sábado, 17 de agosto de 2019

Lecturas de verano: ESENCIA, de Efi Cubero; ESTA BRUMA INSENSATA, de E. Vila-Matas

Me atraen especialmente aquellos libros que condensan buenas dosis de magisterio en sus páginas, novelas que, sin renunciar a la ficción, se deslizan con paso de funambulista sobre los delgados hilos del ensayo, y por supuesto, aquellas obras cuyo encaje sea precisamente el de este último género. Vengo mitigando los calores de agosto, las postreras jornadas de ocio que me brindan, con la lectura, casi simultánea de dos de estos libros. Enteramente diferentes. Absolutamente en nada relacionados el uno y el otro, pero coincidentes si nos detenemos en la pulcritud con que sus autores han afrontado la difícil tarea de poner en pie obras tan dotadas de elementos intelectuales que el lector puede ir asimilando poco a poco, en medio de un discurso impecable, cercano, en algunos casos, al lenguaje poético.  Cuanto decimos se ajusta como un guante a los textos que la escritora Efi Cubero ha reunido en "Esencia", que publica la editorial La Isla de Siltolá, en su colección "Levante". Si es posible localizar un calificativo para este libro, ese sería el de arte sin límites, arte con mayúsculas, en un grandioso maridaje entre lo plástico y el lenguaje escrito. Cada texto, donde la autora bucea en la obra y la personalidad de un creador, sin distingos de épocas ni estilos, constituye por sí una auténtica joya, un edificio literario construido con inusitada maestría, en el que se recogen a la vez impresiones y andamiajes críticos, hasta hacer perceptible -tangible si cabe- el producto creativo del artista de que se trata. Cada capítulo es, en sí mismo una sorpresa, un descubrimiento, el de la creación literaria y el de la obra que, con su bien afinada orquesta de palabras, va desnudando. Y como decíamos, lo hace con el bagaje de una inmensa catarata de referencias procedentes de su vasto conocimiento del arte. Es este uno de los puntos cardinales de esta obra, cuyo título no puede estar mejor elegido, pues la escritora desentraña a la medida de su pericia técnica, la esencia de las obras que desfilan por sus páginas, desde su visión del Guernica picassiano, pasando por las estampas velazqueñas que nos transportan a los años turbulentos del Siglo de Oro, con su dicotomía pintor/rey, hasta el trazado de los complejos fotogramas de la vida del salvaje Gauguin, que depura con elegancia en un relato donde la poesía -siempre presente- parece querer ceder protagonismo al buril de lo narrativo. Confieso que he sucumbido a la tentación, propia de mi ignorancia, de rebuscar en páginas web, en tratados de arte, tras las pesquisas de creadores que me eran del todo desconocidos. La sugerente descripción e interiorización de sus obras realizada en este libro empujan desde luego a ello, a abrir los ojos. El recorrido además, no puede ser más completo. La mirada de Velázquez se complementa con la alambicada perspectiva de Goya o los estridentes aspavientos de Dalí, desde su retiro en Port Lligat, en la bahía de Cadaqués. Y es precisamente aquí, en las estribaciones del Cap de Creus, donde reside el personaje que interviene como sujeto narrador del segundo de los libros que me tienen atrapado en estos días: "Esta bruma insensata", de Enrique Vila-Matas. Una vez más, un libro con la literatura como auténtico protagonista, donde los personajes están al servicio de un argumento marcado por el debate sobre la intertextualidad. Obras que se nutren de las citas, los paralelismos, las estructuras, de otras, autores que viven atrapados en un complejo artificio de vivencias personales alimentadas por el flujo de una ansiedad creativa que no conoce grilletes. Vila-Matas vuelve de nuevo a concebir una historia de tensiones, metaliteraria y no exenta de suspicaces referencias políticas en un momento convulso de nuestra más reciente experiencia vital. 


martes, 13 de agosto de 2019

Madre

Todos los días son trece de agosto cuando se trata de ella. Las fechas son una mera excusa cuando uno lleva a alguien tan adentro que el hecho de que su tiempo físico haya terminado no empequeñece la sensación de que, de alguna u otra forma, no se ha marchado del todo. Para Elías Canetti, la muerte es enemigo que hay que combatir, llamada de atención que es imprudente ignorar, cuando todo alrededor de la vida tiene a aquella como punto de fuga. "Cuando se trata de los muertos, de lo que les ocurre, siento una rabia inmisericorde", afirma en su ensayo "El libro contra la muerte". Para mí, la muerte del ser querido es asimilable a una caminata en silencio, en la que solo tú -el vivo- protagonizas un monólogo insistente cuyos acordes se van perdiendo lentamente entre los compases de la bruma. Ya hace trece años que su voz dejó de escucharse, que un sólido baluarte de mármol nos separa. Mis creencias me dicen que la vida no se agota, que solo las venas interrumpen su pulso, que la conciencia se yergue y emprende un nuevo periplo en pos del alba. En palabras de Emily Dickinson, "Debe ser un poder de Mariposa / la aptitud de volar/ prados de Majestad trae consigo / y fáciles Viajes por el Cielo". Visitar su tumba tiene pues el sentido de aferrarse al tuétano de los huesos, buscar un consuelo junto al inmovilismo de sus despojos.  Pero, hasta para los más escépticos, la muerte lleva adherido un componente de esperanza. Hoy, ella ya no responde, y entre su mundo y el mío, se abre un tajo de inusitada impotencia que apela a la finitud de los sentidos, al rostro más esquivo de los elementos. La muerte como desnudez, la muerte del otro, que apunta Lévinas, se hace aquí palpable, y ella, más lejana, distanciándose poco a poco en el tira y afloja que para uno supone continuar escribiendo su propia historia. De la partida de aquellos que nos rodean, apenas compartimos el duelo, la densidad de los espacios en blanco, lo absurdo del final, con su catarata de preguntas. Mis convicciones me empujan a pensar que la frialdad solo pertenece al sepulcro, que algo viable nos sobrevive, que ella ya participa, "pasajera del infinito", de ese folio en blanco que ahora nos está vedado. 
Cecilia Flores Rico (1922-2006)
Foto Javier, hacia 1967

