domingo, 20 de septiembre de 2020

Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk

No conocía a Olga Tokarczuk antes de que le fuera concedido el Premio Nobel de Literatura en su edición de 2018, aunque otorgado en 2019. No había leído nada de esta escritora polaca y solo hace unas pocas semanas me topé con uno de sus libros en los estantes de la librería que habitualmente frecuento. Me pudo la curiosidad y no tardé en comenzar a leer "Un lugar llamado Antaño" publicado por Anagrama (Panorama de Narrativas), cuya primera edición es de marzo de este mismo año 2020. Hoy he terminado la novela y he de confesar que  he disfrutado como hace tiempo no lo hacía con la narrativa. Desde el primero de sus breves capítulos, todos intitulados como "Tiempo de..." en referencia a cada uno de los diversos personajes que conviven en ese pequeño universo, el libro engancha y la historia se va haciendo cada vez más cercana, en gran medida como consecuencia del tratamiento que la autora dispensa a sus protagonistas, visibilizando sus sentimientos y encadenando sus respectivas tramas, que van desarrollándose en el marco de una amplia dimensión temporal (desde la primera guerra mundial y a lo largo de todo el siglo XX), en la cual asistimos al nacimiento, madurez y extinción de aquellos, que discurren parejos al cambiante escenario que les acoge. Se ha dicho que Tokarczuk cultiva una especie de "realismo mágico" e incluso se ha definido esta novela como "un cruce entre Cien años de soledad y un cuadro de Chagall". Ciertamente, nos encontramos ante una obra coral integrada por varias líneas argumentales que no obstante convergen en las vivencias de una familia que sirve de hilo conductor del relato, a modo de pequeña saga, en todo momento ágil y con preferencia del elemento psicológico sobre el puramente histórico o secuencial. Transcurre el tiempo, los personajes se someten a los avatares de la vida, envejecen y van apagándose. Afuera se suceden episodios, confrontaciones, tragedias, que la autora hilvana a la medida de aquellos, dotando a sus experiencias de una clarividente profundidad y humanidad, todo ello, valiéndose de una prosa plagada de connotaciones y recursos poéticos e incluso místicos. El libro contiene brillantes excursos reflexivos acertadamente insertos en la trama: "la vida no es buena con el hombre y lo único que está en sus manos es encontrar una concha para sí mismo y sus seres queridos y en ella perdurar hasta el momento de la liberación". Los personajes se hacen cotidianos y el lector se convierte en un espectador privilegiado que termina por familiarizar con ellos, implicándose en su destino. La maternal Misia, el introspectivo Izydor, la rebelde Espiga, son algunos de esos nombres que protagonizan los diversos "tiempos" de Antaño. Tokarczuk consigue además un curioso mestizaje entre la crudeza de la realidad que inevitablemente les atrapa y una atmósfera próxima a la Cábala judía con sus visiones laberínticas del mundo. En definitiva, una novela intensa, relajante, que invita a seguir disfrutando de la obra de esta autora. Ya me esperan "Los errantes", también publicado en Anagrama y que obtuvo el Premio Man Booker International. 





lunes, 7 de septiembre de 2020

Ya hace un año

¡Cómo ha cambiado todo en apenas unos meses! Estos días se cumple un año desde aquella escapada a Madrid para presentar mi libro "La complicidad de los amantes", el 9 de septiembre de 2019, en el Café Comercial. Nos juntamos allí un buen grupo de amigos y personas vinculadas a la literatura con la excusa de compartir mis poemas, que había publicado la editorial Takara apenas unos cuantos meses antes. La distancia y los avatares de este tiempo lleno de turbulencias que nos trajo el cambio de dígito del calendario terminaron por ahondar más esa brecha de la separación física. Despedíamos "La complicidad de los amantes", un frío día de enero, en la ciudad de Badajoz, ofreciendo de nuevo un recital poético-musical con la participación de los artistas José Luis Porras y Ana Peromingo. Luego vendría una primavera cargada de silencios y de ausencias, un túnel del que nos está costando salir. Recuerda uno aquel Madrid de la vieja normalidad, con su Rastro, sus cafés literarios, sus ahora vedadas aglomeraciones, como las del Retiro, durante la Feria del Libro, recientemente suspendida. Apenas si he vuelto a hablar o tener contacto con quienes asistieron a aquella presentación de septiembre de 2019. Aún recuerdo la estupenda introducción a cargo de Francisco Castañón y la gentil hospitalidad de Rafael Soler, el cariño de todos los que estuvisteis en el Café Comercial y con los que compartimos horas de tertulia y amistad después de la lectura. Escritores e ilustradores, cercanos todos. Espero repetir cuando se publique "Las erratas de la existencia", mi nuevo poemario. Ojalá que las cosas hayan vuelto a cambiar, para regresar a ese tiempo en que los abrazos estaban permitidos. 


viernes, 28 de agosto de 2020

Esperando a la esperanza

El tiempo que nos ha tocado vivir nos devuelve al absurdo. A un escenario donde nada resulta previsible, donde afloran los miedos, los resquemores y la desconfianza. Alguien diría que permanecemos a la espera, que seguimos el hilo de una partitura dodecafónica cuyas notas fluyen a la medida de cada revuelo, de cada alerta, de cada intervalo entre sístole y diástole. Leo en la prensa digital que el próximo tres de septiembre, en el Teatro "Reina Victoria", se estrena "Esperando a Godot", del irlandés, Premio Nobel de Literatura, Samuel Beckett, una de las obras más representativas del llamado "teatro del absurdo". Quién podría pensar que un texto como este continuaría gozando de vigencia todavía hoy, a caballo del siglo veintiuno. Rescato de mi biblioteca la versión traducida de Ana María Moix, y aunque no es el teatro un género de fácil lectura, me sumerjo en el entramado de los cinco personajes masculinos que se mueven en sus dos actos, tratando de dar cuerpo a la puesta en escena a través de las múltiples acotaciones que se entremezclan con los diálogos. Después del túnel que supuso el confinamiento, de "La vida en suspenso", en palabras de Jordi Doce, la crisis del hombre le ha hecho sentirse de nuevo vulnerable, expuesto al capricho de las inclemencias, necesitado de un tronco al que aferrarse, de una inyección de coraje. Como los personajes de la obra de Beckett,  acaso el hombre del siglo veintiuno también espera la llegada de Godot. Y mientras tanto, nada mejor que mirar hacia afuera, reconciliarse con  uno mismo a través del otro, levantarse con renovadas fuerzas. La poeta peruana Blanca Varela escribe: "soy un animal que no se resigna a morir" y en ello aparece resumida la esencia de la condición humana. Podrán sucederse las adversidades, los bandazos de la tormenta, mas la vida se entromete entre los obstáculos con paso firme.



