sábado, 2 de noviembre de 2019

Pavana para el día de difuntos

Que el olvido no se apropie de la memoria, que no absorba los últimos vapores del ánima, que la confusión y la ceniza no disuelvan su tacto en el crisol de la materia, que las voces y el calor de los cuerpos no pierdan la magia del abrazo, que no se adormezca para siempre su caricia. La tierra húmeda se escabulle de entre los dedos, impregnando las uñas, removiendo el equilibrio de los recuerdos. 

Bajo la lluvia, 
humedad que penetra, 
fría y sin tregua. 

En los bronquios, el aire se atora, condensa olores e imágenes que no pertenecen al presente, que vienen de lejos, ornados de otros ropajes, fragmentos de un tiempo que dormita en los arrabales de la conciencia, allí donde nuestros pasos no llegan y tan solo se escucha el remoto eco de una campana oscura, el silabeo del viento, serpenteando entre los mármoles. 

Sigo buscando 
la respuesta a mis dudas, 
las piedras callan. 




domingo, 20 de octubre de 2019

España, camisa blanca de mi esperanza

Siempre me sentí identificado con las contradicciones e inquietudes de los llamados "hombres del 98", con su filosofía, su manera, bien distinta en cada uno de ellos, de enfrentar la perspectiva de la época que les tocó vivir. Los senderos de la historia, a merced de las veleidades del ser humano, revelan su increíble capacidad de volver sobre las propias huellas, de reescribir episodios que parecen sugerir un "déjà vu". Y es que, de nuevo, atravesamos tiempos convulsos, estallidos que ponen en entredicho los límites de la cordura. Los noventayochistas perseguían una regeneración desde las ideas para un país invertebrado, proclive al arrebato y la insensatez, un país de enorme riqueza cultural, cuya diversidad constituía uno de sus mayores tesoros, y a su vez, un silencioso virus capaz de desarbolar el equilibrio de sus órganos. Cuánto se dolieron de España los Machado, Azorín, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán...una España hostil a dejarse amansar, a seguir siendo territorio abonado para el desencuentro. Aquellos pensadores convirtieron la piel de toro en el referente de sus migrañas, en el despeñadero de sus visiones, indagaron en la personalidad de sus gentes, fruto de un intenso mestizaje. Y no pocas veces recibieron bofetadas de impotencia. Uno se mete en la piel del Unamuno, rehén de sus propias turbulencias, el que se santigua y a la vez se astilla los dedos; o adopta los ropajes del Marqués de Bradomín -feo, católico y sentimental- buscando acaso un alter ego con el que enfrentar de otra forma los achaques del presente. Porque después de tantos años, como diría Ortega, España, continúa invertebrada, protagonizando ese "Duelo a garrotazos" del visionario Goya. Pero estamos en el siglo veintiuno, aunque no lo parezca. Las heridas debían haberse cerrado hace tiempo y el futuro, ser camisa blanca de esperanza, como cantaron Blas de Otero y Víctor Manuel San José. Mientras enciendo el televisor o despliego las páginas de un periódico, resuena en mis oídos la letra de Cecilia y su "Querida España", deseando que no sea esa "España sin ventura" de Juan del Enzina.  



Ana Belén: España, camisa blanca de mi esperanza


Juan del Encina: Triste España sin ventura



sábado, 28 de septiembre de 2019

Mi reseña del libro "Diecisiete alfiles" para el Aula de la Palabra


Reseña de presentación del libro "Diecisiete alfiles", de María Ángeles Pérez López. Aula de la Palabra de la A.C. Norbanova. 
Cáceres, 27 de septiembre de 2019.

Nunca una cita literaria iba a deparar tanto fruto. En octubre de 2015, acudían a la convocatoria del poeta y gestor cultural José Cercas, en la bellísima y hospitalaria ciudad de Trujillo, ocho voces poéticas, todas ellas mujeres, cuya trayectoria ya era destacada, pero que, bendecidas por esos aires de las no muy lejanas Villuercas, engrandecieron de tal forma su protagonismo en el ámbito de la lírica nacional que hoy constituye un verdadero tesoro haberlas recopilado en el volumen que Norbanova, en colaboración con el Ayuntamiento de Trujillo, editó para la ocasión. Prácticamente todas ellas han pasado por el Aula de la Palabra, todas han recibido reconocimientos de la más diversa índole, o se encuentran involucradas en proyectos y empresas literarias de gran calado. Ya nos visitaron Emilia Oliva, Rosario Troncoso, Raquel Lanseros, Irene Sánchez Carrón, Ada Salas, flamante Medalla de Extremadura, que clausuró el pasado curso en el Aula. Hoy, otra, inaugura el que comenzamos, después de haber hecho miles de kilómetros ofreciendo el regalo de sus excelentes versos. 

