viernes, 1 de enero de 2016

Poesía como objeto de colección. Imprentas y "libros de viejo"

Es tiempo de listas y balances acerca de las publicaciones más vendidas o leídas durante el año que acaba de finalizar. Tanto a nivel de prensa escrita como de internet es frecuente toparse con estas valoraciones que no pocas veces obedecen a criterios puramente comerciales o se encuentran cargadas de un fuerte subjetivismo. No caeré en la tentación de elaborar nada de esto, aunque sí que han sido muchos los libros de los que he disfrutado en estos últimos meses, tanto de poemas como de narrativa. Quiero hoy hablar de otra forma de relación con ellos, partiendo del objeto que en sí mismo constituyen, el corpus, y el contenido que incorporan, que llamaremos animus. El libro que encadena sensaciones desde el tacto, cuando abrimos sus páginas y contemplamos la disposición de los textos, el cuerpo de la letra, las ilustraciones, en su caso. Es algo que nunca podremos experimentar con los ebooks, que se han despojado de ese "corpus". Sin prescindir de su esencia, que es el mensaje literario que el escritor quiso encerrar en su interior, veremos el libro como bien de colección, tesoro bibliográfico, testigo de otras manos, otros ojos, que accedieron a su lectura y a su envoltorio. 



Edición londinense de "Don Juan", de Lord Byron", impresa en 1819, aún vivo el poeta. Sirvió de modelo para la elaboración de la portada del libro "Voces poéticas en femenino", editado por Norbanova. 

Continúan gustándome los libros bien editados, porque su encanto persevera y se hace un todo con la obra que en ellos se contiene. Es importante pues el trabajo de imprenta, la artesanía de los viejos impresores, cómo se ha acertado en la elección de las cubiertas, de la tipografía, porque el modo de presentarse el resultado de la inspiración del creador ante su destinatario final también contribuirá a hacer la experiencia mucho más placentera. Conservo en mi biblioteca algunos ejemplos de todo ello. 

Lo primero que haremos será recordar ese trabajo callado que se hacía en las imprentas y del que nacían esas piezas que luego han llegado hasta nosotros. Por razones de proximidad, en Cáceres existieron establecimientos que han perdurado en la memoria colectiva, como la Imprenta "La Minerva", situada en los soportales de la Plaza Mayor,  originariamente propiedad de D. Serafín Rodas, y donde también existió una famosa tertulia en la que participaban escritores y gente del mundo cultural de primeros del siglo XX. 


La tarjeta postal comercial que antecede, circulada en la posguerra española (reembolso intervenido con fecha de 8 de noviembre de 2012 en la oficina de Correos de Cáceres), y franqueada con sellos de 25 y 60 céntimos con la efigie del General Franco, documenta realmente (al dorso) un pago a cuenta de un trabajo realizado por la mencionada imprenta "La Minerva Cacereña", cuando ya era propiedad de la Viuda de Castor Moreno, su segundo propietario. El importe abonado por el cliente ascendía a 74,25 pesetas.

Otro establecimiento que apenas recordarán los cacereños de hoy era la Imprenta de "Sucesores de Álvarez", también en la Plaza Mayor, en el llamado Portal Llano número 39, donde luego se instaló una zapatería. Esta imprenta editó tarjetas postales a primeros del siglo XX y en ella se imprimió en 1903, "Solo para mi lugar", del poeta José María Gabriel y Galán. 


Antigua tarjeta postal editada por la imprenta "Sucesores de Álvarez", y circulada en 1901 en la que aparece un poema de amor que el remitente dirige desde Cáceres a una señorita domiciliada en Madrid. 


Tomo I de las Obras Completas de José María Gabriel y Galán, con el sello del anterior propietario y su firma (curiosamente, uno de los hijos del poeta, Jesús o Juan, Gabriel y Galán, pues solo aparece la inicial). 

Pero esencialmente, de las imprentas surgieron los libros. Y luego, éstos acabaron en manos de los lectores, en los anaqueles de las bibliotecas. Coleccionar poesía en el formato del libro antiguo nos transportará a aquellas primeras ediciones de obras y autores que hoy veneramos como clásicos. De estos ejemplares me gusta especialmente la textura del papel, los tipos utilizados, el perfecto encuadre de la caja de texto. Poetas legendarios, como Lord Byron, lucen en todo su esplendor si se saborean sus versos en la forma que lo hicieron sus primeros lectores. 


