domingo, 2 de noviembre de 2014

Se levanta el telón

Siempre me ha gustado el teatro. Teatro entendido como representación escénica en la que la palabra trasciende los límites del papel y toma cuerpo, desparrama sus sílabas en labios de personajes de carne y hueso, indaga innúmeras localizaciones. 
El teatro, como los guiones de cine, tienen su propia forma de escritura, su lenguaje. Es propicio el otoño a los escenarios, a las tramas de capa y espada, al amor rimado y a la nostalgia de los camposantos. El teatro es igualmente el ruido de los actores, las identidades, las vidas fingidas, las muertes impostadas. 


También en la realidad, uno tiene a menudo más de una vida; la que se ajusta a los reglones de la caligrafía y no se solivianta con los seísmos de la cotidianidad, la otra que bulle más allá de las apariencias, que levanta polvaredas y reescribe las facciones del rostro y los caracteres del espíritu. No es siempre fácil. Se trata de dar un portazo y aparcar siquiera provisionalmente el rigor, los rictus tensionados, las palabras que han de obedecer a una métrica inexorable. Es el teatro lo que aguarda al otro lado, el maquillaje estrafalario del actor que se cuela hasta la médula de su personaje y se confunde con él sobre las tablas. 


En estas horas de réquiems y pavanas, cuando resuenan en los oídos los decadentes diálogos del Tenorio, mi otro yo se regocija con la aventura de la escena, recogiendo el guante en un duelo abierto con los duendes de la rutina. 


El otro yo,
incómodo huésped
que no se rasga las vestiduras
ni maquilla los versos,

el otro yo deja abierta la llave del gas,
no se casa con nadie. 


En unos días, se alzará el telón. Comenzará pues el espectáculo y los figurantes ocuparán sus puestos. 





sábado, 18 de octubre de 2014

¿Siguen siendo útiles los blogs?

Hace solo unas horas, en el marco de los debates y ponencias del XI Congreso de Escritores Extremeños, que se está celebrando este fin de semana en la ciudad de Badajoz, benévolo el otoño veteado de ráfagas estivales, se ha estado hablando de blogs, de la literatura que se construye al amparo de la red de redes, con sus ilimitadas autopistas y sus indiscernibles atajos. Se discutía si estas bitácoras no empezaban a ceder en su hegemonía ante el empuje voraz de otro tipo de cauces y alternativas cibernéticas, como las llamadas "redes sociales", con su interactuar delirante, pero también con su inevitable fugacidad, inherente a su propia naturaleza dinámica. Algo así como levantar los ojos y contemplar inmóvil el tránsito inapelable de los aerolitos. Sin duda somos cautivos del ritmo acelerado de la información que transita por esos canales invisibles que desembocan en nuestros monitores, que se cuela en los bolsillos y nos muerde la piel a través de los chispazos del teléfono móvil.  



Ponencia de Álvaro Valverde y Mesa redonda sobre Blogs y Literatura en Internet

No obstante, uno continúa prefiriendo el sosiego de una escritura de márgenes más amplios, sin limitación de caracteres, que permita un desarrollo fluido de las ideas, donde el verbo tenga mayores oportunidades para someterse a la autocensura del creador.  No participo pues de la tentación de un lenguaje cuasi telegráfico, donde la condensación y el acrónimo vayan progresivamente quitando espacio al sano ejercicio del párrafo y a la posibilidad infinita de corregir una y otra vez el mensaje, siempre imperfecto y sin pulir. Sí que no me caracterizo por la regularidad y mi pobre cuaderno de bitácora sufre de los contratiempos del viaje, de la desidia misma del autor que con dificultad escudriña ese momento en el que ponerse manos a la obra para proseguir el relato de una travesía con muchos puertos y escalas, escenarios en suma que el espectador se resiste a dejar pasar de largo. Hoy le ha tocado el turno a las reflexiones del Congreso de Escritores, a la impregnación de maestros como el cineasta Manuel Gutiérrez Aragón, con su palabra construida a base de planos y fotogramas, con una narrativa que se amontona en mi anaquel de tareas pendientes, ese donde ya me aguardan Modiano o Kundera a la espera de ver marcharse a Murakami y su Tokio Blues, con la banda sonora de Norwegian Wood de The Beatles al pie del Monte Fuji.  


