jueves, 8 de agosto de 2019

Laberintos

Llevo años obsesionándome con el tiempo, nunca mejor dicho. Con la edad, con la enredadera de los meses y los misterios del calendario, lleno de días en blanco, amenazadores y audaces a la vez, como folios aguardando apropiarse del germen cobalto que bulle en la yema de los dedos y alimenta la tinta. El tiempo es cruel por muchos motivos, pero también es tronco al que aferrar esa esperanza residual que mantiene encendida la llama de las ilusiones. En estos días, me vienen a la memoria las imágenes, los recuerdos, los nombres que quedaron aparcados en el camino. Los escenarios de otras épocas, aunque conserven la tramoya y el andamiaje de ayer, hoy están habitados por otros personajes, sirven a otras historias. Me pregunto qué habrá sido de tantas personas, de tantos lazos de confianza, de tantos rostros que apenas sobrevivieron al parpadeo de una cámara. La atardecida echó el cierre, archivó acaso para siempre el timbre de las voces, la intensidad de las miradas. Desde el púlpito de la edad, solo son estatuas impregnadas de sueño, pixelados rasgos que el olvido ansía engullir. Tal vez muchos de ellos también hayan reparado en mi recuerdo, preguntado por mí en los buscadores de internet, escudriñando las pistas que suministran las redes sociales. Pero al fin y al cabo, los hilos se han roto, el carmín se ha borrado en las mejillas envejecidas, la intemperie ha hecho su trabajo y el viento terminó por arrastrar las últimas esquirlas. Ahora, unos y otros, todos somos fantasmas, espectros cautivos en un caleidoscopio, evaporado el vaho de nuestra presencia en los cristales de ese universo en continua ebullición que nos empuja a continuar adelante, cada vez más conscientes de que lo único que importa es la certidumbre, lo táctil, el abrazo de aquellos que comparten nuestra travesía del mundo. 


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