Edición de 1837 de las obras completas de Lord Byron


Carta del autor con autógrafo del poeta

Las ediciones de Juan Ramón Jiménez o los "Poetas del 27" comparten la elegancia de la poesía como protagonista de la página. La utilización de tipos de gran tamaño y de letras capitales ofrecen solemnidad al verso y facilitan su lectura. Veamos varios ejemplos:



Federico García Lorca: Edición de 1929 de sus "Canciones", publicadas por la Revista de Occidente. Se puede distinguir cuanto venimos diciendo. Empleo de letras capitulares, grandes espacios y caligrafía también grande y redondeada, que dan protagonismo a los versos, perfectamente encuadrados en el centro de las páginas. 


Juan Ramón Jiménez: Edición de 1931 de su obra "Eternidades" (1916-1918) Comprobamos que es la misma técnica de impresión y edición la que se utiliza. 


Rafael Alberti: "Sobre los Ángeles", 1929. Ya no se utilizan las capitulares pero los versos siguen poblados de letras de amplio tamaño, tipografía Bodoni o similar. 


Jorge Guillén: "Cántico", Cruz y Raya, 1936. El formato del libro es mayor, y aprovechando la amplitud de páginas el diseño de la edición vuelve a ser generoso, pocos versos pero con tipos y espacios grandes que se desparraman a placer por cada cuartilla. 

La poesía escrita y que habita en las páginas de un libro. Corpus y animus que son un disfrute para los sentidos. Se percibe el ritmo, la cadencia de los versos, pero también el olor del papel, sus rugosidades, la tonalidad cambiante de unas páginas que ya forman parte de la historia. 












domingo, 27 de diciembre de 2015

Tiempo de silencio

Finalizar un año más con sabor a nostalgia. 
Desde esta última página de dos mil quince, en este diario construido a base de solitarias entradas mensuales, contemplo con cierto halo de tristeza el bagaje de lo vivido, la promesa incierta de un tiempo que parece presagiar una suerte de quebradas líneas, la melodía cercana de lo caduco que acaso ha comenzado a instalarse entre nosotros a lomos de esta niebla que oculta los tejados y las espadañas. En la opacidad de la noche, el tráfago silencioso de las horas ha dado paso a los interrogantes, al firmamento iridiscente donde la soledad impone sus reglas y el destino parece hallarse escrito en la encrucijada de los astros. Quizá esté anunciándose un tiempo de urgencias, de búsqueda, ya no sirven los viejos andamiajes del pasado. Al menos siempre quedarán los libros, el consuelo de pelear en el ring del insomnio tras las hechuras de un poema a medio construir, el que quién sabe si acabará lustrando los poros de una cuartilla. 

Acaso el mejor aliado sea el silencio.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Reseña de "Juventud todavía", poemario de Antonio Daganzo, para su presentación en el Aula de la Palabra

Fue un verdadero placer presentar en la tarde del viernes 11 de diciembre, en el Palacio de la Isla de Cáceres, y en el marco del Aula de la Palabra, que organiza la Asociación Cultural Norbanova el libro "Juventud todavía", el más reciente poemario del escritor madrileño Antonio Daganzo Castro, publicado por Ediciones Vitruvio. Nada sin embargo como haber tenido la fortuna de escuchar estos versos, en la interpretación de su propio autor. Aquí les dejo la reseña que hice de esta magnífica obra: 


“Juventud todavía”. Número 527 de la Colección “Baños del Carmen”. Ediciones Vitruvio. Antonio Daganzo.

Renacer a un nuevo bautismo. El de la edad que envuelve con sus tentáculos los resortes de la existencia, modelando el alma y las facciones del rostro. Hubo un tiempo de soledades de alcoba, de escuelas improvisadas, con el polvo imaginado de las tizas. Una infancia entregada a los designios de la debilidad, a la música decadente del viento hurgando detrás de los cristales, donde la vida se antojaba a la medida de los avatares del cuerpo, primitiva edad de monólogos y relojes de arena.

El desafío del calendario. Las hojas que van y vienen, el rotulador negro para tachar los números ya caducos, mientras las semanas se escapan sin piedad de entre los dedos.

