sábado, 18 de enero de 2020

Reseña de "A punto de ver", de José Luis Morante, para el Aula de la Palabra


Notas para la presentación de "A punto de ver" (Polibea, 2019), de José Luis Morante, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. 
Cáceres, 17 de enero de 2020

Un lujo tener a José Luis Morante en el Aula. Una de las personas con más conocimiento de la poesía que se viene haciendo en nuestro país desde hace tiempo, y además, él mismo, grandísimo poeta. Ya hace años leí “La noche en blanco”, publicado en la recordada editorial DVD, que obtuvo el premio “Hermanos Argensola 2005”. Me pareció entonces un libro magnífico, dotado de un logrado equilibrio, donde la introspección y el hábil uso del lenguaje se conjugaban a la perfección en cada poema. El poeta como espectador y como anfitrión del sentimiento y de la memoria. He venido siguiendo igualmente su bitácora “Puentes de papel”, donde desgrana impresiones y recorridos literarios propios y ajenos. Hemos llegado incluso a compartir catálogo editorial, merced a la hospitalidad del sello de Takara, mirándonos desde la distancia de sus colecciones “Wasabi”, que acoge sus “Pulsaciones” y “Takara poesía”, a la que uno confió “La complicidad de los amantes”. Incluso hemos cultivado la amistad y el calor de poetas comunes, en persona, y en las páginas del papel impreso. Más allá del vínculo virtual de las redes -y en particular, Facebook-, coincidimos por obra y gracia de nuestra común amiga Rosario Troncoso, una gaditana en Madrid, en medio de relámpagos y ángeles fríos. Cáceres sería la próxima estación en este itinerario con el denominador común de la poesía, primera etapa de un año de dígitos pares, de guarismos repetidos, de rimados consonantes.

Y en ese juego de sílabas y ajustes de ritmos, una vez más, el haiku, voz profunda que inocula fogonazos de ideas y sentimientos, a golpe de suspiro poético. No es la primera vez que bebemos en este curso del medido caudal que ofrece esta estrofa japonesa, cada día con más adeptos dentro de la poesía española. Disfrutamos en septiembre con los “Diecisiete alfiles” de María Ángeles Pérez López, y ya veníamos de escuchar a Manuel Neila y sus “Sendas de Bashô”, por cierto, también publicado en Polibea, sin olvidar los “Relámpagos” de Rosario Troncoso que editáramos en Norbanova y cuyos estruendos también en parte tenían forma de haiku. Recibimos hoy a José Luis Morante con su centenar de haikus reunidos en este volumen “A punto de ver" editado como decimos por Polibea (Colección "El levitador núm. 84) que efectivamente, pese a la dimensión reducida de sus formas poéticas, tiene mucho para ver, mucho para degustar en silencio y en el calor de la reflexión a que siempre termina empujándonos este artificio poético condensado en diecisiete sílabas -alfiles- que diría la poeta vallisoletana María Ángeles Pérez. Y es que el haiku, como también el género aforístico, que tanto cultiva igualmente José Luis y del que también existe una muestra en este libro, dentro del epílogo “Anotaciones”, son modalidades literarias que no por su pequeña estatura resultan hueras de carga argumental y expresiva. En esta obra tenemos una muestra de todo ello y, como afirma Susana Benet en el prólogo, a través de este cúmulo de versos con título -algo no frecuente- se nos revela el Morante observador, espectador de la realidad que constituye su entorno, el que sabe transformar el flujo de lo cotidiano que perciben los sentidos en savia interior, alimento del poeta verdadero. Para conseguirlo dispone no solo de las armas de la palabra, bebe sobre todo -y lo confiesa el propio autor en su nota introductoria- del don de la sugerencia, algo que entiendo consustancial a la propia poesía y uno de los rasgos que mejor caracterizan su potencial expresivo. Cuando hablamos de haikus, el maridaje está servido. El lenguaje como vehículo para alimentar los caminos de la imaginación, la sugerencia que deslía el hilo de Ariadna del creador más allá del estrecho traje del poema.

