotidianidad de unos días hurtados al abrazo, conscientes de su quebradiza factura. En algún momento volveremos a percibir la belleza como antes, a permitir que el sol inocule su caricia por nuestros poros. Ahora que la primavera regresa.
Ayer tuve la satisfacción de presentar el magnífico libro del poeta Fernando López Guisado, "Vestido de verde hacia Nunca Jamás", publicado en la Colección "Baños del Carmen" de Ediciones Vitruvio. Fue en el marco del Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, en una nueva velada telemática que contó con la participación de personas procedentes de muy diferentes ámbitos geográficos y culturales. Una vez más, fue un verdadero placer contribuir a la difusión de una obra, en esta ocasión, de poesía, a la que merece la pena acercarse y que sin duda, no dejará indiferente a los lectores.
Reproduzco a continuación la reseña íntegra de la presentación realizada.
FERNANDO LÓPEZ GUISADO en el Aula de la Palabra:
“Vestido de verde hacia Nunca Jamás”
Cáceres y Madrid, 19 de febrero de 2021
La pandemia irrumpió entre nosotros a dentelladas, abriendo brechas de silencio y de distancia. Una realidad distinta, amurallada y tóxica, para la que no estábamos preparados descargó su furia en las trincheras, donde la vida y la muerte protagonizan un difícil equilibrio, donde duelen las palabras y supuran los aguijones de la soledad y la ausencia. La crisis se ha sentido de lleno en los pasillos de los hospitales, en los boxes de urgencias, en el hermético reducto de las ucis. La hicieron suya médicos, enfermeros, auxiliares, celadores… Nuestro poeta de hoy ha contemplado con perplejidad su reflejo en las cristaleras, en las traslúcidas placas de las radiografías, ha llegado a preguntarse quién era ese que le miraba vestido de verde desde el otro lado, buscando acaso un purgatorio para escapar cada día del aliento del vértigo y de la rutina.
“Vestido de verde hacia Nunca Jamás” no es un libro sobre la pandemia ni un diario del confinamiento. Tampoco una suerte de instantáneas surgidas de la percepción que un sanitario ha tenido del tsunami provocado en los hospitales a consecuencia del virus. No faltan referencias y reflexiones al entorno cotidiano, a los estigmas de la enfermedad y la incertidumbre, a la opresión del aire viciado que golpea las fibras de la mascarilla. Por encima de ello, el nuevo poemario de Fernando López Guisado es, ante todo, un recorrido por los senderos del amor y la nostalgia, un monólogo sembrado de añoranza, donde el tú y el yo se alternan a la búsqueda de un espacio compartido. Auténtica declaración de intenciones del poeta es el texto “Notas sobre no escribir un poema”. Desde la monótona cotidianidad de un trabajo maniatado por la pandemia (es el único poema en el que se menciona expresamente), el autor marca su recorrido existencial, las claves de un sentimiento que trasciende los protocolos de este tiempo malherido. Como Peter Pan, o quizá también Le Petit Prince, desde su planeta, el protagonista contempla el universo “tan pequeño y solo / pensando en el amor / sin ti bajo el cielo impoluto/ y su enorme vacío negro”.
El cosmos en que se mueve la poesía de López Guisado y que ya se dibujaba en obras anteriores como “Rocío para Drácula”, también editado por Vitruvio (2014), se encuentra situado donde el crepúsculo se pierde y la ciudad difumina sus avenidas. Es un territorio poblado de seres que deambulan en los límites de lo onírico. Allí el recuerdo se hace tangible y los poros destilan efluvios de verso. De todo ello dan cuenta poemas como “Skyline”, “Héroes” o “Sepelio”, que muestran ese croma de secuencias vespertinas en el que se proyectan personajes teñidos de reminiscencias góticas, siluetas fantasmales que, como “ensoñaciones de Lovecraft” acompañan al poeta en su búsqueda de sí mismo “bajo la capa de ozono”.
Es precisamente el poema que lleva ese título, “Bajo la capa de ozono”, otro de los puntales imprescindibles para desentrañar la poética de López Guisado. En estos versos, el autor se confiesa y desconfina sus sentimientos, a manos llenas, con total transparencia: “Este asunto de los poemas/ nunca me dio un duro/ y sí muchos disgustos/y un verso no lo vale”. No necesita recurrir a artificios ni retorcidos recursos lingüísticos, su savia creativa brota de la sinceridad, de la soledad, de las largas horas en blanco, o quizá mejor, en verde, cuando el secuestro de la luz hace más dolorosa la falta del ser amado y las carnes se estremecen: “Desde que no estás / no sé ni dónde estoy”, son los versos que inauguran el poema “Bala de plata”, en el que asistimos al tránsito iniciático del protagonista que pugna por alcanzar ese país de las nubes que se le resiste en medio de la correosa atmósfera donde el tiempo deshoja gota a gota los minutos del reloj.