Juventud todavía. Atisbo de lo que fuimos para engendrar el milagro de la escritura como tabla de salvación, intrigante dama a la que entregarse sin paliativos. Llama el poeta a contemplar la actitud de aquéllos que la miraron directamente a los ojos.  Ahí comenzó la historia, la de “los hijos que serán padres”.

Todos hemos reflexionado alguna vez acerca de lo que supone ir avanzando por los caminos de la vida, el precio de sobreponerse a sus desafíos. En este libro, Antonio Daganzo, con energías recobradas, afronta con claridad un capítulo situado más allá de los acontecimientos que marcaron su espléndido “Mientras viva el doliente”, también en esta misma Colección (número 217), y cuya lectura permitirá entrever muchas de las claves de este nuevo poemario.  El poeta abandona por fin el exilio interior que le atenazaba entonces, “la tensa cuerda floja del viviendo”, se alza raudo a la conquista de lo que le rodea y que viste con la impronta de una madurez recién estrenada. No faltan sin embargo las referencias a la nostalgia, muy presente en estos poemas, a las pérdidas, a los universos de los que es imposible prescindir porque ya forman parte del intérprete, del hombre. La memoria, siempre compañera fiel, la soledad, que conspira y amaga bajo la epidermis, pero que también le hace fuerte.  Juventud todavía conserva gran parte del imaginario presente en obras anteriores del mismo autor, con continuos guiños a un mundo poblado de recuerdos, de sensaciones inseparables de su propia personalidad. Encontramos así versos que hablan “del día en que el dolor nos dijo su leyenda”, o poemas que indagan en una infancia intensa, como “Atlas”, cuyo colofón sitúa al poeta en uno de los puntos de inflexión de su existencia y también de su poética: “el día en que me enamoré por vez primera”.  Porque el amor es otra de las constantes que descubriremos en este libro, amor que es barro que aguarda la unción del creador, amor que adopta la forma del poema, creador que no es sino el poeta mismo. Y así, “nunca se escribe el primer verso”, algo duele y se revuelve en nuestro interior cuando se trata del parto de la primera palabra poética. Certero sentencia el autor cuando proclama “su asombroso y desnudo parentesco con el primer amor”. Acertado aserto que esconde ese conglomerado de factores que empujan a emborronar los folios, a derrochar sobre ellos a través del lenguaje ese arsenal de sentimientos que lucha por querer romper las mudas fronteras del insomnio, de la soledad, de los zaguanes y las salas de estudio en las que se quedaron las almas gemelas de otro tiempo que fue anticipo de éste en el que aprendemos a vivir ahora. 

Como diría Ángel González, “tan lejos, hoy, de aquello, pervive sin embargo tanto entonces aquí, que ahora me parece que no fue ayer un sueño”. Recorre Antonio Daganzo las estancias repletas de su experiencia, los posos del dolor, las primeras tentaciones. Todo lo que le ha servido para hacerse a sí mismo. Y en el otoño, estación que anticipa los itinerarios del frío, desenmascarar la tristeza, saberse a salvo de ella en esta juventud que abraza los cuerpos y ayuda a superar las viejas batallas. Me imagino paseando bajo los árboles del Parque del Retiro, pisando las hojas recién desprendidas de sus ramas, observando de lejos el andar cansino de los transeúntes. Quizá ellos sean depositarios del cansancio, del silencio y la tristeza que queremos dejar atrás. “Pudimos ser nosotros”, recuerda el poeta mientras sigue los pasos de “ese tipo sombrío y taciturno” que no parece ser sino el tiempo al que ha vencido con el arma de la palabra y del que sobreviven, armadas con las hechuras del poema vívidas sensaciones y renovadas fuerzas.

Otra de las referencias del poemario es la que nos habla del aprendizaje, de la afirmación del joven que se levanta por encima de los elementos, abrazándose a la tenacidad del amor. Se  ha difuminado ya aquel “mefítico aliento, retrasado vaho muy lacerante que a todos hechizaba”, hilo conductor de su anterior obra “Mientras viva el doliente”. Se adhiere el hombre a la seguridad del muro, a la alianza de la piedra que se hace muralla frente al acoso del tiempo acelerado que no pide permiso: “Amada, toma el peso, que es el único ardid para volarlo”.