Los haikus de “A punto de ver” transitan por diferentes senderos, dan vida a objetos y realidades próximas al tacto: el arco iris, los lápices, el despertar, la tarde, el frío…, creando cuadros cargados de un intenso contenido lírico. Así, en el poema “Sed”, el poeta dibuja verdaderamente una estampa que culmina con la hábil utilización de la sinestesia: “Una paloma / sobre la chimenea / se bebe el humo”. Otras veces el símil demoledor, que todavía lo es más cuando la métrica forzosamente obliga a condensar el mensaje. “Ancianos”: “Fuera de sitio, / como viejos cacharros / en el trastero”. Asistimos también a un racimo de haikus que responden a esa línea contemplativa de que antes hablábamos, donde el poeta busca retratar el entorno que le rodea y le resulta próximo, que despierta la energía de su pluma ante la necesidad de dar testimonio de los latidos de la naturaleza. Así, en el poema “Deshielo”, todo él hermosa metáfora: “Escurridiza, / inasible reptil, / la nieve fluye”. Pero igualmente, los haikus de este libro desbordan los cánones de la tradición, ahondando en la perspectiva más íntima del poeta, atesoran búsquedas, indagan silencios, pensamientos próximos al recorrido por los desfiladeros de la existencia. Dice Morante en el poema “Sitio”: “Se desvanece / el sol entre la niebla / y yo con él”, o “Andén”: “El azar ríe. / Aquel último tren / me guarda sitio”. Entrelazados sentimientos, aforismos vestidos con el hábito del haiku, se prodigan las miradas de fuera adentro. El poeta ha acariciado los juncos de Bashô, ha contemplado la luna antes de que sean cortados, y ahora tantea las horas, los objetos que se ocultan entre la niebla, a la espera de la aurora, como si el tiempo no existiera, pero consciente del ajedrez a que cada día juega la vida: “Final de Partida” “Mueve sus piezas / la vida al ajedrez. / Y jaque mate”.

Las “Anotaciones” que culminan el libro son en realidad una muestra del ideario poético del constructor de los haikus que las preceden. Con la experiencia del aforista que es, Morante reflexiona sobre la construcción de la escritura, recaba con ayuda de diversos referentes el sentido del haiku, los secretos de su mecánica, la sustancia gris que reside entre sus sílabas y engrasa sus versos. Llegados aquí nos preguntamos. ¿Qué pensará el lector? Avanzar por las páginas de un libro de haikus es una experiencia inflamada de sorpresas, gustosa y ágil, cada nueva estrofa es como un soplo de aire, de ese aire que se desliza aterciopelado desde las colinas del Monte Fuji, que aglutina humores de la naturaleza más pura y virgen.




sábado, 11 de enero de 2020

Savia nueva para la escritura

No es fácil escribir. El lenguaje no distingue almanaques ni agujeros de gusano. Cuando parece abandonado el hábito de la escritura, mientras transitan impenitentes las semanas y hasta los meses, una tarde cualquiera, sin pretender buscarlo, se activan sus resortes, descubres que siguen vivas las habilidades de antaño, con mayor o menor fortuna. En el socavón del silencio, uno ha continuado coqueteando con los versos, domesticando perezosamente las páginas de un libro cualquiera, desentrañando en la vigilia las claves de un futuro impaciente y a la vez plagado de interrogantes. ¿Aguantarán los estantes de mi biblioteca otro año de acumular sin mesura el peso de más volúmenes? ¿Verán la luz esos poemas que ya visten de largo con hechura de nuevo libro? Afuera, mecida por el ritmo del invierno, la ciudad conserva su fachada, su "mirar de ojos extraños", que diría José Luis Morante, quién sabe qué desajustes aguardarán emboscados entre sus callejas, qué turbulencias habrán de soportar las brújulas, los miembros del cuerpo, cautivos de la confortable métrica del sábado. Ya son parte del aire los nombres y las derrotas que jalonaron los itinerarios del pasado más reciente, ahora toca reeditar el desafío del agua, de la vida, de la noche que poco a poco va instalándose sobre los tejados, con su textura de lápiz carbón. Cuesta dar comienzo a una nueva estrofa, elegir las palabras, contar las sílabas. El mundo late más allá del skyline que se dibuja al otro lado del cristal de la ventana. Sin quererlo, el tacto se alarga. Esta luna no es solo mi luna, imagino que es caricia que también comparten otros cabellos, otra piel, detrás del horizonte, donde el rumor de la madrugada esparce sus pétalos. A esa hora en que los jardines duermen y la luz busca reescribir ilesa su andadura, piedra angular del día que se esfuerza en abrirse paso con los estertores de la amanecida. Dice J.A. González Iglesias que "el lenguaje ilumina a su paso las cosas". Y no le falta razón. Cada nuevo verso inocula savia joven, desempolva los secretos senderos de la imaginación, nos hace ver de otra forma el escaparate de lo cotidiano. 