sábado, 22 de agosto de 2020

Hojas de la Memoria: Taxis y coches de línea en Cáceres

Hace unos días, me alegró y sorprendió el mensaje recibido en mi correo, en el que un prestigioso historiador de la ciudad se hacía eco de uno de los textos publicados en este Blog a propósito de mis recuerdos y estampas familiares, facilitándome información valiosa sobre diversos antepasados comunes. Retomo pues ahora el hilo de aquellas publicaciones, surgidas al calor del confinamiento, y que a modo de "Hojas de la memoria", pretendían rescatar episodios o instantáneas de otro tiempo, con nuestra ciudad como telón de fondo, vista desde la perspectiva intrahistórica de unos personajes que se resisten al olvido. 

Recordaremos hoy la época de los viejos "coches de punto", las paradas de taxis del centro de Cáceres, los primeros autobuses y "coches de línea", y lo haremos de la mano de quien fue uno de los primeros profesionales del automóvil de la ciudad, mi antepasado Juan Gómez Navas (abuelo paterno).  En la conocida imagen de la Plaza Mayor de Cáceres procedente de la serie de tarjetas postales realizadas sobre fotografías de Luciano Roisin en la década de los años veinte del pasado siglo (número 2), y que reproduce Juan Ramón Marchena en su libro "Cáceres en el pasado", en los aledaños de la entonces existente bandeja central pueden verse los primeros taxis que circularon en la ciudad, conocidos como "coches de punto o plaza", nombre debido a que se contrataban en el lugar donde estaban situados y que servía de punto de referencia para fijar el precio de los servicios y desplazamientos.  Así se definen en el Diccionario de la Real Academia Española, como "coches matriculados y numerados con destino al servicio público por alquiler y que tiene un punto fijo de parada en plaza o calle". Existió en la Plaza Mayor una zona donde se situaban dichos vehículos y que luego, años más tarde, se convertiría en la popular "parada" de los coches de línea, autobuses y furgonetas que realizaban servicio a los pueblos y localidades próximas. Vista la Plaza desde las escaleras del Ayuntamiento, a su derecha, en la parte baja, rebasada la Torre de Bujaco y antes de llegar a la calle Arco de España. Allí hubo incluso un bar que se llamó "La Parada" y que luego sería "El Miajón", a finales de los años setenta y durante los ochenta. 



Tarjeta Postal realizada por Fototipia Thomas, de Barcelona (hacia 1914), en la que pueden verse claramente los coches de punto en la zona de la parada, parte baja de la Plaza Mayor.


Tarjeta Postal realizada sobre fotografía de Luciano Roisin (hacia 1927), donde se aprecian, a la derecha, junto a los portales, los primeros taxis o coches de punto.

El progreso y la evolución de la ciudad terminarían por oficializar las "paradas de taxis", y en la que se ubicó en la Plaza de San Juan, en la llamada "corredera", estacionaría durante muchos años su coche Juan Gómez Navas (1884-1972), desde finales de los años treinta y hasta mediados de los sesenta, un vehículo Fiat Balilla, con matrícula BA-4899. Juan Gómez, conductor de profesión, que había aprendido mecánica en los talleres de la marca "La Hispano Suiza", en Francia, era titular del carnet de conducir número 431 de España, clase "Primera", expedido el 29 de agosto de 1908 en Guipúzcoa, y tras prestar servicio en Alcántara, se instaló en la ciudad de Cáceres, donde había nacido, después de la Guerra Civil.


Documento acreditativo del pago de la contribución industrial habilitado para el Impuesto de Transportes referido al vehículo de Transporte de Viajeros BA-4899, propiedad de Juan Gómez Navas y correspondiente al 4º trimestre de 1939.


Tarjeta de aprovisionamiento de gasolina correspondiente al vehículo de Juan Gómez Navas, año 1942.



Imágenes del vehículo de servicio público propiedad de Juan Gómez, 
en los años cincuenta del pasado siglo



Juan Gómez, con otros vehículos de los que fue conductor

La parada de taxis de San Juan fue un pequeño microcosmos en el que se respiraba la vida cotidiana de la ciudad. Los taxistas fueron personas populares, que conocían a casi todos los vecinos, que contaban historias de sus andanzas, de los viajeros que habían transportado en sus vehículos, vidas y viajes que marcaron toda una época de nuestro país, en aquellos tiempos difíciles de la posguerra. También debieron ser muchas las vivencias de los conductores de coches de línea que terminaban sus servicios en la parada de la Plaza Mayor, cuando esta lucía su espléndida bandeja de piedra portuguesa y exuberante jardín con palmeras.


Tarjeta Postal en la que se observa la zona de la Plaza de San Juan en la que se encontraba la parada de taxis, así como los vehículos que aguardaban la llegada de los viajeros. Década de 1950. 


Tarjeta Postal en la que se observa la zona de "La Parada" en la Plaza Mayor, con los autobuses y vehículos de transporte. Década de 1950. 

Los documentos, fotografías y tarjetas postales reproducidos pertenecen a mi archivo personal.

























