sábado, 1 de agosto de 2015

En territorio de poetas. Atravesando el Golfo de la Spezia.

Sorprendente e inesperada la noticia que me llegaba hace unos días sobre el cierre del Café Comercial. Allí habían tenido lugar los hechos que motivaron la última entrada de este Blog y como punto de referencia del Madrid literario había sobrevivido al paso del tiempo. Nunca podré olvidar ese escenario, sus aromas y el caleidoscopio que componían sus espejos y su inolvidable puerta giratoria. Será triste ascender las escaleras de la estación de metro de Bilbao y descubrir que donde estuvo, se abrirán quizá las puertas de una nueva franquicia de ropa de moda o acaso un after hours, con vocación de sepultar pronto su leyenda.  


Hasta Italia, el calor persistente de este verano que no distingue latitudes, llegaban pues los ecos de tan desafortunado titular. Bajo el inclemente sol del Golfo de la Spezia, cuyas aguas contemplaron la malograda singladura del Ariel, con las costas de Lerici y la Isola Palmaria como testigos. Todavía hoy, casi doscientos años después, perviven en la nomenclatura de la zona testimonios del paso de aquellos poetas exiliados, antes de convertirse en mitos. En Lerici, aún se erige la casa en que residió Percy Bysshe Shelley, bajo cuyo pórtico, a la sombra de un antiguo roble, esperaron con angustia Mary Godwin y Jane Williams su regreso tras embarcarse desde Livorno en julio de 1822, y en ella existe una placa que recuerda aquella desgraciada travesía en la que pereció el poeta. Junto al edificio, un parque también lleva su nombre.  


Lerici


Soportales de "Villa Magni", casa donde vivió Percy B. Shelley


Con mi libro "Escenarios", en la puerta de la casa de Shelley


Placa que recuerda al poeta


Estado actual de la vivienda


Parque Shelley, en Lerici


Calles de Lerici


Vista general

También estos lugares conservan la memoria del carismático Lord Byron, amigo y aliado literario de Shelley, quien pese a su congénita cojera, desafió las olas atravesando el golfo a nado desde Portovenere hasta Lerici. Acertado estuvo pues Sem Benelli cuando en 1919 bautizó este lugar como Golfo de los Poetas, en recuerdo de éstos y otros muchos autores que por allí recalaron. 


Placa que recuerda la hazaña de Lord Byron



Gruta de Lord Byron, en Portovenere


Portovenere

No era el verano de 1822 en que naufragó el Ariel, -el navío de Shelley-, aquel otro que unos años antes, había reunido a los mismos poetas en la legendaria Villa Diodati de Ginebra, junto al Lago Leman. Entonces, como recuerda Willian Ospina, en su obra "El año del verano que nunca llegó", tres jornadas de oscuridad y anómalos fríos, alumbraron el nacimiento de gran parte de los iconos que impregnarían un universo fantástico que ha llegado hasta nuestros días.  Golpeaba violenta la tempestad las aguas zarandeando la débil estructura del velero, arrastrando su lastimado casco mar adentro. No tuvieron los navegantes oportunidad alguna. El enfurecido oleaje engulló sin piedad sus cuerpos, empujándolos hasta la arena, playas abajo. Los poemas de John Keats, que Shelley custodiaba en uno de sus bolsillos, sirvieron para identificarle.  


Con emoción contenida recordaba todos estos episodios mientras atravesaba el Golfo de la Spezia, dejando atrás la silueta del castillo de Lerici mientras Portovenere se acercaba cada vez más, con sus casas coloreadas y su iglesia de San Pietro, marcando el vértice de la cartografía de la costa que ya enfila su trazado hacia Génova.