viernes, 6 de diciembre de 2019

En el día de la Constitución

También hace un año escribía algunas palabras sobre el significado de este día y lo que la Constitución Española de 1978 había significado para este país. Bien sabido es de dónde veníamos, lo que había costado apaciguar las voces de la discordia y reconducir tantas veredas, que discurrían separadas. Han pasado ya cuarenta y un años y el mundo es otro. De mis cincuenta y cinco, la mayor parte lo han sido al amparo de aquel texto, asistiendo a la construcción de una España que buscaba hacerse un lugar en los anaqueles de la modernidad, con el estandarte de la convivencia como emblema. Hoy, el escenario -ya lo decía- ha visto cambiar las condiciones climatológicas, cómo el lenguaje se hacía distinto, algo que no debe sorprender por cuanto el tiempo modela con su escoplo el rostro de los elementos y las facciones mudan sus rasgos. Sin embargo, de todo lo vivido, debemos aprender la prédica del sosiego, eludir que la tempestad dinamite los arquitrabes de la calma. Demasiado cruel es ya la memoria.




sábado, 2 de noviembre de 2019

Pavana para el día de difuntos

Que el olvido no se apropie de la memoria, que no absorba los últimos vapores del ánima, que la confusión y la ceniza no disuelvan su tacto en el crisol de la materia, que las voces y el calor de los cuerpos no pierdan la magia del abrazo, que no se adormezca para siempre su caricia. La tierra húmeda se escabulle de entre los dedos, impregnando las uñas, removiendo el equilibrio de los recuerdos. 

Bajo la lluvia, 
humedad que penetra, 
fría y sin tregua. 

En los bronquios, el aire se atora, condensa olores e imágenes que no pertenecen al presente, que vienen de lejos, ornados de otros ropajes, fragmentos de un tiempo que dormita en los arrabales de la conciencia, allí donde nuestros pasos no llegan y tan solo se escucha el remoto eco de una campana oscura, el silabeo del viento, serpenteando entre los mármoles. 

Sigo buscando 
la respuesta a mis dudas, 
las piedras callan. 




domingo, 20 de octubre de 2019

España, camisa blanca de mi esperanza

Siempre me sentí identificado con las contradicciones e inquietudes de los llamados "hombres del 98", con su filosofía, su manera, bien distinta en cada uno de ellos, de enfrentar la perspectiva de la época que les tocó vivir. Los senderos de la historia, a merced de las veleidades del ser humano, revelan su increíble capacidad de volver sobre las propias huellas, de reescribir episodios que parecen sugerir un "déjà vu". Y es que, de nuevo, atravesamos tiempos convulsos, estallidos que ponen en entredicho los límites de la cordura. Los noventayochistas perseguían una regeneración desde las ideas para un país invertebrado, proclive al arrebato y la insensatez, un país de enorme riqueza cultural, cuya diversidad constituía uno de sus mayores tesoros, y a su vez, un silencioso virus capaz de desarbolar el equilibrio de sus órganos. Cuánto se dolieron de España los Machado, Azorín, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán...una España hostil a dejarse amansar, a seguir siendo territorio abonado para el desencuentro. Aquellos pensadores convirtieron la piel de toro en el referente de sus migrañas, en el despeñadero de sus visiones, indagaron en la personalidad de sus gentes, fruto de un intenso mestizaje. Y no pocas veces recibieron bofetadas de impotencia. Uno se mete en la piel del Unamuno, rehén de sus propias turbulencias, el que se santigua y a la vez se astilla los dedos; o adopta los ropajes del Marqués de Bradomín -feo, católico y sentimental- buscando acaso un alter ego con el que enfrentar de otra forma los achaques del presente. Porque después de tantos años, como diría Ortega, España, continúa invertebrada, protagonizando ese "Duelo a garrotazos" del visionario Goya. Pero estamos en el siglo veintiuno, aunque no lo parezca. Las heridas debían haberse cerrado hace tiempo y el futuro, ser camisa blanca de esperanza, como cantaron Blas de Otero y Víctor Manuel San José. Mientras enciendo el televisor o despliego las páginas de un periódico, resuena en mis oídos la letra de Cecilia y su "Querida España", deseando que no sea esa "España sin ventura" de Juan del Enzina.  