jueves, 8 de agosto de 2019

Laberintos

Llevo años obsesionándome con el tiempo, nunca mejor dicho. Con la edad, con la enredadera de los meses y los misterios del calendario, lleno de días en blanco, amenazadores y audaces a la vez, como folios aguardando apropiarse del germen cobalto que bulle en la yema de los dedos y alimenta la tinta. El tiempo es cruel por muchos motivos, pero también es tronco al que aferrar esa esperanza residual que mantiene encendida la llama de las ilusiones. En estos días, me vienen a la memoria las imágenes, los recuerdos, los nombres que quedaron aparcados en el camino. Los escenarios de otras épocas, aunque conserven la tramoya y el andamiaje de ayer, hoy están habitados por otros personajes, sirven a otras historias. Me pregunto qué habrá sido de tantas personas, de tantos lazos de confianza, de tantos rostros que apenas sobrevivieron al parpadeo de una cámara. La atardecida echó el cierre, archivó acaso para siempre el timbre de las voces, la intensidad de las miradas. Desde el púlpito de la edad, solo son estatuas impregnadas de sueño, pixelados rasgos que el olvido ansía engullir. Tal vez muchos de ellos también hayan reparado en mi recuerdo, preguntado por mí en los buscadores de internet, escudriñando las pistas que suministran las redes sociales. Pero al fin y al cabo, los hilos se han roto, el carmín se ha borrado en las mejillas envejecidas, la intemperie ha hecho su trabajo y el viento terminó por arrastrar las últimas esquirlas. Ahora, unos y otros, todos somos fantasmas, espectros cautivos en un caleidoscopio, evaporado el vaho de nuestra presencia en los cristales de ese universo en continua ebullición que nos empuja a continuar adelante, cada vez más conscientes de que lo único que importa es la certidumbre, lo táctil, el abrazo de aquellos que comparten nuestra travesía del mundo. 


sábado, 3 de agosto de 2019

Hay que leerlo. "Los ángeles fríos", de Rosario Troncoso. Reseña literaria.

Cuando uno se siente tan identificado con la temática y el tono de un libro de poemas, a medida que va pasando las hojas y van desperezándose los versos, la satisfacción que aporta su lectura se incrementa. Es lo que me ha sucedido con "Los ángeles fríos" (Calambur, 2019), de Rosario Troncoso. Nada más tenerlo entre las manos, lo primero que sorprende es su formato, más pequeño que el que nos tiene acostumbrado la editorial Calambur para sus libros de poesía. Sorprende, eso sí, gratamente; estamos ante un objeto que ya es bello de entrada, desde la evocadora imagen que ilustra su cubierta delantera y sirve de presentación, plena de referencias que anticipan el contenido del poemario, aunque este se halla lejos de ensoñaciones góticas o espirituales. 

A través de estos versos, Rosario nos invita a una búsqueda, a una indagación contemplativa de la propia condición humana, con el sentimiento perfectamente adherido al edificio de la palabra, esculpido con el buril de un lenguaje preciso y meditado, del que se vale para transmitir al lector sus vivencias, sus reflexiones, sus incertidumbres. Como en otros de sus libros anteriores, no rehúye la poeta el diálogo directo, el yo más inmediato. Apuntala así las heridas del tiempo, los boquetes de la edad y la indolencia de la penumbra, territorio que, no por conocido, continúa sembrando su pequeño universo de preguntas, de imágenes petrificadas que los días van amontonando en los senderos de la memoria, hilando inventarios: "Los besos remotos, la lluvia / en el anillo imprevisto. Una serie / para los dos". Las fotografías, los instantes que el recuerdo atesora, se hacen tangibles, "...a pesar del frío", como la caricia del mármol: "Que me lleve algún ángel de la guarda / bien lejos esta noche". 