Cruzando el Golfo de los Poetas. Al fondo, Lerici



Acercándonos a Portovenere


Portovenere


Iglesia de San Pietro, en Portovenere



domingo, 5 de julio de 2015

"El sitio de los libros". Festival de Poesía de Ediciones Vitruvio, Café Comercial, Madrid, 3 de julio de 2015

No había vuelto a pisar Madrid desde el mes de febrero, cuando en un invierno avejentado, pero todavía incólume, me subía por primera vez al estrado de "La Planta de Arriba" del Café Comercial, el histórico establecimiento que sigue fiel a la tradición de aquellos cafés de ese Madrid a caballo de los siglos XIX y XX, con su puerta giratoria de cristal y sus camareros uniformados. Detrás de sus ventanales, compartíamos entonces mesa y mantel, pero sobre todo, esa complicidad que nace de la palabra y el verso, con amigos escritores como Rafael Soler o Vicente Rodríguez, mientras afuera, iba fraguándose la tarde con el trasiego de los viandantes y la marea de los vehículos en torno a la Glorieta de Bilbao y sus calles adyacentes. Había un algo de inquietud, un temblor en los dedos, la aceleración al hablar de quien aguarda una travesía por territorio desconocido. De aquella presentación de "Escenarios" han sobrevivido muchas cosas... Emocionante fue comprobar el calor y el apoyo de personas que en tan poco tiempo han pasado a formar parte de un imaginario propio,  ofreciendo su bagaje de amistad y su saber literario al margen de la distancia puramente kilómetrica entre nuestras ciudades.  



Se antojaba julio caluroso, opuesto en todo a esa cita de finales del invierno. En un Madrid bullicioso, tapizado de banderas arco iris, una nueva convocatoria marcada por el signo de la poesía, en un Café Comercial abierto a voces procedentes de toda la geografía española. "Escenarios" era ahora mi billete para participar en esa peculiar reunión de autores con el denominador común de haber publicado algún libro en Ediciones Vitruvio en este último año. Reencontrarse con Pablo Méndez, Antonio Daganzo, Rafael Soler..., conocer a quienes había visto en las páginas de la editorial presentar sus obras y cuyos nombres me eran familiares.  

Pablo Méndez

No era fácil organizar un acto al que había convocados tantos poetas. Tal vez residía el secreto en dejarse llevar, que fueran subiendo sin solución de continuidad y aportasen cada uno la esencia de su tinte literario a través de unos pocos versos, un solo poema quizá, complicada elección sin duda cuando se trata de presentarse ante un auditorio tan variado. Estilos, formas de leer, entonaciones diferentes, temáticas que revelaban la multiplicidad de la poesía, nunca repetida, de la que cada autor o autora son dueños y alfareros, siempre original y sugerente. Poesía venida del otro lado del Atlántico, como la de los chilenos Virgilio Rodríguez o Sergio Macías, conmovedora y fresca, la de Dámaso Alonso, en la voz de Luis Rosales Fouz, hijo del inolvidable Luis Rosales, llena de experiencias e imágenes libres del yugo del tiempo. Poesía Horizontal, la de Félix Jiménez, o las Luces de invierno de Raquel de Marichalar, por recordar solo algunos ejemplos. 

Virgilio Rodríguez
Sergio Macías
 Luis Rosales
 Raquel de Marichalar

Félix Jiménez

Y la mirada atenta, el magisterio del Premio Cervantes Jorge Edwards, también chileno, a unos pocos metros de donde se encontraba uno aguardando su turno, nervioso, indeciso, pasando con viva incertidumbre las hojas de "Escenarios" en la búsqueda del poema más adecuado, -no demasiado largo-, pero con mensaje, capaz de conectar con los presentes. Tarea onerosa. ¿Y no sería mejor adelantar algún verso inédito?, alguien dijo que "Los libros publicados no existen". Razón tenía sin embargo la ilustradora que sentada junto a mí en los estrechos veladores, en una sala atestada de público, escuchaba y escuchaba, al tiempo que tomaba apuntes, imágenes y versos, nombres, siluetas de una tarde contagiada con el gen de la creatividad. Tu sitio, -me dice-, es "el sitio de los libros",  /con su acopio de cuartillas descabaladas y letras insurrectas/, ese /lugar libre de arrugas y medias verdades/, /grato desde antiguo al arrojo de los suicidas/. 