Privilegiados resultan sin embargo los poemarios, que entran y salen, que no respetan reglas ni prioridades. Como una exhalación me envolvieron los versos de Álvaro Valverde y su "Más allá, Tánger",  libro que se antoja imprescindible, y que en unos días estará en Cáceres, en la voz del propio autor, o las obras de autoras como Cecilia Quílez, con su deliciosa "La Hija del Capitán Nemo", que se presentaba este pasado lunes en Madrid, en el Ateneo, con gran disgusto por mi parte ante el hecho de no poder marcarme una escapada (eso de la distancia, que se dice siempre, una excusa como cualquier otra...), o Daiana Henderson, poeta argentina a la que desconocía y que viene con el marchamo siempre impecable de Ediciones Liliputienses.  



Resta todavía mañana la última jornada del XI Congreso de Escritores Extremeños, en Badajoz, que estará dedicada a la literatura gráfica, y que contará con el plato fuerte de la conferencia de clausura a cargo de Vicente Molina Foix. Entretanto, las reflexiones de esta tarde no me dejaron indiferente, como pueden comprobar, y por supuesto, todo ese asunto de cómo concebimos el futuro de la literatura en internet y sus diferentes formas de expresión y de acceder al gran público. Desde luego, si de aprender se trata, este escenario ha constituido una buena oportunidad para ello. Los otros Escenarios, ésos, van volando solos en manos de lectores que me consta exigentes y que pueden acceder a sus contenidos ya desde las librerías, contando los días para su puesta de largo, entrado el mes de noviembre. Será el día trece, guarismo para muchos innombrable, pero con el que mantengo un inevitable idilio. La poesía vendrá entonces, una vez más, del brazo de la música, de esa que tanto se menciona en sus versos, teñida de sabores muy New Orleanians, es decir, del rithm & blues y jazz, en las guitarras de Javier Nar y Mario Osuna. 



jueves, 25 de septiembre de 2014

Redireccionando "Escenarios"

Ocho meses después de que lo anunciase en esta misma página, Escenarios, el libro de poemas, ha visto por fin la luz desde las páginas de la colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, de la que constituye su número 459. Sin duda, la espera ha merecido la pena y con ello se cierra un ciclo literario de aproximadamente tres años, los necesarios para la gestación de esta obra que próximamente estará en las librerías a disposición de los lectores. 


Escenarios es un proyecto que sin embargo no doy en absoluto por cerrado. Antes al contrario, desde el primer minuto en que el libro ha tomado forma de tal, y quizá también desde antes, compruebo la supervivencia de esa necesidad de continuar bregando en busca de otros nuevos itinerarios creativos, otras nuevas vías de salida con que combatir los punzantes filos de la rutina. Ahora, cuando he vuelto al lugar donde prendió la mecha, donde la voz inició su recorrido de puertas para afuera, la ciudad con mayúsculas en la que los pies se dejan llevar y los miembros se contagian con el silbido del asfalto, me sumerjo de nuevo en el movimiento de sus habitantes y su inmenso fluir de aguas anónimas.

Persisten anaqueles que aún conservan los aromas y el tacto del pasado. Una visita a Casa Postal, en el corazón del siempre carismático barrio de Chueca, puede ser una propuesta interesante para dar comienzo a esta renovada tarea de localización de exteriores. Todo palpita allí dentro tras el cristal de las vitrinas, bajo el polvo añejo que cubre los cartapacios. Inquirir en busca de viejas tarjetas, de la correspondencia olvidada que un día ya perdido circuló de mano en mano sorteando los accidentes de la geografía, entre interlocutores cautivos para siempre del desidioso olvido. 