No voy a ocultar que, para nosotros, es un verdadero disfrute tener a María Ángeles Pérez López como protagonista de esta inauguración del Aula de la Palabra, y más, con un libro como este, “Diecisiete alfiles”, que constituye una experiencia poética singular y es sin duda fruto de un trabajo muy meditado, en el que la autora ha sabido plasmar referencias literarias particularmente singulares, con la dificultad de aglutinar su contenido ajustándolo a la armadura métrica del haikú, metro por excelencia de la lírica japonesa que aquí no es propiamente la de Basho en cuanto la autora introduce elementos que entroncan con formas más vinculadas a nuestra poesía popular, especialmente, la incorporación de asonancias entre los versos primero y tercero, que introducen un ritmo inusual en la construcción convencional de este tipo de poemas. 

En el brillante prólogo “La vida muy urgente”, de Erika Martínez, ya se comenta el menor orientalismo que tiñe los poemas de este libro y cómo pese a mantener en síntesis la forma japonesa, se advierten incursiones en terrenos más próximos, que ya exploraran, entre otros, autores como Machado. No son pocas las analogías entre algunos ejemplos de la producción machadiana y las formas japonesas, combinando los resortes de la tradición folklórica representada por estrofas como soleás o seguidillas, y la estética refinada del haikú.

María Ángeles incorpora aportaciones propias, derivadas de su amplio dominio de la escritura y del juego de las imágenes, que ya pusiera de manifiesto con brillantez en su anterior obra “Fiebre y compasión de los metales” (Vaso Roto poesía, 2016), añadiendo elementos procedentes de la tradición clásica, a la par que alusiones poéticas que otorgan gran densidad a la obra. Los haikús se configuran como estrofas que permiten construir poemas dotados de individualidad en sí mismos, a través de secuencias de siete u ocho de aquellos, con un componente unitario que responde al título del poema mismo: “Haikús del amanecer, Haikús del camino, Haikús de los hierbajos…” Traza pues su poemario la autora sobre la arquitectura de la métrica japonesa (5-7-5 sílabas, sin perjuicio de alguna alteración exigida por la coherencia del discurso poético), pero elabora sobre ella un poemario compacto a través de fogonazos independientes que se obligan a ser leídos con autonomía, los unos respecto de los otros. 

Conservan sin embargo los haikús de María Ángeles ese sentir de asombro y ambigüedad que caracteriza a este tipo de poesía breve, especialmente llamada a la interpretación y a la relectura, al interrogatorio íntimo. Su pincelada tiene la intensidad de la poeta que maneja el lenguaje metafórico frente las propuestas más orientalistas caracterizadas por la simplicidad y el discurso directo. El resultado es la confección de unos poemas dotados de una belleza y profundidad evidentes, provistos de un color y un contenido temático que quizá no son tan frecuentes en la lírica japonesa.  Podemos apreciarlo cuando al hablar del amanecer (primeros haikús del libro), nos lo define como “Útero que abre/ con dolor los contornos/ hacia el lenguaje” o en los haikús del árbol, cuando dice de este: “Anillo de aire/ respiración que eleva / hojas y talle”.  Mantiene no obstante la poeta el vínculo del verso con los elementos procedentes de la naturaleza, algo habitual en esta poética, pero que engrandece con elementos que rebasan la pura anécdota. Confesará al final su apartamiento de la ortodoxia, su evasión del tablero, en las palabras que culminan el libro: “Sin tablero ni jaque mate”. Rebeldía, mas originalidad, captura de lo real, del momento, a través de la caricia mínima de una estructura que termina siendo una excusa tan solo para desatar la tormenta creativa de la autora. Es lo que ella misma reconoce y lo que destilan sus piezas de ajedrez, mientras el lector avanza, casilla a casilla. 

Pero hagamos una pequeña incursión en la temática de los 32 ramilletes de haikús que componen el libro. No deja indiferente la experiencia de bucear desde los umbrales del día, desde el parto callado del poema hasta las entrañas de la propia construcción poética, y así, la autora se atreve a desmenuzar la corteza epitelial del haikú mismo, del suyo, desobediente e irredento, con sus versos clavándose como cuchillos: “Esqueje de aire /en que silban deprisa /sus tres alfanjes”, peones armados y prestos para dar guerra. 

