sábado, 15 de agosto de 2026

Soria en agosto, todo poesía

Y el aire se llenó de poesía, la primera semana de agosto en Soria. No era solo el vaivén de autores y libros transitando por la Alameda de Cervantes, era la propia ciudad, exhalando aromas de verso, torrenteras de imágenes y semblanzas de otros veranos, todavía vivos en los álbumes del recuerdo. Se siente bajo los soportales de El Collado, arriba, en la hagiografía cincelada en piedra que preside el pórtico de Santo Domingo, bajo la campana y el reloj de la Audiencia, camino del Espino, "donde está su tierra". Más de un siglo después, Soria sigue siendo la de Antonio y Leonor, barbacana hacia la palabra poética, donde la luz se percibe con otros tonos, el azul limpio de un cielo que desciende impregnado de mansedumbre hasta las aguas del río, interrogando al caminante que discurre de San Polo a San Saturio. Ese algo especial que tiene Soria no pasó inadvertido para quienes hasta ella llegaron sedientos de impregnarse de sus pétalos. Los Bécquer, Machado, Gerardo Diego... Aún un eco, como verdín arracimado entre sus muros, suspira a cada paso por aquellas calles y bendice al forastero que con humildad acarrea sus propios versos hasta la Dehesa, estos días de agosto, con la gente mariposeando de caseta en caseta, de página en página.

Leer allí es acaso un atrevimiento, una insolencia, compartir los poemas que uno escribe con esa poesía de la que la ciudad hace gala y que este año se llenaba de voces femeninas -las mujeres del veintisiete- que, como hilo conductor de este evento de libros, pugnaban por hacerse visibles y reivindicar sus voces, no pocas veces silenciadas, cuando no sepultadas bajo lápidas de tiempo y olvido. ¡Qué contemporáneas suenan sin embargo aquí, a la vera del Duero! Uno se emociona y se deja llevar, bajo un viento de hojas en desbandada, estrofa tras estrofa, preso de la núbil compañía de su canto. Se entrega sin reservas, "como una novia sumisa y confiada", que diría Ana María Martínez Sagi. Y mientras tanto, continúa el agua custodiando el murmullo silencioso de los álamos, los secretos que duermen al pairo de los milenarios arcos románicos, los que reposan entre la corteza hecha jirones de aquel olmo que no verdeó con la primavera. 








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