viernes, 14 de abril de 2017

Semana Santa, más allá del folclore.

Van llegando a su fin las jornadas de la Semana Santa. Unos días que parecen haber confundido las hojas del calendario. Abril vestido de mayo o incipiente junio, azul que no es el azul que colorea el inicio de la primavera. Se hace entonces pesado el hábito del penitente, la caída de la tela se acartona sobre el cuerpo, se adhiere a las extremidades como un lastre, prendido del esparto de los cíngulos y los fajines. En el aire, heterogéneos aromas escenifican su mixtura, el incienso que ennoblece las estaciones del silencio, la cera, la grasa de los hachones, el polen desperdigado del olivo y los claveles. Otra vez en Cáceres se han escuchado los hierros golpear sobre la piedra con su compás de incertidumbre, y en los desfiladeros del Adarve, el oráculo y el quejío de las saetas.  Semana Santa, con sus cofradías, con su acervo intransitivo de hermanos, con la memoria escrita en el peregrinaje de los pasos, siempre buscando, siempre tiñendo de homilías las calles. 


Virgen del Rosario. Cofradía de la Victoria, Cáceres

Mi reflexión me lleva hoy al territorio del silencio, allí donde se apaciguan los destellos del folclore y la marabunta de los turistas. La contemplación de los distintos acontecimientos de un suceso que ocurrió hace más de dos mil años admite múltiples lecturas, y yo me quedo con la que invita a la vivencia íntima del dolor y la esperanza, la que empuja a penetrar más allá de los ojos y la teatralidad de las imágenes, donde reside ese mensaje que, se acepte o no, apela a la interpretación de los vértigos del ser humano y el caleidoscopio de su existencia.  Mi diálogo sea pues, mientras el cortejo avanza, con el movimiento de la llama, con las oscuras pupilas de la intemperie, con la caracola última que cauteriza las heridas y alimenta el flujo de la vida.  En ello consiste la libertad, la que permite elegir el camino, la que nos pertenece a todos y nos hace diferentes. 


Cristo del Amparo. Cofradía del Amparo. Cáceres 

sábado, 1 de abril de 2017

Compartiendo la palabra poética.

Este año no presentaré obra nueva propia en las Ferias del Libro que acaban de comenzar.  Siempre he entendido que la tarea de elaboración de un nuevo poemario, en la que me encuentro desde hace casi dos años, no es cosa de un día para otro, que exige un especial oficio de cantero, de pulido y abrillantado posterior, sobre todo cuando la organización del libro, por su temática o sus características formales, requiere de unas mayores dosis de trabajo y reposo, de uno y de otro, ambos son necesarios. Imprescindible también la experiencia vital, de la que fluye una gran parte de la posterior cristalización de las ideas que habrán de convertirse en versos. Entretanto llega pues el momento adecuado, es gustoso quehacer el de compartir con otros autores ese entusiasmo creativo, con tintes no pocas veces de ansiedad, ya sea a través de la lectura o de la edición, como ocurría hoy en esta penúltima jornada de la Feria del Libro que desde el pasado miércoles se celebra en la hermosísima ciudad de Trujillo. Largo el mediodía, las agujas del reloj de la Iglesia de San Martín, con sus atalayas henchidas de cigüeñas, marcaban ya más de las dos al comenzar la última de las presentaciones de la mañana, la del libro de poemas "AQVA", del escritor nacido en Montánchez, Hilario Jiménez Gómez, que ha editado la Asociación Cultural Norbanova en su colección "Baúl de Palabras". Uno oficiaba un papel prestado de editor, en una mesa de alto voltaje poético, junto al autor y al prestigioso poeta Luis García Montero, encargado de presentar la obra, que calificó como "un libro de capricho". Honda es la satisfacción de quien ha contribuido a engendrar un volumen donde texto y elementos visuales llegan a convivir en singular armonía, donde todo fluye y la palabra aparece salpicada de continuas referencias líquidas, como esas gotas dislocadas que a doble página prorrumpen para dar paso a una nueva propuesta poética que bebe de las fuentes más exquisitas de la lírica e infiltra sus hilillos en las cavidades del verso. Escuchar y aprender. Mesa compartida pero también disfrutada. Porque el aprendizaje es jubiloso ejercicio cuando el maestro despliega todo su arsenal de recursos y hace fácil el reto del poema. Nunca mejor presentador para tan jugoso libro, ni mejor intérprete de sus versos que el mismo autor. En esta tesitura, el soliloquio del editor, forzosamente ha de ser un panegírico de quienes con su obra dan sentido a su empeño y convierten en animado el papel, infundiéndole el hálito de la carnalidad.  