Pero su “Declaración de amor” lo es también frente a la ciudad a la que es consciente que solo conocerá de sus intermitencias, metrópoli que se alza inveterada e inasible ante sus pies indefensos. Sin duda, uno de los poemas más hermosos y emocionantes del libro, la ciudad (Madrid), es bastión que alberga las ansias de esa Juventud que el poeta atesora y cuyas calles encierran la turbación de su espíritu, enamorado y no correspondido del todo, mujer que espera paciente en las derivas de la existencia, y a la que reserva declarar su amor más allá de las refriegas del destino.  Desde la periferia, desde las antípodas del tacto, todos hemos añorado ese viaje definitivo, el abrazo de esa Ítaca que se adivina “con la lencería de la bruma vestida, hermosísima y efímera como una novia”, palabras con las que quien ahora comenta estos poemas definiera en su día aquella larga espera de una Cáceres inalcanzable, también en las estribaciones de una juventud curtida a fuerza de inevitables ausencias. 

Mas tras el combate aguarda la victoria, la resignación no es territorio en el que abandonarse. El tiempo deja lagunas que llenar con la propia vida, viste de dudas los meandros de la rutina. El poeta no es ajeno a los envites de la vanidad, a las veleidades del gozo, siente en su verso el aguijón del desorden. La juventud resiste todavía, pero llama a la puerta la rabia de un dolor mayor, el de la caducidad misma, e invita a la calma. Poemas como “Intuición del Crepúsculo”, “Tuyo”, “Baja traición”, nos sitúan en el escenario de lo incierto, en la compañía de esa “sombra que pasa”, que diría Diego Doncel,  “como el ala de un ángel que jugaba en las cercas de la niñez con una luz sagrada”.  Como el autor que apura hasta el éxtasis esa juventud codiciada que ahora peina las primeras canas, cualquiera de nosotros es partícipe del temor que infunde el juego de los sentidos que enlentecen, del vacío y la falta de respuestas, cuando el dolor, -nunca olvidado- reaparece de lleno en los cobertizos de la noche y le brinda su abrazo.

Yo también he escrito sobre la vanidad y sobre los moldes de la palabra que hacen olvidar las tempestades, pero que no santifican los espacios en blanco que aguardan al caminante. Bien lo advierte Antonio Daganzo, enlazando con la mejor poética custodia del escalofrío que acompaña a la existencia y sus dardos.  En palabras de Ángel Guinda, “venimos a este mundo para no quedarnos en nada ni en nadie, ni siquiera en nosotros”. Antonio interpreta el oráculo del vivir y avisa de que este reino es un “reino de azar” donde es arriesgado confiarse: “la juventud intrépida podrá otra vez burlarte”.  En mí encuentra su discurso un aliado fiel, tantas veces me creí inmune a la quemazón del aliento y luego sentí perderlo todo.

Los últimos poemas de “Juventud todavía” revelan la profesión del autor y el antídoto para esta nueva singladura en la que se ha visto involucrado. La palabra, el poema, la deliciosa melodía del idioma lo impregnarán todo con su sanadora serenata. Proclamará entonces el poeta cuál habrá de ser su epitafio, su postrera herencia: “cuando la piel repose bajo el balcón aquel habréis de honrarme. Diréis: “Cantó hasta el fin”.  Al final del poemario, volvemos a percibir aquel regusto de “Mientras viva el doliente”, las imágenes del niño postrado en la cuadrícula de una existencia encorsetada en la angostura, -flaco niño lívido-, que mira ahora con ojos de futuro las cuartillas en blanco que le aguardan sobre la mesa de su escritorio, los libros que se amontonan sin cuartel en los anaqueles: “la lectura acaba de salvarlo”. La libertad reside en los intersticios del poema, la creación es catarsis que redimió su cuerpo débil.  “Frustrados funerales” es uno de los poemas más reveladores en este recorrido hacia la claridad, hacia la dignificación de la poesía como ángel que ha tocado con sus tersas alas la línea de la vida de este joven que ahora inspira a sorbos el aceite de una juventud que se resiste a dejar pasar y que proclama “eterna en cada verso”. Del pasado ya solo quedan cicatrices, únicamente la perversión del recuerdo. La poética de Daganzo se confunde así con su propio y renacido ser, se alza “Comunión” y brindis a un futuro que ya no teme las acometidas del invierno.