Es la búsqueda de un puerto seguro, el mundo es demasiado hiriente y el silencio inspira inquietudes sin nombre, soledades teñidas del manto de la caducidad y el olvido. Se eriza el vello a bordo de poemas como "Estorninos", de especial crudeza. El destino de esos pájaros cuyo aleteo se desmorona en el vacío de la noche no es sino la metáfora de aquel que también aguarda al ser humano. Pero la autora no pretende quedarse en la mera dialéctica, pretende que el lector se empape igualmente de ese cosquilleo incómodo que es consustancial a ciertos escenarios, como el que protagoniza el poema "Efecto contagio", uno de los más certeros del libro, verdadera carga de profundidad dirigida a la conciencia, al laisser faire de quienes acostumbran a volver la cara frente a todo aquello que no es políticamente correcto o molesto. Como los versos de "Lucidez", impresionante poema que por sí solo da testimonio de la calidad del poemario, de la madurez y enorme sensibilidad de su autora. No voy a hacer spoiler. Hay que leerlo. Solo el anticipo de unos versos: "Abriremos ventanas por si vuelven las voces. / Y huellas de otras huellas en el envés de la mano".  

No toda la memoria es perdurable, las termitas del tiempo y el olvido también socavan la textura de los recuerdos.  Entonces, se hace necesario el auxilio de la certeza, aunque esté hecha de los mimbres del sueño, del creer sin haber visto. Aferrarse a las alas de ese ángel invisible que quizá nos acompaña a todos. Tras la ventana -dice la autora-, "aúlla el peligro". El abrazo que muda el frío en calor cercano puede ser ese antídoto que andamos buscando. 

domingo, 21 de julio de 2019

París 2019. Nuestro primer viaje sin Elisa

Hacía seis años de mi última visita a París. Aquella estancia, breve, lo fue por motivos de trabajo, pero el recuerdo de la ciudad desde la privilegiada visión que ofrecen las ventanas de sus buhardillas, el vendaval de la música y la lectura de Rayuela, sirvieron para poner en pie mis "Escenarios", que verían la luz al año siguiente, de la mano de Ediciones Vitruvio. Pasado el tiempo, queríamos huir de la vorágine del turismo, de lo convencional, de los lugares y las aglomeraciones que nada aportan más allá de la tópica impresión de una fotografía para compartir en las redes. Este sería, sin embargo, el primer viaje sin el preciado asesoramiento de nuestra inolvidable amiga Elisa, que nos dejó para siempre en las postrimerías de la primavera, en silencio, sin hacer ruido, convirtiéndose en protagonista de un viaje sin retorno hacia un destino que, sin duda, con ese ángel que la caracterizaba, habrá sabido recompensar el aluvión de todo su buen hacer mientras estuvo al frente de esa puerta a la felicidad que era su pequeña agencia, en las estimaciones de El Rodeo, en un Cáceres necesitado de personas como ella. Y hago mías las palabras de Alonso de la Torre en su estupendo artículo, recientemente publicado en el Diario Hoy, donde también se hace eco de su partida: https://www.hoy.es/extremadura/elisa-vendia-felicidad-20190712002648-ntvo.html

Quizá este París de 2019 no fuera el de Cortázar, sino el de Modiano, un escritor que, galardonado con el Premio Nobel de Literatura -precisamente en 2014, cuando se publicaba "Escenarios"- sabe apurar como nadie cada esquina, cada enclave de lo cotidiano de esa ciudad que está por encima de lo tangible, que atesora enésimas historias en su vientre. Concita el autor francés, a la par, incondicionales y detractores, pero lo que no cabe discutir es su conocimiento de la calle, de la respiración que late a medida de la geografía del asfalto, con sus personajes de rostros pixelados, sus nombres sometidos al azote del tiempo. Uno se pierde en los pasillos del metro, recorre anónimo los bulevares, asciende hasta casi perder el resuello las escaleras que conducen hasta la cima de la Butte Montmartre. 


De Cortázar quedan sus reflejos, suspirando sobre los puentes, como aquel donde Pierre Curie se dejó su último aliento, en las proximidades de la Rue Nevers, y su tumba, no fácil de localizar, en el Cementerio de Montparnasse, no muy lejos de la de aquel poeta que fuera capaz de anticiparse a su destino para saber que su idilio con la eternidad comenzaría también bajo la mirada de las gárgolas de una Notre Dame, hoy herida en sus nervaduras, con los pulmones asfixiados. Reconocible la última morada de César Vallejo por la bandera peruana que sus compatriotas han colocado sobre la lápida, inolvidables sus versos...


Tumba de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse


Tumba de César Vallejo, en el cementerio de Montparnasse


Los puentes de París y la impronta de Cortázar


Notre Dame, rodeada de grúas y vestida de andamios

Y entretanto, celebro la multiculturalidad que impregna los parques y las avenidas de la urbe, que tiñe de matices los vagones del metropolitano, con sus voces y rostros distintos, aquellos en los que se refleja el carácter unívoco del ser humano, aboliendo distingos y absurdos prejuicios. En lo más alto, donde el funicular de Saint Pierre desemboca junto a la basílica del Sacré Coeur y se atisban los contrastes de la Place du Tertre, perviven los ecos difuminados de los viejos artistas, los que un día hicieron de estas calles el itinerario de su inspiración atormentada. 