Durante la presentación del libro "AQVA", 
de Hilario Jiménez Gómez

Llena de evocaciones la tarde, de regresos e indagadas lecturas, de nombres inmunes al aguijón de la Parca. Trujillo. La campana de San Martín pronuncia las sílabas de las seis. O acaso se trate de Granada, de la Torre de la Vela, aquélla que Federico recordase en su Gacela del amor que no se deja ver. Porque él estuvo esta víspera allí con nosotros, mirando desde detrás de las celosías, con sus dedos marcando firmes las teclas del piano, leyendo una vez más a Walt Whitman. Estuvo en los labios de Luis García Montero, de Manuel Neila y Miguel Losada, de Ángeles Mora. También Miguel Hernández. Porque ni el tiempo ni la calavera de la injusticia pudieron acallar sus voces de presente, las que hoy continúan tejiendo con su océano de sonoras palabras los destinos de la inmortalidad. 


Luis García Montero lee el poema "Huerta de San Vicente", del libro "Un lector llamado Federico García Lorca", 
en Feria del Libro de Trujillo, 1/4/2017


Compartiendo la palabra poética




viernes, 17 de marzo de 2017

Hoy piden paso mis libros, se reivindican.

No suelo escribir acerca de mis propios libros. Ahí están, y ahora, cuando el invierno toca a su fin, me recuerdan que la mayor parte de ellos vieron precisamente la luz en estos meses de bonanza incipiente que estamos a punto de estrenar. Alguna excepción no falta, pero como quien no quiere la cosa, ha pasado ya un año desde que "El tacto de lo efímero", en su edición revisada y ampliada, fue publicado por Ediciones Vitruvio. Desde entonces, el libro ha recibido múltiples lecturas, no han faltado reseñas en revistas y medios digitales, también alguna presentación, con mayor o menor fortuna. De todas ellas, la vivida en Madrid, el pasado octubre, me dejó un excelente sabor de boca que todavía me impregna los labios. Del resto, la buena voluntad y generosidad de mis presentadores sobrevive a la somnolencia que sepulta su recuerdo. No tengo dotes de rapsoda ni soy muy aficionado a participar en lecturas, e incluso me cuesta trabajo seleccionar poemas si alguien se acuerda de mí para una antología o libro coral, pero lo cierto es que un año después, el poemario parece haber tenido más rodaje fuera de mi propia ciudad, como también lo tuvo "Escenarios", su inmediato antecesor en mi particular anaquel. De "El tacto", sigo echando de menos haber podido presentarlo en tierras de Huelva, pues onubense fue la inspiración que sirvió para apuntalar sus primeros versos, años hace ya de aquello, en tiempo de sabores salados y azules, cuando todavía bregaban incólumes los alfiles de la vida. 



Claustro del Monasterio de La Rábida, Huelva


Por las fechas en que nos encontramos, caigo en la cuenta de que ya hace dos primaveras del Pregón que con motivo de la Semana Santa Cacereña, tuve la oportunidad y el gran honor de pronunciar. Aquel fue el último que se celebró en el Auditorio del Complejo Cultural "San Francisco", de Cáceres, con no pocos sobresaltos y alboroto de duendes enredados en los cables y la megafonía de la sala. Nunca he escrito tampoco sobre aquella experiencia. Pensé que lo mejor era apaciguar el discurso y vestirlo luego con los hábitos del libro, que las palabras no se dejasen confundir con el retumbe de los tambores y la fragante brisa del incienso que apenas unos días después de ser pronunciadas se adueñaron de la ciudad y de sus itinerarios. 



Un momento del Pregón de la Semana Santa de Cáceres, 
año 2015

Aunque aquel pregón era inescindible de su banda sonora, asentó dócil sus diez cantos sobre la porosa alfombra del papel, y junto a otros textos igualmente reseñables, como el también pregón ofrecido a la Patrona de la ciudad en 2008, compusieron su propia sinfonía para ser interpretada "Por adarves y callejas, entre peñas y riscos", sobre el irregular pavimento de unas calles milenarias de las que uno no era sino otro testigo, llamado a enredarse, más temprano que tarde, en las telarañas de la desmemoria. 