sábado, 15 de agosto de 2020

Sábado, quince de agosto

Quizá vaya siendo hora de abrir las ventanas, de desnudarse a la luz que tímidamente quiere volver a penetrar en la casa, desafiando el recato de los visillos. El tiempo ha pasado y aunque afuera continúan resonando con fuerza los acordes de la incertidumbre, agosto se tiende dócil, ávido de una normalidad que no acaba de llegar, aquella que quedó suspendida a las puertas de la primavera. Este año no hemos podido oxigenar el alma y relajar el cuerpo, ni gozar del anonimato a bordo de unas calles situadas en el envés del horizonte. Apenas solo percibir los aromas del aire que se cuela por las rendijas de los postigos y que huelen a ciudad aletargada, a sudor y a piel que han experimentado en carne propia la fragilidad. Quizá vaya siendo hora de despertar, de que la terapia de la lectura haga por fin ese efecto deseado de sentir la tentación de la cuartilla en blanco, de la pantalla en stand by, aguardando el sonido de las palabras. Los meses en silencio, la soledad del cuarto y el recuerdo fósil de otros días, de otros lugares, alimentado por ese vicio, acaso perturbador, de revisar los álbumes de fotografías, con sus instantes petrificados, parecen querer dejar paso a una nueva savia, a un aire que, insolente, respiro desde las páginas de los libros que emparedan el entorno de esta cotidianidad que, a fuerza de repetirse, se nos ha ido infiltrando bajo la epidermis. No hace mucho terminaba "Los nombres epicenos", última novela de la escritora belga/japonesa, residente en París, Amélie Nothomb, historia donde lo cruel y la ambigüedad del sentimiento se derraman a partes iguales con su habitual precisión y certera mecánica narrativa, lejana a la saturación verbal, literatura inteligente y psicológica, que engancha sin paliativos. Otra mujer, Ana Merino, ha tomado el testigo de mis lecturas en este verano de obligadas pausas. Su novela "El mapa de los afectos", Premio Nadal 2020, me ocupa a estas alturas de agosto. Me ha costado sin embargo regresar al verso. No por falta de obras y propuestas. Durante el eclipse, con la vida agazapada entre cuatro paredes, se antojó esquiva su caricia, hiriente y anafiláctica. Aún cuesta acostumbrar de nuevo el oído al ritmo, a las rutinas del poema. Tal vez sea más fácil escuchando el piano de Chad Lawson, su "Waltz in B Minor", esta mañana de sábado, quince de agosto, con la mesa sembrada de tantos libros que demandan el protagonismo de un presente que se escribe renqueante, a trazos. Un tiempo para edificar nuevos propósitos, para "subir sin más demora al primer tren", para "celebrar el momento del regreso", que diría José Luis Morante. 



Chad Lawson, Waltz in B Minor, música para esta mañana de agosto

domingo, 5 de julio de 2020

Un verano con Borges

Extraño verano como no recuerdo ningún otro. Horas de celda y silencio callado, interminables tardes de brumosa calima. Desde mi terraza, en el horizonte, la silueta acuarela de Gredos con sus onduladas cimas, el skyline de la ciudad vieja y sus añosas torres color ocre, erguidas en medio de la calentura. Dormida la palabra, deshilvanadas las letras y enlentecido el ritmo de los párrafos, el tiempo se reconcilia con la lectura, con el sosiego de lo escrito. La ansiedad se escurre por el sumidero de las historias, de los personajes, huyendo del ahogo de la rutina. Será este un verano deudor de las fantasías de Borges, del pulcro misticismo de sus cuentos y la serena intensidad de sus poemas. Como a Vargas Llosa, se me antoja difícil la literatura sin el magisterio del argentino, es terapéutico volver a sus páginas de vez en cuando, en esos momentos en que uno se ve falto de savia literaria, de recursos propios, de hálito en los dedos para enarbolar la pluma. Reencontrarse con Borges es desconectar del ingrato azote de una realidad que es esquiva, del relato diario del noticiero y sus estadísticas plagadas de incerteza. A bordo de sus "Ficciones", descifrando cada acertijo de su "Libro de arena", se hace fácil encontrar la salida del laberinto, hollar los arduos senderos del verbo. Encerrarse con Borges es hacer llevadera la canícula, ir dejando que la marea recupere la cercanía del agua, el territorio perdido, ese en el que habitan las imágenes más elocuentes y los sentimientos que quedaron atorados en las noches de cuarentena. Leer es la clave de bóveda de la escritura, allana los caminos, la búsqueda de la propia identidad desgastada a fuerza de ausencias y frustradas empresas. Este verano no será de viajes ni huidas más allá de lo cotidiano, el mundo y sus paisajes cobrarán vida entre las paredes de mi cuarto desde el papel de los libros, trazando mágicos itinerarios que harán tangibles los aromas, transitable el empedrado de las calles, afrutado el sabor del vino en los orbes del paladar. Leer y aprender, hacer del lenguaje fiel aliado en la morosa calma de la vigilia, cuando se encadenan los días y la eternidad se cuela en los espejos con el ropaje traslúcido del sueño. 




Un verano con Borges 




sábado, 13 de junio de 2020

A modo de despedida

Después de tan larga travesía del desierto, cualquiera necesita prescindir del contacto de las masas, sacudirse la arena acumulada en los zapatos, disfrutar cada nueva bocanada de aire. Uno necesita reescribir la libertad desde otras perspectivas, desnudarse de aquellas ataduras que han venido condicionando la cotidianidad de estos últimos años, saturados de fértiles empresas, pero también de ácidas experiencias y reincidentes frustraciones. La poesía debe terminar su ciclo y dar paso al terapéutico silencio de las palabras, al reposo lejos del bullicio, a la salvífica soledad de la buhardilla y sus infinitos itinerarios de lectura. Al otro lado del cristal, aunque la vista no sea la de Manhattan ni tampoco las tranquilas aguas del Lago Lemán. "El frenesí de la gloria es efímero", se dijeron Greta Garbo o Audrey Hepburn, e hicieron las maletas. "No entraba en sus planes seguir vistiendo lentejuelas ni levantarse con el alba para hacer ejercicios de dicción frente al espejo". Ahora toca buscar una nueva realidad, más allá de los focos, desasirse del incómodo lastre de las páginas impresas, abandonar a su suerte esos versos caducos que nadie se interesó en publicar.  Mientras, "hay una aguja punteando los surcos del vinilo y se escucha un tema de los años cincuenta del pasado siglo. El oficio del lenguaje es árido y esquivo, el swing tenaz, con su partitura inflamada de susurros"




De la banda sonora de "Joker", "The moon is a silver dollar". 
Laurence Welk and his orchestra

Los textos en cursiva proceden de los libros "El tacto de lo efímero" (Vitruvio 2016) y "Las erratas de la existencia" (inédito). 


sábado, 30 de mayo de 2020

Recuerdo y Homenaje a Juan José Gómez Rico con motivo del centenario de su nacimiento

El pasado jueves, 27 de mayo de 2020, mi padre hubiera cumplido cien años. Como en 1920, vivimos en época de pandemia, y tal circunstancia ha impedido que pudiera celebrar esa efemérides como realmente pretendía, mediante una conferencia pública en la que hubiera tratado de situar al personaje en el entorno de la ciudad y del tiempo en que se desarrolló su trayectoria vital, una trayectoria intensa, muy vinculada sin duda a ese pequeño microcosmos provinciano de cuya intrahistoria formó parte. 