Encontramos así en este recorrido un grupo de poemas cuyo hilo argumental se condensa en torno a mensajes inflamados de intensidad, como los de los “Haikús de Pláyade”, que gritan sílaba a sílaba la tragedia de un ser humano desplazado y abandonado a su suerte, a bordo de las ingratas avenidas del Mediterráneo, en forzosa fuga del silbido de las balas: “Clama el Guernica. / En el grito del óleo / la voz de Siria”. El compromiso de María Ángeles, con entidades como Pláyade (Asamblea de apoyo a personas migrantes de Salamanca), late en estos versos de la impotencia, y al tiempo, también de la esperanza. El recurso a los mitos, a la cultura clásica, es una constante en este poemario, que igual recoge la savia de Epicuro, llamando a recrearse en lo cercano, en lo tangible, a “Libar la vida /que en su jugo se empapen/ omega y sigma”, que impulsa a ser consciente de las urgencias, porque la existencia no da tregua. En esta misma línea, los “Haikús de la vida muy urgente”, rescatan la herencia de Gloria Fuertes, -poeta de guardia-, y apremian a no perder tiempo, en una suerte de carpe diem que contrasta con la irremisible realidad del trabajo y sus corrosivos registros, como leemos en los Haikús que le dedica y en los que volvemos a encontrar esa vertiente de denuncia de la autora, siempre alerta a aquellas situaciones en que el materialismo impone su turbia ley y lo humano importa poco. En este mismo bloque temático tendrán cabida igualmente los “Haikús de Europa”, donde la autora contempla una vez más con resignada dureza la realidad del mundo que le rodea, del tiempo que le ha tocado vivir, insensible y cruel, alimentado por el miedo, territorio hostil creado a imagen y semejanza de ese hombre que carece de memoria y mira de espaldas: “Miedo en la boca / y miedo en las pateras. /Vergüenza Europa”. Es el tiempo de la muerte de los mitos, del plástico que atora los picos de los cormoranes, de los muros que se clavan, del miedo al futuro. Ese miedo que también es protagonista de sus propios haikús, que fluye a través de unos versos que resquebrajan el inmovilismo del sosiego y que se sienten como mordeduras en nuestra conciencia. ¡Cómo en formas poéticas tan breves se puede llegar a condensar un dardo tan potente, unas imágenes tan reales! Miedo equivalente al frío, al óxido, miedo “Avispa roja/ que tiembla en el oído /y entra en la boca”.  Y luego, completando la curvatura del círculo, surge en medio la rabia de Antígona, de una Antígona que camina descalza bajo la intemperie, huérfana y herida en lo más hondo, doliéndose del hedor que supuran los taludes. 

Un segundo grupo de poemas concentran su mirada hacia los sentimientos, las cosas, los lugares que forman parte de nuestro recorrido por los escaques de nuestra geografía cotidiana. Surgen así, entre otros, los Haikús de los apeaderos, los Haikús del hielo, los Haikús de las estalactitas, los Haikús del cielo, etc., todos ellos cargados de sorprendentes imágenes, poemas que sin embargo no prescinden de esa incertidumbre que sobrevuela todo el libro, contraste entre la libertad, lo bello que es inherente a la naturaleza y la amargura que también está presente en ella y que deja un sabor ácimo en los labios. En Haikús de los hierbajos, contrastan las amapolas, su tronío, con el desparpajo verde de la mala hierba, esa a la que sin embargo la autora unge con el poder de la supervivencia, de la entereza: “Lenguaje humilde / de lo que nada espera / pero resiste”. Estremecedor ejemplo de lo que decimos es también el poema “Haikús de la garza desangrada”, para mi gusto uno de los más impactantes del libro. Y no se olvida nuestra poeta de los objetos más humildes. Así, tienen sitio en su poética la caña de pescar, señuelo que destapa la metralla, la bicicleta estática, mutilada y anodina; el alfabeto, con sus reglas inmarcesibles, bendita luminaria que perpetúa el tránsito de la imaginación que cabalga a su medida y se conjura frente al olvido. 