Ahora siento que regreso al punto de partida, a la encrucijada de quien escribe a trompicones, acelerados los sensores del idioma y trastabillado el andamiaje de la imaginación. Los escenarios se repiten, pero la edad va dejando muescas entre las líneas de las manos, afilando la corteza de las vértebras. Años atrás, conviviendo con otras realidades, mi ciudad se alzaba núbil y temblorosa, como una novia distante y deseada, escurridiza a los dedos. Hoy su magia es parte de una cotidianidad no por ello cómplice de la rutina. Aún perviven urgencias, impúberes desasosiegos, lejanos titileos de voces, por siempre vinculados a estas calles y a la algarabía de este tiempo de purpúreas clámides, antesala de un estío agreste que harán suyo el silencio y la avena. 




Instantáneas de Cáceres, desde la Ronda de Vadillo 


sábado, 25 de febrero de 2017

Con la gripe como compañera de viaje

Nunca febrero fue tiempo para tanto sobresalto. Sobre los asientos de este tren que a medio gas enlaza Extremadura con la capital de España, dos libros aguardan su peculiar ceremonia de unboxing. Afuera, el frío golpea invisible los cristales. La lluvia de los últimos días ha engullido algunos metros la silueta de la Torre de Floripes que dejo a mi izquierda mientras el convoy se sumerge en la embriaguez de los túneles que atraviesan la vieja depresión de Alcónetar. Una voz grabada anunciará en breve la proximidad de Cañaveral y recordará a los viajeros que no deben perder de vista sus objetos personales. En mi caso, siguen indemnes los dos libros sobre la mesita desplegada del asiento que me precede. Apenas se siente el cosquilleo del aire acondicionado y no prescindo del abrigo. Poesía y prosa, alternativas razonables para un viaje que se prolongará más de tres horas.




Por fin, despliego las páginas de "Transparente", el poemario que la escritora gaditana Rosario Troncoso vendrá a presentar a Cáceres en las próximas semanas. Son inconfundibles los libros de la colección "Tierra" de la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Hay que reconocer que su editor, Javier Sánchez Menéndez, ha sabido dar personalidad a sus publicaciones, haciéndolas perfectamente reconocibles y dotándolas de un nivel de calidad que no ha sufrido altibajos desde sus primeros títulos. Aunque se trata de una segunda lectura, me siguen sorprendiendo gratamente estos poemas, y no tardo en devorar las primeras unidades de "Derribos controlados", la primera parte del libro. Ya en Castilla-La Mancha, me mudo a la narrativa. Soy reincidente con Murakami. Aunque no le hayan dado el Nobel, y quién sabe si se lo concederán algún día. De él me gustan sus atmósferas, sus personajes, la omnipresencia de la música. Lo de menos es la distancia, Japón queda lejos, pero la tensión argumental y la incertidumbre que condiciona el destino de los protagonistas no saben de geografías ni coordenadas. De pronto, me encuentro avanzando por los pasillos vacíos de un hotel, a la búsqueda del ascensor que conduce a la planta donde se halla la habitación que me han asignado en recepción. Me vienen a la memoria algunos fotogramas de El Resplandor, el triciclo histérico del niño enfilando la vertical del laberinto. 


Recién llegado, busco mi cuarto en la tercera planta. No tiene vistas a La Castellana, el patio interior no es demasiado fotogénico y opto por correr las cortinas. Aquí solo parece habitar el silencio. Cuando decido salir, tengo claro que visitaré la exposición de M.C. Escher en el Palacio Gaviria, en la calle del Arenal. Quizá hoy no haya que esperar mucho tiempo. Una amable señorita explica a los visitantes que sí tendrán que hacer cola, porque el aforo es limitado y la duración de la visita es de aproximadamente una hora. Al salir, la Puerta del Sol parece un espejo cóncavo donde los viandantes se reflejan sorprendidos. El legendario reloj de la Real Casa de Correos se alza al final de una escalera de peldaños interminables que comienza una y otra vez. Alguien diría que en realidad no es sino un ojo que parpadea ajeno a los avatares del tiempo, mirando desde la profundidad de una lente. 