Juan José Gómez Rico (1920-2007), en fotografía realizada hacia 1945.

Porque ciertamente, Cáceres, en aquel lejano comienzo de la década de los veinte del anterior siglo, era una población muy diferente a la que es ahora, e incluso los edificios testigos de su pasado monumental latían camuflados o escondidos en medio de un rosario de pequeñas construcciones, la mayor parte de las veces antiestéticas o de muy escaso valor. Desde la Plaza Mayor, con su suelo de tierra y su bandeja central,  se accedía al Arco de la Estrella tras atravesar una especie de callejón formado por la superposición de casas y edificaciones varias que a su vez conformaban un artificial arco que se conoció como "Del Corregidor", y que prácticamente emparedaban la esbelta silueta de la Torre de los Púlpitos. Seguro que fueron muchas las veces que mi padre, un niño entonces, tuvo que pasar por allí, y cruzarse con las aguadoras que, portando cántaros sobre sus cabezas, efectuaban su camino hacia la Fuente del Concejo. 


Cáceres en la década de los años veinte. Tránsito de aguadoras bajo el Arco de la Estrella. A la derecha, antiguo "Arco del Corregidor", que formaban las construcciones que ocultaban la Torre de los Púlpitos. 

Vinieron luego los años difíciles de la guerra, de la represión y de la escasez. Era muy joven Juan José Gómez cuando inició su recorrido profesional como funcionario de Correos, actividad que marcaría toda su vida y que haría surgir en él una verdadera devoción por el mundo de la comunicación postal y sobre todo, del sello, fiel compañero que nunca le abandonaría. Los años cuarenta fueron tiempos difíciles, de cartillas de racionamiento y censura de la correspondencia. 


Cartilla de Racionamiento utilizada por Juan José Gómez Rico para reserva de cereales en el primer semestre de 1952, en Cáceres. Las cartillas contenían cupones que se canjeaban por los alimentos correspondientes, en este caso, arroz y otros cereales varios, distribuidos por semanas. 


Carta de Cáceres para Sevilla. Franqueo Pro-Tuberculosos 10 céntimos y sello de Isabel la Católica, de 40 céntimos. Censura Militar de Cáceres en Color violeta. Marca patriótica con efigie de Franco en rojo. Matasellos de Cáceres, 27 de diciembre de 1937, en plena contienda civil 

En septiembre de 1941, Juan José Gómez fue nombrado cartero urbano de segunda clase, pasando a prestar servicio en Arroyo de la Luz (Cáceres). Ascenderá después, en 1943 a cartero urbano de primera clase, y tras superar las correspondientes oposiciones, se le nombrará Auxiliar de segunda clase del Cuerpo Auxiliar Mixto de Correos, en ese mismo año, siendo destinado a la estafeta de Llerena (Badajoz). Al superar unas nuevas oposiciones, en agosto de 1948 se le destina, como Oficial de 1ª Clase del Cuerpo Técnico de Correos, a la Administración Principal de Cáceres, y en agosto de 1951 es nombrado por acuerdo ministerial Jefe de Cartería. Continuará ascendiendo en sucesivos años hasta ser designado Interventor de Servicios Bancarios, en junio de 1967, cargo en el que permanecerá hasta que en junio de 1980 se le nombra Jefe de Administración Económica de la Subdelegación Provincial de Comunicaciones, puesto que ocupará hasta su jubilación, el 27 de mayo de 1986.   


Título por el que se nombra cartero urbano de primera clase a Juan José Gómez Rico, el 31 de mayo de 1943. 


Cartería en el edificio de Correos de la Calle Donoso Cortés. Juan José Gómez (sin uniforme), tercero por la derecha, ya era Jefe de la Unidad (hacia 1952). 

En Cáceres, estuvo Correos en la Plaza de la Concepción, en el edificio donde luego se instalaría el Club Taurino y que hoy es un establecimiento de hostelería. Luego pasaría a la calle Donoso Cortés, donde permaneció hasta su traslado al moderno Edificio Múltiple. Recuerdo haber visitado muchas veces aquel casón, actualmente ocupado por dependencias de la Junta de Extremadura. Tenía un olor especial, a sacas de cartas, a lacre, a goma arábiga, pasillos y rincones donde era muy fácil perderse, siempre con el sonido de fondo de las viejas Olivetti y, sobre las mesas, el imprescindible papel carbón. Me viene a la memoria la fisonomía del patio, que aún se conserva, las ventanillas a las que acudían los ciudadanos para efectuar sus gestiones. También los compañeros de mi padre, a quienes conocí a finales de los sesenta.


Tarjeta/Factura de la antigua "Farmacia de la Concepción" en la que se aprecia la ubicación de la primitiva oficina de Correos de Cáceres (ver detalle balcón con mástil para bandera), en la Plaza de la Concepción. Fotografía de la década de 1930. 


Fotografía grupal de los funcionarios de Correos de Cáceres en el patio del edificio de la calle Donoso Cortés, hacia finales de los años cincuenta del pasado siglo. En segunda fila, agachado, primero a la izquierda, Juan José Gómez Rico. 

Precisamente en estos años, inaugurada ya la siguiente década, participa Juan José Gómez en las iniciativas para reflotar la afición filatélica en Cáceres. Eran muchos por entonces los entusiastas del sello, en gran parte congregados en torno al "Grupo Filatélico de Educación y Descanso", vinculado a los antiguos sindicatos verticales. En 1977 y 1978, y junto a otros destacados filatelistas de la ciudad contribuirían a dar cuerpo legal a la Asociación Filatélica y Numismática Cacereña, que luego añadiría el adjetivo de Cultural y que todavía hoy continúa manteniendo una intensa actividad y presencia. 


Noticia publicada en el Diario HOY en noviembre de 1989, para promocionar las actividades culturales de la Asociación y la difusión del patrimonio de Cáceres a través de los sellos. 