En sus juegos de asonancias, los haikús de María Ángeles cautivan, pero igualmente, invitan a una lectura intensa y reflexiva. En pequeñas dosis, la vida, el mundo entero, persiguen su certidumbre, sortean la amenaza de las agujas, se cuidan de la fragilidad emborrachando los sentidos, desplegando en tropel sus piezas a la conquista de la verdadera poesía. 




Con la autora, finalizada la presentación del libro
















lunes, 16 de septiembre de 2019

Con el aliento quebrado

Seguía esperando esa velada que íbamos a compartir, que llevábamos planeando desde tanto tiempo para ofrecer a nuestros seguidores y amigos un recital de música y poesía. Habíamos dicho que sería en Mérida, una ciudad en la que nunca he llegado a presentar ninguno de mis poemarios, y me hacía por ello especial ilusión, sobre todo si tú me acompañabas con tu inseparable guitarra y tus canciones. Ya no podremos poner melodías en francés a "La complicidad de los amantes" o a cualquier otro libro, todo da lo mismo ahora que te has ido, prácticamente sin avisar, cuando ninguno podíamos sospechar un desenlace así, justo en el momento en que más confianza teníamos de que ibas a conseguir vencer de una vez por todas tu particular batalla. Y gran contienda ha sido la tuya, contra vientos, mareas y otras tantas innombrables inclemencias. Cuando presentamos tu libro de poemas, en la Feria del Libro de Cáceres de hace dos años, ¿quién iba a imaginar que todo terminaría torciéndose? Querido amigo, hasta las palabras se deshacen ante las mordeduras de la impotencia y apenas si encabalgo una sucesión coherente de ellas. Has vuelto a tu caracola y allí acurrucado te recordaremos siempre, como el eco del agua que retumba en los oídos, faro que ilumina las primeras luces del amanecer sobre las mansas olas que anticipan la caricia de la bajamar sobre la arena húmeda. Nous ne t'oublierons jamais. Cada vez que escuchemos tu música, cada vez que leamos tus versos, cada vez que recordemos todos esos instantes que compartimos.  Ahora, ya has cruzado los arrecifes de la esperanza, tú que quisiste vivir como el último día todo este tiempo de gracia. Espero que hayas alcanzado el reposo y la plenitud donde quiera que vuelen tus gaviotas.  Hasta siempre, querido amigo Álex. Au revoir, cher ami. 


Junto a Alexandre Lacaze en la presentación de su libro "Los arrecifes de la esperanza", en la Feria del Libro de Cáceres, el 26 de abril de 2017



domingo, 15 de septiembre de 2019

Septiembre con el verso en los labios

Intensa semana, llena de referencias literarias. Poco importa el escenario ahora, cuando la voz adquiere protagonismo y fluye sin contención a la medida de los versos. De Madrid, uno se trae el recuerdo de una tarde que será difícil de olvidar. Allí se conjugaron la magia del teatro y el temblor de la voz, impulso que poco a poco fue cogiendo fuerza, al pairo de la música enlatada y del otoño, dibujándose en las estrías de los cristales. Detrás del vidrio, el crepúsculo fugaz, agradecido. Un Madrid custodio de la libertad que ansían las alas de quien se siente preso de una cotidianidad inyectada de rutina, de quien aguarda los tsunamis que el destino anda incubando, alacranes próximos a despertar de su letargo para contaminar las horas. Gusta sentirse rodeado de gente que comparte y hace suyas las cataratas de la palabra, que regalan sus abrazos, que no faltan a su cita con los versos que uno viste con nuevos ropajes. Madrid intenso, a corazón abierto, acogiéndonos. Como siempre, haciéndonos soñar con una nueva vida, difícil a estas alturas de la travesía, minimizando las incertidumbres, los reparos de lanzarse al vacío. Después de todo, solo dar las gracias y dejar abiertas las puertas, que la distancia no sea impedimento para el retorno.



Presentación en el Café Comercial de Madrid, de "La complicidad de los amantes"

Inagotable la lírica, retomar los poemas de "La complicidad de los amantes", pero también, enfrentarse de nuevo con el reto de la pantalla en blanco, saborear que el lenguaje da fruto una vez más, que la palabra es obediente y se deja seducir. Nunca es bastante, la poesía se gusta, leída y viva. Como en Edita, cuando la creación se hace borrachera colectiva, torrente de transparencias, rostros y rostros, voces y voces. Así ha sido en Cáceres durante las jornadas de viernes y sábado. Búsqueda de un sitio en medio del océano del verso, un lugar donde encajar en el complicado rompecabezas de la literatura. Uno se ha sentido cómodo entre tantas hojas de sauce, mientras la luna llena jugaba a hacerse invisible entre la timidez de los cirros. 


