domingo, 14 de agosto de 2022

Hojas de la memoria: Las "Barcas de Alconétar". Patrimonio sumergido de Cáceres

Al hojear las páginas de mis álbumes de fotografías e imágenes del pasado, hurgando a la búsqueda de alguna temática que pueda resultar de interés para la sección "Hojas de la Memoria" de este Blog, que tengo un poco abandonada, captan mi atención tres pequeñas fotos en tonalidad sepia procedentes de los primeros años de la década de 1920 que reflejan a la perfección cómo era el día a día en el llamado "Vado de Alconétar", antes de la construcción del puente que permitió unir las dos orillas del río Tajo y facilitar el tránsito de los vehículos, que iban siendo cada vez más numerosos. A falta de puente, el paso del río tenía que hacerse mediante barcas, y son precisamente estas, las "Barcas de Alconétar", las que aparecen en las imágenes siguientes, acarreando tanto los viejos coches como el ganado, de modo que pudieran cruzar de una a otra parte del ancho cauce fluvial. El escritor y periodista Fernando García Morales en su libro Ventanas a la ciudad* traza una semblanza de aquellas barcazas, indicando que pertenecían a la casa ducal de Alba de Liste, que las arrendaba por años completos. Comentaba que en ellas "cabían hasta cuatro carros con sus caballerías", y que prestaron servicio hasta 1927 en que se inauguró el puente, hoy sumergido bajo las aguas del pantano de Alcántara. Tienen pues estas fotos un significativo valor histórico pues nos trasladan a una época y a un paisaje que ya solo pertenecen a la memoria, como la de los viajeros ingleses que en los siglos XVIII y XIX pasaron por Extremadura y cuyas crónicas recogió María Dolores Maestre en su libro 12 Viajes por Extremadura, en los libros de viajeros ingleses, 1760-1843*. Al vado de Alconétar se refieren indicando que este lugar "se pasa en "La Barca" y que junto a ella "están los restos del noble puente romano de Alconétar, o "del Mandible".  El enclave era particularmente pintoresco y aderezado con múltiples leyendas que evocan gestas caballerescas y reminiscencias templarias. No en vano, allí confluyen los ríos Almonte y Tajo y sobre el promontorio rocoso se alza vigilante la silueta de una torre, llamada de Floripes, único resto del viejo castillo y cuyo nombre evoca relatos de magia y fantasía de los que incluso Cervantes se hizo eco en el Quijote. 


Barcas de Alconétar. Coche y viajeros cruzando el río Tajo. Al fondo, 
Castillo de Alconétar, Torre de Floripes y antiguo parador


Barcas de Alconétar. Ganado cruzando el río


Puente romano de Alconétar en su emplazamiento original

Con la avalancha de agua que trajo consigo la construcción del embalse, en 1969, aquellos parajes terminaron inundados y ni siquiera las pertinaces sequías de los pasados años y la que hoy vivimos, especialmente virulenta, han hecho que el nivel de las aguas disminuya hasta el extremo de descubrir todo lo que un día anegaron. Solo la imponente estructura pentagonal de la torre y algunos fragmentos de muralla y barbacanas del castillo asoman con ocasión de estas temporadas de escasez hidrológica, pero apenas si se distingue ya dónde el Tajo y su afluente se hermanaban, ni mucho menos, el skyline de los viejos puentes, impresionantes obras de ingeniería que apenas recuerdan unos pocos y que fueron pioneros de las recientes construcciones que hoy cruzan estas mismas aguas, como los puentes "Arcos de Alcónetar" en la autovía A-66 o el recientemente puesto en servicio para la nueva línea ferroviaria de Extremadura. Solo el viejo puente "Mantible", el romano de Alconétar, se salvó de quedar engullido por el pantano al ser trasladado piedra a piedra a otro lugar en su cola, donde no es tan frecuente ver llegar el agua. Algo así como lo que le sucedió al templo de Abu Simbel, en Egipto, con motivo de la construcción de la presa de Aswan. 