En 2017, cuando se cumplían diez años de su fallecimiento, ocurrido el 15 de enero de 2007, la Asociación emitió un sello personalizado dedicado a la memoria de quien fuera su Presidente entre 1986 y 2001. Con ello quería rendírsele homenaje a él y a quienes debemos gran parte de la visibilidad que hoy tiene en nuestra ciudad el mundo del coleccionismo, especialmente en torno al servicio postal, merced a las numerosas exposiciones y muestras organizadas durante aquellos años y que luego han continuado celebrándose. Ya en febrero de 2002, y con motivo de la XIV Exposición Filatélica, "Extremadura en la Historia Postal", se le nombró junto a otros históricos de la Asociación como Félix Polo Merino y José Sández, ambos también fallecidos, Socio de Honor de la entidad. En mayo de 2009 se le otorgó, a título póstumo, la Medalla al Mérito Filatélico concedida por la Federación Filatélica Extremeña.


Nombramiento de socios de honor a los directivos históricos de la Asociación, en febrero de 2002, con motivo de la XIV Exposición Filatélica "Extremadura en la Historia Postal"



Tarjeta postal y sello emitidos en 2017 con motivo del X aniversario del fallecimiento de Juan José Gómez Rico, Presidente de la Asociación Cultural Filatélica y Numismática Cacereña en el período de 1986 a 2001. 

A través de diferentes ámbitos, se implicó Juan José Gómez en la investigación y difusión de los valores, del patrimonio, de la cultura, en definitiva, de Extremadura, no solo en virtud del coleccionismo de sellos, tarjetas postales y demás material relacionado con las dos provincias de la Comunidad Autónoma, dando a conocer al gran público los lugares, los personajes, los hechos históricos relacionados con ella que aparecían en los efectos postales, sino también mediante su participación en otros colectivos ciudadanos, como las Cofradías, a las que estuvo siempre unido y que también supieron reconocerle su entrega y dedicación. Coincidió durante los años más activos de su vida, y luego, tras su jubilación, con multitud de personas que, como él, ya forman parte de la historia de nuestra ciudad. Han pasado cien años. Cáceres es ahora bien distinta a la que les vio nacer y en ello todos han pusieron su pequeño granito de arena. Sirva este homenaje para reconocer su aportación y mantener viva su memoria. 
















domingo, 3 de mayo de 2020

HAIKUS DE MAYO






HAIKUS DE MAYO

Mayo con su luz,
pero triste y con duelo.
Vida en las calles. 

Sigue latiendo
el corazón del monstruo.
Ruge en silencio. 

Tórtolas turcas,
urracas revoltosas,
cigüeñas blancas. 

Incertidumbre,
vuelan bajo los tordos
sobre los humedales. 



viernes, 1 de mayo de 2020

La nueva normalidad

Qué sea la "nueva normalidad" parece ser el reto que esta sociedad tiene ahora por delante. Si es "nueva" debe ser porque la que conocíamos ha saltado por los aires, se ha visto sobrepasada por los acontecimientos y el sangrante martillo de las estadísticas. Este año distinto a todo hizo añicos la rutina, abolió el bullicio en las ciudades, edificó una distopía inspirada en hechos reales, con el murmullo de fondo de miles de nombres amputados y el hervor del asfalto huérfano, tiritando. 


Poner otra vez el contador a cero. Inundarnos de eufemismos. Inventar un nuevo lenguaje. Aprendemos palabras que no figuraban en el diccionario, que buscan adaptar la realidad a esa transición que vivimos, poblada de incertidumbres. "Desescalada", "recalendarizar""desconfinamiento", "mamparizar"... ¿qué está sucediendo? Estamos rodeados de palabras vencidas, incapaces de seguir respirando, de noticias que cuesta digerir.  Canceladas las citas en las agendas, se impone acostumbrarse a una cotidianidad bien distinta, con la frialdad de la sospecha, desconfiar de los abrazos, en un escenario de semáforos en rojo. 


Aplazarlo todo. Posponer la libertad para cuando las aguas hayan vuelto a su cauce. Serán necesarios meses con más días, días con más horas, flujos de aire limpios de amenazas invisibles. Solo así podrán celebrarse los actos, los eventos que han debido quedar aparcados. Casi sin tregua, sin resuello. La "nueva normalidad" vendrá cargada de urgencias, de búsquedas, de voces que han visto perder su equilibrio, de labios que no pudieron despedirse de otros labios, de manos agotadas que esperan la energía de otras para recobrar su fuerza.  

Entretanto, en el silencio, asoma la hierba entre las grietas del pavimento y los animales transitan por las aceras adormecidas. 











sábado, 25 de abril de 2020

Perspectiva de género en Virginia Woolf

Acabo de leer "Un cuarto propio" de Virginia Woolf. El texto, escrito en el primer tercio del siglo XX, es un exponente de lo que hoy se conoce como "perspectiva de género", por cuanto sus reflexiones sobre la condición de la mujer y la problemática de las diferencias entre los sexos se adelantan a la interpretación que posteriormente ha ido consagrándose y que propugna la necesidad de superar las diferencias y desigualdades sociales entre hombres y mujeres, para reconocer que una cosa es la diferencia puramente biológica y otra son las ideas, convenciones sociales, elementos culturales que se han construido a lo largo del tiempo sobre la base de tales connotaciones sexuales diversas. El planteamiento de Virginia Woolf, a la búsqueda de material para elaborar un ensayo acerca de "Las mujeres y la novela", examina cuál ha sido la posición de la mujer desde la perspectiva de la creación literaria tomando como punto de partida sus referentes masculinos, así como la incidencia y evolución de la sociedad y de los pensadores, escritores, políticos, ¡todos hombres! El feminismo de Virginia Woolf surge como fruto de la indignación ante el tratamiento secular que hacia la mujer se ha venido dispensando, creando estereotipos que a la postre terminaron por cercenar su libertad, su capacidad de desarrollo intelectual y  de creación, al instaurar toda una serie de condicionantes culturales y sociales que en definitiva solo contribuían a su silencio y a su sumisión, haciendo del elemento sexo un muro las más de las veces infranqueable. Pero, con el trasfondo de la literatura y el largo camino de la mujer para vencer "las influencias de la sala común", el planteamiento de Virginia Woolf, no exento de crítica, anticipa las actuales interpretaciones que exceden de la diferencia entre los sexos y procuran una concepción integradora: "toda la mente debe estar abierta de par en par", y así, "es fatal para el que escribe pensar en su sexo". Resultará así absurdo e innecesariamente tendente a encasillar de principio la creación hablar de literatura de hombres o mujeres, o concebida por y para unos y otras. La superación de cuantos escollos han alimentado durante siglos la desigualdad y han contribuido a la preeminencia de un sexo sobre el otro generando formas de pensar y modos de actuar que en muchas ocasiones terminarán desembocando en actitudes de coacción y violencia, parte precisamente de ese reconocimiento de la realidad social igualitaria de ambos, algo que Virginia Woolf desde la literatura ya trazaba magistralmente a finales de los años veinte, cuando se escribió "Un cuarto propio", y en unos momentos en que comenzaban a proliferar movimientos e ideas que auguraban precisamente todo lo contrario.  Asumir hoy su pensamiento es reafirmar cuál debe ser el camino por el que ha de conducirse la sociedad y ayudará a vencer atávicos escenarios de conflicto.  