Exposición de M.C. Escher en el Palacio Gaviria

El frío de las calles penetra bajo los tejidos, e incluso en el hotel, dudo si la calefacción funciona o no. Entretanto, creo haberme quedado atrapado en alguno de los imposibles paisajes de Escher.  O quizá no, porque la siguiente jornada me contempla enganchado a la arqueología del papel antiguo, olisqueando las huellas de quienes hace más de un siglo, y sin WhatsApp, acomodaban sus sentimientos, sus palabras, al romántico formato de la tarjeta postal. Y hablamos de 1898, quién lo diría. Pisaban entonces la tierra firme gentes como Machado o Unamuno. Y más al sur, babeaba entre pañales García Lorca, con el fondo musical de Los cuatro muleros o Los mozos de Monleón




Postales de Madrid, circuladas en el siglo XIX

Un picor en la garganta delata el avance del virus que anda hace días llamando a mi puerta. No me gustan las calefacciones excesivas, el calor artificial que engaña al cuerpo y desconcierta sus sensores. En horas de trabajo, nos han hablado de otro virus, el del odio, que infecta impune esta sociedad en la que vivimos, que señala y excluye con dedo aleve al que osa moverse de la foto. Al subir al metro, duele descubrir que para algunos, el hombre viaja en compartimentos estancos, que la grandeza de la diversidad es motivo para cambiar sin demora de vagón. Desembarco en el muelle de las librerías. Últimamente me pierdo y olvido la mesura. Mi botín son unos cuantos poemarios difíciles de encontrar en provincias. De regreso al frío del hotel, advierto que la tos comienza a hacerse presente. Aún me queda una jornada y después del trabajo, aguarda Francisco Caro con su libro "Locus Poetarum", en un sótano atestado de la calle Galileo. Un taxi me lleva hasta allí y creo ir con el tiempo sobrado. Craso error. El librero del Centro de Arte Moderno me dice que no hay sitio ya en el local. Y al bajar la escalera compruebo que efectivamente es cierto. Atisbo la inconfundible estampa de Rafael Soler y me topo con varios poetas conocidos y admirados. Antonio Daganzo me regala un metro cuadrado entre dibujos de Alejandra Pizarnik, y me abrazo a David Morello, mientras el protagonista, Francisco Caro, me firma su libro antes de que comience el evento. Casualmente, le conocí en la presentación de su obra anterior, en la Librería Rafael Alberti, de la mano de Lastura, y ahora, repito convocatoria, esta vez con Polibea



Presentación de "Locus Poetarum", de Francisco Caro, 
en Centro de Arte Moderno

Al escucharle recitar, me doy cuenta de mi pequeñez, de mi condición de exoplaneta, orbitando una estrella enana a años luz de la poesía que con mayúsculas se filtra en el ambiente cargado de aquel subsuelo. Paco Caro plantea una propuesta metapoética cargada de referentes, el lugar de los poetas, del maestro y del aprendiz, donde el papel en blanco bulle candente entre los dedos a la espera de la inspiración, la que, húmeda como un sexo, se encarama a los registros del idioma. Solo el poeta sabe cómo dejar la impronta de sus huellas dactilares. De allí salgo con el sombrero descolocado, con la temperatura accidentada a bordo de calles que parecen de otro universo. Ya no tiene remedio el mal que hace pesados los muslos y fomenta la estenosis de los bronquios. Cuando vuelva a subir al tren, sabré que mi destino es entregarme a la voluptuosidad de las sábanas y al consuelo de los analgésicos. Eso sí, con mis libros de cabecera. 









sábado, 28 de enero de 2017

Mis lecturas de enero. Descubrimientos y reseñas a ritmo de Bossa Nova

Escuchar a Frank Sinatra interpretar junto a Tom Jobim sus temas puede ser una buena manera de comenzar el sábado. Bossa Nova y la Voz, con mayúsculas, mientras las nubes avanzan dóciles sobre la claraboya de mi buhardilla. Se marcha enero con paso lento y versos concéntricos, una vez más, adentrándose el calendario en los territorios del futuro. Intentamos que el año comenzara su viaje sobre los raíles de la poesía, y nos deparó encuentros que mitigaron los rigores de la borrasca, mesas compartidas y libros manoseados cuyas páginas se hicieron palabra pronunciada en los labios. Lástima que la ciudad prosiguiera en su duermevela, ajena a la musicalidad de las imágenes, lastrada por herencias de silencio e indiferencia. Entretanto, por mis manos han pasado versos de amigos, recién alumbradas obras que su generosidad me permitió recoger en el buzón, poesía itinerante encaramada a las alas del correo. Me sumergí también en el piélago de las librerías, donde el azar dirige los ojos y las manos hasta el estante donde reposa ese libro que, quizá no buscado de propósito, se presta al diálogo con el lector despistado que hurga entre títulos y portadas llamativas, sin rumbo fijo. 