Puente de la carretera N-630 inaugurado en 1927. 
Detrás, el puente romano en su emplazamiento original


Arcos del puente romano y puente moderno detrás


Puente de Alconétar en su actual emplazamiento, con el agua bajo sus arcos. Foto Juan Gil. Postal y sello personalizado emitido por la Asociación Cultural Filatélica y Numismática Cacereña en 2014

Tienen mucho de romántico y poético estas historias de pueblos o lugares aislados o que quedaron cubiertos por las aguas. En Extremadura tenemos varios ejemplos de gran calado, como son los casos de la villa de Granadilla, abandonada ante la amenaza que supuso la construcción del pantano de Gabriel y Galán, pero hoy afortunadamente recuperada y en progresivo proceso de rehabilitación, e igualmente, Talavera la Vieja, sumergida en el embalse de Valdecañas y que también propició el traslado de antiguos restos romanos, como su elegante columnata. También en esa zona se encuentra el llamado Stonehenge español, el monumento megalítico "Dolmen de Guadalperal", que la sequía ha vuelto a hacer visitable. 


Columnata de Talavera la Vieja. Serie Roma-Hispania. Sobre matasellado en Bohonal de Ibor, el 24 de junio de 1982, primer día de circulación del sello

Regresando al vado de Alconétar, aunque la nostalgia y el romanticismo nos lleven a imaginar un descenso de la cota del embalse que permitiera siquiera intuir la posición de todas estas antiguas construcciones, ello no podría ser más que sinónimo de un escenario completamente indeseable, pues una bajada de tanta magnitud haría peligrar la obtención de energía eléctrica y supondría la suspensión del trasvase de agua del Almonte para el suministro de la ciudad de Cáceres, ya de por sí amenazado como consecuencia de la sequía que padecemos. 


Panorámica del embalse de Alcántara momentos antes de que quedaran definitivamente cubiertos los viejos puentes de la carretera y el ferrocarril (1970). Se observa a la derecha el montículo donde se encuentra la Torre de Floripes, lo que permite imaginar la cota tan enormemente baja que tendría que alcanzar el pantano para que los puentes pudieran emerger

BIBLIOGRAFÍA CITADA:

GARCÍA MORALES, Fernando: Ventanas a la ciudad. Servicio de publicaciones de la Cámara oficial de comercio e industria de Cáceres.1995.

MAESTRE, María Dolores: 12 viajes por Extremadura. En los libros de viajeros ingleses. 1760-1843. Patronato de Turismo y artesanía de la Diputación Provincial de Cáceres. 1990.

DOCUMENTACIÓN FOTOGRÁFICA:

Archivo de Jesús M. Gómez Flores. Cáceres 


domingo, 7 de agosto de 2022

Van Gogh en Ámsterdam: De la miseria a la inmortalidad

¿Cómo podía imaginar el pobre Vincent Van Gogh que su nombre y su trabajo pasarían a engrosar el patrimonio cultural de la humanidad y que por sus cuadros se pagarían sumas desorbitadas, que tendría un museo entero para dar testimonio permanente de su obra? Pues sí, todo eso y mucho más. En el barrio de los museos de Amsterdam, Museumplein, rebasada la galería interior del Rijksmuseum, entre los edificios que se alzan sobre la zona ajardinada se encuentra el que cobija la extraordinaria colección neerlandesa de obras de Vincent Van Gogh y de algunos contemporáneos suyos. El recorrido que se ofrece a los visitantes tiene por principio toda una amplia muestra de autorretratos que son reflejo de esa atormentada forma en que el pintor se veía a sí mismo y también al mundo circundante. Llama la atención la cantidad de obras fechadas en el año 1887, apenas tres antes de su muerte, un período de gran fecundidad creadora en el que Vincent habría tratado de dar salida, mediante la pintura, a los intensos conflictos que atenazaban su día a día. Decenas de poses y un mismo rostro, idéntico modelo pero distinta la manera de mirar, el tempo de sus ojos, turbulentos testigos de un presente a merced de múltiples sacudidas. El pintor blandiendo su pincel, mirando de frente, ofreciendo su mejor perfil, con más o menos luz, fumando su pipa. Incluso alguna imagen que parece remoto antecedente del pop art. 


Continúa el itinerario con sus pinturas sobre temas rurales, paisajes, gentes del campo, personajes cuyo anonimato importa poco, protagonistas de un cosmos melancólico, de mirada envejecida y esforzada, como la de los Comedores de patatas, de tono netamente expresionista. 

La relación de Vincent con sus contemporáneos y la influencia de estos es perceptible en otros de los cuadros, acertadamente hermanados con los de artistas como Gauguin o Toulouse Lautrec. La influencia de ambientes y culturas exóticas, especialmente las asiáticas, se advierte también en su paleta, acaso impregnada de aquellos vientos que habrían de cristalizar después a bordo de los cauces del Modernismo. Vincent participa del espíritu bohemio de su época, de su modus vivendi, propicio al desequilibrio y a los excesos, universo en el que convivirán heterogéneos creadores con destinos, sin embargo, muchas veces compartidos. Van Gogh, Gauguin, Toulouse Lautrec y luego Modigliani, por citar a algunos de ellos, almas descastadas, de labios teñidos de absenta, envueltos en un halo de miseria vital que contrasta con su santificación post mortem, su conversión en objetos de merchandaising, en iconos de una sociedad que en su tiempo no pudo o no quiso entenderles. 