En primer plano, el Premio Cervantes Jorge Edwards


Apuntes, impresiones de una tarde de poesía, construidas "in situ" a golpe de verso, a fuego lento, al vuelo, con el derroche de palabras y voces.  No están todos los que por allí pasaron, como tampoco en esta breve reseña, pero sí son sus sentimientos y certezas poéticas. 

Apuntes de Cuaderno de la artista plástica e ilustradora cacereña Deli Cornejo


"Escenarios"

Vino luego Santa Teresa de Jesús con su inmortal voz de mujer, poética y reflexiva, las mujeres turcas de Ana Ares, la presencia inquieta de Gloria Fuertes revoloteando entre las sílabas...

Lectura de poemas de Santa Teresa
Ana Ares

Con tanta poesía, las sensaciones son equívocas. El tiempo pasa y ya se adivinan las primeras luces en las farolas de la Glorieta de Bilbao. La personalidad de los autores continúa dando vida a una tarde que aún resiste los últimos envites. Ramón Hernández, José Elgarresta, David Minayo, Felisa Torrego, Carmen Niño... 

José Elgarresta
 David Minayo
 Ramón Hernández

Y quedará todavía tiempo para impregnarnos de los versos de Fernando López Guisado y su "Rocío para Drácula", o para que Rafael Soler nos facilite las claves "Para comer un dulce a oscuras"

Fernando López Guisado
Rafael Soler

Mientras, afuera, en la calle, el gentío inabarcable, holograma de una ciudad multicolor, levando anclas más allá del diluvio y las cordilleras. 


Despedida, bajo la atenta mirada de Pablo Méndez y Antonio Daganzo, artífices del evento. 



domingo, 14 de junio de 2015

"El día señalado", de Enrique Vila-Matas. Aproximación al tacto de lo efímero

La conciencia de lo efímero. La ansiedad que turba el normal funcionamiento de las neuronas y los resortes del organismo. Todos los signos, las alertas, apuntan a una conjunción de factores, los que marcan el final de un baile, la dernière danse de quien ya conoce su destino y lleva temiendo la materialización de un augurio tal vez absurdo, pero que ha condicionado toda su vida. 

En "El día señalado" (Enrique Vila-Matas, Nordica Libros, 2015), rescata el autor uno de sus relatos incluidos en Exploradores del abismo (Alfaguara 2007), y vuelve a sobrecogernos con la inquietante y casi esquizofrénica aventura vital de su protagonista, Isabelle Dumarchey, que vive conmocionada por un funesto presagio que una gitana le hiciera a la edad de diez años pero que no ha sido capaz de olvidar desde entonces. Los sentimientos descabalados de la joven girarán a partir de los indicios que parecen anunciarle el inminente desenlace de aquella predicción, que colapsa como una bola de nieve todos sus miedos e impone su dictadura sobre las sensaciones y el capricho de los sentidos. 

"Morir de pie, sedienta, un baile en invierno, la lluvia..." 

 Caen como una losa los meses más fríos, su garganta se seca atenazada por la angustia. Como una marioneta, cuerdas invisibles parecen ir conduciendo sus pasos, orquestando las circunstancias que en derredor se congregan para hacer creíble el tacto de ese atávico oráculo que no consigue deslizar en brazos del olvido.


Las gitanas de feria. Con su buena ventura. Como las que aguardan a las puertas de las Catedrales, allá en el Sur, custodias de una ciencia que no es posible explicar pero que es difícil ignorar del todo. Sus palabras, sus voces cálidas y raciales, cautivadoras, capaces de socavar los cimientos de la racionalidad. 

