jueves, 6 de diciembre de 2018

En el 40 aniversario de la Constitución Española

No recuerdo lo que estaba haciendo un día como hoy, seis de diciembre, hace cuarenta años. Yo tenía entonces catorce y por tanto, no pude participar en el referéndum que se convocó para que el pueblo español ratificara la propuesta de Constitución con la que se pretendía pasar página a una época e inaugurar otra que prometía ser completamente distinta, donde ahora la ciudadanía tuviera voz y no hubiera distingos entre unos y otros, donde nuestro país accediera, de una vez por todas, al universo de la modernidad y la reconciliación. Creo recordar que en diciembre de 1978 cursaba el último curso de la antigua Educación General Básica, la E.G.B., que quienes tienen mi edad recordarán con nostalgia. Eran tiempos convulsos y de incertidumbre, sin duda, también para un escolar que estaba a punto de dar el salto al bachillerato y afrontar una fase decisiva de su preparación académica, que bajo las siglas B.U.P. asustaba un poco, pero que también se abría llena de retos, como los que parecían aguardar al país, que sintiéndose por fin libre, se disponía a afrontar al amparo de una nueva legislación que pedía a gritos no quedarse en mero papel mojado y desplegar todos sus recursos. No escribía poemas en aquellos años, ni imaginaba que la opción que seguiría en el bachillerato se centraría preferentemente en las letras, con la literatura como piedra angular. Tampoco opinaba sobre política, aunque seguía los acontecimientos que vivía España a través de la pequeña pantalla del televisor de la casa de mis padres, que precisamente en 1978 adquirieron su primer aparato en color, después de muchos años con un viejo modelo "Marconi" de esos que en los años 60 retransmitieron en blanco y negro hitos inolvidables como la llegada del hombre a la luna o la victoria de Massiel en el Festival de Eurovisión. El hemiciclo del Congreso se veía más grande y hermoso desde las seiscientas veinticinco líneas de nuestro estrenado televisor con sistema PAL, y en él recuerdo haber visto al rey Juan Carlos sancionar con su firma  la Carta Magna, con un sobrio uniforme azul, provisto de hombreras, botones y puñetas doradas, bajo la atenta mirada de la reina Sofía y del entonces príncipe Felipe. Quizá nadie imaginaba la importancia y la relevancia que aquel gesto iba a tener en el futuro inmediato que nos aguardaba. Si algo no puede negarse es que estos cuarenta años nos han enseñado muchas cosas, pero una por encima de todas las demás, a convivir, a descubrir que podíamos hacerlo después de tanto tiempo de contenido silencio, un silencio cargado de ataduras interiores, de relámpagos, de corazones separados. Los avatares del destino quisieron que uno convirtiera el estudio de las leyes en su quehacer diario, que aquella  Ley de la que bebían todas las demás fuera faro al que recurrir en horas de dudas y oscuridades, mientras nuevas generaciones crecían al cobijo de sus principios y disposiciones. Ciertamente, nada es inmutable y hoy, nuestra sociedad no es la misma que aquella de finales de los setenta, en pleno apogeo de ritmos Travolta y pantalones de campana. Muchas cosas han cambiado y antes o después habrán de tener también su reflejo en el hermético tejido de la Ley. No en vano, nuestro más que centenario Código Civil advierte que las  normas han de interpretarse "en relación con el contexto y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas", pero sin olvidar su espíritu y finalidad. Cuando de una Constitución se trata, su objetivo no puede ser otro que el de la concordia, el de aglutinar y aunar esfuerzos e ideas, por lo que la necesaria actualización de su contenido exigirá partir de tales presupuestos, en absoluto incompatibles con las nuevas realidades que marcan el mundo que hoy nos ha tocado vivir y que de hecho, inspiran torrentes de igualdad y justicia social. No podemos arriesgar cuanto hemos conseguido. Nuestra responsabilidad es construir, hacer prevalecer el humanismo en medio de un universo globalizado y tecnificado que cada vez deja menos espacio para la improvisación, pero sobre todo, estas celebraciones han de recordarnos que la clave sigue estando en escuchar, escuchar siempre.


Ejemplar de mi primera Constitución, que todavía conservo y facsímil con la firma del rey Juan Carlos y de los titulares de las instituciones del Estado en 1978. 

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