martes, 21 de abril de 2020

Baja la Virgen de la Montaña: Recuerdos familiares

Completo hoy las crónicas familiares que iniciara la pasada Semana Santa con el relato de los vínculos que tanto por vía paterna como materna me unen a la Cofradía de la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, y cuanto de ello se deriva. Dicen que uno es lo que ha aprendido, lo que ha vivido y experimentado en su entorno más cercano e íntimo. Cierto es que la vida se conduce por caminos que no pocas veces distorsionan esa experiencia inicial, que es frecuente que los avatares del itinerario hacia la madurez supongan dejar a un lado costumbres, ritos, personas y hasta ciudades. Lo que ayer marcó nuestra cotidianidad, hoy puede ser tan solo un recuerdo borroso o un conjunto de arrugadas fotografías con rostros y lugares quizá no reconocibles.  Pero no ha sido esto último lo ocurrido, al menos conmigo, y buen ejemplo de ello es precisamente la subsistencia de aquellos lazos que quienes nos precedieron habían establecido con una ciudad y unas tradiciones que luego generaciones posteriores hemos llegado a interiorizar y de este modo, pasar a formar parte de ellas, sin perjuicio de los vaivenes y turbulencias con que el paso del tiempo ha ido modelando la sociedad y su forma de interpretar la vida. 

Llevo asistiendo a la bajada de la Patrona desde aquellos años de colegio en que tenía que pedir permiso para salir esa tarde un poco antes de clase para poder acompañar a mi madre hasta la Montaña. Allí esperaba ya mi padre, bajo el arco de entrada a la galería de la ermita, apenas iniciado unos metros el peregrinaje de la Virgen. Aún recuerdo el cariño de ilustres hermanos, ya desaparecidos, que compartían con él el oficio de disciplinar el cortejo hasta su jubilosa recepción en Santa María, bajo un Arco de la Estrella ya adormecido, sobresaltado de súbito por el estertor de los tambores. Años y años, crecer y crecer, y hacerlo hasta poder acomodar el hombro bajo los varales de esa imagen pequeñita, de rostro generoso y aniñado, talla que, para quienes así lo creemos, trasciende más allá de la madera de que está hecha, encarnando la promesa y la esperanza de que, quienes antes cargaron con ella, nos acompañan todavía, Montaña abajo, presentes siempre, en el proceloso océano de la fe. 


Bajada de la Virgen de la Montaña en 1973. Aún sin el hábito de la Cofradía, pero ya portando la medalla, escoltan a uno sus padres, Cecilia Flores y Juan José Gómez Rico. 

Históricos cofrades en la bajada de la Virgen. De izquierda a derecha, Fausto Picapiedra, Juan José Gómez y Ruperto Flores Rico, entonces directivo (hacia 1973). 

Es dos mil veinte y hoy no se abrirán las puertas del Santuario para celebrar el tránsito de la Patrona hasta las entrañas de Cáceres. No habrá muchedumbres que la sigan a lo largo de su recorrido ni Felisa pondrá a prueba el vigor de su garganta para proclamar el cariño a la "cacereña bonita" mientras capitanea el coro de los fieles que como una piña la secundan, aguardando el privilegiado momento de portarla, siquiera unos minutos. No celebrará la Calle de Caleros su cincuentenario como Hermana de Honor de la Real Cofradía recibiendo una vez más a la Patrona. Deberá aguardar todo hasta que las circunstancias sean verdaderamente favorables y permitan con seguridad que el torrente de almas que la acompaña pueda hacerlo sin temor a la dentellada de este virus que nos ha cambiado el mundo.
Entretanto, uno recuerda sus horas en compañía de la Virgen,  con el apoyo y cariño de sus hermanos. Los que lo fueron desde la familia, los que se convirtieron en familia en la solidaridad de la carga, celebrando reencontrarse año tras año. En mi caso, estos días vienen repletos de recuerdos de momentos que constituyeron un honor y que aún duelen, por quienes no pudieron disfrutarlos. Hace unos días, el 18 de abril, se cumplían doce años del Pregón que tuve la oportunidad de pronunciar, aún tibio el dolor por la pérdida de mi padre, el que fuera Jefe del Turno Cuarto, y con su medalla pendiente del atril. Y muchos años más atrás (1974), en el cincuentenario de la Coronación Canónica, los Juegos Florales que conocieron mi primera alegría literaria. 


Saludo a la Reina de los Juegos Florales del Cincuentenario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Montaña (1974), en acto celebrado en el Gran Teatro de Cáceres


Pregón del Novenario. 18 de abril de 2008. Sala Clavellinas. 

Juan José Gómez Rico, Ruperto Flores Rico, unos y otros, fieles a la Patrona, que nos enseñaron a venerarla, y en definitiva, a valorar la ciudad que nos vio nacer. Ellos ya hace tiempo que partieron, para contemplar desde otras latitudes cómo este mundo ha continuado remando a viento y marea, cómo la realidad que fue la suya es hoy bien distinta. Nuestro mejor tributo ahora es impedir que el olvido haga suya su memoria. Cambian las gentes, los hermanos de carga, la forma de celebrar todo aquello que significa la Virgen. Mas nunca podremos prescindir de quienes nos hicieron como somos, aquellos que seguro lamentarán también hoy que las puertas de la ermita permanezcan cerradas. 

Histórica fotografía correspondiente al 25 aniversario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Montaña (1949), en la que se aprecia, en primer término, a los cofrades Sixto Fernández Borrella y Ruperto Flores Rico. El primero sería luego, años más tarde, Hermano Mayor de la Real Cofradía. Foto procedente de mi archivo, cedida por Manuela Flores, hija de Ruperto y prima del que que escribe. 