En este relato, juega Vila-Matas con la desazón innombrable del ser humano que se sabe caduco pero que lucha y se sobrepone a los elementos por mantener a raya a la muerte. Isabelle, su protagonista, histérica, obsesionada con la tormenta a la que se aproxima (que no es otra que el Huracán Tropical sobre el que tiene que informar), confunde y entremezcla las pistas que el destino va dejándole, intrepretándolas en clave de aquel último baile que amenaza con extenuar sus miembros hasta el cansancio.  

El hombre como juguete de los astros, a merced de los fenómenos meteorólogicos, pero también preso de la rutina, de la monotonía de una lluvia que también será efímera y servirá de nuevo para poner a cero los dígitos del cronómetro, para seguir viviendo como si no pasara nada.


Dernière danse. Indila 


viernes, 22 de mayo de 2015

"Ya no es tarde". Con Benjamín Prado en el Aula de la Palabra

Tengo que dar las gracias a Benjamín Prado por haber querido incluir en su gira de presentación del libro "Ya no es tarde", una lectura en Cáceres, accediendo así a la invitación para clausurar el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. Agradecimiento que se queda pequeño después de haberle escuchado y sobre todo, tras compartir con él una jornada intensa de amistad y poesía. Creo que él también disfrutó de este día en Cáceres, paseando por sus calles, recorriendo las piedras centenarias de la ciudad monumental, y emocionándonos a todos con sus versos. Magnífico cierre para un curso lleno de autores y propuestas literarias verdaderamente irrepetibles. 

Un verdadero lujo haber podido escuchar de sus labios los poemas de "Ya no es tarde", que antes había meditado en la calma de la vigilia, tratando de acercarme al poeta, de conocerle e indagar el sentido de sus palabras. Aquí va pues mi reseña de esta obra:


“Ya no es tarde”. Benjamín Prado.  Primera publicación en Colección “Palabra de Honor”,  Editorial Visor, 2014.

Es el momento de la sinceridad, de la escritura cuyas fibras son los sentimientos, la que no se esconde de lo real ni busca atajos o el consuelo vacío del eufemismo. El poeta tiene claro lo que es y lo que quiere, levanta su discurso sobre un armazón de palabras que no conocen el miedo ni las cargas de profundidad que el tiempo precipita entre verso y verso.

 “Cuestión de principios” y “Punto Final”, inauguran y cierran respectivamente el libro.  El poema ha de decir “también lo que no dice”, no hay vuelta atrás, debe remover la conciencia del lector, adherirse como un tatuaje.  Concibe Benjamín Prado este último trabajo suyo desde la óptica del mensaje directo y sobre todo certero, valiéndose del empleo de series anafóricas para establecer el alfa y la omega, que beben de su singular maestría como aforista, de la que está salpicada toda la obra. No vale cualquier poema, la literatura tiene un porqué y en ella, el poema aparece como “la pieza que faltaba”, la piedra angular, se basta por sí mismo para enfrentarse a los elementos, la oscuridad, el olvido, las distancias, el silencio…

Indagar en “Ya no es tarde” nos sumerge en un diálogo, en un reto donde la pervivencia del lenguaje inmediato que fluye entre dos personas, los secretos y cotidianeidades del y del yo, acuñan los resortes temáticos y estéticos que marcan el hilo de los poemas. Pero hay más, mucho más, un poeta que rehace su manera de enfrentarse con la vida y sus estaciones, que se aferra a una llave con nombre propio que abre y desnuda su alma y su itinerario más allá del presente y de lo tangible. 

Nunca es tarde, no, “Y además es tan fácil: llega María, acaba el invierno, sale el sol”. En estos versos, el amor manda, la respuesta se halla “en dirección contraria a las preguntas”, y el autor se siente transformado, levantando polvaredas de luz en medio del estepario silencio de la soledad: “ya no eres ni la sombra del que fuiste, desde que esa mujer está a tu lado”.  El diálogo lo es de mitad a mitad, de igual a igual, y la ciudad se torna multicolor caleidoscopio donde el idioma descubre vetas de confesada intimidad en las que los libros, las historias, también corren distinta suerte. Acude de lleno Benjamín al frecuente recurso de la sentencia, de la máxima que es proclama vertebral de su modo de interpretar los requiebros del destino y los convencionalismos: “Es falso que el amor sea un tren que se marcha….Tenías que saberlo”.

