sábado, 20 de abril de 2019

Viernes Santo. Presagio del verano que aguarda

Abril de fuerzas que convergen en un puño, de sensibilidades que se agolpan pidiendo al tiempo que estire sus límites, que se vuelva maleable. El fin de la Semana Santa suele ser presagio del verano, que aguarda vencidas las lindes de la primavera, aunque a veces, como este año, el clima prefiera jugar al despiste, con su atavío de borrascas y caprichosos aguaceros. Más que nunca, uno añora los días de libertad que el calendario reserva tras estos meses de incertidumbre, libertad que es espacio en blanco, veredas que transitar por el territorio inviolado de la palabra. Aún resuenan los redobles de tambor en el universo pétreo de las calles húmedas, los despojos de la cera sobre los adoquines, la perplejidad de los ojos frente a la visión del cuerpo magullado de Cristo. Una mariposa se ha posado sobre su pecho, la tarde de Viernes Santo, con la lluvia prendida de las nubes, amenazadora, pero también salvífica, acaso garante de esa vida que parece agotada en las llagas del crucificado. Aún no se ha escrito todo. Los libros se acumulan expectantes en los anaqueles de mi biblioteca. También esperan con avidez la llegada de un verano todavía distante. Entretanto, la procesión apresura su paso, resguardada bajo los paños del plástico protector, los cofrades desconcertados, atenta la luna llena, intermitente en medio del chubasco, cuando la música ya ha difuminado sus notas, plegándose a los hados de la intemperie.  Son los sones del Descendimiento, de la Lluvia fina, que esculpen las plumas de Ada Salas y Luis Landero, en el ocaso de un Viernes cuyas heridas aún supuran. De nuevo, vuelven las aguas a su cauce. Las imágenes recobran poco a poco su emplazamiento en los templos, los corazones aflojan la tensión, cuentan las horas para vestirse con los ropajes de la luz. El estío aproxima su caricia sobre los miembros, se reivindica en las entrañas del cuerpo adormecido sobre las losas del sepulcro. Todo un futuro que pide ser escrito, proclamado a viva voz para consuelo de quienes deambulan sin rumbo por los páramos de la existencia. 


El Cristo Negro de Cáceres es colocado nuevamente en su capilla, la mañana del Sábado Santo

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