El columpio de Renoir


Cabaret "Au Lapin Agile"


Los artistas, en Place du Tertre


Estudio de Suzanne Valadon, en Montmartre










sábado, 29 de junio de 2019

Tiempo de prematuras ausencias. Sin tregua frente al olvido

No ha sido este semestre una época propicia para los poetas, y especialmente, para aquellos que venían moviéndose en esa franja arriesgada que va desde los cincuenta a los sesenta, cuando uno ya cree saber de todo y estar de vuelta de muchas cosas y en realidad quizá sea justamente lo contrario. Algo así como un ecuador que no es propiamente tal y que quizá sea más bien punto de partida de una nueva forma de entender e interpretar el mundo que nos rodea, con la experiencia acumulada como código imprescindible. Estos años esconden el peligro de la confianza, del laisser faire, como si los rostros indeseables de la vida aún nos fueran ajenos. Pero estamos muy equivocados. La vida no interrumpe el lanzamiento de sus cargas de profundidad, maneja el azar con mano diestra, sin hacer distingos. Y nosotros, ingenuos, nos sorprendemos cuando las noticias se saltan los cánones de lo razonable y las detonaciones se producen a pocos metros. Ayer, ese universo paralelo que es Facebook hacía correr la información de que el escritor, editor y agitador cultural Julián Rodríguez Marcos había fallecido. Solo tenía cincuenta años, se encontraba en los albores de esa pasarela de funambulista por la que otros muchos andamos transitando. Dicen que tras el apagado de las funciones corporales, la conciencia experimenta fases insondables en las que, como una película, toda tu vida desfila en el vacío durante unos instantes, ya sin tiempo de reloj. Algo así me pasó cuando recordé aquellas secuencias de los ochenta, cuando Julián regentaba "La Torre de Babel" en Cáceres, auténtico buque insignia de la inquietud cultural que se extendía por la ciudad en esos años. A excepción de "La Machacona", ningún otro local había sabido concentrar tan certeramente el espíritu de los creadores y la vanguardia de una población de provincias que iba curtiéndose a la par que su universidad se hacía adulta. Entonces uno sí era de verdad joven, ignorante del sentido del ridículo, con arrojos suficientes para encarar cualquier empresa o iniciativa. Especialmente recuerdo el año de 1988, cuando Julián, que junto a su hermano Javier había explorado ya el mundo de los fanzines, apostaba por la idea de crear el que tal vez fuera su primer sello editorial, que se llamó "La Hidra Ediciones", y a cuyo amparo se publicaría, en colección a la que bautizó como "Zigurat", uno de mis primeros poemarios, "Autoconfesiones", edición que estuvo a cuidado del propio Julián y que se compuso de cien ejemplares numerados a mano por el propio autor, de los cuales, los veinticinco primeros llevaban además un grabado de la artista Fátima Gibello. 





Portada, contraportada y colofón de "Autoconfesiones"
publicado por Julián Rodríguez en 1988

Ambicioso proyecto para unos tiempos difíciles, que terminó no cuajando, pero del que dan testimonio la memoria y todo lo que vino después, pues el editor supo crecer y también el escritor que le habitaba. Sus muchas obras y el gran "zigurat" que supuso Periférica no necesitan más comentarios para dar fe de cuanto decimos. Nunca se desvinculó Julián de su provincia, de su pueblo, continuó muy vinculado a ellos, sin dejarse fagocitar por la capital. La última vez que le vi fue precisamente a bordo de ese tren que vive en la incertidumbre, en ese entresuelo de la estación de Atocha desde donde embarcan los viajeros de la llamada media distancia. Crucé unas palabras con él ya en el vagón, y se bajó también en Cáceres, después de la consabida travesía de más de cuatro horas. Ahora me entero de que su luz se ha apagado. Y con ella, sin duda, tantas cosas, porque el tiempo interrumpido le reservaba quizá muchos folios en blanco, muchos autores por publicar, muchos viajes a Extremadura... 


Dedicatoria autógrafa de Julián Rodríguez para el libro "La sombra y la penumbra"

Pero es que también a otros, como Rosa Perona o Antonio Cabrera, le quedaban apenas unos pocos capítulos por entregar, otras tantas sonrisas por compartir, muchos versos y un torrente de vida que aún no acertamos a aceptar que hayan quedado truncados a bordo de un post de Facebook, una mañana cualquiera. De lo de Rosa aún no he conseguido recuperarme. Sus silencios se volvieron contra ella en una primavera aciaga, clausurando las mirillas e impidiendo el paso de esa luz que hasta entonces había hecho brillar con intenso fulgor sus pupilas siempre vitalistas y henchidas de ese desbocado positivismo que exudaban sus poros. 


Dedicatoria autógrafa de Rosa Perona para su primer libro, "La voz del silencio"

Entretanto, otra amiga cercana se difuminaba igualmente en el mismo mar. Hace hoy exactamente un mes. De verdad, hay dolencias de las que uno prefiere no pronunciar su nombre, pero que cuando te miran a los ojos no cejan hasta dejarte sin resuello. La muerte es algo que debemos aceptar, tan cotidiano como el sueño o el hambre, pero la Parca carece de sentimientos, no se deja sobornar por la compasión ni modera su zarpazo en atención a la edad de sus elegidos. En todo caso, no podemos dejar que su cómplice, el olvido, termine la faena. Mil veces lo he repetido y ahora, todavía más vivas han de resonar mis palabras: 