En ese diálogo del tú y del yo, prosigue el autor su declaración de intenciones a través de ese hermosísimo viaje que es Libro de Familia, verdadera revelación de sus referencias literarias, de sus nombres, personajes, lugares, experiencias vitales que sitúa en plano de igualdad con quien ahora inspira su pluma: “Ésa también ha sido mi familia, como tú vas a serlo, de todos los que lean y no olviden los poemas que ahora escribo para ti”.  En la imaginación del lector bullen las selvas de África, el humo de los vapores que surcan el Mississippi, o los senderos oscuros de Mordor que aguardan el incierto viaje del anillo.

De viajes se viste el segundo bloque de poemas de este “Ya no es tarde”, aunque los escenarios y las anécdotas sean solo un pretexto para mantener el tono del discurso que más allá de ciudades u oasis, continuará siendo fiel al idilio de quienes aparecen bendecidos por una complicidad que trasciende fronteras y océanos. El poeta y María, aliados en la Lisboa de Pessoa, dibujando círculos concéntricos en los pliegues de un Atlántico infinito. Nada es necesario, ni siquiera la obsesión de quien busca perdurar a través del ropaje de sus versos. Éstos pertenecen al vacío sin la presencia amada: “prefiero estar contigo y que me olviden a escribir una obra maestra en la que cuente que aún no te encontrado o que ya te perdí”.  El exilio de Juan Ramón, la felicidad cosmopolita de Borges y María Kodama, son experiencias compartidas en la voz que Benjamín Prado le grita al silencio en forma de poema.  No deja indiferente la lectura de “Tu nombre quemaría mis labios para siempre”, maravilloso cántico que transporta al lector a la realidad ambivalente y equívoca de esa ciudad de ciudades que es Jerusalén, con su rostro hermoso, con su faz terrible, donde la noche y el día marcan la impronta de pieles y suspiros al límite, en la que conviven el veneno y el atisbo del milagro. También allí, en esa ciudad “de todos y de nadie”, se alza ella, santificando con su nombre a lo que no tiene nombre.  Y luego, en Kirchstetten, ante la tumba de Auden, imaginando unos versos, surgen algunos de los más hermosos que pueden leerse en este libro: “igual que el agua se vuelve hielo para dejarse acariciar”.

Nosotros. Y el mundo, los teletipos que desde allí fuera sabotean el universo íntimo de los amantes. Los acontecimientos que ocupan páginas de periódico y secuestran las pantallas. Todo aquello que está ahí, que te hace sangre, más allá de ese cuerpo que acaricias. Tuvimos un sueño y empeñamos el verso para derribar muros, para dinamitar las injusticias. 

En Vida y Obra, asistimos al Prado más intenso, más desgarrador, ese a quien no asusta llamar a las cosas por su nombre, el que rescata al Neruda más surrealista en poemas como “Maletas”, sin renunciar a toda una artillería de continuos pensamientos, de palabras en voz alta: “el amor es cuidarnos, es no darse la espalda, es querer algo igual que si no lo tuvieses…” El ritmo de “Las reglas del juego”, parece aguardar a que Joaquín Sabina eche mano de su guitarra y se ponga a tararear cada verso, cada estrofa, mientras de fondo se repite un aluvión de imágenes en movimiento. La deriva hacia una poesía que bebe del asfalto, que se mancha las manos con el hollín de la calle y el sudor de los que duermen bajo el viaducto es evidente en “Tablón de anuncios”, ese poema que el autor “pone a disposición de la verdad”, por si quiere ser contada. Estamos ante una fotografía, ante la instantánea de un tiempo poblado de agujeros, ante el que no es posible la indiferencia. Sobran comentarios: “para que sigan llenas algunas cajas fuertes, tiene que haber millones de neveras vacías”.