Comparativa de obras, Van Gogh y Toulouse Lautrec. Imagen y técnicas similares. 


Mundo y vida bohemia: La habitación de Arlés


Interior del Museo Van Gogh de Ámsterdam














domingo, 31 de julio de 2022

Oscuridad y Luz. Enemigos íntimos. Reseña de "Poemas de una polilla" de Marisol Santiago

No es la primera vez que la colección "Baños del Carmen" de Ediciones Vitruvio me depara el descubrimiento de una voz poética intensa y conmovedora. Suele acertar el olfato de su editor, Pablo Méndez, en la selección de autores nuevos cuyos versos se incorporan a esta ya dilatada nómina de poetas.  Ha vuelto a ocurrir con la opera prima de la escritora Marisol Santiago, Poemas para una polilla, que hace el número ochocientos sesenta y ocho de la mentada colección vitruviana. Tras varias semanas aguardando su turno en los poblados estantes de mi biblioteca, me he sumergido de lleno en sus poemas, lectura sin prisas, versos de otoño para tardes caliginosas de estío, con banda sonora a la medida de Schubert. Para alguien como yo, cuya palabra vaga desubicada arrastrando reminiscencias decimonónicas, es fácil conectar con un discurso como el de Marisol, en el que lo oscuro, la noche, la herida de la ausencia y la promesa de la lluvia se erigen en escenario que derrocha sentimientos, confesiones, íntimo vómito que la poesía redime.

El libro se articula en torno a cuatro secciones de progresiva intensidad, donde el yo poético de la autora va elevando in crescendo el tono de su relato, desde el destierro interior de una voz ajena que protagoniza la primera parte, "Poemas para un monstruo", exorcismo que libera el cuerpo y la métrica, que cauteriza la carne astillada de la vida, hasta confundirse con la geografía más próxima, la que es tronco y rama, que santifica el presente con el vuelo de las mariposas cada mañana del futuro. Basta recordar los títulos de los poemas que se agrupan en aquella primera serie para intuir el espíritu atormentado de la autora: "Monstruos", "Cuervos", "Demonios nocturnos", "Funeral", etc., que recurre a elementos e imágenes cercanas al universo de lo gótico, cuya máxima expresión se encuentra en la tercera de las secciones del libro, "Poemas de una aparición enamorada" (reflexiones de un fantasma decimonónico), magníficos versos que componen un retablo de genuina estampa romántica, que evoca fotogramas becquerianos o esproncedianos, donde el amor se encarama más allá de la palidez del sepulcro. Tales fuerzas combaten entre sí a lo largo de todo el poemario, protagonizan un conflicto entre enemigos íntimos. Ejemplo de esta sucesión de antítesis lo vemos en el poema "Hades": "Me lanzas al vacío y me retornas. / Afonía y alarido, / eres destrucción y existencia", pero también en el revelador texto de "Polilla moribunda", en el que vida y muerte confunden su rostro, o el poema "Difuminada",  con la angustia del tabaco como protagonista, máxima expresión del ansia que es abismo, del destino que se sabe envenenado pero que a la vez es seductora pesadilla. Denominador común de estos "Poemas para una polilla", segunda sección del libro, es el vacío que deja el sentimiento dolorido, la belleza rota, la tormenta que azota el tejado y "dibuja una sombra de humedad / en mi techo y en mi alma".  

Con un lenguaje sencillo y directo, Marisol Santiago consigue en este primer poemario una intensidad que los lectores de poesía agradecerán sin duda, el aluvión de unos versos sinceros que vertebran sensaciones y desvelos que son universales pero que no es siempre fácil enhebrar con palabras. Es este un libro vibrante, cromáticamente otoñal, pero con una fuerte carga de vitalismo, de resiliencia. La vida es mucho más que recuerdos y princesas rotas, es un fluido que libera el germen de la esperanza, que se complace en la sonrisa limpia que cada día nos regala el alba. 




domingo, 24 de julio de 2022

Canales, molinos, mariposas...y un poeta

Apenas había leído unos pocos poemas de Cees Nooteboom antes de viajar a los Países Bajos. En la edición de su antología Luz por todas partes, publicada por Visor, Fernando García de la Banda, autor del prólogo, llama la atención acerca de las dificultades que conlleva la traducción de la poesía neerlandesa al castellano, especialmente por cuestiones fonéticas, acentuales y la gran distancia entre las tradiciones literarias y culturales. Esas diferencias no son sino el reflejo del tajo que separa la forma de interpretar el mundo y la vida de las sociedades española y holandesa, algo que resulta netamente perceptible a pie de calle y que también tendrá su traslación al campo del idioma y a las formas de la escritura. 


