La primera entrada en la bitácora, apenas comenzado un nuevo año, siempre resulta complicada. ¿Hacer balance del año que acaba de finalizar? ¿Trazar una lista de propósitos para el que empieza? Ninguna de estas alternativas acaba por convencerme del todo, aunque es evidente que el tiempo se conduce sin solución de continuidad y como algunos teóricos de la física apuntan, acaso pasado, presente y futuro sean la misma cosa, de tal forma que difícilmente pueda prescindirse de lo ya vivido a la hora de transitar los senderos de lo por venir. Dos mil veinticinco dijo adiós todavía con la resaca de mis jornadas en tierras mexicanas, vivencias y sensaciones que darían para iluminar muchas páginas. Era mi segundo viaje a América Latina y, como la primera vez -entonces fue Colombia-, la impresión es la misma, la de quien se ha sentido acogido en medio de tanta gente ávida de conocer y leer, gente cálida y generosa en una tierra rica en vivencias y matices, a la que uno quisiera nuevamente regresar. Es lo mucho que dejan, más allá de la piel, los viajes y el mestizaje de ideas y culturas. Algo indeleble, que trasciende por encima del tiempo y de la distancia, aunque ésta sea tanta como la de todo un océano de por medio. Te das cuenta ahora de todo lo que quedó por ver, por hacer, por compartir. Allí quedó el eco de nuestros poemas, los pronunciados y pensados en rincones emblemáticos de la gran urbe, aquella cuyos límites no son mensurables pero que seguro supo retenerlos, como los que un día otros poetas españoles alumbraron en medio de la marabunta de sus calles y la nostalgia de la madre patria. Resuenan pues aún en el recuerdo las evocadoras lecturas en el Ateneo Español de México, dentro del Encuentro Internacional de Escritores, no lejos del imponente retrato del poeta Antonio Machado, realizado por Cristóbal Ruiz, ante cuya estampa se hacía obligado un profundo suspiro de admiración y respeto.
Ojalá dos mil veintiséis depare momentos tan emocionantes como estos, la oportunidad de seguir aventando el mensaje de mis versos, los de este libro que acaba de ver la luz y tiene todo un largo camino por delante. Aprendí mucho en estos últimos meses, en México, en Italia, y esa secuencia de instantáneas vividas alimentará sin duda futuras aventuras creativas, superada la travesía del desierto y el bloqueo que ha seguido a tanta catarata de sensaciones y experiencias. Confío en ello. En palabras de Byung-Chul Han, la esperanza es la venida al mundo como nacimiento.

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