Ese Benjamín más introspectivo alcanza su éxtasis en “Su viva imagen”, el poema más largo del libro, pero también el más intenso, forjado a base de las vivencias más personales, las que le permiten construir un mosaico elegíaco en torno a la desaparecida figura de su madre. Cuanto aquí integra la reflexión del poeta se cierne indócil marejada a la que nadie es ajeno, pues pese a la distancia recorrida, inevitable resulta descubrir que nada resiste al acoso de los lobos, que el río del entendimiento acaba extinguiéndose.  Duelen las preguntas sin respuesta, la esperanza que se desmorona como una ingrata torre de naipes, el olvido que acribilla sin piedad las imágenes, el recuerdo de las voces. Solo de lejos es audible el bullicio de la vida. Pero el hombre reconoce en sus gestos, en el trazo de sus propios rasgos, la imagen de quien ya no está, “su huella, el fantasma”, la mujer de su vida.

“El día en que deje de quererte” cierra esta tercera parte del poemario antes de la apostilla que representa el “Punto final”, incansable proclama de ese poema capaz de tumbar la losa del olvido y cuyo esqueleto está hecho a prueba de tiempo.

Al preguntarse, ¿habrá algún momento en que esa complicidad se quiebre, en que las tinieblas consigan abrir un portillo en los dominios de la luz?

Hay días que no están impresos en las páginas del calendario, hay sensaciones que están reñidas con la horizontalidad de las cosas, que sorprenden al viajero en mitad de su ruta.

El día en que “Pompeya despierte de su sueño a la sombra del volcán”, cuando la Atlántida emerja desde su lecho abisal, entonces el amor se habrá ido. Nos quedará un regusto de lo vivido en la piel de los versos… Pero todo eso solo habita en el envés de la mente del escritor, más allá del reloj y su pegajosa rutina.  No es tarde, nunca es tarde, asegura el poeta, el aforista, el confidente de los sueños, el que habla el lenguaje del tú y del yo y reza al dios del poema “que salve las distancias, que no te deje ir”.


sábado, 11 de abril de 2015

"Bajo tus pies la ciudad"

Después de este mes de intensas emociones, donde se ha visto culminado todo el trabajo del último año con la lectura del Pregón de la Semana Santa de Cáceres, el pasado 22 de marzo, los caminos de la palabra continúan abiertos. Ayer, tenía el enorme placer de presentar en el marco del Aula de la Palabra, de la Asociación Cultural Norbanova, en la Biblioteca Pública de Cáceres, al poeta Antonio María Flórez. Pero más pude disfrutar con la lectura de su último libro "Bajo tus pies la ciudad", publicado por la editorial De la luna libros, Letra "D" de la Colección "Luna de poniente". Aquí va mi reseña de esta maravillosa obra:


Bajo tus pies la ciudad. Antonio María Flórez. 
De la luna libros. Colección Luna de Poniente. Poesía. Letra “D”

          Hace unos días, el poeta Elías Moro cerraba con el libro correspondiente a la letra “Z”, la colección “Luna de Poniente”, que en apenas tres años ha conseguido reunir, de la mano de la editorial De la luna libros, y bajo la dirección de personas comprometidas con la difusión de la literatura y especialmente la poesía producida por autores extremeños, como el propio Elías Moro y Marino González Montero, un total de veintisiete capítulos que sin duda no parecen destinados a convertirse en una anécdota más en el marco de las iniciativas editoriales que en estos últimos años han venido salpicando de nuevos títulos y nombres la geografía literaria de nuestra Comunidad Autónoma. Ya hay quien ha dado en llamar a los autores que han tenido el privilegio de formar parte de este proyecto, “La generación de los veintisiete”, y seguro que de ellos se seguirá hablando durante mucho tiempo, de estos libros con formato estudiado al milímetro y grafismo a cargo del fotógrafo Pedro Gato, quien ha sabido plasmar con sus imágenes la personalidad de cada uno de estos poetas llamados a ser referentes de la poesía viva que aquí se hace y se lee, aunque no por ello sin algunas ausencias.