"No hay peor enemigo que el olvido. 
Más certera su daga que la propia muerte". 

viernes, 14 de junio de 2019

Cómplices del sentimiento. Inolvidable semana de presentaciones

Todavía no he conseguido poner de nuevo los pies sobre la tierra. En una semana de emociones, de satisfacciones literarias, pero también intensamente humanas, por el calor y la cercanía de tantas personas que comparten y siguen tu trabajo y el afán de continuar transitando por los no siempre dóciles terrenos de la literatura. No me corresponde a mí reseñar ni hacer loa de lo sucedido el lunes, cuando se presentó "La complicidad de los amantes", en Cáceres, en el salón de actos del Ateneo, vestidos los poemas con la envoltura de la música y la magia del teatro, de la escenografía y la imagen. Creo que solo debo limitarme a dar las gracias, a expresar la satisfacción que me ha producido comprobar tanta mirada, tantas palabras de complicidad y adhesión, de mestizaje incluso, con el contenido de los versos y su carga de sentimientos. Y es que tuve la oportunidad de compartir escenario con dos artistas de puro lujo, como mi amiga y excelente soprano Ana Peromingo y el extraordinario pianista José Luis Porras, al que ha sido una gozada conocer y disfrutar. Desde el principio, fueron permeables a la propuesta de un programa musical nada fácil, plagado de estilos muy dispares. Todo en ellos fueron facilidades, sugerencias para mejorar el diseño inicial de la velada, a la búsqueda de aquellas opciones que permitieran hacer las secuencias poéticas y musicales más ágiles, más accesibles a un público tan variopinto como el que llenó por completo el salón de actos del Palacio de Camarena, un lunes perdido en el calendario, en pleno mes de junio. Junto a ellos tengo necesariamente que mencionar al profesor y poeta Hilario Jiménez Gómez, que no por más amigo, que lo es, y mucho, se dejó la piel sobre las tablas para hacer más accesible a los presentes el contenido de mi obra. Y lo hizo de tal forma que no me salen calificativos. 



Elenco del recital poético-musical "La complicidad de los amantes"


Intervención del profesor y poeta Hilario Jiménez



La soprano, Ana Peromingo


José Luis Porras, Ana Peromingo y el autor, durante la lectura

Me complace ver hasta qué punto está gustando "La complicidad de los amantes", que no es un libro fácil, pero sí muy variado, nada monótono, plagado de guiños. Seguiremos dándole el recorrido que merece, dotando de cuerpo y de vida a sus poemas y a sus historias. Quizá reeditemos en Badajoz, después del verano, la experiencia vivida en Cáceres. Y mis versos estarán allí donde sean bienvenidos, sin desdeñar la connivencia con otros autores y otras formas de vivir la poesía. Me encantará formar parte de aquellos proyectos que hagan de la palabra su estandarte. Entretanto, el destino natural de todo libro es el de ser leído y mi agradecimiento también quiero hacerlo extensivo a cuantos han querido destinar una parte de su tiempo haciéndose cómplices de mis poemas, convirtiéndolos de alguna forma también en algo suyo. Para ellos vaya toda mi gratitud. 

Finalizábamos ayer la temporada literaria con una nueva presentación en el Palacio de la Isla. Era el turno de "Las regiones de la melancolía", de mi querido compañero y amigo José Antonio Patrocinio. Al éxito que cosechara en Badajoz en el estreno de su obra, ha de añadir ahora el que obtuvo en Cáceres, rodeándose de tantos amigos expectantes de sus versos y adictos a la humanidad que destilan, la que el propio autor desborda por su poros. Ayer fue una velada para poner de manifiesto que más allá de las responsabilidades profesionales y las ataduras que conllevan, existe una vida, un algo más que a la postre es lo que verdaderamente merece la pena. 





Presentación de "Las regiones de la melancolía" en Cáceres. 

domingo, 9 de junio de 2019

Sábado de paso por Madrid y visita a la Feria del Libro

Hacía al menos dos años que no nos dábamos una vuelta por la Feria del Libro de Madrid. Surgió esta vez la oportunidad y al menos durante las horas de la tarde de ayer visitamos el recinto del Parque del Retiro donde están instaladas las casetas. Ciertamente, todo se escribe aquí con letras mayúsculas. Una desmesura de gente y una vorágine de ofertas que para poder apreciar en toda su extensión se necesitarían múltiples recorridos y paradas. 