EDITA NÓMADA 2019, en Cáceres. 

viernes, 30 de agosto de 2019

Un teatro para el siglo XXI: Mérida, donde todas las artes tienen cabida

No sorprende que la inolvidable Margarita Xirgu quedase literalmente fascinada cuando paseó por primera vez entre la piedra y el polvo milenarios de aquella Mérida de los años treinta, no mucho tiempo después de que las llamadas "siete sillas" desvelaran todo el tesoro que reposaba tras siglos de olvido con su vestimenta de tierra y escombros, como si un inmenso reloj de arena se hubiese hecho añicos repartiendo toda su carga sobre las gradas y la escena del teatro que dormía silencioso debajo, aguardando el instante de su gloriosa resurrección. Finaliza agosto y apenas hace una semana  cayó el telón de la última edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Un año más. Ya es algo que  casi  hemos interiorizado y hecho cotidiano. Pero sus claves, sus referencias, su mismo lenguaje, residen más allá de lo que suponen en sí los montajes, el entusiasmo del público, el éxito de los actores. 


Aspecto inicial del teatro antes del inicio de las excavaciones: "Las siete sillas"


El teatro durante la década de 1920. 
No debió ser muy distinto su aspecto al que conoció Margarita Xirgu

La Xirgu fue consciente de ello cuando en 1933 se atrevió a pisar la desordenada arena de una escena todavía sin reconstituir por completo, para ser Medea, y revivir la tragedia de Séneca en versión nada menos que de Unamuno. Dos mil años atrás, el mundo era bien distinto, y hoy no comprendemos que pudieran convivir en unos pocos metros el espectáculo de la sangre, el crujido de las espadas, el griterío salvaje del público, junto al refinamiento de unos textos y la arquitectura de unos personajes cuya carga psicológica ha sabido sobrevivir a milenios de oscuridad y correosas censuras. Medea, despechada, perdido el control de su ira, clama venganza con las columnas corintias del teatro como únicos testigos. 


Tarjeta Postal donde se aprecia el estado de la reconstrucción de la escena del teatro a mediados de los años veinte del pasado siglo

Se ha convertido hoy este escenario en un espacio versátil rebasando el hieratismo y la ortodoxia de la sacrosanta tragedia/comedia de mimbres clásicos. Un universo en el que tienen cabida propuestas de todo tipo, algunas que pudieran tildar de sacrílegas los más puristas. Las columnatas que se estremecieron con la interpretación de Margarita Xirgu, alternan ahora montajes de facturas contradictorias, espectáculos de música y danza... Orchestra, palcos, caveas, se ponen al servicio del espectador del siglo XXI, que espera rememorar la esencia de la dramaturgia grecolatina, pero también sorprenderse con la irrupción de las nuevas tecnologías, de la realidad de un mundo cambiante que busca reivindicarse sobre las tablas, que ensaya sin pudor fórmulas de complicidad con el público. Se entienden así experiencias como la que en esta última edición del Festival se ofrecía bajo la dirección de Ricard Reguant, en su adaptación de la zarzuela "La corte del faraón", rompiendo toda clase de prejuicios y estereotipos, algo a lo que ciertamente coadyuvaban las histriónicas y acaso neuróticas interpretaciones de sus personajes, en un elenco encabezado por la incalificable Itziar Castro -verdadero animal escénico- y el extremeño Paco Arrojo, sin olvidar el picante de actrices como Celia Freijeiro o Inés León, también extremeña. 


No hay duda. Se ha dinamitado la férrea disciplina de la escena. Han convertido un santuario de piedras inmutables en un aluvión de irreverentes gestos, en el antro de la ironía y lo políticamente incorrecto. Pero no podemos olvidar que esa era precisamente la savia de esta obra, que estuvo prohibida y soterrada durante los turbulentos años de la dictadura. Uno tuvo la fortuna de encontrar un hueco para ver este espectáculo el día en que se despedía del teatro, para dar paso a otro de signo completamente distinto, el Tito Andrónico de William Shakespeare, a cargo de una compañía también de la tierra. Como había sucedido desde el primer día del Festival y hasta el último, no cabía un alfiler en las viejos graderíos cuyo origen se remonta al tiempo de una Roma que sojuzgaba con mano de hierro el destino de las tierras conocidas de la vieja Europa. Pero ahora lo que uno escuchaba eran risas y aplausos, el tararear de los pegadizos estribillos de la partitura. Nada más lejos de la sangre y los metálicos brillos de las espadas. Sin Césares ni pavorosos coros de figurantes enlutados. También el arte del teatro tiene su pequeño hueco para el disfrute y seguro que aquellos que entronizaron este recinto, hace casi dos milenios, no habrían tenido reparos en disculpar la osadía de director y actores, del público entregado. Nihil obstat. El censor dixit. 