Lo primero que sorprende es la divergencia cromática, la reacción de los sentidos al alto grado de humedad, la relajación que se detecta en el aire, en los rostros, en el modo de caminar de los lugareños. Observar el paisaje ibérico desde la ventanilla de un avión nos revela un espectro de tonos ocres, puzzle tallado a base de cuadros marrones muy ocasionalmente salpicados de algún oasis verde o azul. Sobrevolando los Países Bajos, estos dos últimos colores reinan sobre el resto, y el cuadriculado se estructura mediante una encrucijada de canales, anillos de agua que envuelven lenguas de superficie verde, edificios que se erigen cual palafitos en terrenos hurtados al dominio de las mareas.  En Ámsterdam, la humedad del ambiente es parte de la idiosincrasia de sus paisajes, el río que serpentea bajo nuestras huellas y traza itinerarios líquidos que ensamblan sentimientos e inquietudes recuerda que pisamos sobre seguro, que la furia de las corrientes no podrá alcanzarnos, contenida a merced de robustos diques. Ámsterdam, ciudad cuyo nombre está escrito en agua, habitada por gentes de agua, hacedores de tierra, en palabras de Nooteboom. Ámsterdam, dique sobre el Amstel, espacio abierto a la embriaguez de mil aromas, donde la noche se viste de coloradas telas de araña. 


Al norte, y al sur, las ruedas dentadas del agua vertebran los espacios urbanos, componen imágenes que son trasunto de escenarios poéticos, instantáneas en las que se confabulan la cotidianidad del trabajo y la necesidad de liberarse del lastre de la rutina. En modo panorámico, diviso la horizontalidad de las construcciones, pero también cómo parecen sostenidas por un hilo invisible desde arriba, estirando su estatura. Más allá, las aspas de un molino con varios siglos a sus espaldas parecen querer decir, en su lengua vernácula, que continuarán resistiendo, inmunes al empuje del tiempo. 


Paisaje en Volendam 

Con Nooteboom llegamos hasta La Haya, su ciudad natal: "No hay viento, ni movimiento, reina aquí una ley / de lentitud punitiva..." Como en la festividad del Tanabata, un árbol de bambú da la bienvenida a los visitantes del Palacio de la Paz, con sus tiras de papel o tanzaku, frondosa carga de deseos colgando de sus ramas. No lejos, la llama de la Paz invita a la reflexión en un mundo donde el rencor y la violencia campan a sus anchas. Acaso M.C. Escher ya anticipara con su pintura analítica el laberinto que hoy nos rodea y en el que una y otra vez nos dejamos atrapar. 




Palacio de la Paz (La Haya)

El urbanismo neerlandés recuerda vagamente las construcciones georgianas de Gran Bretaña e Irlanda. Con la importante diferencia que supone la anchura de los edificios, todo un teorema que hace concebir la vida como un reto hacia adentro y hacia arriba. Se trata de aprovechar al máximo el terreno útil, de diseñar ecosistemas aptos para el ser humano y la levedad de las mariposas. Se pregunta Nooteboom "¿Echo de menos Ámsterdam cuando, como ahora, estoy lejos?". Su respuesta es negativa. El poeta vive alimentándose de libros, no de lugares, libros como los que duermen en los anaqueles del Rijksmuseum, con su biblioteca al estilo del Trinity College: "No, la nostalgia es otra cosa, toma la forma de libros"Son las palabras las que quedan impresas sobre la piel, el vaho que desprenden los canales a media tarde. De vuelta, en el territorio mediterráneo, sobreviven las imágenes, los olores, la música, a bordo de los versos, sedimentos que la memoria almacena con la precisión de un Vermeer.