Meditation/Meditaçao, Sinatra/Jobim

Tres nuevos títulos de la Colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, se han incorporado estas últimas semanas a mi Biblioteca. Sólidos poemarios, muy diferentes, pero llamados a ocupar un sitio relevante entre las propuestas poéticas que acaban de desembarcar en las librerías. "No eres nadie hasta que te disparan", el último libro de poemas del prestigioso y carismático autor Rafael Soler, es sin duda un trabajo sorprendente. Como en su anterior obra, "Ácido almíbar", lo primero que llama la atención es la portentosa capacidad del poeta para crear un universo propio en el que conviven el lenguaje más directo, la ironía y el sarcasmo ante la sociedad y el modus vivendi de nuestro tiempo. Una vez más, encontramos una poesía que se edifica desde sus cimientos, de matemático encaje, con títulos que en realidad constituyen un verso más, esculpido en el frontispicio de cada poema, cadáveres exquisitos que por sí solos permitirían apuntalar el poemario. Basten como ejemplo: "Catadora de ron en los entierros", "Ningún río al morir entrega el alma",  "Nunca abofetees a un tipo que masca tabaco". Estamos ante un libro que aglutina el incisivo mensaje que caracteriza la poética de Soler y una palabra adulta, nunca gratuita, certeramente empleada y escogida.   Comparte colección con el anterior el nuevo libro del escritor argentino afincado en Rivas, Emilio González Martínez, de título "Palabrando", y que pese a no llevar mucho tiempo publicado ya ha sido incluido en la lista de libros recomendados por la Asociación de Editores de Poesía. Con ese estilo personal que ya descubrimos en su poemario anterior, "Escoba de quince", hallamos versos que evocan sentimientos universales y a la vez cotidianos, vivencias cercanas, ejercicios donde la palabra cobra vida para cautivar al lector, sigilosa y hábil. Lo dice el poeta: "como un guante, / la palabra tercia / acariciando el plasma del misterio. / Como un guante / se vomita a sí misma, / calla y extiende sus dedos / en los signos del vacío. / Finalmente, en su visita a Cáceres para presentar "Identidad", el poeta y periodista Francisco Castañón me obsequiaba con el poemario "Paisaje", del gallego Ricardo Martínez-Conde, de reciente publicación también en Vitruvio. Aún no lo he podido leer, pero un primer vistazo deja impresiones ciertamente prometedoras. El propio Castañón acaba de realizar en Letralia, tierra de letras, una completa reseña del libro, a la que puede accederse en el siguiente enlace: http://letralia.com/lecturas/2017/01/28/paisaje-de-ricardo-martinez-conde/#.WIz0sbg56Bc.facebook


En el trabajo de ojeo por los anaqueles de mi librería habitual, acaparo otros tres títulos que se añaden a la lista de lecturas pendientes. El primero de ellos, "No en mis días", que edita Vandalia,  redescubre al novísimo  Gimferrer y su extraordinario dominio del lenguaje poético, plagado de referencias culturales e iconográficas. El segundo, "La prisión transparente", de Antonio Gamoneda, publicado por Vaso Roto, acumula tres poemarios, La prisión transparente, No sé, y Mudanzas. Sirvan de presentación las palabras de su autor: "El recuerdo habita en el olvido y el olvido perfecciona el recuerdo".  Completo la relación de mis últimas adquisiciones con el flamante libro de poemas del cacereño Juan Manuel Barrado, incluido en la colección "Trea", y que titula "Pertenecemos a lo invisible", sugerente pórtico que invita a bucear en la personal lírica de este autor, perteneciente a la más granada generación poética que ha dado Cáceres. 