Aspecto de los graderíos del teatro durante la representación de "La corte del faraón"








sábado, 17 de agosto de 2019

Lecturas de verano: ESENCIA, de Efi Cubero; ESTA BRUMA INSENSATA, de E. Vila-Matas

Me atraen especialmente aquellos libros que condensan buenas dosis de magisterio en sus páginas, novelas que, sin renunciar a la ficción, se deslizan con paso de funambulista sobre los delgados hilos del ensayo, y por supuesto, aquellas obras cuyo encaje sea precisamente el de este último género. Vengo mitigando los calores de agosto, las postreras jornadas de ocio que me brindan, con la lectura, casi simultánea de dos de estos libros. Enteramente diferentes. Absolutamente en nada relacionados el uno y el otro, pero coincidentes si nos detenemos en la pulcritud con que sus autores han afrontado la difícil tarea de poner en pie obras tan dotadas de elementos intelectuales que el lector puede ir asimilando poco a poco, en medio de un discurso impecable, cercano, en algunos casos, al lenguaje poético.  Cuanto decimos se ajusta como un guante a los textos que la escritora Efi Cubero ha reunido en "Esencia", que publica la editorial La Isla de Siltolá, en su colección "Levante". Si es posible localizar un calificativo para este libro, ese sería el de arte sin límites, arte con mayúsculas, en un grandioso maridaje entre lo plástico y el lenguaje escrito. Cada texto, donde la autora bucea en la obra y la personalidad de un creador, sin distingos de épocas ni estilos, constituye por sí una auténtica joya, un edificio literario construido con inusitada maestría, en el que se recogen a la vez impresiones y andamiajes críticos, hasta hacer perceptible -tangible si cabe- el producto creativo del artista de que se trata. Cada capítulo es, en sí mismo una sorpresa, un descubrimiento, el de la creación literaria y el de la obra que, con su bien afinada orquesta de palabras, va desnudando. Y como decíamos, lo hace con el bagaje de una inmensa catarata de referencias procedentes de su vasto conocimiento del arte. Es este uno de los puntos cardinales de esta obra, cuyo título no puede estar mejor elegido, pues la escritora desentraña a la medida de su pericia técnica, la esencia de las obras que desfilan por sus páginas, desde su visión del Guernica picassiano, pasando por las estampas velazqueñas que nos transportan a los años turbulentos del Siglo de Oro, con su dicotomía pintor/rey, hasta el trazado de los complejos fotogramas de la vida del salvaje Gauguin, que depura con elegancia en un relato donde la poesía -siempre presente- parece querer ceder protagonismo al buril de lo narrativo. Confieso que he sucumbido a la tentación, propia de mi ignorancia, de rebuscar en páginas web, en tratados de arte, tras las pesquisas de creadores que me eran del todo desconocidos. La sugerente descripción e interiorización de sus obras realizada en este libro empujan desde luego a ello, a abrir los ojos. El recorrido además, no puede ser más completo. La mirada de Velázquez se complementa con la alambicada perspectiva de Goya o los estridentes aspavientos de Dalí, desde su retiro en Port Lligat, en la bahía de Cadaqués. Y es precisamente aquí, en las estribaciones del Cap de Creus, donde reside el personaje que interviene como sujeto narrador del segundo de los libros que me tienen atrapado en estos días: "Esta bruma insensata", de Enrique Vila-Matas. Una vez más, un libro con la literatura como auténtico protagonista, donde los personajes están al servicio de un argumento marcado por el debate sobre la intertextualidad. Obras que se nutren de las citas, los paralelismos, las estructuras, de otras, autores que viven atrapados en un complejo artificio de vivencias personales alimentadas por el flujo de una ansiedad creativa que no conoce grilletes. Vila-Matas vuelve de nuevo a concebir una historia de tensiones, metaliteraria y no exenta de suspicaces referencias políticas en un momento convulso de nuestra más reciente experiencia vital.