lunes, 9 de enero de 2017

Primera ojeada a 2017. Redescubrimiento de los clásicos.

Me parece que este año que acabamos de estrenar lleva impresa una marca de nacimiento que responde a los códigos de la incertidumbre, entendida como falta de certidumbre, según la acepción del diccionario de la lengua española, y por extensión, a la ausencia de certeza concebida como exclusión de lo cierto, del conocimiento seguro y claro de algo. Dos mil diecisiete se anuncia con los ropajes de la fragilidad, la que es propia de caminar sobre terrenos irregulares y sin el amparo, siquiera metafísico, de una red. En el desorden de los fenómenos atmosféricos, se antoja un período de extremos térmicos; en la desazón de las ideas, la rebelión de los colores, y el recelo frente a artificiosos mestizajes. El mundo aterriza de nuevo y se instala sobre las páginas de un almanaque en blanco, contagiando con su carga viral cada uno de los números, los días, las semanas, que conformarán las estaciones. El siglo veintiuno es un tiempo de protagonismos heterogéneos e histriónicos, donde conviven zarpazos de cartesiana razón y delirantes episodios que bordean las fronteras de la incivilidad. Si las cartas del Tarot contienen algún tipo de mensaje oculto o representan un género de alfabeto críptico que aún espera ser descifrado, se me antoja que El Loco sería la que mejor pudiera describir esa realidad irreflexiva y nerviosa que nos rodea. Se ha querido ver en este personaje al hombre que camina hacia el futuro, libre de ataduras, con un rumbo que ni él mismo acierta a definir. Acaso la idea de romper con lo establecido y regresar a la esencia de lo que un día fuimos para crecer de nuevo, para hacernos de nuevo, permita recuperar el malherido germen de nuestra propia existencia y la de la madre naturaleza, sin la que no tendríamos sentido.  Es por eso que la incertidumbre con que se conduce este dos mil diecisiete, aún impúber, sea tal vez una llamada a la serenidad, a la mudanza de ánimo y al rescate de esa dimensión espiritual que la materia y la rutina han ido desplazando y denostando. 


Ilustración de Deli Cornejo para el libro "Arcanos Mayores" 
(Norbanova Poesía número 4, 2012)

En un momento en el que todo parece sometido a convulsiones, cuando la discordia prende fácil los resortes del verbo y la poesía es proclive a encendidas diatribas, me pide el alma un reencuentro con los clásicos, los que con su palabra nos allanaron el camino de la lucidez. Si el mundo, ese loco despistado que avanza con la cordura en horas bajas, pretende reconciliarse consigo mismo y dar una oportunidad a la trascendencia, qué mayor signo de ésta que la siempre provechosa relectura de los versos de Juan Ramón,  Machado, Unamuno o los grandes del veintisiete, aquellos que marcaron con sus voces una edad de plata anterior al cataclismo de los fusiles y que aún hoy aportan desde sus viejas e impecables ediciones ese toque de templanza del que tan necesitados nos encontramos, ahora que la poesía se confunde en un mar de egos enfrentados e intereses comerciales, alejándose quizá de su verdadero ser.   Del mismo modo anda sobresaltado el mundo, buscándose, sin demasiado tino. 



Sobrecubierta y página de presentación de la Antología 
1915-1931, "Poesía española", recopilada por Gerardo Diego y publicada por Editorial Signo, en Madrid, en 1932 (primera edición), que representó el descubrimiento de la poesía española de la época en Europa, reuniendo a toda una serie de autores cuya importancia y calidad resultan hoy indiscutibles. 




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