Y si hablamos de autores extremeños, resulta obligado referirnos a las dos últimas obras de Pilar Galán o Juan Ramón Santos, que acaba de publicar la editorial De la luna libros, dentro de su colección "Lunas de oriente", que siguiendo la estela de la inolvidable "Lunas de poniente", pretende recoger en su catálogo las voces más representativas de la narrativa que hoy se escribe en Extremadura.  Aunque la mayor sorpresa de estos días, gratísima, por cierto, ha venido también a través del correo, desde la hermosa isla de Mallorca, en la que reside desde hace años un poeta que nunca dejó de considerar a Extremadura como su tierra, Carlos Medrano. "Donde poder volver", la selección de poemas tomados de su blog "Isla de lápices" que ha publicado Vberitas, reconcilia sin duda al autor con ese amor que siente por estos pagos, y a quienes apreciamos su verbo poético, con una deliciosa muestra de su buen hacer, lleno de evocaciones y lúcidas escapadas, con la manufactura de un lenguaje cristalino que transporta a lugares y vivencias que dibujan la madurez de un poeta a caballo de dos orillas y cuya voz no olvida el legado de maestros como Santiago Castelo o Ángel Campos Pámpano. "En la aventura del papel y la belleza", recojo las palabras de su dedicatoria y celebro la lectura sosegada de estos versos que espero algún día pueda ofrecernos personalmente en esta ciudad, que es también la suya. 







lunes, 9 de enero de 2017

Primera ojeada a 2017. Redescubrimiento de los clásicos.

Me parece que este año que acabamos de estrenar lleva impresa una marca de nacimiento que responde a los códigos de la incertidumbre, entendida como falta de certidumbre, según la acepción del diccionario de la lengua española, y por extensión, a la ausencia de certeza concebida como exclusión de lo cierto, del conocimiento seguro y claro de algo. Dos mil diecisiete se anuncia con los ropajes de la fragilidad, la que es propia de caminar sobre terrenos irregulares y sin el amparo, siquiera metafísico, de una red. En el desorden de los fenómenos atmosféricos, se antoja un período de extremos térmicos; en la desazón de las ideas, la rebelión de los colores, y el recelo frente a artificiosos mestizajes. El mundo aterriza de nuevo y se instala sobre las páginas de un almanaque en blanco, contagiando con su carga viral cada uno de los números, los días, las semanas, que conformarán las estaciones. El siglo veintiuno es un tiempo de protagonismos heterogéneos e histriónicos, donde conviven zarpazos de cartesiana razón y delirantes episodios que bordean las fronteras de la incivilidad. Si las cartas del Tarot contienen algún tipo de mensaje oculto o representan un género de alfabeto críptico que aún espera ser descifrado, se me antoja que El Loco sería la que mejor pudiera describir esa realidad irreflexiva y nerviosa que nos rodea. Se ha querido ver en este personaje al hombre que camina hacia el futuro, libre de ataduras, con un rumbo que ni él mismo acierta a definir. Acaso la idea de romper con lo establecido y regresar a la esencia de lo que un día fuimos para crecer de nuevo, para hacernos de nuevo, permita recuperar el malherido germen de nuestra propia existencia y la de la madre naturaleza, sin la que no tendríamos sentido.  Es por eso que la incertidumbre con que se conduce este dos mil diecisiete, aún impúber, sea tal vez una llamada a la serenidad, a la mudanza de ánimo y al rescate de esa dimensión espiritual que la materia y la rutina han ido desplazando y denostando. 


Ilustración de Deli Cornejo para el libro "Arcanos Mayores" 
(Norbanova Poesía número 4, 2012)

En un momento en el que todo parece sometido a convulsiones, cuando la discordia prende fácil los resortes del verbo y la poesía es proclive a encendidas diatribas, me pide el alma un reencuentro con los clásicos, los que con su palabra nos allanaron el camino de la lucidez. Si el mundo, ese loco despistado que avanza con la cordura en horas bajas, pretende reconciliarse consigo mismo y dar una oportunidad a la trascendencia, qué mayor signo de ésta que la siempre provechosa relectura de los versos de Juan Ramón,  Machado, Unamuno o los grandes del veintisiete, aquellos que marcaron con sus voces una edad de plata anterior al cataclismo de los fusiles y que aún hoy aportan desde sus viejas e impecables ediciones ese toque de templanza del que tan necesitados nos encontramos, ahora que la poesía se confunde en un mar de egos enfrentados e intereses comerciales, alejándose quizá de su verdadero ser.   Del mismo modo anda sobresaltado el mundo, buscándose, sin demasiado tino. 



Sobrecubierta y página de presentación de la Antología 
1915-1931, "Poesía española", recopilada por Gerardo Diego y publicada por Editorial Signo, en Madrid, en 1932 (primera edición), que representó el descubrimiento de la poesía española de la época en Europa, reuniendo a toda una serie de autores cuya importancia y calidad resultan hoy indiscutibles.