Fotografía de Juan Guerrero. 1992. La procesión de subida, con el Turno Cuarto, dirigido por Juan José Gómez (izquierda), bajo la supervisión del Hermano Mayor Sixto Fernández Borrella. 













viernes, 17 de abril de 2020

Lecturas para liberar el desasosiego

Es difícil escribir algo en estos días que no tenga que ver con el coronavirus. Desde que la epidemia se instaló entre nosotros, nuestra libertad ha quedado cercenada por efecto del miedo al contagio, por el impacto de las constantes noticias que anuncian cifras de víctimas y afectados. Hablar del "pico de la curva" se ha convertido en algo cotidiano, y en puridad, ni los responsables políticos ni los gurús de la comunidad científica se ponen de acuerdo acerca de cuándo y cómo podremos volver a interactuar con garantías. Desde el retiro forzoso que esta situación ha impuesto, y a través de la ventana que la tecnología ofrece, observo las distintas iniciativas que personas y colectivos han emprendido para dulcificar la candente realidad de la pandemia. Tienen el reconocimiento de quien, como ya dijera en una entrada anterior, prefiere mantener el silencio y la resignada contemplación de los días que van transcurriendo, cautivos del desasosiego.  Como diría Pessoa: "Hace dos días que no para de llover y que cae del cielo ceniciento y frío una lluvia de un color tal que aflige el alma"


Solo la lectura cauteriza las heridas y el embrión de cada nuevo poema huele a anestésico. Cada pérdida es una carga de profundidad que estalla entre las sienes. El miedo late enquistado en los alveolos. Vuelvo a Pessoa: "Siento el tiempo con un dolor enorme"La estética se resquebraja ante la crueldad del frío, los colores se difuminan. Aguardo en mi propio cuarto, a la manera de Virginia Woolf, interrogándome, releyendo a Emily Brontë, que vaga desorientada en medio del páramo: "Why is the sun's last ray so cold". Los poetas de hoy no han conocido la miseria, acaso sí la indiferencia. 


En para "Después del terremoto", Murakami rescata en sus relatos  el surrealismo ante la magnitud del sufrimiento humano, en este caso, a consecuencia de un terrible seísmo en tierras japonesas. No muy lejos surgió el coronavirus que ahora condiciona el argumentario del lenguaje. Oriente se ha infiltrado en nuestras vidas y hoy, todos somos hikikomoris, rehenes entre las cuatro paredes de nuestro cuarto, comunicados con el exterior a través de la red y a expensas de una decisión que mitigue la arritmia que nos ahoga. Escucho "The moon is a silver dollar", de Lawrence Welk. La vida es una novela, mezcla de emoción e incertidumbre, laberinto y suspense. 


Dichos ingredientes están presentes en la narrativa de uno de los últimos fallecidos por COVID 19, el chileno Luis Sepúlveda, al que tuve la oportunidad de conocer en noviembre de 2009 con ocasión del X Congreso de la Asociación de Escritores Extremeños que se celebró en Cáceres. Junto a sus títulos "Un viejo que leía novelas de amor" o "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar", Sepúlveda cultivó el género de la novela policíaca, con obras como "Diario de un killer sentimental" o "Yacaré", ambas reunidas por Tusquets Editores en el volumen que entonces me pudo firmar y que conservo con especial cariño, reproduciendo a continuación esa dedicatoria en su homenaje. 



De esperanza nos hablan los siguientes versos de Gerardo Diego, pertenecientes a su libro "Cementerio Civil". A su poesía me encomiendo ahora, cuando la tarde se encamina hacia la oscuridad, cubriéndose de nubes.

"Siempre habrá algo tras la muerte.
La vida sigue lisa, unida,
y aun sin contar con otra vida
la vida en la vida revierte". 





domingo, 12 de abril de 2020

Domingo a la espera para celebrar la vida

Finaliza hoy una Semana Santa que sin duda alguna no podremos olvidar, que quedará en el recuerdo para siempre. La Resurrección de Jesucristo, que este domingo se celebra, lleva implícito en nuestro interior ese deseo de superación de la terrible tribulación a la que el mundo se está enfrentando y tantas víctimas viene repartiendo por todos los continentes. Aunque la esperanza y el ansia de recibir un liberador baño de luz están vivas en todos nosotros, resulta difícil aplacar la angustia que generan todos estos sucesos que nos rodean, aun cuando, para los creyentes, la fiesta de la Pascua representa precisamente el triunfo absoluto de la vida y la confianza de que esta terminará imponiéndose. Entretanto, transcurre una nueva mañana de retiro, a la que he querido añadir como banda sonora los acordes y la coral de la "Messa di Gloria" de Giacomo Puccini, en versión de la orquesta sinfónica y coro de Londres, dirigidos por Antonio Pappano. Mañana de tregua para un mes de abril de climatología igualmente incierta, donde las nubes van agrupándose, completando un puzzle de tonos grisáceos que anuncia una tarde acaso tormentosa. Música y lectura en la intimidad, libros para no olvidar que afuera aún aguarda un mundo que se encamina, sorteando obstáculos y dificultades, al territorio del estío.   


Días y esperas
los cerezos se duermen
vistiendo el valle.

Las cicatrices,
los rasguños del tronco,
cerrarán por fin.

Y escucharemos
el piar de los pájaros,
limpio y cercano.








viernes, 10 de abril de 2020

Mediodía de Viernes Santo. Cofradía de los Estudiantes. Cáceres

LAS SIETE PALABRAS DEL CRISTO DEL CALVARIO
 (Texto leído en la III Velada Literaria del Cristo de los Estudiantes, 28 de febrero de 2020)

Primera palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Con el cielo nublado y un amago de lluvia en la garganta, ventoso abril de contenidos suspiros, hierve Santo Domingo la mañana de Viernes Santo. Próximo el alboroto de los preparativos, el trasiego de las imágenes, negros y blancos, oscuridad y rescoldos de luz que han sobrevivido a la madrugada. Ya está Jesús sobre su alfombra carmesí, aguardando la caricia del aire, aún acaso con los ojos abiertos. Sabe que pronto, una miríada de rostros convergerán en sus miembros doloridos, en la indefensión de sus manos y sus pies, amarrados al madero. Pero Él solo tendrá palabras para ignorar la ofensa, para clamar compasión, para abolir la ceguera y la venganza de los hombres que le han llevado hasta allí haciendo oídos sordos a su mensaje, que le han vuelto la cara, empujándole al martirio. Él se aviene a descalzarse, a despojarse de sus vestiduras para ponerse en manos de sus verdugos, y aun así, no les guarda rencor. ¡Qué mayor muestra de entrega, la de quien se somete, la de quien agacha la cabeza y acepta en sus propias carnes un destino que es el de todos!.