Entretanto, la añoranza se torna ahogo, en poemas como “Respirador”, y “Va para largo”, este último que contiene los versos que dan título al poemario. Todo tiene sentido cuando el sentimiento y la proximidad llevan su nombre y su aroma, ese “tango de mujer” sin medida, que con sus pasos de baile consigue desterrar el aullido de los demonios. El mundo no se detiene y el poeta no es ajeno al rastro que van dejando los testigos del granizo que se precipita sobre los edificios, sobre los cuerpos maltrechos que sucumben víctimas del calendario. El poema “Fe de roedor” es un retrato descarnado del abril pandémico, del paisaje distópico, asilvestrado y congelado de la urbe, tiznado de lejía y gel hidroalcohólico, donde la muerte y la ausencia campan a sus anchas, en medio de un naufragio que no da tregua.
Mas bien sabe López Guisado cuál es el ideario del poeta, aquello a lo que debe aspirar y dónde se encuentran sus límites. Con rotundidad esculpe los preceptos de su decálogo, intensos y lacónicos aforismos que se suceden sin solución de continuidad en el poema “Anáfora”, y que pueden condensarse en dos grandes postulados, el de la supervivencia, “un poeta debe resucitar sin miedo cada día” y el de la fidelidad, “un poeta debe hablar de amor o el mar, casi lo mismo, de ti”, “un poeta debe escribirte mucho”.
La conclusión es la de que “¿Qué más se puede pedir?”. El yo es un espectador de su propia realidad que se mira desde fuera, que asume sus imperfecciones y se sabe lejano del oído de unos dioses que no le comprenden. Fernando López Guisado es trasunto del poeta que ha aprendido a interpretar los códigos de la vida a través de una placa de tórax. Allí, tras la parrilla costal late un corazón vivo e inquieto, que pide reescribir “el tema de la poesía”, que apura a cada sorbo el café aguado de la máquina de la sala de enfermería, siempre de pie, siempre tentando con sus dedos el destino que le aguarda en su viaje hasta la segunda estrella a la derecha, y luego, todo recto hasta el amanecer.
En esta primera entrada del Blog "ESCENARIOS" del año 2021, reproduzco la reseña íntegra que he escrito tras disfrutar de la lectura de la novela "El brindis de Margarita", de la escritora Ana Alcolea, que nos ha acompañado en la tarde del viernes 15 de enero, desde Trondheim (Noruega) para comentar su obra y descubrirnos algunas de sus claves, en el marco del Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, de Cáceres.
ANA ALCOLEA en el Aula de la Palabra:
“El brindis de Margarita”
Cáceres y Trondheim, 15 de enero de 2021
Para quienes nacimos en la década de los sesenta del pasado siglo, la experiencia vital de la protagonista de “El brindis de Margarita”, la más reciente novela de la escritora aragonesa Ana Alcolea, nos ha de resultar necesariamente cercana. Es este un relato introspectivo en el que, con la excusa de vaciar la antigua casa familiar, Margarita, en clave de primera persona, regresa al escenario de sus años de infancia y adolescencia, reencontrándose con los fantasmas que marcaron su camino hacia la madurez.
El tiempo. El que habita entre dos titulares de prensa. El que se deja sentir entre dos imágenes en un mismo espejo. Respira Margarita el aire momificado de las estancias cerradas. Aún le son tangibles las huellas, las voces de quienes allí escribieron la novela de sus vidas. Mas no son indulgentes los años ni la edad. Tampoco su banda sonora. Sobre todo si se vive en un país como el nuestro, proclive a continuas sacudidas y ácidas controversias. En aquellos años del blanco y negro, de Eurovisión y del NODO, todos crecimos al ritmo de las noticias del telediario, cautivos de una atmósfera plagada de contradicciones, sobresaltos, ocultos rencores y candentes miedos, vástagos de una generación forjada a la medida de los dictados del pensamiento único, cuya mentalidad entraba en conflicto con las nuevas formas de ver el mundo que iban tiñendo la sociedad, burbujas herméticas, universos irreconciliables.