Interior de la tienda "Casa Postal" 

En la tarde, ponerse a cubierto ante la amenaza de la tormenta. Dejando atrás caminos y portales que ya hizo suyos el verso, levanto la vista hasta los dieciochescos moldes de las fachadas, las herrerianas puntas de lanza que resquebrajan la compacta uniformidad de los cúmulos que aguantan el chubasco que se avecina. Confieso mi devoción por esta urbe, el embeleso con que me seduce la estatura de sus inmuebles, la cambiante fisonomía de sus arterias. 


Madrid, Calle Espíritu Santo, 23

Fachada en Malasaña

Calle Sagasta

Tormenta sobre Plaza de Santa Bárbara

Se regocija Escenarios en contacto con el ritmo de la poesía hermana de sus páginas recién inauguradas. Entretanto, asisto en La Casa de América, en el hermosísimo marco del Palacio de Linares, bajo un cielo poblado de ángeles y liras, al viaje de un poeta cuya voz se levanta desde las tierras donde La Cruz del Sur ilumina los fríos otoños de la noche araucana. Compruebo que el maravilloso poemario que está a punto de presentarse solo precede en dos guarismos al apenas revelado Escenarios, compartiendo pues colección y editorial. Pero Sergio Macías, el poeta chileno que esta noche nos ha congregado en estas salas, es un autor que lleva en el verso la sangre de otros compatriotas suyos como Neruda, Huidobro o Nicanor Parra, que también se nutre de la vocación del viajero, aunque se defina como "el viajero inhóspito". Sabe bien lo que dice cuando sentencia: "La poesía es la esencia del alma. Transparencia de la sangre y los sueños..." Y su potente garganta modula la lectura de cada poema con la envolvente caricia de unas cuerdas que atesoran el eco de antiguos vislumbres, siluetas de otra época que quizá aún se mueven a través de los muros de este emblemático palacete. Suena el laúd con aires de Dowland, mientras el poeta va hilvanando su mensaje "como un grano de polen entre los dedos de la tierra"

 Frescos neoclásicos del Palacio de Linares


Presentación de "El Viajero Inhóspito", de Sergio Macías






domingo, 31 de agosto de 2014

Un viaje en el tiempo

Hace unos días leía en la prensa que este año, los "Coloquios Históricos" del Campo Arañuelo estarán dedicados al poeta, nacido en esa localidad, Ángel Sánchez Pascual, que fue Premio Adonais 1975. Hacía años que no había vuelto a oír hablar de él y me sorprendió reencontrarle después de tanto tiempo. Sin querer me vi de regreso a la década de los ochenta del pasado siglo, cuando desempeñó un papel sin duda relevante en el bullicioso jardín de la cultura cacereña de la época, en un momento en el que como si de una conjunción planetaria se tratase, coincidieron en la ciudad personas que darían un empuje a las letras, a las artes, a la cultura en general, que ha llegado hasta nuestros días. Eran los tiempos de Juan Manuel Rozas, Ricardo Senabre y otros muchos insustituibles talentos que impartían su magisterio desde la antigua Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, cuando sus aulas estaban ubicadas en las dependencias del que hoy conocemos como Edificio Valhondo.


Ángel Sánchez Pascual 
(FOTOGRAFÍA procedente del DIARIO HOY)