Mariposas en el "Hortus Botanicus" de Ámsterdam


Biblioteca del Rijksmuseum


La lechera, de Vermeer, en el Rijksmuseum



domingo, 3 de julio de 2022

Vivir tan solo. Lectura de "Ese sabor antiguo de las obras" de Javier Sánchez Menéndez

Hace ya unas semanas, recibía en mi domicilio los dos nuevos libros del poeta gaditano Javier Sánchez Menéndez, Ese sabor antiguo de las obras (Chamán ediciones, Albacete 2022)  y Mundo intermedio (Ediciones Trea, Asturias 2021). dos libros con mucho en común, llenos de reflexiones que son fruto de una contemplación sedicente y plena de madurez a propósito de la realidad que sirve de escenario para la travesía del ser humano, realidad que encierra un universo de íntimas contradicciones que el poeta vierte en sus versos con la poderosa herramienta que le proporciona la palabra, ya sea enfundada en el molde del aforismo, más estrecho y punzante, ya lo haga con la vestimenta del poema, en gran medida también tiznado de un cierto marchamo aforístico. ¿Quiénes somos?, ¿Dónde es reconocible la verdad?, ¿Hay diferencia entre la vida y la muerte? A estas y otras preguntas trata de responder Sánchez Menéndez a lo largo de las páginas de estas dos obras, dándose cuenta de que acaso ninguna respuesta sea completamente válida: "Responder con una pregunta, dudar con otra, vivir con cientos de dudas".  El pensamiento poético del autor aparece vertebrado en torno al sentido de la consciencia, capacidad que implica el conocimiento, referido al sujeto propio y a la realidad circundante. Consciencia, verbo omnipresente que ubica el tránsito del caminante por los senderos del tiempo, que concibe la vida como antesala del crepúsculo infinito, vasos comunicantes que construyen un fingido equilibrio: "Dejamos de vivir cuando comenzamos a dejar de morir". 

Ese sabor antiguo de las obras condensa tal cúmulo de interrogantes y se concibe desde la perspectiva del espectador (que contempla), del intérprete que escruta (atiende) y que descifra (entiende), las claves de un trayecto que se desenvuelve en círculos concéntricos, en el que pasado, presente y futuro se difuminan y la creación se antoja equívoco mapa. Es fácilmente adivinable en muchos de los poemas ese toque sentencioso, transcripción del aforismo que les sirve de cierre y que exprime las esencias hilvanadas en los versos antecedentes: "La fantasía es ese lujo / para cuando marchemos", remata el poema "Fantasía", o "El pasado no existe en el futuro, / tan solo se recuerda en el presente", que hace lo propio en el poema "Pasado".  El vértigo del poeta es consustancial al descubrimiento que supone la consciencia, cataclismo que lo cambia todo y que nos deja a la intemperie. Solo queda pues gozar las notas de Mozart: "...sigo siendo ese niño / que amaba, / la vida que no existe, / una vida sin triunfos ni criterios, / ese sabor antiguo de las obras".  Existe, no obstante, un lugar para la redención más allá de la nada, acaso el lenguaje como heraldo de la libertad, la palabra hermanada con la verdad, la poesía con la pureza. 

Todos los poetas buscamos esa línea de luz con la que dibujar el sendero que conduce a la permanencia, que alimenta nuestra capacidad para contener los envites del mundo. Cuando no comprendemos, el silencio se convierte en aliado. Como dice Sánchez Menéndez, todo consiste en "contemplar, atender y entender", y la vida, "ese incidente que se convierte en acontecimiento". Inmersos en esta época convulsa que nos ha tocado vivir, obsoletos los referentes que una vez fueron dogmas, cuando acaso ni siquiera la verdad es fiable, abrir los ojos es premisa para comprender, para ser libres. Así lo proclama el poeta desde su Mundo intermedio: "La mayor manifestación de libertad es el descubrimiento".  