          Uno de estos integrantes de la “generación de los 27” es quien nos visita hoy en el Aula de la Palabra, el que imprimió su sello a la letra “D” de la Colección, cuando ésta casi apenas había comenzado a andar, un autor que atesora en sí mismo los rasgos de esa Extremadura fértil y verde de las Vegas Altas y la agreste caricia de las serranías colombianas de Marquetalia, lugar donde pasó su niñez; intenso mestizaje que ha impreso en su carácter, en los registros de su voz, una personalidad poética especialmente singular a la vez que fuertemente atractiva. Estamos ante un enamorado del verso, un trabajador de la palabra que construye su andamio literario a partir de la propia experiencia, la del viajero, la del transeúnte que devora con su paso las aceras en interminables avenidas de una urbe cualquiera, en cualquier lugar del mundo, la del hombre que siente y busca, que intuye presencias y descifra claves, que se vacuna ante la tormenta de la ausencia y conjura el estertor del olvido sobreponiéndose a los reflejos del tiempo que se clavan tras el cristal.

         Antonio María Flórez vierte pues su cúmulo de sentimientos y sensaciones a lo largo de su obra, personal y cautivadora, de la que es un ejemplo magnífico el libro que viste de largo en esta colección “Luna de Poniente”, y que titula Bajo tus pies la ciudad. Pero, ¿de qué ciudad estamos hablando? ¿Dónde encontraremos al poeta? El autor, el intérprete de estos versos ha salido a andar, sin identidad, con pies anónimos y ojos abiertos de par en par y al poco aparece confundido en los paralajes del tiempo y el espacio, remontando pasos de cebra, accidentes de asfalto, evocando senderos que no llevan a ninguna parte pero que hacen anhelar sensaciones y olores con nombres propios, como los de ese Madrid que vemos reflejado en poemas como el que abre el libro o que le sirven al poeta para bucear a bordo del suburbano, recorriendo sus arterias pobladas de estaciones de paso.  De súbito le reencontramos junto al Río de la Plata, en la mítica Buenos Aires de Gardel,  de nuevo explorando una selva donde la espera y la soledad se mezclan con los ritmos porteños del tango y el olor de los naufragios.

         Pero la ciudad esconde las verdaderas preocupaciones del poeta, sirve de cobertura al hilo conductor que desde cada uno de los poemas pone en vilo al lector, que va descubriendo poco a poco que sobre las calzadas, en el mundo vidrioso y de neón de las cantinas, en los parques, a bordo del transporte público, en los sueños, hay alguien que te mira, alguien que se hace de rogar, que te espera, que puede que se marche y no vuelva. Nadie sabe su nombre, pero seduce con su sola presencia, bebe la poesía “a pequeños sorbos”, y ahí surge un amor que tiñe de nostalgia e impotencia los primeros acordes de esta obra, todos ellos vestidos del paso casi etéreo de esa presencia que forma parte de los sueños del autor, quien aguarda un encuentro, preso de un “tonto amor”, con “cuatro rosas entre los dedos y mariposas verdes sobre los párpados”.  Pero también el poeta se hace cotidiano y sobre todo cercano, con recursos constantes a territorios y personas que sabe muy próximos y que logra imbricar en su discurso literario transportando al lector a universos atrapados en un contrapunto como son la atmósfera de risas y rosas del bar que hay en su pueblo y la desconcertante fábula en que su cotidianidad se torna escenario de leyenda, como en el poema Avalon, deslumbrante viaje donde podemos cruzarnos con la mirada de Morgana al tiempo que escuchamos a Bob Dylan o Lou Reed, con el susurro de fondo de unos versos de Lorca o el ensueño surrealista de Alberti y sus ángeles. Detrás, continuará latiendo el olvido, como el “viento que calla”.