Yo nunca estudié allí, mis correrías universitarias discurrieron por los senderos del Adarve, por los pasillos y las salas de aquel enjambre de arquitectura industrial que era el Palacio de la Generala, donde se encontraba la Facultad de Derecho. Pese a ello, quien por aquellos días de efervescencia tonteaba con los ilusionantes recovecos de la palabra poética, siempre miró hacia aquella otra Facultad con admiración y quizá también con algo de tristeza por la experiencia única que tuvo que suponer ser alumno de aquellos inolvidables maestros y buena prueba de ello es la generación de autores que llegaron a fraguarse en sus aulas. No quiero decir que los días en La Generala no fueran memorables, porque indiscutiblemente lo fueron, y de hecho, no me importaba cerrar ahora mismo los ojos y verme de nuevo en uno de los pupitres de la mastodóntica Aula 1 donde profesores ya desaparecidos como Manuel Veiga u Óscar García Almeida trataban de hacer comprender a una ingente promoción recién aterrizada en la universidad qué tenía de especial el Derecho Romano o por qué son tan necesarias las normas para armonizar la convivencia, infundiéndoles el amor y el respeto por todos esos derechos que son esenciales al ser humano.


Alumnos de la X Promoción de la Facultad de Derecho de Cáceres, posan en la puerta del Palacio de la Generala en el XXV aniversario del inicio de sus estudios (2008)

Pero, volvamos a Ángel Sánchez, con el que comenzábamos este viaje en el tiempo. Su recuerdo me transporta hasta una tarde, allá por febrero de 1983, en que un jovenzuelo inexperto y desbocado, con su primer libro de poemas bajo el brazo, se plantaba en el despacho que por entonces ocupaba el poeta moralo en el Complejo San Francisco de Cáceres, sede de la Institución Cultural "El Brocense". Fue aquello como un cambio de cromos, una incursión sin cita previa en el universo adulto de las letras, al que desde luego no pertenecía aún la palabra de ese joven, a quien el cuento de La Lechera le zumbaba en los oídos. Poemario por poemario, dedicatorias, manos entrelazadas en cariñoso saludo, sensación de haber abierto un portillo desde el cual todo parecía que podía verse de otro modo. 

Eran los tiempos de la legendaria Aula Literaria por la que prácticamente pasaron gran parte de los que hoy, desde Cáceres, han sentado cátedra en el difícil, tortuoso, y no pocas veces ingrato escenario del verso. Con magistral ironía, uno de aquellos protagonistas, Santos Domínguez Ramos, se hacía eco de esos tiempos y de ese viaje iniciático en su libro "Memorial de un testigo", que publicaba la Editora Regional de Extremadura en sus Ensayos Literarios, allá por 2002. Como decía el autor, "alguien debía hacer el relato de esa realidad intrahistórica", y el libro se convierte en sí mismo en un homenaje a quienes hicieron posible que tantas semillas diseminadas en terreno fértil y deseosas de dar fruto efectivamente germinasen y asentaran con fuerza y autoridad sus raíces, desafiando los caprichosos y cambiantes envites de un momento convulso en la inminencia del nuevo milenio. 


¿Qué pudo pensar aquel joven, inmerso en esa espiral de creadores que eran ya más que abocetadas promesas? Ilusión, toda la ilusión al principio. Se trataba de crecer, de continuar subiendo peldaños, no importaba más que la palabra, la que se escribía limpia y desnuda, codo a codo con la misma vida, con las energías de una edad en la que ninguna empresa se antojaba imposible.  Algunos años después, un lustro apenas, el recuerdo me devuelve la borrosa imagen de Ángel Sánchez, por entonces Presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, en el Salón de Actos de la Biblioteca Pública de Cáceres, antes de que la remodelación posterior borrase las huellas de tantas jornadas de estudio y silencio de aquellos estudiantes de los ochenta. Era el estreno de un libro y en la mesa volvía a coincidir con el joven que una tarde ya del pasado se le había presentado con su primer poemario. Ahora el discurso era para sus versos, y ellos eran los protagonistas de la velada. 


No volví a verle después. Supe que se había marchado de España, no sé si volvió alguna vez por Cáceres. Tampoco le pude leer más allá de las "Epopeyas ínfimas" que Cuadernos KYLIX publicara en 1987 y que otro "ángel" de la poesía me prestó (pues se lo dedicó a él), y finalmente se acostumbró a mi biblioteca. Pero ésta es ya otra historia, otro escenario.