En esta dinámica de positivismo hay que situar el poema que cierra el libro, “Los héroes”, con el que también yo anhelo sentirme identificado. No hay lugar para el desencanto, ni tiempo para perder, la juventud no consiente límites, se erige aliada de la belleza, amada que cuidar con esmero: “No pidáis el alivio de una tumba a destiempo: bien sé que los cipreses son escasos y no tienen piedad”. Enteramente suscribo los dictados del poeta. Somos esperanza y no podemos renunciar a la gloria. La de seguir en pie, la de ser héroes.  Nuestro legado siempre será la poesía.

























domingo, 6 de diciembre de 2015

Noviembre literario. Libros y sensaciones.

Un poco más de dos meses sin escribir una sola línea en este blog. Cuesta volver cuando ha pasado tanto tiempo y las páginas han continuado avanzando imparables, con toda su carga de emociones e imágenes que han ido almacenándose en la memoria. La última vez, a primeros de octubre, paladeaba aún recientes los sabores de unos días literarios en Madrid, el descubrimiento de nuevas lecturas y la compañía de amigos de disfrute intermitente. Las posteriores rutinas de la cotidianidad terminaron por apagar buena parte de los rescoldos, abriendo otras puertas, sorteando también desfiladeros y escorrentías. Continúo enganchado al vaivén de los libros, a la rémora de sus autores. Mi escritura es solo una excusa para seguir ubicándome en ese mundo de narraciones infinitas, de versos que me secuestran con su algarada de imágenes. En estos meses del otoño he vuelto a llenar mi estantería de títulos y deberes. He compartido veladas con escritores de inveterada admiración, caligrafías de ida y vuelta que terminan donde comenzaron, en las páginas de un libro, voces que se difuminan luego con el silencio del tiempo y la complicidad del olvido. 

Extraño noviembre, plagado de búsquedas y confidencias. La realidad, a la medida del lenguaje. Nombres y hallazgos para disimular las rodaduras del calendario. Murakami, Shakespeare, Manuel Vilas... Me subo al tren de las palabras para perderme en sus universos, descubro otros quizá más próximos. Tomás Pavón, Pablo Pámpano, David Rodrigo, Nicolás Corraliza... De camino me  pierdo "por adarves y callejas, entre peñas y riscos", zigzagueando entre los pasadizos de esta ciudad en la que me ha tocado vivir, inagotable manantial de historias y sensaciones. 


Cáceres, en una Semana Santa de hace casi medio siglo. Callejas, adarves, piedras centenarias. 


Permítanme que archive en mi álbum alguna de estas instantáneas. Estoy de pie ante un cuadro de David Rodrigo. Me recuerdan que en unos minutos Tomás Pavón y Pablo Pámpano presentan su libro "El novio de Betty Boop", mientras saboreo un sorbo de vino de El Bierzo. Hojeo luego el libro que se acaba de presentar. Un buen trabajo. Combinación perfecta de relato e imagen. Auguro un gran éxito para los autores y para la editorial Letras Cascabeleras. La noche de Cáceres no ha hecho más que empezar. 


Una de las obras que el pintor natural de Ponferrada, pero afincado en Salamanca, David Rodrigo, expuso en el Palacio de la Isla de Cáceres el pasado mes de noviembre.



Portada de "El novio de Betty Boop", de Tomás Pavón, escritor cacereño, ilustrado por Pablo Pámpano y publicado por Letras Cascabeleras

En unos días, conocería personalmente a Manuel Vilas. Llevo unos años siguiéndole, admirando su voz directa, sin tapujos, in crescendo a cada uno de sus poemarios. El otoño cacereño quiso brindarle un día de abril, como ese que Silvio Rodríguez celebra en su legendario tema "El día feliz que está llegando", de su no menos mítico álbum "Rabo de nube"


Dedicatoria de Manuel Vilas, en su libro "Setecientos millones de rinocerontes"

 Poco después es el correo quien me depara una grata sorpresa, el flamante libro de poemas de Nicolás Corraliza, "Viático", con el porte de una editorial de peso como La Isla de Siltolá. Qué magnífico poemario y qué evolución la de este joven poeta desde aquel primer capítulo que publicara Norbanova para estrenar su colección "Baúl de Palabras". Desde "La belleza alcanzable" (2012) hasta este último título han pasado apenas tres años, con "La huella de los días" (2014), por medio, también en el catálogo de Norbanova. 