Iba con la idea de tomar contacto con algunos de mis autores de cabecera, que ese día recalaban en la Feria, e incluso cargué la mochila con algún que otro libro para traérmelos firmados por ellos. pero luego, allí, todo se torna mastodóntico y te sientes engullido por ese tránsito lento que conduce hasta las últimas casetas, sorteando colas y obstáculos que, al final, desbaratan con creces cualquier plan inicial que se hubiera podido trazar. Instalado en el caracoleo de la serpiente, apenas si distingues el color y la numeración de las casetas. Uno es un anónimo desconocido en el mundo de la literatura, y en un lugar como este, ese sentimiento de pequeñez e insignificancia se magnifica todavía más. El merchandaising de las editoriales, la parafernalia, la puesta en escena de algunos autores, que nada tienen que envidiar a las estrellas de c cine, componen sus secuencias, que completa un público ávido de mitología, "selfies" y apretones de manos, pero también de lectores fieles que no dudan en aguardar cuanto sea por conocer en persona a aquel autor/a cuya palabra e historias se han convertido ya en parte de su vida. Número a número, busqué en vano la firma del extremeño Luis Landero, cuya novela "Lluvia fina" llevaba en mi bolsa. No pudo ser. Quizá un desajuste de horas y de nombres. Tendré seguramente otra oportunidad más adelante. Sí lo conseguí con Enrique Vila-Matas, cuya bibliografía prácticamente ocupa un estante de mi biblioteca. No le imaginaba tan serio, de mirada tan penetrante, intimidatoria casi. Es comprensible la monotonía de repetir el mismo ritual horas y horas para complacer a un público, impaciente las más de las veces. Este lector le dejó además la tarjeta de visita de la Asociación Cultural Norbanova y nuestra invitación a venir a Cáceres a presentar sus libros en el Aula de la Palabra. Nos remitió a su agente. Lo intentaremos. Nunca se sabe. A lo mejor existe alguna posibilidad. 


Con el escritor Enrique Vila-Matas

Junto a él, otros dos pesos pesados de la literatura firmaban sus últimas obras. Tratar de llegar hasta Antonio Muñoz Molina era empresa de envergadura, o más bien, de renunciar a seguir paseando por la Feria y apuntarse a una cola cuyo fin no era fácilmente adivinable entre tanta multitud. No me costó estrechar la mano a Benjamín Prado, a quien tuvimos hace tiempo en el Aula, experiencia que sin embargo, parecía haber olvidado por completo. Todo lo contrario que Luis Alberto de Cuenca, que desde la caseta de "Reino de Cordelia", repartió recuerdos y buenos deseos para la gente de Cáceres que un día le hizo de anfitrión, ofreciéndose a participar y apoyar futuras actividades. A Manuel Vilas, buen amigo también, no quise importunarle, imbuido en el trabajo de firmar ejemplares de su exitosa "Ordesa", y de su obra poética publicada por Visor.  Otro tanto con nuestro querido paisano Eugenio Fuentes, que desde su caseta de Tusquets Editores, andaba preparado para recibir a los muchos seguidores de sus novelas que querrían tener firmada su reciente "Piedras negras". Desde aquí le deseo el mayor de los éxitos. 







Escritores, YouTubers, políticos, personajes de todo tipo
 firmando en las casetas de la Feria

Gratificante resultó, muy particularmente, nuestro encuentro con el querido amigo Nicolás Corraliza, que firmaba ejemplares de su libro "Abril en los inviernos", en la caseta de la editorial "Cuadernos del vigía", prácticamente en los linderos de la Feria, cerca del stand donde una atareada escritora sueca Camila Läckberg tenía también trabajo para rato, vista la gran cantidad de fans de sus novelas policiacas que esperaban, libro en mano, llegar hasta ella. 


Me hubiera gustado tener más tiempo para conocer a algunos autores de indudable atractivo que rondaban esa tarde por la Feria. Saludar quizá a un despistado Pablo Carbonell, al que vimos con el rabillo del ojo detenerse unos instantes con su amigo Benjamín Prado, haber podido invitar a más gente a venir a Cáceres, al Aula de la Palabra, o que al menos, supieran de su existencia. Pero uno es, como decía al principio, un molesto turista literario más en medio del parque temático en que al final se convierte un evento de estas características. No obstante, siempre merece la pena vivir la experiencia de darse cuenta de lo reducido que es el universo de nuestra cotidianidad y quizá, otorgarle todo el valor que tiene y se merece. 


Algunos de los libros que nos trajimos de la Feria

Mañana lunes, 10 de junio, unos pocos nos juntaremos para presentar mi libro "La complicidad de los amantes", apoyado por excelentes profesionales de la música como el pianista José Luis Porras o la cantante Ana Peromingo. Solo lo haremos una vez. En estos casos, el recuerdo que quede en la memoria tendrá doble valor, aunque siempre los poemas seguirán aguardando al lector que quiera acercarse a ellos, generosamente, desde las páginas del libro. 