Ahora, después de tantos años, que se han ido marchando sin pedir permiso, se diría que con prisas, mientras escucho a Mahler, me dejo abrazar por la absorbente melodía del silencio, quizá alienado en mi particular odisea a la búsqueda de una Itaca que no figura en los mapas. Qué sensación de profunda e íntima libertad para quien a menudo siente que le falta el aire, que el verso se le atora en la garganta, insoportable lastre que tinta los dedos con la brea del desencanto.  








jueves, 14 de agosto de 2014

Bajo el sol de Huelva. En tierras de Platero

Estar de vuelta. En una tierra que pertenece al acervo de lo vivido. Reconocer los reflejos del agua, la danza del viento meciendo las palmeras, el brillo de los blancos bajo el sol de agosto en las fachadas. En definitiva la luz, esa luz que se infiltra bajo la piel, que mantiene intacta la memoria de las cosas, cercano el aroma de los versos que un día se escribieron, tocados de su caricia. La tierra de Huelva. Con sus contrastes, allí donde convergen los ríos Tinto y Odiel, junto a la Punta del Sebo, donde sigue respirándose su vocación atlántica, hecha escultura de la gubia de la americana Miss Whitney.  Regreso a estos escenarios y anhelo dejarme llevar, aunque solo sea por unas horas, buceando entre los recuerdos de aquel fragmento de mi propia existencia que a ellos pertenece, herencia de un tiempo que ahora es trino adolescente. 


Huelva. Monumento a Colón

Navegando ría arriba, sorteando los esteros y las marismas, retomar las estribaciones monásticas de La Rábida, con su impronta colombina y franciscana, la película todavía vívida de la historia, presente en salas y claustros, el oasis multicolor de geranios y petunias, el amarillo del albero bajo las pisadas, siempre centinela el agua, desordenada en la amalgama del estuario.  




Monasterio de La Rábida. Fachada y Claustros

Más adentro, apagados los ecos del descubrimiento, el aire se llena de reminiscencias poéticas en las calles y la campiña de la juanramoniana Moguer, la cuna de Platero. Limpio el cielo, azul, el mismo que alimentara la imaginación del poeta. En su casa, donde vivió todos sus sueños de infancia y adolescencia, los enseres y las pertenencias de Zenobia y del propio Juan Ramón devuelven al visitante a ese universo que ambos compartieron, con sus luces y sus sombras, con sus palabras y la siempre fiel compañía de sus libros, incluso en los difíciles momentos del exilio, cuando también ellos tuvieron que sortear las procelosas ondas del océano hasta alcanzar la hospitalaria América. 


Telegrama de concesión del Premio Nobel de Literatura


Objetos personales. Libro dedicado por Vicente Aleixandre


Distribuidor de la casa 


Biblioteca


Despacho

Una luz de otra parte en una nube
 (J.R.J.)

Intuye el poeta los vaivenes de su vida, la mudanza de la luna, brillante y plateada sobre la campiña onubense, brumosa y acaso ajena al otro lado del mar. Y en la garganta, ese nudo de amargos filos, España, como un toro desorientado y huidizo en los pinares. Resonando en la memoria, el trote infantil de Platero, revoloteando entre la grama, inmortal, eterno. 


Primera Edición de Platero y yo, 1914

domingo, 10 de agosto de 2014

Lecturas de verano

Que el verano es uno de los mejores momentos para disfrutar de los libros es algo que no ofrece controversia. Con los que se han acumulado en mi biblioteca en los últimos tiempos, es difícil, a pesar de las bendiciones del tiempo libre, tener un hueco para todos, especialmente cuando uno está invirtiendo no pocas horas ante la pantalla, al cuidado del teléfono y el correo, para ir organizando y planificando la próxima temporada en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. Es un placer sin embargo contactar directamente con los autores de las obras que tienes encima de la mesa, su cercanía te impulsa a acercarte a ellas con mayor interés si cabe. En unos meses ese contacto será personal, la lectura se disfrutará desde los propios labios del escritor, la conversación dará paso a un conocimiento más próximo de sus claves, de su propia personalidad, humana y literaria. 