Tengo que decir que me ha sorprendido, y mucho, este "Viático", un libro a la medida de la exigente"Colección Tierra", en la que ha sido incluido, y en la que no publica cualquiera. El editor, Javier Sánchez Menéndez, no ha dudado a la hora de añadir a Nicolás a la nómina de excelentes autores que vienen desfilando por ella. Y lo cierto es que ha acertado. Si de alguna forma hay que calificar la poesía de Nicolás Corraliza que se puede disfrutar en este nuevo libro es de madura, bien construida, de pausas y ritmo medidos, de temática estudiada y que llega. Un artefacto que funciona, un conjunto de versos que engancha y que después de haber leído sus trabajos anteriores sitúa al poeta en una vanguardia indiscutiblemente trabajada y perseguida. Todos los poemas me gustan, son directos y no están maniatados por el yugo de estéticas o convenciones. Títulos como Revelaciones, A cara descubierta, Alfácar, dejan constancia del compromiso del autor, que lo es con la lealtad a la palabra intensa sin renunciar a la expresión desnuda del sentimiento o el deseo de romper con la impronta de una realidad que se antoja esquiva: 

"elegí el surco de la grieta,
para escapar del invierno"


domingo, 4 de octubre de 2015

Libros con los cinco sentidos

A pesar de que el avance de los e-books parece imparable, pienso que me costará bastante prescindir del placer que supone perderse ante un largo pasillo poblado de anaqueles cargados de libros. Prácticamente todos los sentidos aparecen de inmediato contagiados. La vista, por lo que la experiencia tiene de colorista, de aventura plástica. La variedad de ediciones, la gama cromática de los distintos lomos y cubiertas, hacen que el libro "entre por los ojos", y rápidamente pone en marcha las funciones cerebrales que nos impulsarán a elegir un ejemplar concreto con preferencia sobre el resto. De seguido se impone el tacto, y nuestros dedos se moverán por todo un universo de texturas, catando las diversas rugosidades del papel, la fibra de los tejidos que dan soporte a la palabra. El oído vendrá detrás cuando la lectura dé vida a lo allí escrito y los labios se concierten para que la musicalidad de un poema o la trama de una ficción de esas que enganchan irremediablemente al lector se escuchen en la intimidad de un cuarto o se dejen compartir. También el libro tiene su olor característico, el que nunca podrá tener aquel que se revela a través de una pantalla. La tinta, la naturaleza del papel, el engomado de las cubiertas, la antigüedad de la edición, dejan su impronta de aromas que nuestros sentidos captan sin demasiado esfuerzo. Por último, y aunque los libros no sean en sí comestibles, también excitan la sensibilidad del gusto cuando nos transportan a lugares y situaciones en las que el sabor se hace presente. Y no es extraño que esos olores que antes nos llegaban desde sus páginas terminen revelándose próximos al paladar al tiempo que la narración sugiere delicias que hacen la boca agua.


Jardines junto al Museo del Prado, un lugar idílico para deternerse a leer un buen libro

Mi reciente regreso a Madrid tuvo un poco de todo esto. Desde el encuentro con buenos amigos poetas en un templo gastronómico como el Centro Riojano, hasta las tardes siempre escasas de horas para visitar librerías o asistir furtivamente a alguna presentación y conocer la obra de autores nuevos. Después, la inmisericordie consecuencia de una maleta que es complicado arrastrar (en esto sí que gana el e-book), y una nueva lista de espera para tomar posesión intelectual de todo el material adquirido.


Compartiendo mesa con los poetas Antonio Daganzo, Pablo Méndez, Rafael Soler y Alberto Infante

Solo haré parada en tres ejemplos para terminar estas notas. De nuevo el denominador común será la poesía. Tres libros y tres dedicatorias. Tres autores, muy diferentes, y cuya amistad espero continúe escalando posiciones. Comenzaré con "Juventud todavía", el último libro del poeta madrileño Antonio Daganzo. Publicado en la Colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, pasa directamente a mi mesilla de noche para que pueda empaparme sin prisa, pero sin pausa, de sus versos y su contenido, pues no en vano me corresponderá presentar al autor cuando en diciembre acuda a Cáceres a leer estos poemas en el Aula de la Palabra.  