domingo, 12 de mayo de 2019

La cultura como antídoto de la desesperanza

Lleva uno viviendo unos meses de gran intensidad laboral, salpicados de eventos que acaso aportan momentáneas sensaciones de desconexión, pero que no acaban de disfrutarse del todo cuando la mente continúa secuestrada. En las últimas semanas ha visto la luz "La complicidad de los amantes", el libro que acaba de publicar la editorial sevillana Takara y que llevaba esperando desde hacía tiempo. Viendo el resultado de su cuidada edición, la elegancia del color blanco, su capacidad para iluminar el itinerario de los poemas, uno no puede más que sentirse satisfecho. Tiene el libro un poco de ese sol propio de las tierras del sur, el que baña las playas de la hospitalaria Cádiz y llena de reflejos las orillas del Guadalquivir. De algo tendrán la culpa mis queridas Charo Troncoso y Carmen Sotillo, que han puesto todo su cariño en la realización material de este poemario. Pero la primavera ha traído también otras lecturas, otros encuentros. Prácticamente sin tiempo para pisar este año la controvertida Feria del Libro de Cáceres, cada vez más necesitada de reinventarse, no han cesado de acceder nuevos volúmenes a mi biblioteca y, en medio de ese maremágnum de responsabilidades y agobios que ha marcado el discurrir de estos últimos meses, aún ha habido instantes para continuar buscando en la lectura un tronco al que aferrarse, la llave de un universo que se encuentra más allá de las incertidumbres de lo cotidiano. Absorber contenidos, almacenar en la memoria las señas de identidad de creadores y experiencias que perduran una vez cerradas las cubiertas de la novela que acabas de finalizar (en mi caso, "Lluvia fina", de Luis Landero), o los cuadros cuyos matices y combinaciones de color captaron tus sentidos (puestos a recomendar, las sorprendentes pinturas de Balthus, que se pueden ver aún en el Museo Thyssen, de Madrid), contribuyen a desempolvar las neuronas y ahuyentar el aullido de esos fantasmas que generan pesadillas en los territorios donde habita el reposo. Interpretar la cultura como antídoto de la desesperanza y dar testimonio de sus frutos. 

No podía expresarlo mejor la poeta Efi Cubero, tras la lectura de "La complicidad de los amantes""Un libro de emociones reales vividas por el autor intensamente en sus viajes, en sus vivencias y lecturas, sus aficiones, pensamientos, idea del mundo, reflexión ante la humanidad, ante el dolor y la creación, ante la duda”,  e igualmente, así lo corrobora el poeta Basilio Sánchez: "La poesía de este último libro no se aleja esencialmente de esas primeras seducciones tuyas, pero gana en calidez expresiva y en hondura poética, tu surrealismo inicial se ha humanizado y tus referencias culturales están claramente al servicio de un orden superior que no es otro que tu idea de la poesía como sabia conjunción de tres elementos esenciales: la verdad, la belleza y el misterio". 

Y es que en todo reside la idea de la búsqueda, la que lleva a rastrear en los cimientos del conocimiento para tratar de dar significado a las grandes preguntas de la existencia, las que atormentan al hombre, que avanza a pasos lentos, edificando día a día su propia manera de interpretar el guion de la historia. 


Libros y más libros, para hacer habitables los desaires de la realidad














sábado, 20 de abril de 2019

Viernes Santo. Presagio del verano que aguarda

Abril de fuerzas que convergen en un puño, de sensibilidades que se agolpan pidiendo al tiempo que estire sus límites, que se vuelva maleable. El fin de la Semana Santa suele ser presagio del verano, que aguarda vencidas las lindes de la primavera, aunque a veces, como este año, el clima prefiera jugar al despiste, con su atavío de borrascas y caprichosos aguaceros. Más que nunca, uno añora los días de libertad que el calendario reserva tras estos meses de incertidumbre, libertad que es espacio en blanco, veredas que transitar por el territorio inviolado de la palabra. Aún resuenan los redobles de tambor en el universo pétreo de las calles húmedas, los despojos de la cera sobre los adoquines, la perplejidad de los ojos frente a la visión del cuerpo magullado de Cristo. Una mariposa se ha posado sobre su pecho, la tarde de Viernes Santo, con la lluvia prendida de las nubes, amenazadora, pero también salvífica, acaso garante de esa vida que parece agotada en las llagas del crucificado. Aún no se ha escrito todo. Los libros se acumulan expectantes en los anaqueles de mi biblioteca. También esperan con avidez la llegada de un verano todavía distante. Entretanto, la procesión apresura su paso, resguardada bajo los paños del plástico protector, los cofrades desconcertados, atenta la luna llena, intermitente en medio del chubasco, cuando la música ya ha difuminado sus notas, plegándose a los hados de la intemperie.  Son los sones del Descendimiento, de la Lluvia fina, que esculpen las plumas de Ada Salas y Luis Landero, en el ocaso de un Viernes cuyas heridas aún supuran. De nuevo, vuelven las aguas a su cauce. Las imágenes recobran poco a poco su emplazamiento en los templos, los corazones aflojan la tensión, cuentan las horas para vestirse con los ropajes de la luz. El estío aproxima su caricia sobre los miembros, se reivindica en las entrañas del cuerpo adormecido sobre las losas del sepulcro. Todo un futuro que pide ser escrito, proclamado a viva voz para consuelo de quienes deambulan sin rumbo por los páramos de la existencia. 


El Cristo Negro de Cáceres es colocado nuevamente en su capilla, la mañana del Sábado Santo

sábado, 30 de marzo de 2019

Arte y literatura en la Feria del Libro de Trujillo

Un año más, la primera cita del calendario literario tiene lugar en el marco de la bellísima Plaza Mayor de Trujillo, uno de los lugares más hermosos entre los muchos que afortunadamente tenemos en Extremadura y que aún aguarda ese momento de ser reconocido como Patrimonio de la Humanidad que por tantos motivos merece. Cita con mayúsculas con el libro y con todo lo que le rodea de expresión artística y cultura. 