De vuelta de tierras irlandesas, tenía que recuperar la lectura de autores nativos de aquellas latitudes, al menos para situarme en ellas de nuevo con vistas a la recreación poética de algunos espacios, lugares y momentos que me resultaron cautivadores e inolvidables. La compañía de James Joyce y sus Dublineses me han tenido absorbido durante unos días, sumergiéndome otra vez en las bulliciosas arterias de Dublín y acercándome a sus gentes, sus costumbres, el sabor inconfundible de su cerveza negra y la música de sus pubs. De algún modo estará presente Irlanda en mis próximos proyectos y en gran medida también será a raíz de la lectura (o mejor, reencuentro), con los poemas de W.B. Yeats, que con gran esfuerzo he tratado de realizar en su lengua original, evitando en lo posible la inevitable distorsión de las traducciones.


No quedará muy lejos el océano y las corrientes que desde las islas británicas empujaron tantos barcos hacia esa tierra prometida del otro lado, hacia la codiciada América de la emigración, donde empezar desde cero. Acabo de subirme en uno de ellos junto al Conde Vogelstein, camino de Nueva York, con Henry James como cicerone, de regreso a un tiempo ya lejano, pero evocador sin duda, evasión que pretende desconectar de las turbulencias de este otro que nos ha tocado vivir y que nos sobresalta cada día a golpe de delirante telediario. Y para Fugas, igualmente recomendable es el librito que mis amigos de la Asociación Cultural "Letras Cascabeleras" de Cáceres, acaba de publicar en su colección de poesía. Interesante poemario que obtuvo el segundo premio en el certamen poético que convocó no hace mucho dicha Asociación y que es obra del poeta argentino José Luis Frasinetti. 

             

Estos días he tenido la oportunidad de contactar de nuevo, por ejemplo, con amigos como Jesús García Calderón, que hace unos años nos regalaba aquellos preciosos poemas de "El asombro escondido", para el número 2 de la Colección de Poesía de Norbanova. Una gozada disfrutar ahora de "Las visitas de Caronte", su nuevo libro que publica "La isla de Siltolá", en la Colección Tierra. Magnífico poemario, profundo, pero cercano, con ese lenguaje exquisito que caracteriza a un poeta que continúa buceando por senderos trascendentales de la existencia a través de poemas memorables como "Una breve postal desde la vida""Tránsito" o "Sueño de los abrazos", por recordar solo alguna de estas pequeñas joyas que conforman la obra. Mi enhorabuena para Jesús por este libro imprescindible. 

 

Con la mirada puesta en los meses que se nos vienen encima y en la nueva temporada que pronto comenzará, no puedo terminar esta breve crónica sin recomendar las obras de los tres primeros autores que han confirmado su participación en el Aula de la Palabra de este año. En octubre, Luis Alberto de Cuenca presentará "Cuaderno de vacaciones", editado por Visor,  un poemario que recoge ochenta y cinco poemas escritos en su mayoría en épocas como ésta de verano, durante los años 2009 a 2012.  Otra vez poesía de altura, la vida, la existencia, el tiempo, con la sabiduría y oficio de un autor que no necesita presentación.  Muy distinto es "Aire del tiempo", que nace de la pluma de la esposa del propio Luis Alberto, y cacereña de nacimiento, Alicia Mariño Espuelas. Su incursión en el estilo sencillo, pero a la vez, sumamente complicado del haiku nos ofrece un vendaval de versos cuya frescura y creatividad sorprenden sin duda al lector que terminará rendido a ellos, y también a la cuidada edición a la que ya nos tiene acostumbrados la editorial Los Versos de Cordelia.  