Ana Belén: España, camisa blanca de mi esperanza


Juan del Encina: Triste España sin ventura



sábado, 28 de septiembre de 2019

Mi reseña del libro "Diecisiete alfiles" para el Aula de la Palabra


Reseña de presentación del libro "Diecisiete alfiles", de María Ángeles Pérez López. Aula de la Palabra de la A.C. Norbanova. 
Cáceres, 27 de septiembre de 2019.

Nunca una cita literaria iba a deparar tanto fruto. En octubre de 2015, acudían a la convocatoria del poeta y gestor cultural José Cercas, en la bellísima y hospitalaria ciudad de Trujillo, ocho voces poéticas, todas ellas mujeres, cuya trayectoria ya era destacada, pero que, bendecidas por esos aires de las no muy lejanas Villuercas, engrandecieron de tal forma su protagonismo en el ámbito de la lírica nacional que hoy constituye un verdadero tesoro haberlas recopilado en el volumen que Norbanova, en colaboración con el Ayuntamiento de Trujillo, editó para la ocasión. Prácticamente todas ellas han pasado por el Aula de la Palabra, todas han recibido reconocimientos de la más diversa índole, o se encuentran involucradas en proyectos y empresas literarias de gran calado. Ya nos visitaron Emilia Oliva, Rosario Troncoso, Raquel Lanseros, Irene Sánchez Carrón, Ada Salas, flamante Medalla de Extremadura, que clausuró el pasado curso en el Aula. Hoy, otra, inaugura el que comenzamos, después de haber hecho miles de kilómetros ofreciendo el regalo de sus excelentes versos. 

No voy a ocultar que, para nosotros, es un verdadero disfrute tener a María Ángeles Pérez López como protagonista de esta inauguración del Aula de la Palabra, y más, con un libro como este, “Diecisiete alfiles”, que constituye una experiencia poética singular y es sin duda fruto de un trabajo muy meditado, en el que la autora ha sabido plasmar referencias literarias particularmente singulares, con la dificultad de aglutinar su contenido ajustándolo a la armadura métrica del haikú, metro por excelencia de la lírica japonesa que aquí no es propiamente la de Basho en cuanto la autora introduce elementos que entroncan con formas más vinculadas a nuestra poesía popular, especialmente, la incorporación de asonancias entre los versos primero y tercero, que introducen un ritmo inusual en la construcción convencional de este tipo de poemas. 

En el brillante prólogo “La vida muy urgente”, de Erika Martínez, ya se comenta el menor orientalismo que tiñe los poemas de este libro y cómo pese a mantener en síntesis la forma japonesa, se advierten incursiones en terrenos más próximos, que ya exploraran, entre otros, autores como Machado. No son pocas las analogías entre algunos ejemplos de la producción machadiana y las formas japonesas, combinando los resortes de la tradición folklórica representada por estrofas como soleás o seguidillas, y la estética refinada del haikú.

María Ángeles incorpora aportaciones propias, derivadas de su amplio dominio de la escritura y del juego de las imágenes, que ya pusiera de manifiesto con brillantez en su anterior obra “Fiebre y compasión de los metales” (Vaso Roto poesía, 2016), añadiendo elementos procedentes de la tradición clásica, a la par que alusiones poéticas que otorgan gran densidad a la obra. Los haikús se configuran como estrofas que permiten construir poemas dotados de individualidad en sí mismos, a través de secuencias de siete u ocho de aquellos, con un componente unitario que responde al título del poema mismo: “Haikús del amanecer, Haikús del camino, Haikús de los hierbajos…” Traza pues su poemario la autora sobre la arquitectura de la métrica japonesa (5-7-5 sílabas, sin perjuicio de alguna alteración exigida por la coherencia del discurso poético), pero elabora sobre ella un poemario compacto a través de fogonazos independientes que se obligan a ser leídos con autonomía, los unos respecto de los otros. 