Plaza Mayor de Trujillo durante la Feria del Libro

Una ocasión de nuevo para disfrutar de autores y obras en riguroso directo y para compartir momentos ciertamente inolvidables. Aun cuando la Feria del Libro arrancó el miércoles 27, con las primeras presentaciones (entre ellas, la de "Anglofantasmas", de Vicente Rodríguez Lázaro, de la editorial Norbanova, de la que uno es un poco cómplice), ha sido el viernes cuando hemos desembarcado materialmente allí, con la preparación de la exposición "Ilustraciones literarias" de la artista Deli Cornejo, que finalmente se ha montado en el Palacio de la Conquista, compartiendo espacio con las estupendas obras de la también ilustradora y diseñadora gráfica Silvia Campos, logrando integrarse ambas muestras en un espacio de trazos y colores que podrán verse hasta el domingo 31 en que se clausurará la Feria y que desde el primer momento han atraído la atención de cuantas personas se han acercado a visitarlas. 





Algunas imágenes de la exposición conjunta de las ilustradoras Silvia Campos y Deli Cornejo

Con los cuadros ya dispuestos en las viejas paredes rocosas del Palacio renacentista, la Plaza Mayor ofrecía toda su amplitud y hospitalidad al elenco literario que forman escritores, editores, libreros, dinamizadores culturales, etc. Grandes nombres de la poesía para la tarde del viernes. Memorable el mano a mano de los dos "Loewe" extremeños, Álvaro Valverde, y el flamante Basilio Sánchez, con sus obras "El cuarto del siroco" y "He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes", con el omnipresente Miguel Ángel Lama como maestro de ceremonias. Muy acertada la sugerencia de los poetas de que se reconozca la labor del catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, cuyo compromiso con las letras extremeñas viene ya de años, habiendo contribuido en no poca medida a que estas se encuentren en el lugar de privilegio que hoy ocupan. Poesía pues, de alto nivel con dos de nuestros más laureados y reconocidos escritores, uno de los cuales, el placentino Álvaro Valverde, era galardonado esa misma víspera con el II Premio Nacional de Poesía Meléndez Valdés, precisamente por su libro “El cuarto del siroco", cuyo éxito entre los lectores está resultando prácticamente unánime. 




Presentación de los libros "El cuarto del siroco" de Álvaro Valverde y "He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes", de Basilio Sánchez, con Miguel Ángel Lama

Pero también se pudo disfrutar de los relatos de Antonio María Flórez o de los poemas de la escritora Montserrat Villar, que acaba de publicar en la editorial Lastura su libro bilingüe "Sumergir el sueño", con prólogo de Juan Carlos Mestre, quien poco después, acompañado del cantautor Amancio Prada protagonizarían otro de los momentos estelares de la noche, con el estreno de "Cavalo Morto", disco libro con diez canciones sobre letras de Mestre con música de Prada, algunas de las cuales interpretaron en la propia carpa de presentaciones con un público completamente entregado. La experiencia de compartir luego mesa y mantel con ellos y con otros muchos amigos del mundo de la escritura y el arte es algo que para quienes les admiramos y ansiamos aprender, realmente no tiene precio. 




La complicidad de Mestre y Amancio Prada, 
con un auditorio a rebosar para escucharles


Fragmento del tema "Compañerita", 
incluido en el disco "Cavalo Morto"

Finalmente, las exposiciones se inauguraron el sábado, pasado el mediodía, con presencia del Alcalde de Trujillo y la Concejala de Cultura del Excmo. Ayuntamiento, entre un goteo constante de visitantes. Mientras, en la carpa, el barquito letrero de Pilar Alcántara y Cora Ibáñez volvía a surcar los mares, para delicia de los pequeños lectores que disfrutaron de la lectura y escenificación de sus poemas, cargados de valores y sentimientos imprescindibles en un mundo tan necesitado de ellos. 



Inauguración de la exposición. Las dos ilustradoras


Con toda la troupe de "El barquito letrero"

La tarde volvió a iniciarse con poesía. Autoras como Rosario Guarino o Isabel Blanco Ollero estrenaban sus nuevos libros y tras ellas, le tocó a uno subirse otra vez al estrado para compartir palabra y amistad con el escritor Hilario Jiménez Gómez, en la presentación conjunta de los libros "Líneas de tiempo" y el recién publicado por Norbanova, "TERRA", antología que junto a la editada en la misma colección "Baúl de palabras" en 2017, "AQVA", constituyen dos verdaderas joyas, tanto literarias como por las características de su edición, que incluyen las magníficas ilustraciones que la artista Deli Cornejo concibió para estos poemas, y que forman parte de la muestra que estos días puede visitarse en el Palacio de la Conquista, donde también se exponen las realizadas por la misma autora para "Líneas de tiempo". Ha sido un festín de palabras compartidas, de versos diferentes, pero fruto de un espíritu creativo similar, donde el universo poético se construye a la medida de las propias referencias personales, situando al poeta como protagonista de un mundo que aunque surgido de sí mismo siente la vocación de hacerse partícipe de todo aquello que le rodea. De todo eso hay mucho en en estos libros.


Presentación de "Brigid o el fuego de la transformación", 
de Isabel Blanco Ollero, con Caridad Jiménez Parralejo




Presentación de "Líneas de tiempo" y "TERRA",  
con Jesús M. Gómez e Hilario Jiménez