El segundo de estos títulos será "Plural de sed", del manchego Francisco Caro. Un autor que acabo de descubrir y al que tuve la fortuna de conocer  con motivo de la presentación de este magnífico poemario en la Librería Rafael Alberti, en una tarde de lunes del pasado mes de septiembre. Impecable la edición a cargo de "Lastura", admiré con asombro los poemas en voz de su autor y ahora toca disfrutarlos como corresponde, con tranquilidad, saboreando cada imagen, cada sentimiento, que en este libro abundan. Espero que como me escribía en su dedicatoria, este encuentro literario alimente una amistad más allá de estas páginas.  



Terminaré con un poeta cercano y lejano al mismo tiempo, un autor con el que tengo pendiente un abrazo y con  el que me consta voy a experimentar, a través de su obra, un largo e intenso aprendizaje. Hace unos días me llegaba por correo, igualmente dedicado, el último libro del cacereño Juan María Calles, desde las orillas del Mediterráneo, donde reside, en la hermosa ciudad de Benicàssim. "Una figura de barro", Premio Internacional de Poesía "Miguel Hernández-Comunidad Valenciana", 2014, promete ser como adelantaba al principio, un ejemplo de ese cúmulo de sensaciones que envuelve cada libro, un milagro que hará fluir la vida desde el alfar donde el barro se transforma en belleza. Aguardaremos mecidos por la cadencia de sus vocablos hasta poder escucharlos de su propia voz.


martes, 8 de septiembre de 2015

Totum revolutum: Titulares de "lo efímero"

Leía entonces a Valente y a Juan Eduardo Cirlot. 

Continúan siendo hoy dos de mis voces poéticas de cabecera.

Me preocupaba también el tiempo, necesitaba indagar en la búsqueda de claves, mientras el reloj seguía ejecutando su soliloquio, indiferente a la caída de las hojas o al vuelo de las mariposas. 

Los poemas de aquellos años y los que vinieron después fueron impregnando las cuartillas sin detenerse a pensar en el futuro. 

Leía también a Colinas,  me sabía de memoria esos versos en los que evoca la derrota del ejército romano junto al Lago de Trasimeno:


solo brillaste para mí un instante
en la pútrida tarde de tormenta...

Tardé en conseguir una copia de "El señor de la guerra". Intentaba comprender la fascinación de Cirlot por la historia que protagonizaban Charlton Heston y Rosemary Forsyth, que inspiró su "Ciclo de Bronwyn".  



**********************************

Había que sobrevivir, plantar cara al desafío de unas horas que avanzaban sin pedir permiso. Momificada la escritura, vistió de ausencia y también de vértigo su mensaje: 

déjame viajar contigo a otro tiempo,
entre los signos encendidos de tus ojos,
inmóviles los dos en los estratos de la noche

Se hacía necesario el rescate de las palabras. 

Porque significaba también la vuelta al propio yo, el antídoto que acaso podría conjurar las arrugas que como termitas se diseminaban bajo los tejidos, hostiles y oscuras.  


************************************

Después de haber luchado de manera pacífica contra la extracción de madera y la expansión de los pastizales sobre el Amazonas, Chico Mendes fue asesinado frente a su casa el 22 de diciembre de 1988. 

Y Paul Mc Cartney le recordó en su canción "How many people", en su álbum de 1989, "Flowers in the dirt"

No sé cuántas veces escuché aquel año ese tema. 

Aquel verano sin tregua del sentimiento hecho añicos, del apocalipsis. 




**************************************

Comprendimos que todo en esencia era efímero, que la caricia que la aurora dibuja sobre las ondulaciones de la piel también estaba marcada por la caducidad del barro, por la disolución de los colores: 


impreso en los palos 
de la baraja
reside ese desasosiego que lentamente
va inflamando de vulnerabilidad
la aparente consistencia 
de los brazos,

de la cordura misma


Habrá que aguardar unos meses para que éste y otros poemas, que en su día formaron parte del libro "El tacto de lo efímero", vean nuevamente la luz completamente actualizados y revisados, junto a gran cantidad de material inédito (en torno a 30 nuevos poemas). Tengo que agradecer una vez más a Ediciones Vitruvio y a Pablo Méndez la generosidad que han tenido conmigo al aceptar incluir este renovado poemario en su colección "Baños del Carmen", donde ya fue publicada en 2014 mi anterior obra "Escenarios".