         Él y Ella se miran, se esperan, sueñan, despiertan, buscan el día propicio para hacerse amanecer y que la piel sea una y se confunda “en una espiral blanca de campanas, en un gemido de relámpagos y nieve”. Alcanza el poeta el abrazo de su anhelo, mas fugaces las palomas irán borrando con su batir de alas los recuerdos, regresándolos al espacio ingrávido de la ausencia, cuando el olvido crece “bajo la nieve dormida de las montañas”. 

         La poesía de Antonio María Flórez consigue mediante un lenguaje sencillo que invita a la complicidad del lector altas cotas de sentimiento, desvela las icónicas inquietudes del alma humana, de un alma no pocas veces insatisfecha y atormentada, donde el ruido del amor y los amantes ha dejado paso al silencio tirano de los labios resecos. Ella continúa siendo “una flor que huye”, y los versos dibujan caligramas que empujan a un mundo onírico.

         Las últimas secuencias del poemario: “Escrito en la pared” y “Cansancio de ciudad”, están llenas de preguntas, de reflexiones. El poeta vuelve sobre sí con el telón  de fondo de una ciudad sin tiempo, donde la muerte continúa esperando, “y no se doblegaba a los esguinces de la metáfora”, donde la preocupación existencial llega a poner en duda la utilidad de la propia literatura: “¿de qué sirve el verso, este fraseo insulso?.  Muchos nos hemos hecho la misma pregunta tantas veces… La palabra, la inmortalidad, como alternativa al vacío de un tiempo que se consume sin remedio. Bien lo sabe Antonio y se impregna de fragancias más tristes, más sombrías, en estos últimos compases de su libro, mientras reprocha a la luz “que se ha olvidado que una vez fue ala, garganta y pájaro”.

         Escrita en la pared quedará la impronta de lo que fuimos ante la estupidez de la muerte. Desde las baldosas de la ciudad que pisamos, que nos escucha respirar y contempla nuestro andar cansino camino de la penumbra, el poeta indaga una salida “Camino del Paraíso”, intentando entender la historia.

         Quien ahora escribe también está cansado. Cansado de buscarse en los laberintos de la noche, de mirar hacia fuera y observar una vez más la ciudad dormida, los árboles cautivos del negro de la oscuridad.

         Juega Antonio a perderse en los entresijos de esa noche poblada de telarañas, en una aventura con reminiscencias a Alberti y a sus ángeles, donde la soledad, las hojas en blanco, los silencios, alimentan la nostalgia. La rebeldía del hombre estalla en poemas como el del Parque Nacional, donde la ciudad se convierte casi en enemiga, en incómodo estorbo, anfitriona del trabajo que nos hace esclavos del dinero y del deber.

         El cansancio del poeta se torna desolador en los poemas finales del libro, cuando la espera, la búsqueda de un paraíso que no llega, del amor, se confunden entre las vías del tren, en el salitre gastado de las avenidas desiertas. La cruel realidad del hombre atrapado en su propio veneno, a través del cual ha tratado de procurarse esa felicidad incapaz de lograr de otro modo tiene nombre en el último de los textos, Sven, que metía “mucho alcohol y mucha heroína”. No sabemos en qué ciudad ni en qué hospital dejó de imaginar un mundo hecho a su medida, a la medida de los paraísos artificiales que flotaban entre los glóbulos de sus arterias, pero seguro que en cualquier urbe del siglo XXI viven muchos hombres que como Sven se declaran a su enfermera antes de cerrar definitivamente los ojos.

         Quizá después se encuentre el camino al paraíso y el aire sea limpio, y la ciudad no parezca un monstruo de suelos alquitranados. A lo mejor ella estará allí esperando y al oído, nos descubrirá por fin su nombre.