Conservan sin embargo los haikús de María Ángeles ese sentir de asombro y ambigüedad que caracteriza a este tipo de poesía breve, especialmente llamada a la interpretación y a la relectura, al interrogatorio íntimo. Su pincelada tiene la intensidad de la poeta que maneja el lenguaje metafórico frente las propuestas más orientalistas caracterizadas por la simplicidad y el discurso directo. El resultado es la confección de unos poemas dotados de una belleza y profundidad evidentes, provistos de un color y un contenido temático que quizá no son tan frecuentes en la lírica japonesa.  Podemos apreciarlo cuando al hablar del amanecer (primeros haikús del libro), nos lo define como “Útero que abre/ con dolor los contornos/ hacia el lenguaje” o en los haikús del árbol, cuando dice de este: “Anillo de aire/ respiración que eleva / hojas y talle”.  Mantiene no obstante la poeta el vínculo del verso con los elementos procedentes de la naturaleza, algo habitual en esta poética, pero que engrandece con elementos que rebasan la pura anécdota. Confesará al final su apartamiento de la ortodoxia, su evasión del tablero, en las palabras que culminan el libro: “Sin tablero ni jaque mate”. Rebeldía, mas originalidad, captura de lo real, del momento, a través de la caricia mínima de una estructura que termina siendo una excusa tan solo para desatar la tormenta creativa de la autora. Es lo que ella misma reconoce y lo que destilan sus piezas de ajedrez, mientras el lector avanza, casilla a casilla. 

Pero hagamos una pequeña incursión en la temática de los 32 ramilletes de haikús que componen el libro. No deja indiferente la experiencia de bucear desde los umbrales del día, desde el parto callado del poema hasta las entrañas de la propia construcción poética, y así, la autora se atreve a desmenuzar la corteza epitelial del haikú mismo, del suyo, desobediente e irredento, con sus versos clavándose como cuchillos: “Esqueje de aire /en que silban deprisa /sus tres alfanjes”, peones armados y prestos para dar guerra. 

Encontramos así en este recorrido un grupo de poemas cuyo hilo argumental se condensa en torno a mensajes inflamados de intensidad, como los de los “Haikús de Pláyade”, que gritan sílaba a sílaba la tragedia de un ser humano desplazado y abandonado a su suerte, a bordo de las ingratas avenidas del Mediterráneo, en forzosa fuga del silbido de las balas: “Clama el Guernica. / En el grito del óleo / la voz de Siria”. El compromiso de María Ángeles, con entidades como Pláyade (Asamblea de apoyo a personas migrantes de Salamanca), late en estos versos de la impotencia, y al tiempo, también de la esperanza. El recurso a los mitos, a la cultura clásica, es una constante en este poemario, que igual recoge la savia de Epicuro, llamando a recrearse en lo cercano, en lo tangible, a “Libar la vida /que en su jugo se empapen/ omega y sigma”, que impulsa a ser consciente de las urgencias, porque la existencia no da tregua. En esta misma línea, los “Haikús de la vida muy urgente”, rescatan la herencia de Gloria Fuertes, -poeta de guardia-, y apremian a no perder tiempo, en una suerte de carpe diem que contrasta con la irremisible realidad del trabajo y sus corrosivos registros, como leemos en los Haikús que le dedica y en los que volvemos a encontrar esa vertiente de denuncia de la autora, siempre alerta a aquellas situaciones en que el materialismo impone su turbia ley y lo humano importa poco. En este mismo bloque temático tendrán cabida igualmente los “Haikús de Europa”, donde la autora contempla una vez más con resignada dureza la realidad del mundo que le rodea, del tiempo que le ha tocado vivir, insensible y cruel, alimentado por el miedo, territorio hostil creado a imagen y semejanza de ese hombre que carece de memoria y mira de espaldas: “Miedo en la boca / y miedo en las pateras. /Vergüenza Europa”. Es el tiempo de la muerte de los mitos, del plástico que atora los picos de los cormoranes, de los muros que se clavan, del miedo al futuro. Ese miedo que también es protagonista de sus propios haikús, que fluye a través de unos versos que resquebrajan el inmovilismo del sosiego y que se sienten como mordeduras en nuestra conciencia. ¡Cómo en formas poéticas tan breves se puede llegar a condensar un dardo tan potente, unas imágenes tan reales! Miedo equivalente al frío, al óxido, miedo “Avispa roja/ que tiembla en el oído /y entra en la boca”.  Y luego, completando la curvatura del círculo, surge en medio la rabia de Antígona, de una Antígona que camina descalza bajo la intemperie, huérfana y herida en lo más hondo, doliéndose del hedor que supuran los taludes. 