viernes, 24 de junio de 2022

RITMOS: Colección de imágenes para celebrar la música

Hace diez años, me pillaba el veintiuno de junio por las calles del parisino barrio de Le Marais. Todo era bullicio allí, un aluvión de rostros y una algarada de notas y ritmos inundando el asfalto, las esquinas, las azoteas y los locales. Se celebraba el Día Europeo de la Música, la Fête de la Musique, y la ciudad abandonaba por unos instantes la sobriedad de sus fachadas para reivindicar su voz y sus acordes, la melodía de una noche que se prometía intensa, inabarcable. Continúa en la memoria vivo el recuerdo de todo aquello, regresa a mí en estos días con el solsticio de verano, anuncio de un tiempo de luz y de viaje, con el aroma de la libertad adherido a la brisa.  Si Le Marais invitaba a reinventar la forma de reconciliarnos con el mundo, proponía nuevos moldes para la cordura, incitando a remover sin tapujos el olor a plástico quemado de los prejuicios, hoy, con una década más aupada sobre los hombros, ese mensaje sigue vigente, cuando todavía no hemos desterrado el lastre de la pandemia que silenció y dejó desiertas las calles, cuando el estruendo cruel de los proyectiles se siente cerca, con toda su metralla de vidas desheredadas e inseguros pronósticos. Muchas cosas han cambiado desde aquella inmersión en el ambiente festivo de un París desinhibido y multicultural, donde tenían cabida los sones del Nabucco de Verdi junto al culebreo latino de La Bamba.  

Esta semana he vuelto a sentir esas sensaciones al contemplar las imágenes que integran la exposición inaugurada en el espacio creativo La lente y el pincel de Cáceres, con fotografías y dibujos que rinden homenaje a todo lo que significa la música y la danza y su carácter terapéutico y benéfico para la sociedad, tan necesitada de balsámicos abrazos en esta época marcada por la deshumanización y el enfrentamiento. Las instantáneas captadas por la cámara de Miriam Gómez nos transportan a escenarios de multitudes, como los de Womad o Extremúsika, a actuaciones improvisadas en rincones urbanos de anónimos buskers, o reflejan la elegancia y dinamismo de los grupos de baile. Fotografías que se alternan en armónico mestizaje con los dibujos de Deli Cornejo, complementarios de las anteriores, que evocan singulares secuencias rayanas en lo poético, también protagonizadas por cantantes, instrumentistas o bailarinas, pentagramas que esbozan notas de jazz o pasos de danza, al fin y al cabo, crisol de ritmos, ritmos que dan título a la muestra y que oxigenan con sus cadencias el debut de un verano que se antoja denso, propicio a la caricia de la lumbre. 

Desde París hasta Cáceres, la música se respira, se siente penetrar por los poros, siempre cálida y asombrosa. Dejémosla crecer, inundar con sus vivos colores la rutina de lo cotidiano. 


domingo, 12 de junio de 2022

Feria del Libro de Madrid 2022: Abanico de múltiples escenarios

Volver a la Feria del Libro de Madrid en junio, abolidas todas las limitaciones del pasado año, ha sido como recuperar de algún modo, de puertas para afuera, el pulso de la actividad literaria, adormecida tras estos largos meses de pandemia. Lo mejor de pasear por el Retiro y hacer escala en esos escaparates de la cultura que son las casi cuatrocientas casetas expositoras desplegadas desde la Puerta de O'Donnell hasta el Paseo de Venezuela es sin duda contemplar cómo, pese a las inclemencias de estos últimos tiempos, el libro, la creación misma, siguen muy vivos, atrapando con su magnetismo a miles de personas, muchas de ellas dispuestas a esperar horas y horas bajo un calor impenitente hasta obtener la rúbrica sagrada de su autor o autora de culto sobre las primeras páginas de su última criatura publicada. 

Vista desde el otro lado, el del escritor, la feria es un ir y venir de rostros anónimos, de gentes poseídas por el gen de la curiosidad, que ojean al azar los libros, que buscan sin titubeos posibles un concreto título, que interrogan al autor, al librero, a propósito de un nombre, de la hora de una firma o sobre el contenido de un libro cuya portada ha captado su interés. Quienes respiramos fuera del círculo comercial, quienes no somos autores de masas, asistimos al tránsito del público con expectación, pero también con cierto escepticismo. Que alguien se interese por tu obra, sobre todo cuando se trata de poesía, género que es esquivo para algunos lectores, supone un instante de luz en medio de la indiferencia, incentivo que anima a continuar creando, a seguir alimentando los itinerarios de la cotidianidad con la fragancia rebelde del verso.  


Firmando ejemplares de "Las erratas de la existencia" en la caseta 
del Grupo Editorial Sial Pigmalión

Aparte de todo ello, la feria vuelve a ser un lugar para el encuentro, para los abrazos, abanico de múltiples escenarios que apuntalan futuros proyectos. 



Con la escritora Rosa Montero, firmando su nuevo libro "El peligro de estar cuerda"


Dedicatoria del escritor Alfonso Armada, sobre su libro 
"Cuánto pesa una cabeza humana", de la editorial Vaso Roto



Con la escritora Mónica Gabriel y Galán


Con la escritora Pilar López Ávila y la ilustradora Deli Cornejo