Segunda palabra: “Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

Los cofrades conducen al Cristo fuera del templo. Desde los balcones, la gente contempla su sacrificio en silencio. Solo los acordes de la banda marcan el paso de la imagen. Al verle, alguien recuerda a sus seres queridos que ya partieron, se pregunta dónde quedó el hálito de aquellos a quienes un día abrazamos. La generosa faz del crucificado reconforta los pensamientos que asaltan al hombre desvalido, desorientado. Pero Él ya aseguró a uno de sus compañeros en el suplicio: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Alimenta su esperanza el creyente con la savia de la misericordia, la que escancia Jesús desde su atalaya en lo más alto del Calvario, en esas horas en que el mundo ha perdido la cordura y los pies se tambalean sobre la tierra. Él nos enseña que no hay que desfallecer, que la luz siempre habrá de imponerse sobre las tinieblas.



Tercera palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo […] Ahí tienes a tu madre”

En medio del tumulto, envuelto en un abanico de sonidos, olores y ojos extraviados, el Cristo del Calvario prosigue su itinerario, fuertemente sujeto por efecto de esos clavos que inmisericordes taladran sus extremidades, mientras solamente sus cabezas redondeadas asoman, testigos del dolor, entre los resquicios de la piel maltrecha. Inclina entonces la vista Jesús hacia la humanidad que le contempla, aún le quedan energías para un último consuelo en la orfandad de un mundo partido en dos, como el velo del Sancta Santórum, como el corazón de su Madre, hecho añicos junto al discípulo amado, allá arriba, en ese pequeño Gólgota que corona el retablo de la Iglesia del Conventual Franciscano. Quienes ahora observan el paso de los cofrades desde la balconada de la Plaza de la Concepción tienen el privilegio de mirar de frente las lastimadas carnes del Señor, quizá en lo más hondo escuchen esa última sentencia que, dirigida a su Madre, la convierte también en madre de toda aquella grey indefensa, y a nosotros, simples mortales ateridos ante la proximidad del fin, en hijos abiertos a una promesa nacida de ese torbellino amoroso que brota del madero de una Cruz ya convertida en instrumento de redención, como la sangre que se ha tornado en ese océano de pétalos de clavel que le sirve de mullida cama. 

Cuarta palabra: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?

La serenidad que rezuman los rasgos de este crucificado de la escuela castellana de Gregorio Fernández no impide que, conturbado por la debilidad inherente a su condición de hombre, como cualquiera de quienes allí contemplan su agonía al pie del patíbulo, se sienta preso de la desesperación y de la impotencia. Es insoportable el daño físico que acumulan sus miembros, muchas las horas de angustia e incertidumbre. Jesús del Calvario, en la luz del mediodía que Cáceres le brinda, confundida en el pujante verdor de los árboles de la Plaza de San Juan, implora la gracia salvadora de la oración, busca el amparo del Padre que parece haberse difuminado. Acaso la multitud no escucha su ruego, contagiada del ritmo de los tambores y la estridencia de las trompetas. Pero Cristo, que comparte las flaquezas del ser humano y se siente acorralado por la furia de los elementos, necesita también el bálsamo de la confianza, el salvoconducto de una plegaria que alivie sus heridas. 


Quinta palabra: “Tengo sed”

Jesús tiene los labios secos, agrietados, se precipita sobre ellos la sangre desde las espinas que cubren su cabeza. Apenas puede articular palabra y cada vez le cuesta más llenar de aire sus pulmones en esas horas aciagas prendido de la Cruz. El cortejo enfila la Gran Vía y el golpeo de las horquillas sobre el pavimento se alterna con los sones de las marchas que interpreta la banda. Jesús pide agua, necesita humedecer su boca, cada vez más áspera y reseca. Nos mira con la misma dulzura que a aquella mujer samaritana a quien pidió de beber junto al brocal del pozo. Él ofrece sin embargo un agua que da vida, que sana a quien la recibe con humildad y confianza, que proporciona el sosiego. El Cristo del Calvario quiere hacernos partícipes de esa promesa, Él, que se duele ahora, sediento y huérfano de la compasión de quienes no le han escuchado, Él, que es agua viva. 


Sexta palabra: “Todo está cumplido”

En la Plaza Mayor, el pueblo rodea las andas del Santísimo Cristo. La humanidad entera contempla el holocausto del crucificado, cuyo destino está próximo a cumplirse. Van cerrándose sus ojos, relajándose sus miembros. La muerte se infiltra violácea en sus carnes, todo parece acabado. Pero la salvación necesita del árbol de la Cruz, Jesús tiene que ser exaltado, puesto en lo más alto, como la serpiente que levantó Moisés en el desierto, para que quienes le contemplen sean curados de sus males. Por eso, junto a la ermita de la Paz, a los pies de la Torre de Bujaco, los cofrades estiran sus brazos para alzar la imagen y aproximarla al cielo. Con entusiasmo, como una piña, aúpan al Cristo para dar testimonio de que, cumplida la escritura, inmolado el Cordero, su entrega no ha sido en balde.


Séptima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Apenas le queda resuello a Jesús cuando, en volandas, inicia el camino de regreso al templo sobre los gastados adoquines de la calle General Ezponda. El Vía Crucis llega a su fin, y la Cofradía, que desde sus inicios quiso hacer de su desfile penitencial el mejor exponente de ese itinerario de la Cruz, de esas estaciones de dolor, bien lo sabe. El Señor abre los ojos por última vez para ponerse en manos del Padre, para dejarse abrazar por Él, que misericordioso le abre las puertas de su reino. Arropado por la música y derrochando belleza, a hombros de sus hermanos y hermanas de carga, el Cristo del Calvario retorna por fin a Santo Domingo. Jesús, que acaba de expirar, aguarda la frialdad del sepulcro. Por la tarde, el Santo Entierro recorrerá un año más con profundo respeto las calles. Pero ya la primavera ha prendido sus brotes de esperanza y el alba, ahora dormida, aguarda su bautismo para hacerse de nuevo visible con tacto de eternidad. 


Jesús María Gómez y Flores
28 de febrero de 2020

Fotografías de Miriam A. Gómez
Semana Santa de 2012