Un segundo grupo de poemas concentran su mirada hacia los sentimientos, las cosas, los lugares que forman parte de nuestro recorrido por los escaques de nuestra geografía cotidiana. Surgen así, entre otros, los Haikús de los apeaderos, los Haikús del hielo, los Haikús de las estalactitas, los Haikús del cielo, etc., todos ellos cargados de sorprendentes imágenes, poemas que sin embargo no prescinden de esa incertidumbre que sobrevuela todo el libro, contraste entre la libertad, lo bello que es inherente a la naturaleza y la amargura que también está presente en ella y que deja un sabor ácimo en los labios. En Haikús de los hierbajos, contrastan las amapolas, su tronío, con el desparpajo verde de la mala hierba, esa a la que sin embargo la autora unge con el poder de la supervivencia, de la entereza: “Lenguaje humilde / de lo que nada espera / pero resiste”. Estremecedor ejemplo de lo que decimos es también el poema “Haikús de la garza desangrada”, para mi gusto uno de los más impactantes del libro. Y no se olvida nuestra poeta de los objetos más humildes. Así, tienen sitio en su poética la caña de pescar, señuelo que destapa la metralla, la bicicleta estática, mutilada y anodina; el alfabeto, con sus reglas inmarcesibles, bendita luminaria que perpetúa el tránsito de la imaginación que cabalga a su medida y se conjura frente al olvido. 

En sus juegos de asonancias, los haikús de María Ángeles cautivan, pero igualmente, invitan a una lectura intensa y reflexiva. En pequeñas dosis, la vida, el mundo entero, persiguen su certidumbre, sortean la amenaza de las agujas, se cuidan de la fragilidad emborrachando los sentidos, desplegando en tropel sus piezas a la conquista de la verdadera poesía. 




Con la autora, finalizada la presentación del libro
















lunes, 16 de septiembre de 2019

Con el aliento quebrado

Seguía esperando esa velada que íbamos a compartir, que llevábamos planeando desde tanto tiempo para ofrecer a nuestros seguidores y amigos un recital de música y poesía. Habíamos dicho que sería en Mérida, una ciudad en la que nunca he llegado a presentar ninguno de mis poemarios, y me hacía por ello especial ilusión, sobre todo si tú me acompañabas con tu inseparable guitarra y tus canciones. Ya no podremos poner melodías en francés a "La complicidad de los amantes" o a cualquier otro libro, todo da lo mismo ahora que te has ido, prácticamente sin avisar, cuando ninguno podíamos sospechar un desenlace así, justo en el momento en que más confianza teníamos de que ibas a conseguir vencer de una vez por todas tu particular batalla. Y gran contienda ha sido la tuya, contra vientos, mareas y otras tantas innombrables inclemencias. Cuando presentamos tu libro de poemas, en la Feria del Libro de Cáceres de hace dos años, ¿quién iba a imaginar que todo terminaría torciéndose? Querido amigo, hasta las palabras se deshacen ante las mordeduras de la impotencia y apenas si encabalgo una sucesión coherente de ellas. Has vuelto a tu caracola y allí acurrucado te recordaremos siempre, como el eco del agua que retumba en los oídos, faro que ilumina las primeras luces del amanecer sobre las mansas olas que anticipan la caricia de la bajamar sobre la arena húmeda. Nous ne t'oublierons jamais. Cada vez que escuchemos tu música, cada vez que leamos tus versos, cada vez que recordemos todos esos instantes que compartimos.  Ahora, ya has cruzado los arrecifes de la esperanza, tú que quisiste vivir como el último día todo este tiempo de gracia. Espero que hayas alcanzado el reposo y la plenitud donde quiera que vuelen tus gaviotas.  Hasta siempre, querido amigo Álex. Au revoir, cher ami. 


Junto a Alexandre Lacaze en la presentación de su libro "Los arrecifes de la esperanza", en la Feria del Libro de Cáceres, el 26 de abril de 2017