Ahora se habla mucho de “La transición”, pero los jóvenes y adolescentes de hoy solo han conocido una España, la del 78. Los padres de los llamados “Millennials” son de la edad de Margarita y sus amigas, y en sus casas, acaso habrán oído a los abuelos contar algún episodio de los años duros de la posguerra. Pocos conocerán a Labordeta o Víctor Jara, y de los Brincos, solo Juan Pardo queda vivo, retirado hace años. Ana Alcolea resucita historias y sensaciones que pertenecen a una generación que ahora ocupa el lugar atribuido entonces a los padres de su protagonista. Y lo hace enhebrando las experiencias de Margarita con el fluir de los acontecimientos que desde la década de los setenta hasta hoy sembraron de cambios nuestra cotidianidad.
Muchos fuimos también a colegios de curas o de monjas. Hicimos la Primera Comunión cuando “Jesucristo Superstar” se proyectaba en los cines. Y en casa, con el mundial de fútbol de Argentina, disfrazábamos nuestra televisión con celofán de colores para hacer creer a nuestras pupilas que podían distinguirse las camisetas de los jugadores. En mi colegio, uno de los franciscanos escuchaba a Fórmula V y a Nino Bravo. No podía creer que este hubiera muerto en aquel fatídico accidente de tráfico en 1973, como luego le sucedió también a Cecilia y a otros tantos.
La libertad. Libertad sin ira, como en la canción que popularizó Jarcha. Pero ¿qué era la libertad? Algo que se interpretaba de formas muy diferentes. Ana Alcolea traza con precisión los márgenes de ese concepto a través de los personajes de su novela. Sortea puntos de vista enfrentados e incompatibles, los de quienes amparados por una seguridad que maniató sus expectativas, solo sabían vivir poniendo diques al horizonte, y los de quienes, en el extremo opuesto, aguardaban la voladura de una realidad que ya duraba demasiado. Mientras hurga en los rincones de su vieja casa, Margarita transita en su itinerario removiendo sentimientos perdidos, reflexionando en la soledad de unas habitaciones impregnadas de recuerdos acerca de cómo el inapelable zarpazo de los años transformó todo y la transformó a ella. Y es que, la escritora que protagoniza el relato, trasunto quizá en gran medida de la propia Ana Alcolea, con la que comparte oficio, ciudad natal e incluso año de nacimiento, ya no es la misma que vivió bajo ese techo y anduvo por esas calles, como tampoco lo son las personas a quienes observa desde su balcón. Acaso solo aquellas amigas con las que comparte velada y con las que intercambia reflexiones y vivencias o la impenitente vecina, testigo y custodio de esa época ya caduca que vuelve a la vida por unos instantes alumbrando sorpresas y olvidadas pesadillas con nombres propios que una y otra vez martillean en su memoria y se pasean, tangentes siluetas a lo largo de esos días de mudanza.
Dibuja Alcolea las dos orillas de un tiempo de aprendizaje. El despertar de esa Era de Acuarioque celebraban los figurantes de la ópera rock Hair, en plena tormenta antibelicista de finales de los sesenta. En España, aprendimos a ver las cosas en color, a ponerlas en el lugar en que siempre debieron haber estado, a mirarnos de igual a igual, con los mismos derechos y las mismas obligaciones. Pero, como recuerdan los protagonistas del relato, hubo una riva bianca, una riva nera, que diría Iva Zanicchi en su hermosísimo tema, contexto teñido de un trasfondo político capaz de sembrar la discordia y la desconfianza, algo que es mal endémico en este país tan dado a escenificar sus diferencias, a hacerse sangre, como la que tantas veces manchó las calles durante los llamados “años de plomo”. De una u otra forma, quienes un día compartieron ansiedades e inquietudes, blandiendo banderas en el nombre de la revolución, terminaron sintiendo en sus carnes los envites de una realidad con vida propia, imprevisible e imposible de controlar. Congelados en las páginas de los libros de Historia, en los borrosos fotogramas monocromos de las televisiones, personajes y sucesos aún conspiran y, en ocasiones, protagonizan flashbacks que rescatan instantes y aromas que creíamos dormidos para siempre, como aquellos brindis de antaño. Y de pronto, al descorrer los visillos de cualquier ventana o andar sin rumbo entre la multitud anónima, reconocemos un rostro, fijamos los ojos en otros ojos que regresan de repente desde el laberinto del olvido. Bien lo sabe Margarita y bien lo sabe Ana Alcolea. Ahora solo resta que los lectores se hagan cómplices de su recorrido.