                      

Completamente en otro universo, "Ácido almíbar", de Rafael Soler, poeta que nos visitará en noviembre, transporta desde la sobria presencia de la colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, a una forma diferente de hacer poesía, visceral, directa, muy siglo veintiuno. Poemas que no dejan indiferente, ironía y arietes de realidad que apuntan de lleno a la sensibilidad del lector, que le hacen cómplice frente a la descarnada opacidad del mundo que le rodea. Títulos como "Donde de nuevo nace todo",  "No hables jamás de tu naufragio", "Puedes dispararte en la cabeza", ya sugieren la densidad de un poemario inolvidable. 




domingo, 20 de julio de 2014

Un paseo por Dublín

Me sigue fascinando viajar. El conocimiento que reside en los libros necesita forzosamente de la experiencia, la palabra está huérfana sin lo empírico. Así, la lectura de Ulysses o Dublineses, de James Joyce, nunca podrá ser verdaderamente completa si no se pierde uno por las calles de Dublín, se convive con sus gentes y se saborean unas pintas de buena cerveza negra. Recomendable sin duda no fijar previamente ningún rumbo ni itinerario, solo dejarse llevar por el impulso de la ciudad y respirar sus aromas. Apenas hace una semana que estoy de vuelta y ya intuyo que por mucho tiempo sobrevivirán en mi memoria las claves de aquella urbe literaria y marinera, que fluye a merced de un clima caprichoso y anárquico, donde el color verde y la herencia de un turbulento pasado están presentes a cada guiño del transeúnte con sus calles. Cierro ahora los ojos. Me confunden las hileras de mansiones georgianas con su homógenea fisonomía, sus puertas impregnadas de un caduco neoclasicismo. 


No sé dónde me encuentro. ¿Merrion street acaso?, es posible. No lejos, la mirada picarona de Oscar Wilde recuerda que aunque terminara dando con sus huesos en tierras francesas, sus genes procedían de la vieja Hibernia, y quizá en las buhardillas de aquella casa en la esquina de Merrion Square, escondido tras unos viejos muebles y cubierto con unas mantas de época, aún late, preservado del contacto humano, el perturbador retrato de Dorian Gray, dormido y desactivado.



 Sigo adelante hasta cruzar St. Stephen's Green, indiferente a la elegancia de los cisnes que pueblan las aguas de su lago y que comparten con una horda de intrusas gaviotas. En la rotonda, me llegan ecos de los Jardines de Luxemburgo parisinos. 



A través del arco de los fusileros me encuentro de lleno en Grafton Street. Repito quizás la ruta de los "Dos galanes" que trazara Joyce en Dublineses. Pero han pasado más de cien años desde entonces. Ahora, es la música la que entra por los oídos y sin tregua te arrastra hasta el lugar donde no hace mucho la dulce Molly Malone aún ofrecía cockels and mussels y quizá algún otro inconfesable favor nocturno. Un cartel informa: "That's not the end of sweet Molly Malone", y es que actualmente, la sensual pescadera aguarda su traslado a otro emplazamiento empujada por las obras de ampliación del tranvía, el "Luas", como le llaman los dublineses. Entretanto, alguien recuerda la legendaria historia de la dama y con su guitarra acústica canturrea las estrofas de una canción que es casi un himno por aquellos lares. 



Me hubiera gustado cruzarme con Bono en alguna de esas callejas, invitarle a una Guinness en cualquiera de los pubs que siembran el área metropolitana que circunda el Trinity College, hasta las orillas del Río Liffey, desde Temple Bar. Me quedaré sin embargo en el recinto de la vieja universidad. Empezaba hablando de libros y su biblioteca es todo un océano de ellos, donde no es difícil sentir un cierto vértigo. Me repondré junto a la vieja arpa, que dicen perteneció al mítico Brian Boru, y que es el símbolo del país, la imagen que figura en sus monedas de euro.